La pobreza es un misterio

Francisco Javier Fernández ChentoFormación VicencianaLeave a Comment

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Author: Jaime Corera, C.M. · Year of first publication: 1994 · Source: Revista Ozanam.
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Introduccion

pobreza2La pobreza es un misterio, un misterio de vida y de muerte. Como todos los grandes misterios (Dios, el mun­do, el ser del hombre, su origen y su destino), la pobreza siempre ha sido objeto de preocupación y de estudio, y también de estrategias para suprimirla o al menos ate­nuarla, desde los tiempos más remotos hasta hoy mismo.

Pero los pobres parece que se empeñan en no desapare­cer de la escena social. Es más: nunca en la larga historia de la humanidad ha habido tantos pobres como ahora, ni han sido tan visibles, a pesar de la gigantesca capacidad de la humanidad de hoy para producir riqueza. Este hecho brutal provoca sin remedio las preguntas que intentan acla­rar el misterio: ¿de dónde salen los pobres? ¿por qué hay pobres?.

Las respuestas a estas preguntas han sido numerosas y muy variadas. En cuanto al origen o causa de la pobreza (¿por qué hay pobres?), las respuestas se pueden reducir a tres tipos diferentes: la causa de la pobreza está en el mis­mo pobre, o bien en Dios, o en la sociedad.

En primer lugar, la causa de la pobreza está, se dice con frecuencia, en el pobre mismo, en sus vicios, en sus pocas ganas de trabajar. Esta respuesta tranquiliza la conciencia del que hace la pregunta, pues le oculta su posible propia responsabilidad y culpabilidad en el hecho de que exista la pobreza ajena. En la literatura laboral de los tiempos sal­vajes del capitalismo naciente en Inglaterra (finales del si­glo XVIII y primera mitad del XIX) aparecen numerosos testimonios de empresarios, y aun de la legislación civil, que defendían la conveniencia de los salarios bajos para no dar pábulo a los vicios de la clase trabajadora, tales como la embriaguez.

Hay que admitir sin reservas el hecho de que se dan pobres «voluntarios», es decir, que se han empobrecido a sí mismos. Pero la respuesta no vale para la inmensa ma­yoría de los pobres que permanecen en pobreza de la cuna a la tumba a lo largo de una vida laboriosa y decentemente virtuosa, ni tampoco para aquellos que, sin culpa propia, han nacido y crecido en circunstancias sociales de desam­paro o de discriminación. Por ejemplo, el minero negro de Sudáfrica, o el hijo de gitanos en España; o, en cualquier lugar del mundo, el niño abandonado al nacer, y que ya desde el nacimiento juega con grandes desventajas de las que no es responsable en absoluto.

Una segunda respuesta apunta como causa de la pobre­za a Dios mismo. Dios hace a los pobres. Es su voluntad soberana la que ha establecido las diferencias entre ricos y pobres. A estos no les queda más que la resignación ante un hecho establecido por el mismo Dios. Aunque parezca increíble, esta manera de intentar dar una respuesta apa­rentemente religiosa al tremendo misterio de la pobreza se ha dado con mucha frecuencia incluso dentro de la Iglesia, sobre todo a lo largo del siglo XIX. Está lejos de haber desaparecido de la conciencia de muchos católicos y de gente piadosa.

Adviértase que lo que se está diciendo con esa res­puesta es que Dios es el causante de la pobreza de las mu­chedumbres pobres, y que quiere además que las cosas permanezcan así. He aquí cómo expresaba esta idea Mon­talembert, apologista del catolicismo, en un discurso ante la Asamblea Nacional de Francia el 20 de noviembre de 1848, discurso pronunciado precisamente en defensa de la religión cristiana:

«¿Cuál es el gran problema de hoy? Inspirar a los que no son propietarios el respeto por la propiedad. Pues bien: yo no conozco más que una receta para inspirar ese respeto y para hacer creer en la propiedad a los que no son propietarios; esa receta es hacerles creer en Dios, en el Dios del catecismo, en el Dios que ha dictado el decálogo y castiga eternamente a los ladro­nes. He aquí la única creencia popular que puede pro­teger eficazmente la propiedad».

Otras veces se quiere fundamentar la existencia de los pobres en una especie de «promesa» de Jesucristo, quien en el evangelio de san Mateo nos asegura que «a los po­bres los tendréis siempre con vosotros» (Mt 26,11). De lo que se deduce increíblemente que tratar de sacar a los po­bres de su pobreza sería una empresa imposible y no con­veniente, pues se opone a una enseñanza del Señor.

Pero hay otras respuestas, sin duda más acertadas, al misterio de la pobreza que apuntan a la organización del trabajo, de la distribución y de la propiedad. A veces se se­ñala esa causa para añadir inmediatamente que esa organi­zación está muy bien y que no hay alternativa posible a ella.

De una manera o de otra aparece esta idea en la convicción capitalista y neocapitalista de que el crecimiento económico exige una previa acumulación de capital que no puede pro­ceder más que de la congelación o la reducción de los sala­rios y de la reducción de las prestaciones sociales.

Nadie se atrevería hoy a formular esta idea con la bru­talidad con que la formula Voltaire en su Diccionario filo­sófico de 1764 (bajo la palabra egalité), pero es la misma idea que se encuentra implícita en los postulados de la economía neocapitalista actual. Dice Voltaire:

«Es imposible que los hombres que viven en sociedad no se distingan en dos clases: la de los ricos que mandan y la de los pobres que sirven; el género hu­mano, tal como es, no puede subsistir si no hay una infinidad de hombres útiles que no poseen absoluta­mente nada».

Los socialismos de todos los matices, y en este tema también la doctrina social de la Iglesia, sitúan en la orga­nización social, y no en Dios ni el pobre mismo, las ver­daderas causas de la pobreza. Pero ni los unos ni la otra caen en la trampa de pensar que la pobreza sea buena para la sociedad; o que sea inútil, o incluso dañino para la so­ciedad, el hacer esfuerzos para intentar acabar con ella.

Hay una diferencia sustancial entre las visiones socia­listas, de cualquier matiz que sean, y la visión cristiana. Las doctrinas socialistas, en particular la marxista, están convencidas de que el problema de la injusticia social y de la pobreza resultante encontrarán remedio cumplido a tra­vés de una «ingeniería» social adecuada, que incluye la abolición de la organización capitalista de la economía, pues ésta es, por sí misma y sin remedio, productora de desigualdades sociales clamorosas entre los propietarios de los medios de producción y los no propietarios.

El cristiano que esté sinceramente preocupado por la existencia de la pobreza y quiera trabajar por atenuarla o suprimirla, puede pensar legítimamente que el socialista tiene razón. El problema de la pobreza, dice también el cristianismo, es ciertamente un problema de organización social. Pero no se arregla o se resuelve sólo con técnicas nuevas de organización social. Pues en el fondo de las es­tructuras sociales injustas no hay sólo una desafortunada falta de acierto que no ha sabido encontrar las soluciones justas, sino el misterio del pecado personal y colectivo, y del pecado estructural resultante, pecado que ha producido la injusticia de la estructura: la ambición, el egoísmo, la falta de solidaridad, la adoración de Mamón, el miedo a la inseguridad y a la muerte (Hb 2,15). En suma: las tres concupiscencias que menciona san Juan, a las que está sometido «todo lo que hay en el mundo» (Un 2,16), tam­bién por tanto las estructuras sociales y los hombres que las construyen.

La pobreza social es, ciertamente, producto de la in­justa organización social; pero ésta misma es resultado del pecado. El problema de la injusticia y de la pobreza que resulta de ella es un problema ciertamente social y econó­mico. Pero es aún más un problema humano y ético, o más bien de falta de humanidad y de violación de la ética. Apunta, pues, al misterio de la existencia del pecado y al misterio de la existencia de los pobres, que son víctimas posiblemente del pecado propio, pero que son víctimas sobre todo de los pecados ajenos. En el fondo, lo mismo la existencia de la pobreza que de la injusticia que la produce, «claman a Dios», y sólo puede encontrar un principio de solución y de remedio, un principio de redención, en el misterio de Dios mismo.

Antiguo Testamento

El ser humano ha sido creado a imagen y semejanza de Dios «para que domine sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo, sobre los ganados» (Gn 1,26), como lugar­teniente de Dios y en su nombre. Sólo Dios es creador y dueño radical de todo lo que existe fuera de Él: «La tierra es mía» (Lv 25,23). De Dios ha recibido la humanidad todo lo que hay en el mundo para que éste lo trabaje y lo admi­nistre en su nombre. Ésta es la visión antropológica funda­mental que nos ofrece la Revelación sobre la relación entre el ser humano y las cosas materiales del mundo.

Ya en el tiempo histórico, la Tierra Prometida se le en­trega al conjunto del pueblo elegido como don libre y gratuito de Dios (Gn 12,7), para que todo él pueda vivir de esa tierra en paz y en abundancia.

Todo lo que ha salido de las manos creadoras de Dios es bueno (Gn 1,3,10,12,18,21,25), en particular el hombre y la mujer, que son además el objeto inmediato de la pri­mera bendición de Dios sobre lo creado: «Los bendijo Dios y les dijo… «(Gen 1,28).

La maldición, la ruptura de la armonía querida y creada por Dios («Vio Dios cuanto había hecho, y estaba muy bien» Gn 1,31) es obra no de Dios, sino del hombre mismo (capítulo 3 del libro del Génesis) por su pretensión de «que­rer ser como dioses» (Gn 3,5); o sea, de querer arrogarse para sí mismo el saber, el poder y el dominio, que son pro­pios sólo de Dios: «Habiendo conocido a Dios, no le glori­ficaron como a Dios ni le dieron gracias…, sino que alar­deando de sabios, se volvieron estúpidos y adoraron a la criatura en vez de adorar al creador, llenos de toda injusti­cia, perversidad y codicia» (Rm 1,21-22,25,29).

Este juicio tremendo de Dios sobre la historia humana lo aplica expresamente san Pablo a la historia de los paga­nos. Pero tampoco el judío se libra de él, pues ‘á ti mismo te condenas, ya que haces esas mismas cosas » (Rm 2,1).

Y así sucedió, efectivamente, en la historia del pueblo elegido. La voluntad de Dios de que todo su pueblo vivie­ra en la tierra prometida en paz, en justicia y en abundan­cia, pronto se vio frustrada por el acaparamiento de tierras y otros mecanismos de invención humana, tales como el embargo por deudas o el préstamo usurario. También por causas no sociales, sino naturales, tales como la muerte del marido o de los padres, que dejaban a viudas y huérfanos en situación de desamparo y de pobreza, así como por otros tipos de causas naturales sobre los que el hombre no tenía control: rayos, inundaciones…

Los libros del Éxodo, Levítico y Deuteronomio multi­plican las normas y prescripciones para tratar de remediar la injusticia y la pobreza resultantes. Los historiadores del antiguo Israel y los comentaristas bíblicos suelen señalar que tales normas se convertían en la práctica con excesiva frecuencia en papel mojado. Este hecho nos remite una vez más a la maldad humana, que tampoco está ausente en el obrar del pueblo de Dios, ni del Antiguo ni del Nuevo Testamento. Pero las normas mismas dadas por Dios definen con nitidez la voluntad inequívoca de Dios y su deseo de que se viva la solidaridad y la justicia entre sus criatu­ras humanas.

La idea de la obligación de socorrer a viudas, huérfa­nos, extranjeros y pobres en general como voluntad expre­sa de Dios atraviesa no sólo los libros del Pentateuco sino los de todo el Antiguo Testamento, en particular los es­critos de los profetas. Pero los tres libros señalados apun­tan además, y con mucho detalle, a mecanismos de justicia «estructural» que no buscan simplemente ayudar al nece­sitado ocasional, sino restablecer unas condiciones es­tructurales de justicia social que permitieran vivir decen­temente a todos los miembros del pueblo. Señalamos al­gunos de esos mecanismos:

  • contra el acaparamiento de tierras, la obligación de devolverlas a sus antiguos propietarios cada cin­cuenta años (Lv 25,10,13; «La tierra no puede ven­derse ni comprarse para siempre, porque la tierra es mía» Lv 25,23 ss.);
  • el uso de pesas y medidas justas (Dt 25,13; Lv 19,35);
  • el salario justo («No explotarás al jornalero humil­de» Dt 24,14);
  • la devolución de objetos de primera necesidad deja­dos en prenda por préstamo (los vestidos: Dt 24,12; la muela de molino, «porque ello sería tomar en prenda la vida misma» Dt 24,6; Ex 22,25-26);
  • el derecho de los pobres a espigar en campo ajeno (Dt 24,19 ss; Lv 24,6; Ex 22,25-26); los diezmos que se han de dar a los pobres (Dt 26,12);
  • numerosas prescripciones contra el préstamo usura­rio (Ex 22,24; Lv 25,36; Dt 23,20);
  • y también sobre la condonación de deudas, «con el fin de que no haya ningún pobre entre vosotros» (Dt 15,1-4).

Esta impresionante lista de normas hubiera conseguido, si se hubieran guardado, el verdadero plan de Dios sobre la vida social de su pueblo: una vida de justicia, de solida­ridad y a la vez de suficiencia para todos.

La justicia social tiene en el Antiguo Testamento una clara raíz última de carácter religioso, pues expresa ine­quívocamente lá voluntad de Dios mismo. Pero aún hay más: de que se cumplan o no las exigencias de la justicia querida por Dios depende el que Dios mismo derrame o no derrame su bendición sobre su pueblo: «Yhavé no te otor­gará su bendición en la tierra que él mismo te da en he­rencia más que si escuchas todos estos mandamientos que yo te prescribo hoy. Entonces Yhavé Dios te bendecirá» (Dt 15,4-6).

Nuevo Testamento

Como en tantos otros aspectos, la revelación del Nuevo Testamento asume ciertamente pero a la vez supera la vi­sión propia del Antiguo Testamento, según el principio ex­presado por el Señor mismo: «No he venido a abolir la Ley y los profetas, sino a darles cumplimiento» (Mt 5,17), es decir, a darles plenitud. En el Nuevo Testamento Dios no es ya meramente el defensor de los pobres, sino que se identi­fica con ellos: «Cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a Mí me lo hicisteis» (Mt 25,40). Dios no escucha simplemente el clamor de los pobres, ni sim­plemente asume su causa, sino que, por un lado, acepta vo­luntariamente la condición de vida de los pobres («siendo rico se hizo pobre» 2Cor 8,9), y se encama, se hace hom­bre, para anunciar a los pobres la Buena Noticia de su libe­ración y redención (Lc 4,18).

Arriba hicimos la observación de que el misterio de la pobreza no es ante todo un problema meramente económico y social, sino más bien un problema de humanidad y de éti­ca. Ahora debemos añadir: desde la perspectiva nueva que trae al mundo la encarnación del Verbo en pobreza, el mis­terio de la pobreza es ante todo un problema teológico. Dios mismo se revela a sí mismo en la pobreza. Por ello el cre­yente en el Dios de Jesucristo encontrará en el trabajo por los pobres el camino privilegiado para llegar a Dios: «Ve­nid, benditos.., porque me disteis de comer» (Mt 25,34 ss.).

En cuanto a lo que hemos denominado mecanismos de justicia social, los evangelios son mucho más parcos que el Antiguo Testamento. Pero, en compensación, apelan a lo que más interesa: la conversión radical del corazón y el rechazo total del hacer un ídolo de los bienes materiales. Las críticas del Señor contra la sicología pervertida que produce el deseo de riquezas cobran tonos de extremada dureza. No proceden tales críticas del resentimiento ni del deseo de condenación del rico, sino de la convicción de que también para el rico hay salvación…, si se convierte (Lc 19,8-9), pues es precisamente la riqueza lo que pone en peligro su salvación (Lc 18,25).

Por lo demás, el acceso a Dios a través de la fe en Jesu­cristo exige de todo ser humano unas condiciones de renuncia (es decir, de poner el amor a Jesucristo por encima de cualquier otro amor: a los familiares y aun a la vida propia: Lc14,26) que en el caso de las posesiones mate­riales se expresa en esta sentencia lapidaria: «El que no renuncia a todos sus bienes, no puede ser discípulo mío» (Lc 14,33).

Dos cosas pretende el Señor con el conjunto de su en­señanza sobre los bienes materiales. La primera, funda­mental, es allanar el camino del ser humano en su peregri­nar hacia Dios, pues amor a Dios (primero y fundamental mandamiento) y amor a las riquezas son del todo incom­patibles (Lc 16,13). La segunda se refiere al prójimo (se­gundo mandamiento): en ningún lugar de su evangelio in­sinúa el Señor que los bienes materiales sean malos y que por eso sería buena idea quemarlos o destruirlos. La mejor manera de liberarse del peligro de dejarse esclavizar por ellos es dárselos a los pobres (dimensión antropológica-social) para estar así en disposición de seguirle (dimensión teológica) (Lc 18,22).

Buenos conocedores de su verdadero espíritu, los cris­tianos de la primera generación se pusieron enseguida a inventar modos de convertir en práctica y en historia viva las enseñanzas del Señor acerca de los bienes materiales. Pues habían comprendido muy bien que lo que el Señor buscaba ante todo con sus enseñanzas era la conversión del corazón (sin excluir en modo alguno la «reforma so­cial» consiguiente que resultaría de una tal conversión), no impusieron a nadie como obligatoria la renuncia literal y efectiva a las posesiones materiales. San Pedro se lo dice expresamente a Ananías (Hch 5,4).

Pero pronto vieron que la existencia de necesitados en­tre ellos era un antitestimonio de su fe en Jesucristo. Ense­guida se inventaron «mecanismos» de distribución y parti­cipación que garantizaban que nadie pasara entre ellos ne­cesidad (Hch 2,44-45). San Pablo apela al espíritu de esta primera experiencia cristiana de la comunidad de Jerusa­lén, y la formula en términos de igualdad para las comuni­dades cristianas convertidas del paganismo. Les propone un plan de compartir entre cristianos «para que vuestra abundancia remedie su necesidad», y, para que llegado el caso, «su abundancia pueda remediar vuestra necesidad, y reine así la igualdad» (2Cor 8,14).

Tampoco san Pablo propone el plan como una orden, lo dice expresamente (v.8), sino inspirado por el ejemplo de generosidad de Jesucristo, «el cual siendo rico, por voso­tros se hizo pobre» (v.9). Ya hacia el final de su vida re­sume así lo que, basándose en las enseñanzas del Señor mismo, enseñaba la comunidad cristiana a sus miembros ri­cos, que por cierto no eran aún por aquellos tiempos dema­siado numerosos en la iglesia cristiana:

«A los ricos de este mundo recomiéndales que no se­an altaneros ni pongan su esperanza en la inseguri­dad de las riquezas, sino en Dios, que nos provee es­pléndidamente de todo para que lo disfrutemos; que practiquen el bien, que se enriquezcan de buenas obras, que den con generosidad y con liberalidad; de esta forma irán atesorando para el futuro un exce­lente fondo con el que podrán adquirir la verdadera vida» (1Tm 6,17-19).

La tradición cristiana

El Señor, que conoce muy bien el corazón del hombre (Jn 2,24-25), nunca supuso que sus seguidores íbamos a ser siempre fieles a su enseñanza. Por ello cuenta con, y ofrece a todos, la conversión y la penitencia. Efectiva­mente: hay que admitir sin ninguna reserva que los cristia­nos estamos muy lejos de haber incorporado en los veinte siglos de historia del cristianismo las enseñanzas del Señor en lo que se refiere a los bienes de este mundo, a la cari­dad, a la justicia, a los pobres.

Pero si no ha sido siempre fiel en la práctica, no podía la tradición cristiana ser cristiana sin mantener la fidelidad al Señor por lo menos en la enseñanza. Ahí están, como testigos de su fidelidad en los primeros siglos, los grandes Padres de la Iglesia, que mantuvieron viva la enseñanza evangélica primitiva y la aplicaron sin miedo, sufriendo a veces por ello incomprensión y aun persecución, a los problemas de injusticia y de pobreza de su tiempo.

No hace falta citar nombres; están todos sin excepción, aun los de corte más místico, tal por ejemplo san Gregorio de Nisa. De él son estos párrafos impresionantes, tomados de la Homilía sobre el amor a los pobres:

«¿Qué ganas ante Dios con ayunar, si con tu maldad das dentelladas a tu hermano, si le arrebatas injusta­mente lo suyo al pobre? En estos días ha llegado una multitud de desamparados, y podemos ver por todas partes manos que se nos tienden. La casa de estas gentes es el cielo raso. Visten harapos, no tienen más cosecha que la voluntad de los que les alargan una li­mosna. Su mesa son las rodillas encogidas, su lecho el santo suelo, su baño el río. Llevan esa vida errante y agreste no porque así lo hayan querido, sino por impo­sición de la desgracia y de la necesidad. Socórreles con tu ayuno, sé generoso con estos hermanos víctimas del infortunio. Dale al hambriento lo que quitas a tu estómago. Abraza al afligido como al oro. Estrecha con tus manos al enfermo como si de ello dependiera tu salud y la de tu mujer y tus hijos y de toda tu vida. No desprecies a esos que yacen tendidos como si no valie­ran nada. Considera quiénes son y descubrirás su dig­nidad: ellos nos representan la persona del Salvador. Los pobres son los despenseros de los bienes que espe­ramos, los porteros del reino de los cielos, los que abren a los buenos y cierran a los malos e inhumanos. Toda obra que se haga por ellos grita, ante aquel Juez que conoce los corazones, con voz más fuerte que un pregonero. Pero nosotros, a pesar de que cada letra de la Escritura nos enseña a imitar a Nuestro Señor y Creador, lo dirigimos todo a nuestro propio goce, y no tenemos ninguna cuenta con los necesitados y ninguna preocupación por los pobres. Sed sobrios en vuestras necesidades vitales; no penséis que todo es vuestro. Debe haber también una parte para los pobres de Dios. Pues la verdad es que todo es de Dios, padre de todos los hombres. Los hombres todos somos hermanos de una misma familia; los hermanos deben entrar por partes iguales en la herencia, si queremos ser justos» (P.G. 46,455-468).

La idea de san Gregorio de Nisa, «los pobres nos repre­sentan al Salvador», se basa indudablemente en el evange­lio, y se convirtió a su vez en el mundo cristiano en la clave para entender el misterio de Cristo a través de la escandalo­sa e hiriente realidad social de la existencia de los pobres. En el hombre que sufre, Cristo mismo sufre. Así fue en la conciencia general europea por lo menos hasta los tiempos de san Vicente de Paúl, y sigue siéndolo aún en los tiempos modernos en gentes de auténtica visión cristiana, tal por ejemplo el beato Federico Ozanam.

A ninguno de los Padres de la Iglesia, ni tampoco al pensamiento teológico posterior, se le ocurrió pensar que fuera Dios de algún modo el autor de la pobreza. Las terri­bles invectivas de algunos de ellos contra los ricos de su tiempo muestran a las claras lo que pensaban sobre cuál era la clase social que producía la pobreza de las muche­dumbres, dónde estaban realmente sus causas: los salarios bajos, la esclavitud, el lujo, el egoísmo de los poderosos, los préstamos usurarios, el acaparamiento de tierras, la acumulación de oficios públicos.1

Hubo siempre cristianos, y no pocos, que tomaron las enseñanzas de Jesucristo en su sentido literal de radical desprendimiento y participación de bienes, en particular los monjes, aunque no sólo ellos. Pero también para el resto de la sociedad, la que no se encerraba en los monas­terios, los Padres y la teología posterior fueron elaborando una doctrina exigente que se hizo patrimonio común en el mundo cristiano, doctrina que pretendía remediar las gran­des injusticias sociales y proveer a todos de medios sufi­cientes de vida.

Tal doctrina se resume en la idea de la limosna. Esta palabra, tan devaluada hoy, implicaba unas consecuencias muy fuertes para la vida práctica y se enmarcaba en un conjunto muy sólido de ideas teológicas y socio-económicas elaboradas por una larga tradición de la que es el mejor testigo santo Tomás de Aquino en el siglo XIII:

  • Dios es el único dueño verdadero de todas las co­sas (Summa Theologica II-11,61,1);
  • la intención de Dios al crear el mundo es que to­dos los seres humanos puedan vivir de él con su­ficiencia;
  • el régimen de propiedad privada es legítimo, y es además el más adecuado para que haya orden so­cial y mayor abundancia de bienes (II-11,62,2);
  • el propietario, sin embargo, no debe tener las cosas como suyas propias sino como comunes, de tal manera que las comparta con otros cuando estos las necesiten. Todo propietario es por tanto sólo un mero administrador (11-11,32,5 ad secundum);
  • en cuanto a la limosna: se debe dar a los pobres por derecho natural y por mandamiento de Dios (Lc 11,41) todo lo «superfluo», es decir, lo que no se necesite para mantener con suficiencia la vida propia y la de los suyos (II-I1,32,5;66,7);
  • por su parte, el que se encuentra en necesidad ex­trema puede coger de donde sea lo que necesita pa­ra salir de ella. Al hacer eso, no roba, pues en caso de necesidad extrema todas las cosas son comunes, cumpliéndose así la intención fundamental de Dios sobre los bienes de este mundo (11-11,66,7);
  • a todo esto hay que añadir la firme oposición contra la usura, que se mantuvo invariablemente después en la Iglesia a lo largo de más de tres­cientos años (11-11,78,1 ss.).

En contra de lo que a menudo se le ha reprochado, hay que afirmar que el pensamiento cristiano tradicional nunca ha pensado que la atención a los necesitados fuera objeto sólo de la caridad privada, y no también competencia de la autoridad pública. Testigo de ello es una vez más santo Tomás de Aquino, quien en su obra De regimine principum afirma lapidariamente: «El que gobierna debe cuidar de los necesitados a expensas del erario público» (Libro II, c.15).

Con lo cual el misterio de la pobreza, sin dejar de ser lo que había sido en la tradición, el terreno privilegiado para el ejercicio de la verdadera caridad, se formula ahora co­mo también un problema de organización social y de res­ponsabilidad del poder público, como representante de to­da la sociedad, que debe velar en primer lugar por el bien común, es decir por el bien de todos.

La tradición vicenciana

San Vicente de Paúl se inscribe de lleno, por supuesto, en la tradición cristiana. En un tiempo en que las autorida­des civiles se inclinaban a resolver el problema de la cre­ciente pobreza urbana a través de los llamados Hospitales Generales (edificios públicos en los que se encerraba por la fuerza a los mendigos y ociosos), Vicente de Paúl se des-marca de esa política, y lo hace movido por la convicción de que el pobre es imagen viva de Jesucristo. Por ello mis­mo al pobre no se le puede privar de la libertad por la fuer­za. Se le debe tratar con suma delicadeza y respeto, pues los pobres son, como Cristo, «nuestros amos y señores».

En estas ideas Vicente de Paúl es sólo el testigo de un larga tradición cristiana en un tiempo en que buena parte de la sociedad empezaba a considerar la existencia de los pobres sólo como un problema de orden público que se podía resolver con técnicas adecuadas. Aún estamos en ello. En esta visión secularizada la pobreza no es ya un signo que señala al Dios de Jesucristo, ni tampoco interpela a nadie como prueba del pecado personal o social. La pobreza es un mero problema de ingeniería social, pero no de caridad por el prójimo. No tiene, pues, por qué comprometer vitalmente a quien trabaja por el pobre; por ejemplo a los burócratas de los diversos ministerios de bienestar social.

En lo que se suele destacar como más típico suyo, no es sin embargo san Vicente del todo original. Apenas hay una idea suya sobre los pobres que no la deba él mismo a la tradición cristiana anterior. La misma expresión citada arriba ( «los pobres son nuestros amos y señores»), que se considera comúnmente como muy propia suya, se en­cuentra en la Regla de la Orden Hospitalaria de San Juan de Jerusalén, del siglo XII.

Sí fue Vicente de Paúl un innovador en la visión de la pobreza como un problema de colectividades sociales (campesinos, esclavos, niños abandonados, desplazados por la guerra…), para las que se buscan remedios también colectivos de nuevas técnicas de asistencia. No se limita su visión a considerar la pobreza como un problema que afecta sólo a individuos aislados a los que hay que soco­rrer uno por uno.

En cuanto a lo que hemos denominado técnicas de asistencia, que es el aspecto en el que san Vicente sí de­muestra abundantes signos de originalidad, destacamos las siguientes:

  • el estudio cuidadoso previo de la realidad exacta de la necesidad que se trata de remediar o de re­solver;
  • la movilización y organización de personas vo­luntarias de todas las clases sociales;
  • la captación sistemática de recursos privados y públicos;
  • la cuidadosa y racional administración de los re­cursos;
  • su distribución según las necesidades variadas de los necesitados;
  • el uso de propaganda impresa para informar a la opinión pública acerca de las necesidades exis­tentes;
  • la colaboración con otras fuerzas sociales y reli­giosas, sin excluir a aquellas de las que se discre­pa fuertemente (jansenistas…);
  • la creación de grupos nuevos en la historia de la Iglesia, de sacerdotes, laicos, mujeres célibes en comunidad, laicas solteras, casadas y viudas, para trabajar organizadamente por los pobres.

Añadimos, finalmente, un punto que se ha puesto en du­da incluso por parte de expertos que conocen bien a san Vi­cente. Nos referimos a la cuestión de si san Vicente tuvo conciencia de que la pobreza masiva de su tiempo fuera producida por causas político-sociales estructurales, y de si, en consecuencia, pensó él en tratar de buscar remedios a su vez político-sociales, y no ya de sola asistencia individual u organizada.

A las dos cuestiones hay que responder inequívocamente que sí. No vamos a dar aquí los detalles, pero sí menciona­remos un hecho particularmente revelador. En una ocasión muy comprometida en que las complicadas rivalidades políticas entre las autoridades municipales de París y el primer ministro Mazarino habían producido entre la población de la capital, sobre todo, como suele suceder, entre la pobla­ción pobre, una situación de escasez y aun de hambre, Vi­cente de Paúl tuvo la ocurrencia de acudir al mismísimo Mazarino para pedirle nada menos que dimitiera. Cualquie­ra puede ver que este es un caso paladino (aunque no por cierto el único en su biografía) en que Vicente de Paúl in­tentó remediar con medios de naturaleza política los males causados a los pobres por una mala política.

Dos siglos después de san Vicente de Paúl el beato Fede­rico Ozanam se inscribe también de lleno en la visión cris­tiana del pobre como un misterio que nos habla directa­mente de Cristo. Tampoco Ozanam es original en eso, ni podía serlo, ni menos aún pretendía serlo. Él también perte­nece a una corriente de sensibilidad que tiene su origen en el mismo Cristo. Pero, igual que en el caso de san Vicente de Paúl, Ozanam vive una fe no sólo inspirada por esa idea, sino centrada en ella:

«¿Qué haremos para ser verdaderamente católicos si­no lo que más agrada a Dios? Socorramos a nuestro prójimo como lo hacía Jesucristo» (Lettres, F.O., Bloud et Gay, París, t.III, p.47), pues «vosotros – los pobres – sois nuestros amos, y nosotros seremos vues­tros servidores» (t.I, p.243).

Las ideas de Ozanam «sobre la caridad hacen de ella lo que es realmente: el centro y el motor de toda la vida cristiana» (L. Celier, en Federico Ozanam, ed. Claret, Barcelona, 1975, p.96).

Todo esto que venimos diciendo describe a Ozanam como un cristiano de inspiración netamente vicenciana. Pero de Ozanam hay que añadir algo más. Creemos que se puede asegurar que él, mejor que nadie desde la muerte de san Vicente, ha sabido no sólo recoger y prolongar su he­rencia, sino además formularla de nuevo para los tiempos y los problemas de la nueva organización social que nació de la revolución industrial y de la revolución francesa, or­ganización en la que aún estamos viviendo. Pero este punto lo desarrollamos con más detalle en otro trabajo.

Ozanam, se dijo arriba, se inscribe de lleno en la tradi­ción vicenciana de la visión del pobre. Muy suyo es, por ejemplo, el interés atento y el trabajo personalizado por el pobre concreto. Pero también es muy suya una visión de horizonte amplio que busca no sólo el alivio de las necesi­dades concretas, sino la regeneración, la transformación de la sociedad entera:

«Somos demasiado jóvenes para intervenir en la lu­cha social. ¿Nos quedaremos por eso pasivos en me­dio de un mundo que sufre y gime? No: aún tenemos un camino para prepararnos. Antes de preocuparnos por hacer el bien a escala social podemos intentar hacer el bien a algunos; antes de regenerar a toda Francia, podemos aliviar a algunos de sus pobres» (Lettres, I 143).

Punto final

Para ser cristiano, hoy y en todo tiempo, hay que empe­zar por donde dijo el Señor, por la conversión (Mc 1,15). Para ser un alma de inspiración vicenciana, hay que empe­zar, como lo hicieron san Vicente de Paúl y el beato Fede­rico Ozanam, también por la conversión y la dedicación de la propia vida a los pobres, prolongando así en la historia de hoy la misión misma de Jesucristo.

Para algunos, para los que sientan la llamada, la pobre­za evangélica se mostrará radicalmente en el desprendi­miento de bienes a favor de los pobres (Lc 14,33; 18,22). No todos son llamados a esta forma de seguimiento literal de Jesucristo, pero sí somos llamados todos a una conver­sión y dedicación de la persona y de sus capacidades, in­cluyendo los bienes materiales, a trabajar por los pobres de Jesucristo.

Esta «opción» por los pobres está ya suficientemente clara en el evangelio para quien sepa leerlo sin prejuicios sociales de clase. Y además ha sido explícitamente recor­dada y puesta al día por el Concilio Vaticano II y por el conjunto e la doctrina social de la Iglesia desde su primer documento, la encíclica Rerum novarum de León XIII ha­ce ya más de cien años.

Pero toda conversión sincera no puede dejar de impli­car, si no un desprendimiento radical de los bienes pro­pios, al menos una participación generosa de los mismos bienes con los necesitados. Recuérdese la hermosa historia de Zaqueo en el evangelio de san Lucas: «Hoy ha llegado la salvación a esta casa» (Lc 19, 1-10), le dice el Señor cuando Zaqueo expresa su voluntad de reparar las injusti­cias cometidas por él, y de dar la mitad de sus bienes a los pobres.

Con frecuencia, y con toda la razón, se dice que no son tanto palabras y discursos, sino obras, lo que necesita el mundo para encontrar remedio a sus sufrimientos. Por su parte, la fe cristiana se hace creíble al mundo cuando éste ve con los ojos a los discípulos del Señor haciendo por los pobres las obras que el Señor mismo hizo. No hay mejor prueba de que se cree de verdad en Él: «En esto conoce­rán todos que sois mis discípulos…» (Jn 13,35).

«La Iglesia está vivamente comprometida en esta causa, porque la considera como su misión, su servi­cio, como prueba de su fidelidad a Cristo, para poder ser verdaderamente la Iglesia de los pobres» (Juan Pablo II, Laborem exercens, 8).

  1. Existen muchos estudios y antologías sobre el pensamiento social de los Padres de la Iglesia. Recordamos dos en particular: la monumental obra El mensaje social de los Padres de la Iglesia, de R. Sierra Bravo, ed. Ciudad Nueva, Madrid, 1989, y el agudo comentario-estudio de textos elegidos de los Santos Padres y de la tradición posterior hasta hoy, de J.I. González Faus, Vicarios de Cristo. Los pobres en la teología y en la espiritualidad cristianas, ed. Trotta, Madrid, 1991.

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