La promoción de vocaciones a la C. M. según San Vicente

Mitxel OlabuénagaFormación VicencianaLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: .
Tiempo de lectura estimado:

Algunos años de convivencia con jóvenes aspirantes a la C. M. me han ayudado a constatar la experiencia de San Vicente —válida para nuestro tiempo— en esta materia, especialmente delicada, de la promoción y selección de vocaciones.

Las siguientes consideraciones sobre el comportamiento y doctrina del Fundador forman parte inseparable de un estudio más completo del origen histórico de la Misión. Sólo por motivos de brevedad restringimos el presente artículo a algunos puntos de urgente examen que piden pronta y valiente solución como remedio a la crisis vocacional que padece la Congregación en la actualidad. El hecho de que otras congregaciones o diócesis experimenten el mismo descenso vocacional, no justifica nuestra apatía inoperante. Las provincias verdaderamente comprometidas en el servicio de los pobres, como anota en su última carta circular el Superior General, gozan de las mejores esperanzas, cuyos «resultados se deben a dos causas:

—        Los jóvenes, que ven a los cohermanos y a las comunidades que realizan el ideal de vida vicenciana, se sienten atraídos por la comunidad.

—        Cuando todos los cohermanos se sienten responsables por el futuro de la Provincia y por las vocaciones, la Provincia está en situación de organizar una verdadera pastoral vocacional.»

No es la obsesión por el número, sino por la calidad de los candidatos —«tres hacen más que diez cuando Dios pone la mano»—, lo que hoy nos ayuda a clarificar la actitud de Vicente de Paúl.

Las necesidades de la Iglesia de hoy no son menores, en su conjunto, que las del tiempo de San Vicente. La presencia de sacerdotes «sabios y humildes» es necesaria en todas las edades. El celo, sin embargo, de los mejores «reformadores» del clero se impone como una nota distintiva. «Los sacerdotes, declaran unánimemente Vicente de Paúl y Bourdoise, Olier y Saint-Cyran, son responsables del estado de la Iglesia.»

Otras muchas autoridades de todos los tiempos podríamos aducir que confirman la misma experiencia.

La Congregación de la Misión que nace en la Iglesia para «evangelizar a los pobres», se ve de pronto embarcada en otra obra complementaria: los seminarios. «Jamás lo hubiéramos creído…», exclamará nuestro Padre al término de su vida. Y como un torrente se desbordan sobre la actividad del Santo: los ejercicios a los ordenandos, las conferencias de los martes, etc. La Congregación, continuadora de la misión del Fundador, asumirá, a lo largo de la historia, las obras principales que él iniciara.

Cualquiera podría pensar que San Vicente, para quien la Congregación es su mejor amor, padecía internamente viendo a la «pequeña Compañía» recoger lo que los grandes segadores dejaban. Si le angustiaban las necesidades del pueblo, éstas no le mermaban fuerzas para exigir a los candidatos a la C. M. las más puras intenciones de servicio a los pobres en un contexto congregacional de exquisita preparación espiritual y doctrinal. El programa del Fundador ha sido con frecuencia olvidado p o r quienes creían que una formación ordinaria era suficiente para ser misionero de la C. M. Los efectos desastrosos de tan buenas intenciones han tenido que lamentarse en no pocas ocasiones por haberse negado a reflexionar sobre la confesión espontánea y tranquilizadora del propio señor Vicente: «Si hubiese sabido lo que es el sacerdocio cuando tuve la temeridad de entrar en él, como lo supe después, hubiese más bien querido labrar la tierra que comprometerme en un estado tan terrible» (Coste, VIII, p. 463).

¿Pero en qué línea se movía el Santo para dar a conocer la Compañía y atraer hacia ella buenas vocaciones? Impregnado del espíritu de Jesucristo, deseaba ardientemente para otros el mismo amor que él profesaba a la Misión, sin menoscabo de la admiración que le suscitaban otras órdenes religiosas existentes: Cartujos, Franciscanos, Capuchinos, Dominicos, Jesuitas, Oratorianos.

Prudente y humilde, San Vicente rehusaba abiertamente toda propaganda escrita y oral en favor de la Congregación que pudiera granjear simpatías del mundo o facilitar un «reclutamiento» fácil de vocaciones. El comportamiento del señor De la Fosse y la publicación, en 1656, del señor Delville, merecieron la indignación del Santo de la Caridad: el primero por su espontánea bro¬ma de alarde políglota y el segundo por ceder a la tentación de dar a la publicidad un «Petit abre-gé de l’Institut de la Congrégation de la Mission, approuvée et con-fi rmée par nos Saints Péres les Papes Urbain VII et Alexandre V I I, de son origine, de ses foncions et de sa maniére de vivre pour arriver á sa fin» (véase todo el opúsculo en Annales, t. 79, pá­ginas 308-319).

De ningún modo han de confun­dirse estas reacciones de San Vi­cente, plenamente explicables en su contexto temporal, en que el nombre de religioso era tan odia­do, y el nacimiento de una nue­va Compañía podía desatar las iras reprimidas de los párrocos diocesanos, con la humildad de Congregación, sabiamente pensa­da y explicada por el Santo en la conferencia a los misioneros del 18 de abril de 1659. La humildad de Congregación pertenece a la entraña misma de la Misión, que ha de confesarse pobre y pecado­ra, como la Iglesia de nuestro tiempo se ha reconocido y con­fesado. Pero por fuerza de la mis­ma virtud, la Iglesia y nuestra Comunidad han de tratar de san­tificarse y repartirse por todo el mundo de los pobres. De otro mo­do, la Iglesia sería infiel a su Fun­dador y la Congregación se de­clararía necia y perezosa para se­guir la ruta marcada por nues­tros señores los pobres. «¿Y quié­nes serán los que intenten disua­dirnos de estos bienes que hemos comenzado? Serán espíritus liber­tinos, libertinos, libertinos, que sólo piensan en divertirse y con tal que haya de comer no se preo­cupan de nada más… Serán per­sonas comodonas…, personas que no viven más que en un pequeño círculo…» (Coste, edic. esp. XI/3, página 397).

Por poco que hayamos avanza­do en la andadura histórica de la

Congregación, de pronto habre­mos descubierto cuán perniciosa ha sido para la Compañía la in­terpretación dada a la «humildad de Congregación», que no dejó a su Fundador en paz hasta verla aprobada por la Santa Sede co­mo «uno de los institutos más útiles para la salvación de los hombres y más grato a Dios» (bu­la Salvatoris nostri, Coste, XIII, página 259). Aparte de otras con­sideraciones útiles a este respec­to, vayamos directamente al pen­samiento central de San Vicente sobre materia que hoy entende­mos como «pastoral vocacional».

La cita que damos a continua­ción es larga, pero ella sola, bien entendida, nos despeja parte de las incógnitas sobre los secretos de las vocaciones a la C. M. en tiempo del Santo y en el nuestro:

«Los tres íbamos a predicar y a tener misiones de aldea en al­dea… Sin embargo, yo no tenía entonces más que un sermón, al que le daba luego mil vueltas: era sobre el temor de Dios. Eso es lo que hacíamos nosotros, mientras que Dios iba haciendo lo que ha­bía previsto desde toda la eterni­dad. Dio su bendición a nuestros trabajos y, al verlo, se juntaron con nosotros algunos buenos ecle­siásticos y nos pidieron que les recibiéramos» (Coste, edic. espa­ñola XI/3, p. 327).

La cita está tomada de la con­ferencia a los misioneros «Sobre la observancia de las Reglas», del 17 de mayo de 1658. Entre los mo­tivos y medios que los misioneros tienen para guardar las Reglas, San Vicente intercala con gracia y sobriedad retazos de historia de primera hora. En la sala se res‑piraba un ambiente emocional in­tenso; el mismo Fundador no po­día disimular su satisfacción al contemplar la marcha evolutiva de la Comunidad, animada con un mismo espíritu de servicio a la misión.

La dedicación a la misión; he ahí la causa principal que atrajo a la Compañía otros eclesiásticos que pidieron ser asociados. Otros medios de atraer vocaciones dis­tintos del trabajo y del buen ejem­plo, no sirven y, a la larga, son perjudiciales. Continúa el Santo en la misma conferencia:

«Es algo que se fue haciendo ello solo, poco a poco, una cosa tras otra. Fue aumentando el nú­mero de los que se juntaban con nosotros; todos se esforzaban por ser virtuosos, y al mismo tiempo que iba creciendo el número de los misioneros, se iban también introduciendo las buenas prácti­cas» (Coste, edic. esp. XI/3, pági­na 328).

De modo que el compromiso de la misión traía consigo otro, com­plementario de vida comunitaria, relativo a la oración, al estudio, al orden: elementos indispensa­bles para crear comunidad evan­gélica que asegure el cuidado de los pobres. El mismo San Vicen­te recuerda a los misioneros y a las Hijas de la Caridad que los pobres son exigentes con sus ser­vidores. De hecho, los primeros compañeros del Fundador fueron hombres bien formados espiritual e intelectualmente: doctores de la Sorbona, teólogos, juristas, etc. Junto a la virtud, la ciencia: «los sacerdotes sabios y humildes son el tesoro de la Iglesia.» Esta es la conclusión última necesaria que sintetiza el pensamiento del Santo respecto de los misioneros. Lo demás es anecdótico y circunstan­cial.

El trabajo concreto de la mi­sión conlleva el ejemplo de la pro­pia vida. Este elimina por sí solo otros procedimientos fáciles para atraer vocaciones. Escribiendo a Pedro de Beaumont, superior de Richelieu, dice expresamente:

«He retenido la carta (que el señor Lestang dirige al señor Du-porzo) porque en ella le persua­de a que entre en la Compañía, y nosotros llevamos una táctica contraria, la de no solicitar jamás que alguien abrace nuestro esta­do. Sólo pertenece a Dios esco­ger a los que quiere llamar a la Compañía, pues tenemos la segu­ridad que un misionero dado por su mano paternal, hará él sólo más bien que otros muchos que no tuvieren recta vocación. A nos­otros toca rogar para que El en­víe buenos obreros a su mies y vivir de forma que ofrezcamos con nuestros ejemplos un atrac­tivo más que un disgusto de tra­bajar con nosotros» (Coste, VIII, página 287).

Hemos de agradecer a San Vi­cente tal comportamiento en la táctica vocacional, que coincide plenamente con la pastoral de la Iglesia en este punto (cf. P. C. nú­mero 24). Existe, según él, una je­rarquía de medios para que Dios suscite vocaciones y las reparta por la Iglesia según la diversidad de dones:

La oración: «A nosotros toca rogar para que El envíe buenos obreros a su mies.» Y a Esteban Blatirón, superior de Génova, con­testa: «Yo he estado más de vein­te años sin atreverme a pedírselo a Dios (la propagación de la Com­pañía), creyendo que, como la Congregación era obra suya, ha­bía que dejar a su sola providen­cia el cuidado de su conservación y de su crecimiento; pero a fuer­za de pensar en la recomendación que se nos hace en el Evangelio de pedirle que envíe operarios a su mies, me he convencido de la importancia y utilidad de estos actos de devoción» (Coste, edición española V, p. 439).

El ejemplo de la propia vida: ¿Quién se determinará a seguir la obra de Cristo en la Compañía si no ve ejemplos que imitar? Es inútil planear si la Congregación no se decide a vivir según su es­píritu. Nuestra historia particu­lar de la Provincia española, an­tes de su última división (año 1969), demuestra a las claras que un pequeño grupo de misioneros, llenos de espíritu e intelectual­mente bien preparados, consiguieron restablecer la Compañía des­pués de los graves disturbios po­líticos en nuestra patria.

En los mismos sentimientos abundan las declaraciones de la Asamblea 1974, número 83. La pastoral vocacional de la C. M., en conexión con la pastoral dio­cesana, no puede olvidar esta ba­se, sentada por San Vicente, so pena de convertirla hoy en fáci­les programas tranquilizantes por el hecho de trabajar con jóvenes o con grupos apostólicos de mayor o menor compromiso.

El comportamiento de San Vicente con los llamados a la Congregación nos lleva al examen de otros puntos relacionados con la teoría y vida del seminario interno. La relación de citas con sus comentarios sería larga. Preferimos entonces dejar para otra ocasión este aspecto pormenorizado de la formación de los nuestros. El amor a la Iglesia y, por ende, a la Congregación, conducía a San Vicente a cuidar de la comunidad, creando en ella un ambiente de cordialidad y confianza no siempre asegurado por la presencia de personas indispuestas para la misión. Así, escribiendo a Bernardo Codoing, en 1642, dice: «Nuestro seminario está bastante lleno, por la misericordia de Dios; hay 36 ó 38. Hemos recibido a siete el mes último; todos ellos ofrecen esperanzas. Creo que Nuestro Señor nos concede este favor al ver la fidelidad que tiene la Compañía en purgarse de los incorregibles. Estos días pasados me decía a este propósito uno de los de aquí que seis de los mejores no hacían tanto bien en la Compañía como daño uno solo incorregible» (Coste, edic. española, II, p. 27).

Si la Congregación de la Misión siente verdadera inquietud por su futuro, interrogue al Fundador, fije la mirada en los pobres de hoy y decídase a vivir en sencillez… y celo por la salvación de los pobres. En este caso, la «promoción de vocaciones» está asegurada.

ANTONIO ORCAJO, C.M.

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *