La pobreza «baluarte» de la Congregación

Francisco Javier Fernández ChentoEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Flores-Orcajo · Año publicación original: 1983 · Fuente: CEME.
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«Tranquilizaos, rebaño pe­queño, que es decisión de vuestro Padre reinar de he­cho sobre vosotros. Vended vuestros bienes y dadlo en limosna; haceos bolsas que no se estropeen, un tesoro inagotable en el cielo, adon­de no se acercan los ladrones ni echa a perder la polilla. Porque donde tengáis vues­tra riqueza tendréis el cora­zón». (Lc 12,32-24).

«Cada Provincia y cada Co­munidad local, teniendo en cuenta las diversas circuns­tancias, busquen el modo de guardar la pobreza evangéli­ca y establezcan una revisión periódica sobre el mismo, teniendo por cierto que la pobreza es, no sólo el baluar­te de la Comunidad (cf. RC III, 1), sino también condi­ción de la renovación y sig­no del progreso de nuestra vocación en la Iglesia y en el mundo». (E 18).

Reconcíliate-con-tu-hermano«Nudo», «baluarte», «fundamento» de la Congrega­ción (XI 138, 145, 148, 649, 772) son términos que San Vicente usó para indicar que la pobreza es la salva­ción de la Compañía, mientras que la riqueza sería su ruina. (XI 773).

1. «Sin la pobreza no se podrá vivir ni perseverar en la Congregación».

El mismo San Vicente se preguntó qué pasaría con la Congregación si llegara a introducirse en ella el ape­go de los bienes de este mundo. La respuesta que dio nos permite adivinar lo que sucedería:

«Los santos dicen que la pobreza es el nudo de las religiones…, pero se puede decir también que la pobre­za es el nudo de las comunidades, y sobre todo de la nuestra, que la necesita más que las otras; es ese nudo el que la desliga de todas las cosas de la tierra y la ata a su Dios». (XI 138).

«Sin esta virtud sería imposible vivir en paz en una comunidad como la nuestra; y no sólo vivir bien, sino perseverar en ella mucho tiempo, sería imposible… Una persona que sólo se preocupa de sus gustos, de bus­car sus propias satisfacciones, de comer bien, de pasar alegremente el tiempo (pues eso es lo que pretenden quienes tienen ese deseo insaciable de riquezas), ¿podrá acaso desempeñar debidamente sus ocupaciones en la Misión?… Es muy difícil ocuparse al mismo tiempo de dos cosas tan opuestas; es imposible practicar las dos cosas a la vez». (XI 149).

2. «Imposible soportar el peso de la riqueza y el de la virtud apostólica».

La pobreza es condición para la renovación. La Igle­sia cuando desea renovarse busca al pobre y la pobreza. La pobreza nos hace libres para conocer y aceptar me­jor los designios de la Providencia. Merece meditarse lo que San Vicente escribió a dos de sus misioneros:

«¡Ay, padre! ¡Cuánto me preocupa la pobreza en que están Vds. y que no podemos aliviar desde aquí! Honran Vds. la pobreza de nuestro Señor, y El les col­mará de tesoros eternos, y su sufrimiento actual mere­cerá la abundancia, que hemos de temer más todavía que la escasez. Un buen Padre reformado, cuya casa se encuentra sin embargo dividida, me decía uno de estos días, al hablarme de su aflicción: ¡Ay Padre! Mientras pasábamos apuros, servíamos a Dios con mucha paz y devoción; ahora que nada nos falta, estamos divididos ‘y asolados». (II 397).

A otro misionero también le escribió: «El prior de los dominicos reformados de esta ciudad me dijo uno de estos días que el desastre de su casa empezó cuando quisieron independizarse de la Providencia, al tener bue­nos edificios y tener asegurados sus medios de vida… No somos bastante virtuosos para soportar el peso de la abundancia y el de la virtud apostólica, y temo que nunca lo seremos, y que el primero arruinará al segundo». (II 395-396).

3. «¿Qué se dirá de la Congregación si no practica la pobreza?».

El Estatuto 18 dice que la pobreza es signo del pro­greso de nuestra vocación en la Iglesia y en el mundo, es decir, es signo del vigor apostólico y de su credibi­lidad:

«¡Desgraciado, padres y hermanos míos, sí, desgra­ciado el misionero que quisiera apegarse a los bienes perecederos de esta vida! Pues se verá apresado por ellos, clavado por estas espinas y atado por estas liga­duras. Y si esta desgracia cayera sobre toda la Compa­ñía, ¿qué es lo que se diría de ella y cómo se viviría en ella? Se diría: Tenemos tantos miles de renta; pode­mos estar tranquilos; ¿por qué ir a corretear por los pueblos? ¿por qué trabajar tanto? Dejemos a esos po­bres campesinos; que cuiden de ellos los párrocos, si quieren; vivamos tranquilamente, sin tantas preocupa­ciones. De esta forma, la ociosidad vendrá tras el espí­ritu de avaricia; sólo se pensará en conservar y aumen­tar los bienes temporales y en buscar las propias satis­facciones y entonces habrá que decir adiós a todos los ejercicios de la Misión y a la Misión misma, pues dejará de existir. No hay más que repasar la historia para ver la infinidad de ejemplos de cómo las riquezas y la abun­dancia de bienes temporales han causado la pérdida, no sólo de muchas personas eclesiásticas sino también de comunidades y de órdenes enteras, por no haber sido fieles a su primer espíritu de pobreza». (XI 773).

  • ¿Cuáles son mis «teorías» sobre los bienes de la Comunidad, de la Provincia o de la Congrega­ción?
  • ¿Cómo armonizo las diferencias que veo entre lo que San Vicente enseñó y él hizo?
  • ¿Tengo experiencia de que cuanto más pobre es la Comunidad se trabaja más y se vive en más unión?

Oración:

«Señor mío, Salvador misericordioso, te suplicamos hu­mildemente que nos des la gracia de practicar durante toda nuestra vida esa santa virtud de la pobreza, tan propia tuya, (fue has venido a enseñárnosla Tú mismo. Te rogamos, por tus entrañas de misericordia, que nos des ese espíritu de ¡pobreza y nos hagas participar del gran amor que Tú tie­nes a esa virtud. Derrama ese espíritu sobre nosotros y sobre todas las demás órdenes que tengan necesidad de él. ¡Lo esperamos de tu bondad! Amén». (XI 160).

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