Dios es un apasionado por la justicia. No hay que buscar más allá de Miqueas 6,8. He aquí un texto que habla por el corazón de Dios. En Miqueas 6,1-7, vemos una escena en la que Dios emplaza a juicio a Israel por haberse olvidado de la liberación divina de la esclavitud en Egipto (6,4) y por haber olvidado lo que esa liberación exige del pueblo de Dios. Supongo que, como muchos de nosotros haríamos, Israel intenta suplicar y negociar. ¿Podrían sobornar al «fiscal» a base de multiplicar los sacrificios? Quizás Dios pueda ser persuadido de hacerse el desentendido si ellos sacrifican reses y carneros de mejor calidad. Israel llega a ofrecer a Dios algo inconcebible: sus propios primogénitos.
En respuesta a esto, Dios dice a Israel y a toda la humanidad: «Esto es lo que Dios pide de vosotros, y sólo esto: que obréis con justicia, améis con ternura y caminéis ante vuestro Dios con humildad» (6,8).
Observen que estos no son tres mandamientos diferentes. Los tres constituyen una unidad. Una relación correcta con Dios requiere justicia, amor y fe o, por decirlo brevemente, Dios espera de nosotros una fe que obra justicia con amor. Ninguna otra cosa servirá.
La persona de Jesús nos muestra la pasión de Dios por la justicia. En un texto fundamental del evangelio de Lucas (4,16-21) podemos seguir a Jesús en su pueblo un día de sábado. «Como era su costumbre, entró Jesús en la sinagoga». Obviamente, Jesús era «un asiduo» en la comunidad de fe local, y fue invitado a hacer la lectura. Tomó el rollo del profeta Isaías, buscó el impresionante texto misionero (6,1-2) y proclamó: «El Espíritu del Señor está sobre mí; me ha ungido para llevar la buena noticia a los pobres, proclamar la libertad a los cautivos, dar vista a los ciegos, libertad a los oprimidos y proclamar el año de gracia del Señor». Entonces, después de una pausa dramática, Jesús hizo el sorprendente anuncio; «Hoy se ha cumplido ante vosotros esta profecía» (Lc. 4,18-21).
Tenemos aquí un texto apasionante sobre la justicia social que Jesûs ha escogido deliberadamente para realizar su obra. Jesûs fue un apasionado de la Justicia y del Reino de Dios, y quería que la cosecha celeste comenzara enseguida aquí en la tierra, en Él y para Él.
La importancia del Reino de Dios para Jesûs estâ enfatizada en el mâs antiguo de los evangelios, el de Marcos. Las primeras palabras de Jesûs hablan del Reino de Dios: «Después que Juan fue arrestado, marchó Jesûs a Galilea, proclamando la buena noticia de Dios, y decía: El plazo se ha cumplido, el Reino de Dios estâ cerca, arrepentíos y creed en el evangelio» (Mc. 1,14-15).
Cuando Jesûs hablaba del Reino de Dios, sus oyentes advertirían un contraste importante: Ellos vivían bajo otros reinos, el reino de Herodes y el del César. Ellos sabían bien cômo eran esos reinos: en ellos padecían pobreza y opresiôn cada día. ¿Cuâl era la diferencia en el anuncio de Jesûs? En pocas palabras Jesûs proclamaba un reino que mostraba lo que la vida debería ser sobre la tierra si Dios fuera el rey en vez de los gobiernos de este mundo. El Reino de Dios tiene que ver con la justicia de Dios. Al ser esto así, es por tanto diametralmente opuesto a la injusticia sistemâtica de los reinos y poderes de este mundo.
De manera significativa, para Jesûs el Reino de Dios era para este mundo, para aquí y ahora. Quizâs nos hemos olvidado de esto. Quizâs hemos construido una falsa divisiôn entre nuestra bûsqueda de la santidad y la promociôn de la justicia. Pero la venida del Reino de Dios es para este mundo nuestro. Así pues, no debe sorprendernos la peticiôn contenida en la oraciôn dominical: «Venga a nosotros tu Reino, hâgase tu voluntad así en la tierra como en el cielo». El cielo lo estâ haciendo bien; es en la tierra donde estâ nuestro trabajo.
El Reino de Dios es lo que el mundo sería si Dios estuviera al frente. Es el suefio de Dios, el apasionamiento de Dios. Jesûs era tan apasionado por realizar el suefio de Dios, que viviô y muriô por él. Es el suefio por este mundo nuestro.
A través de los siglos, innumerables hombres y mujeres se han aferrado a este suefio. Sintieron que este suefio les exigía no solamente buscar la santidad de una justa relaciôn con Dios, sino también la apasionada bûsqueda y promociôn de la justicia. Se sintieron conmocionados por la conciencia de que de ellos se esperaba algo mâs que honestidad personal y caridad privada. Ellos necesitaban tomar parte en el esfuerzo por cambiar en primer lugar todo lo que fuera causa de que las gentes tuvieran hambre, o estuvieran sin hogar, oprimidos y sacrificados. Estos hombres y mujeres, héroes y heroínas de la fe, no podían hacerlo todo, pero hicieron algo y lo hicieron bien. Sí, y lo hicieron con pasiôn.
Vicente de Paûl, uno de los santos del Reino de Dios sobre la tierra, es un modelo perdurable y un guía para nosotros; y eso no sólo durante la semana dedicada al Fundador en la Universidad de St. John. Su pasión por la justicia y su opción preferencial por los pobres aún nos convocan. Con frecuencia nos imaginamos a Vicente como un hombre de acción, y ciertamente lo era. Ningún pobre era invisible para él; ningún detalle de organización en la consecución de la justicia escapaba a su atención; ningún camino de solución lo dejaba sin explorar. Si una puerta se le cerraba, él siempre encon-traba otra abierta. Transformó literalmente el rostro de Francia en el siglo XVII y continúa inspirando a innumerables imitadores y amigos en la Familia Vicentina hasta nuestros días.
Lo que algunas veces se nos escapa es que Vicente era tan apa-sionado por su oración como lo era por su acción. Parecía que su oración vigorizaba su servicio y su servicio determinaba su oración. Aunque es un poco arriesgado tratar de atisbar en la mente de Vicente, permítanme citar aunque sea sólo un ejemplo de cómo Vicente pudiera haber vinculado su oración con su pasión por la justicia.
Como sabréis, Vicente tenía una especial devoción a la Trinidad. Esto es lo que él dijo en una conferencia, la del 23 de mayo de 1659: «¿Qué es lo que forma esa unidad y esa intimidad en Dios sino la igual-dad y la distinción de las tres personas? ¿ Y qué es lo que constituye su amor, más que esa semejanza? Si el amor no existiese entre ellos, ¿habría en ellos algo amable? Por tanto, en la Santísima Trinidad se da la uniformidad; lo que el Padre quiere, lo quiere el Hijo; lo que hace el Espíritu Santo, lo hacen el Padre y el Hijo; todos obran lo mismo; no tienen más que un mismo poder y una misma operación. Allí está el origen de nuestra perfección y el modelo de nuestra vida. ¿ Qué es lo que produce unidad y comunidad en Dios? ¿No es la igualdad y distinción entre las tres Divinas Personas? ¿Qué es lo que produce su amor mutuo si no su perfecta semejanza? ¿Si ellas no poseyeran amor mutuo, ¿qué sería amable en ellas? Por tanto, unanimidad es lo que existe en la Santísima Trinidad; lo que el Padre quiere, lo quiere el Hijo; lo que el Espíritu hace, lo hacen el Padre y el Hijo; todos actúan de la misma manera; no tienen sino un solo poder y un solo actuar. Ved, pues, el comienzo de la perfección en nuestro modelo».
Nuestras Constituciones retoman este mismo tema en el articu-lo 20: «Como la Iglesia y en la iglesia la Congregación descubre en la Trinidad el principio supremo de su acción y su vida».
Esto nos enseña que el símbolo de la Trinidad — para muchos de nosotros una doctrina marginal a la que no prestamos mucha atención — era para S. Vicente, no sólo objeto de contemplación sino garantía de justicia social. Pues si la vida íntima de la divinidad es una recta y amorosa relación, entonces las personas creadas a ima-gen de Dios deben gozar del derecho de vivir de la misma manera. Y si estas rectas y justas relaciones se desfasan, debe haber alguien que intente enderezarlas, de modo que la voluntad de Dios se haga en la tierra como se hace en el cielo.
Todos sabemos cuân exigente es «esforzarse por seguir esforzândose» en una fe que obra justicia. Es difícil no dejarse abrumar por el tamaño y la dificultad de los problemas de la injusticia social. Por ejemplo, ¿cômo es posible que haya millones de americanos viviendo por debajo del nivel de pobreza y pasando hambre? ¿Es imposible para nosotros diseñar un plan de seguro de salud para todos los americanos? ¿Somos dueños de la tierra o administradores que gestionan lo que le pertenece a otro? ¿Es cierto que cuando sube la marea levanta a todos los barcos? ¿Qué tan difícil es para una superpotencia ser sabia, benigna y compasiva? ¿Somos de verdad tan acogedores para los inmigrantes como fuimos en el pasado? Enfrentados con preguntas difíciles como éstas, existe la tentaciôn del escapismo, o de guardar nuestra fe y mantenerla totalmente como algo privado. Pero no debemos hacer eso. Fe y justicia no pueden, no deben, ser separadas. No obstante, es difícil mantener esa vinculaciôn, especialmente en nuestro país.
Después de todo, nuestra cultura americana es dominada por un ethos de individualismo. Es como el aire que respiramos, el nûcleo de nuestros valores culturales. Y aunque hay mucho de bueno en el individualismo, frecuentemente nos lleva a ver la vida de un modo que oscurece los enormes efectos de los sistemas sociales sobre la vida de las personas. La nociôn del «hombre auto-formado» (self-made) es la moneda corriente. Segûn esta manera de pensar, cada uno, como individuo, tiene lo que se merece. Sin embargo, pensar que somos principalmente producto de nuestros esfuerzos individuales es alegremente olvidar la red de relaciones y circunstancias que afectan nuestras vidas profundamente. Entender la pasiôn de Dios por la justicia y hacernos socios de Jesûs y San Vicente para hacer presente el Reino de Dios sobre la tierra, demanda una manera de pensar y actuar diferente. Y es aquí donde la Universidad de St. John viene a cuento.
Desde el año 1870, la Universidad ha puesto la educaciôn superior al servicio del pobre. Educando a estudiantes de la primera generaciôn, muchos provenientes de familias inmigrantes; inculcando en todos los estudiantes un amor afectivo y efectivo por los necesitados; descubriendo las causas de la pobreza y apoyando la justicia a través de soluciones a corto y largo plazo, la Universidad de St. John ha demostrado que una instituciôn grande puede ser vigorosamente académica, catôlica y vicentina. Esta es una mezcla ûnica, distintiva y atractiva. Y yo la aplaudo y la respaldo con entusiasmo. Mientras continûa proveyendo oportunidades de educaciôn para los pobres y a una diversificada poblaciôn de estudiantes, St. John’s ha hecho de una educaciôn en la justicia, la caridad, el servicio, y la vindicaciôn su sello de identidad y el punto focal de su poder como instituciôn.
¿Qué queda por hacer? Dos cosas, a mi entender
Primera, el desafío de «actuar con justicia, amar con ternura, y caminar con humildad con nuestro Dios» subraya la necesidad de hacer que la espiritualidad vicentina ejerza una influencia sobre nuestra pasiôn por la justicia. La capacidad de «esforzarse por seguir esforzândose» ante obstâculos insuperables, se apoya en la certeza de que la consecuciôn de objetivos en justicia social y la construcciôn del Reino de Dios no depende ûnicamente de nosotros. La justicia es la compañera de la gracia de Dios y del esfuerzo humano. La espiritualidad de San Vicente debe seguir alimentando el fuego de nuestras vidas y de la bûsqueda de santidad.
La segunda es enfrentar el futuro con esperanza y con un claro sentido de quiénes somos y quiénes queremos seguir siendo. La Universidad de St. John es nítidamente catôlica y nítidamente vicentina. ¿Podrâ, querrâ, permanecer la misma en el futuro, teniendo en cuenta la râpida merma en el nûmero de sacerdotes y hermanos, lo mismo que de Hijas de la Caridad, disponibles para este tipo de apostolado? ¿Estamos nosotros de una manera eficaz, como presencia vicentina, transmitiendo esa hermosa tradiciôn que San Vicente nos legô? ¿Qué objetivos y modelos vamos a diseñar, suficientemente concretos y específicos, de modo que podamos saber si hemos fallado o hemos tenido éxito en su realizaciôn?
Los vicentinos que no son miembros de la Congregaciôn de la Misiôn y de las Hijas de la Caridad son llamados a vestir el manto de San Vicente en la Universidad de St. John. ¿Dônde vamos a encontrar a estos vicentinos? Estoy seguro de que ya estân entre nosotros, personas como las que la Universidad honra el día de hoy. ¿Hay otros que tengan la sensibilidad y la habilidad de fomentar una identidad catôlica con un sabor típicamente vicentino en esta Universidad? Estoy seguro de que los hay. Pues, ¿cômo habría de ser posible que un Vicentino o una Hija de la Caridad estuvieran trabajando hombro a hombro cada día con otras personas sin conseguir que se les contagie el carisma vicentino y que éste viva en los corazones de sus compañeros de trabajo? Reconozcamos la existencia de estas personas. Promovamos todos juntos el apasionamiento de San Vicente. Compartamos su carisma como Familia.
Hemos sido llamados, hermanos y hermanas, a reflejar una pasiôn por la justicia que provenga de la pasiôn por Jesûs y por los pobres de Jesûs.
Que San Vicente de Paûl nos inspire a nosotros y a los que vengan después de nosotros con este espíritu y que Dios nos gratifique con su amor, para que seamos fieles a su llamado.






