La primacía de la caridad en el carisma vicenciano

Mitxel OlabuénagaEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

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Salir del pequeño mundo en el que vivimos e intentar vernos a través de los ojos de los demás, es un ejercicio muy útil y un modo de practicar la humildad. El planeta tierra no es sino un pequeño lunar en el universo. Su interés para nosotros estriba en el ‘hecho de que únicamente en este pequeño planeta se encuentra la vida humana, por lo que hasta el presente sabemos. Somos conscientes de la inmensidad del universo, pero debido a que nuestras mentes son limitadas, nos hallamos atados a la tierra. Estamos encerrados en la prisión del pensamiento y vivimos nuestra existencia dentro de un universo que es pequeño y de estrechos horizontes. Nuestro planeta tiene, sin duda, un interés indescriptible y, hasta podemos decir, infinito, dentro del uni­verso entero. Es el único al que, por lo que sabemos, escogió el Creador del universo para venir en persona. «En el principio era el Verbo y el Verbo era Dios, y el Verbo se hizo carne y puso su tienda entre nosotros» (In 1,14).

Imaginemos por un momento que un habitante de Marte entra en este salón y se sienta en una butaca para escuchar el tema que se me ha asignado: «LA PRIMACÍA DE LA CARIDAD EN EL CARISMA VICENCIANO». Porque él es extraño a todo esto, se le puede per­mitir que pida una breve explicación sobre el tema, tal como está en el programa. Me imagino que él empezaría pidiendo perdón porque se sabe un poco ignorante y corto de entendimiento. Sin deseo de ofendernos, diría: «Me parece que vosotros los humanos complicáis demasiado las cosas. Quizás esto se explica porque vuestro planeta es más variado y rico que el mío. Vuestras mentes y vuestro modo de pensar dan vueltas y vueltas como los ríos en vuestros continentes. Lo que quiero decir es lo siguiente: vosotros habéis venido a este salón para escuchar a otro ser humano que va a hablar sobre la primacía del amor. Ahora bien, a mí me parece que, según las enseñanzas de Cristo, todos los cristianos deben dar la primacía al amor. En ese documento que vosotros los cristianos llamáis el Evangelio, se narra que un día pregun­taron a Cristo cuál de los dos mandamientos era el más grande y él respondió con toda sencillez: «Ama al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente. Este es el mandamiento principal. Y el segundo es: amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Mt 22,27-39). Por tanto, nada hay más claro para mí. Tal como yo lo entiendo, entre todas las actividades de los humanos, es el amor el que más debe motivar cada pensa­miento, cada gesto y cada palabra.

«Me equivocaría si dijera que no hay ni un sólo Fundador de Ordenes o Congregaciones que no haya dado la primacía al amor? Vosotros tenéis en vuestro planeta un preciosísimo ele­mento al que llamáis agua. Puedo afirmar con claridad que es la base, por decirlo de alguna manera, de la deslumbrante variedad de plantas y flores que adornan la faz de vuestras tierras. Ni los robustos cedros, ni las humildes violetas pueden existir sin agua.

Los cedros y las violetas tienen cada uno, a su modo, su propia y única belleza, pero unos y otras tienen necesidad del agua. Reconocen la supremacía del agua, si quieren subsistir. Igualmente, los que vosotros llamáis Santos o Fundadores de Órdenes o Congregaciones, proclaman la supremacía de la caridad. «El día pasa el mensaje al día, la noche se lo susurra a la noche» (Sal 18,2). Lo que diferencia a un Fundador de otro es el tono, la calidad, el color del amor que ellos expresan a Dios y a sus criaturas. Sin embargo, es el amor, al fin, lo que más les interesa, como el agua al cedro y a la violeta».

«Hábleme, pues, continúa nuestro amigo marciano, sobre el matiz peculiar del amor que San Vicente de Paúl mostró durante su vida».

Ya que nuestro visitante marciano ha hablado de los árboles de nuestro planeta, podemos nosotros manifestar la dificultad que tenemos para hablar acerca de la calidad especial del amor de San Vicente, citando la frase de Daniel Rops: «Las obras de San Vicente le rodean como un bosque, mientras que su humildad le envuelve como una niebla». En realidad, las obras de San Vicente son como un bosque y cada uno de los árboles es una obra de caridad. Cuando uno se halla en lo más profundo del bosque, puede ver los árboles, pero no todo el bosque. Quizás en un tiempo pasado se pudo ver todo el bosque.

Cuando todos los árboles eran retoños, se podía contemplar la extensa área que cubrían. Al estudiar el bosque de las obras de caridad de San Vicente, podemos seguir el curso de sus años, señalar las fechas, cuando las diferentes obras de apostolado se iniciaron y decir: «Así es como los variados árboles del bosque de las obras vicencianas fueron plantados y crecieron». Sin em­bargo, al terminar el estudio, aún estaremos ante el misterio. Sí, el agua de la caridad riega la tierra, pero el misterio del creci­miento permanece en secreto, el secreto de Dios y, en alguna medida, el secreto de San Vicente.

El desarrollo de los árboles en todas partes del universo, es atribuido a la sucesión de las estaciones del año. Aquí, en el hemisferio norte, contamos con cuatro estaciones. En el desa­rrollo del bosque de las obras de caridad de San Vicente hay una primavera, un verano y un otoño, antes que el invierno de la muerte viniera sobre él, en mil seiscientos sesenta.

Los primeros días de la primavera son inciertos. Largas y frías temporadas se alternan con suaves y prolongados días. Se dice que la gracia supone la naturaleza y que construye sobre ella. Se puede afirmar que la naturaleza de San Vicente era bondadosa, como se evidencia en la carta que escribió a su madre en mil seiscientos diez. Es una tierna página en la que manifiesta interés por cada uno de los miembros de su familia. No es pre­cisamente el amor de «Agape», es decir, el amor teologal, sino el amor humano, el llamado «Philia»:

«Me hubiera gustado conocer el estado de los asuntos de la casa y si todos mis hermanos y hermanas y el resto de nuestros parientes y amigos están bien… Esto es, madre mía, todo lo que puedo decir por la presente, si no es que también le ruego ofrezca mis humildes saludos a todos mis hermanos y hermanas y a todos nuestros parientes y amigos y que pido a Dios sin cesar por su salud y por la prosperidad de la casa, como aquél que es y será, madre mía, el más humilde, obediente y servicial hijo y servidor» (I, 89-90).

Vientos fríos soplaron sobre los campos en los primeros días de la primavera, de tal manera que uno puede ser disculpado, si cree que el invierno, lejos de haber pasado, está volviendo. La nieve cubre, a veces completamente, los brotes de la semilla que lucha buscando la luz. Pero, la nieve, como se nos ha dicho, tiene el poder de purificar la tierra. Esto es lo que sucedió a San Vicente. Aquella misteriosa tentación contra la fe, que le envolvió en la obscuridad de haber dado la paz del alma en el Sacramento de la Penitencia, primero a uno y después a cientos, en Folleville, en mil seiscientos diez y siete. En aquel mismo año fue, como sabemos, cuando el corazón de San Vicente se abrió, como una flor, al amor de una pobre familia y después a cientos de otras, mediante las Cofradías de la Caridad. Cada año, desde mil seis­cientos diez y siete en adelante, una inconfundible y larga estela de luz de caridad marcó los días de la vida de San Vicente. No puede haber duda de que llegó la primavera. El sol de la caridad creció cuando, en primer lugar, en mil seiscientos veinte y cinco, fundo la Congregación de la Misión y, ocho años más tarde, las hijas de la Caridad.

En una de sus más famosas frases, San Vicente relacionó el amor de Dios con el fuego y el celo con la llama. El fuego irradia calor y el calor se expande en todas las direcciones. Cuanto más aumenta la caridad en el corazón de San Vicente, el círculo de los que por ella se benefician se hace más y más extenso. Es sintomático que en el mismo año en el que fundó las Hijas de la Caridad, lanzó también las Conferencias de los Martes.

Después de mil seiscientos treinta y tres, podemos ver cómo la vida de San Vicente caminaba hacia el pleno verano. El sol del amor de Dios se eleva al cénit del firmamento de San Vicente.

El sol, escribió el salmista: «Asoma por un extremo del cielo y su órbita llega al otro extremo: nada se libra de su calor» (Sal, 18,17). Los pobres del norte de Escocia, así como los que vivían en el extremo sur de Madagascar sintieron el calor del sol de la caridad del Señor Vicente. Como dispensador de los ministerios del amor de Dios, comprendió que son los pobres, los que de una manera especial, demandan aquel amor que ha sido derra­mado en su corazón por el Espíritu de Dios, que habita en él. Los pobres tienen la primacía en el corazón de San Vicente. Si él fue en busca de los pobres para participar con ellos el amor de Dios que anidaba en su corazón, lo hizo por la misma razón que el Hijo de Dios, cuando estuvo en la tierra.

Existe una doble dimensión en el amor a los pobres: la ayuda espiritual y la corporal:

«Cuando sirváis a los pobres de esta forma», San Vicente lo hizo notar a las primeras Hermanas, «seréis verdaderas Hijas de la Caridad, esto es, hijas de Dios, e imitaréis a Jesucristo porque, Hermanas mías, ¿cómo servía él a los pobres? Les servía corporal y espiritualmente, iba de una parte a otra, curaba a los enfermos, les daba el dinero que tenía y los instruía en su salvación. ¡Qué felicidad, hijas mías, que Dios os haya escogido para continuar el ejercicio de su Hijo en la tierra!» (IX, 73).

Aunque no haya duda de que los pobres tenían la primacía en el corazón de San Vicente, hay que decir que su amor por ellos no era excluyente. Como aconsejó una vez al Padre Antonio Durand, que se vaciara «interiormente de sí mismo para revestirse de Jesucristo» (XI, 236). Fue Jesucristo quien dijo, que su «Padre del cielo hace brillar igualmente el sol sobre justos e injustos» (Mt 6,45). De la misma manera, San Vicente hizo brillar el sol de su caridad sobre deudores y acreedores.

San Vicente no vivió encerrado en una torre de marfil. Tuvo conciencia del dolor y se familiarizó con él, no como el sacerdote o el levita de la parábola, quienes viendo al hombre que yacía medio muerto a la vera del camino, pasaron de largo. Tomó conciencia del dolor como el buen Samaritano, y dándose cuenta del trágico suceso, «llegó a donde estaba el hombre y, al verlo, le dio lástima; se acercó a él y le vendó las heridas echándoles aceite y vino» (Lc 10,35). San Vicente, el buen Samaritano en su día, vendó las heridas de una nación, derramó el bálsamo de su caridad sobre las víctimas de la guerra, del hambre, de la injusticia social y ofreció a los pobres el cáliz de la salvación.

Si a San Vicente se le alabó una vez de «ser siempre» el Señor Vicente, podemos deducir que las convicciones sobre la primacía de la caridad, que él compartió con los Padres y las Hermanas en las conferencias y en la correspondencia, fueron reafirmadas cuando se entrevistó con el Cardenal Mazarino y el Señor Arnauld. En la mitad de su vida hizo notar a las Hijas de la Caridad:

«Donde está la caridad allí está Dios… El claustro de Dios, dice un gran personaje, es la caridad, pues allí es donde Dios se complace, donde se aloja, donde encuentra su palacio de deli­cias, su morada y su placer. Sed caritativas, sed benignas, tened espíritu de paciencia y Dios habitará en vosotras, seréis su claus­tro, lo tendréis entre vosotros, lo tendréis en vuestros corazones» (IX, 274-274).

La distinción que San Vicente formuló entre el amor afectivo y efectivo es central, sin duda, en el concepto vicenciano de la caridad y, por tanto, de su carisma. Escuchémosle:

«Pues bien, hay que señalar que el amor se divide en afectivo y efectivo. El amor afectivo es cierta efusión del amante en el amado, o bien una complacencia y cariño que se tiene por la cosa que se ama, como el padre a su hijo. Y el amor efectivo consiste en hacer las cosas que la persona amada manda o desea. De este amor es del que habló nuestro Señor, cuando dijo: «Si alguno me ama, guardará mis mandamientos».

La señal de este amor, el efecto o sello de este amor, hermanos míos, es lo que dijo nuestro Señor, que los que le aman cum­plirán su palabra. Pues bien, la palabra de Dios consiste en sus enseñanzas y en sus consejos. Daremos una señal de nuestro amor si amamos su doctrina y hacemos profesión de enseñarla a los demás. Según esto, el estado de la Misión es un estado de amor, ya que de suyo se refiere a la doctrina y a los consejos de Jesucristo. Y no sólo esto, sino que hace profesión de llevar al mundo a la estima y al amor de nuestro Señor» (XI, 736).

Si el joven señor Vicente se entrenó en hacer distinciones durante sus estudios, en la Universidad de Toulouse, seguramente encontró y estudió la distinción entre las virtudes teologales y las morales. Entre las virtudes teologales, la caridad ostenta la primacía, mientras que, entre las virtudes morales, es la justicia. Actualmente en nuestro tiempo, se ha prestado mucha atención al primado que la justicia goza entre las virtudes morales. Tengo la impresión de que San Vicente, siendo hombre de Iglesia, retaría a los individuos y a la sociedad, no sólo porque no mostraban amor efectivo a los pobres, sino también, porque estaban poco atentos y poco sensibles a las reclamaciones que los pobres hacen en nombre de la justicia. Se alegraría por lo que el Sínodo de mil novecientos setenta y uno estableció, a saber: «El amor al prójimo y la justicia son inseparables». Sin embargo, San Vicente permanecerá siempre como el apóstol de la caridad. Y está bien que así sea. La justicia es limitada, la caridad ilimitada. Las relaciones humanas que se rigen por algo que es limitado, padecen de cierta aridez. Sobre todo, carecen del calor y de la esponta­neidad que caracterizan las relaciones entre los hijos de Dios y su Padre, que está en los cielos. Juan Pablo II, en su Encíclica «Dives in misericordia» plantea la cuestión: ¿Es suficiente la justicia? Respondiendo hace notar: «La experiencia del pasado y la propia nuestra demuestran que la justicia por sí sola no es suficiente, más aún, puede conducir a la negación y al aniqui­lamiento de sí misma, si no se le permite, a esa forma más profunda, que es el amor, plasmar la vida humana en sus diversas dimensiones» (n. 12). El pecado del mundo de hoy es la injusticia, pero el gran mandamiento de Cristo, que vino a quitar el pecado del mundo, es el amor. El mundo, por tanto, necesita hoy del carisma vicenciano. Podrá alguien preguntar, como San Vicente lo hizo en cierta ocasión a las Señoras de las Caridades: «Os diré lo que decía San Pablo: ¿habéis dado algo más de lo superfluo? ¿Habéis resistido hasta derramar sangre?» (X, 939).

San Vicente entró en el otoño de su vida hacia mil seiscientos cincuenta y tres. En aquel año cesó de ser miembro del Consejo de Conciencia. Durante los días que le quedaron, concentró sus esfuerzos en consolidar las obras de caridad que la divina Pro­videncia había hecho, valiéndose de él. Fueron días de conso­lidación, pero no de inacción, como lo atestigua la voluminosa correspondencia de estos años. Hay un matiz otoñal, en el modo cómo manifestó su amor a los Padres y a los Hermanos, en la repetición de oración, en agosto de mil seiscientos cincuenta y seis:

«Toda nuestra vida no es más que un momento, que vuela y desaparece en seguida. ¡Ay! Mis setenta y seis años de vida no me parecen ahora más que un sueño y un momento; y nada me queda de ellos, sino la pena de haber empleado tan mal esos instantes. Pensemos, en primer lugar, en el pesar que tendremos a la hora de nuestra muerte si no aprovechamos estos momentos de nuestra vida para ser misericordiosos. Así, pues, tengamos misericordia, hermanos míos, y practiquemos con todos nuestra compasión, de forma que nunca encontremos un pobre sin con­solarlo, si podemos, ni a un hombre ignorante sin enseñarle en pocas palabras las cosas que necesita creer y hacer para su salvación. ¡Oh Salvador, no permitas que abusemos de nuestra vocación, ni quites de esta Compañía el Espíritu de misericordia! ¿Qué sería de nosotros, si nos retirases tu misericordia? Así, pues, concédenos ese espíritu, junto con el espíritu de manse­dumbre y humildad» (XI, 234).

Vemos también la sazón y madurez del otoño en las palabras que San Vicente dirigió a las Señoras de la Caridad, en julio de mil seiscientos cincuenta y siete:

«Otro medio para la conservación de vuestra Compañía, consiste en que moderéis sus ejercicios, porque según dice el proverbio, el que mucho abarca poco aprieta. A otras Compañías o Cofra­días, a varias Comunidades e incluso a enteras Congregaciones religiosas, les ha sucedido que, por haberse cargado por encima de sus fuerzas, han sucumbido bajo la carga. La virtud se en­cuentra entre dos vicios opuestos, que son el defecto y el exceso. Por ejemplo, el que con el pretexto de caridad quisiera encar­garse de todas las necesidades del prójimo, sin dejar pasar nin­guno de los bienes que podría hacerle, esa persona caería en un vicio. Lo mismo que aquella que no quisiera practicar ninguna virtud, ni realizar nunca un acto de caridad, caería en el vicio contrario. Los teólogos opinan que excederse en la práctica de las virtudes es un mal tan peligroso como faltar en ella. Y el diablo, de ordinario, tienta a las personas muy caritativas para que se excedan en sus buenas obras, sabiendo que, más tarde o más temprano, acabarán por sucumbir, ¿No habéis visto nunca a esos hombres que, por llevar demasiado peso o por tener mucha prisa en llegar, caen bajo su carga? Podría suceder que también la Compañía sucumbiera bajo la suya, si se cargara con de­masiadas cosas» (X, 955-959).

Cuando llegó septiembre de mil seiscientos sesenta, el aspecto físico de San Vicente aparecía agotado, mientras que su interior se renovaba cada día. Pensando él en la venida del invierno, cuando ningún hombre puede trabajar, reflexionando sobre la experiencia de su vida, encontró consuelo en aquellos senti­mientos del Cantar de los Cantares: «El amor es fuerte como la muerte… y las aguas torrenciales no podrán apagar el amor ni anegarlo los ríos» (Cant, 8,6-7). Mientras continuaba recibiendo, en los meses finales de su vida, noticias de cómo sus dos Co­munidades llevaban la buena nueva de Cristo a los pobres y aliviaban sus sufrimientos ¿no se gozaría en la verdad que ac­tualmente halla un modo de expresarse en la Encíclica «Sollicitudo rei socialis»: «La opción o amor preferencial por los pobres es una forma especial de la primacía en el ejercicio de la caridad»? (n. 42). Lo que al principio de este año, Juan Pablo II ha dicho a un grupo de sacerdotes y laicos que trabajan en favor de los pobres, puede muy bien tomarse como una expresión del carisma vicenciano: «La primacía de la caridad, que es la fuente de evan­gelización del servicio a los pobres y de todo diálogo, está en el corazón de vuestra obra» (L’Osservatore Romano, edic. ingl. 6.2.1988).

Cuando San Vicente contemplaba al final de sus días, el pequeño fuego que ardía en su habitación, podía haber dicho con toda justicia (aunque, sin duda, su humildad no le hubiera per­mitido pensar semejante cosa), que este mundo de pobres y de ricos, de sabios teólogos y de sacerdotes medianamente forma­dos, de Hijas de la Caridad, de Sacerdotes y Hermanos de la Misión, había recogido el fuego de él, de tal manera que todos quedaban iluminados desde el interior. Mientras miraba la danza de la llama, su pensamiento recordó lo que dijo a su Comunidad en la repetición de oración, cinco años antes:

«Es verdad que la caridad, cuando habita en el alma, ocupa por entero todas sus potencias: no hay descanso. Es un fuego que actúa sin cesar, mantiene siempre en vilo a la persona que se ha dejado abrazar por él» (XI, 132).

La caridad ¿mantiene todavía la primacía en el carisma vicenciano? pregunta nuestro huésped marciano. Lo mejor sería, amigo, no responderte aquí. Más bien, vete a donde están los pobres y mira si allí hay alguien que está partiendo el pan de la palabra de Dios, vendando las heridas de los afligidos… Habla a esa persona —y si él o ella te diese la bienvenida y después, con gozo, te invitase a encontrar aquellos a los que sirve, como a sus amos y maestros, entonces sabrás que el carisma vicenciano está todavía vivo— y que la caridad mantiene la primacía.

Mac Cullen CEME

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