La pasión del Reino

Francisco Javier Fernández ChentoEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

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Author: Misioneros Paúles de la Provincia de Salamanca .
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¡Ay, Señor! Atráenos a ti, danos la gracia de entrar en la práctica de tu ejemplo y de nuestra regla, que nos lleva a buscar el reino de Dios y su justicia y a abandonarnos a él en todo lo demás; haz que tu Padre reine en nosotros y reina tú mismo haciendo que nosotros reinemos en ti por la fe, por la esperanza y por el amor, por la humildad, por la obediencia y por la unión con tu divina majestad. Al hacer así, tenemos motivos de esperar que algún día reinaremos en tu gloria, que nos has merecido con tu preciosa sangre. Esto es, hermanos míos, lo que hemos de pedirle en la oración; y durante todo el día, desde que nos despertemos, decirse cada uno en su interior: «¿Qué hacer para que Dios reine como soberano en mi corazón? ¿Qué hacer para extender por todo el mundo el conocimiento y el amor de Jesucristo? ¡Mi buen Jesús, enséñame a hacerlo y haz que así lo haga!» (SVP, XI 442-443).

Vicente es un apasionado y este don de Dios le confiere su verdadero rostro. Confiese él que tiene mal carácter: Me enfado, cambio de humor, me quejo, murmuro (SVP, XI, 475). Gascón de alma, ¡tiene carácter! Posee las virtudes de los fuertes: el valor, la audacia, la firmeza, cierta temeridad y, sobre todo, el ardor, que en su tiempo se llama celo. No sufre las medias tintas, quiere estar siempre en el lugar de los hechos, presto a todo, situándose de grado en primera línea, animando, acuciando, yendo a la guerra contra la «insensibilidad», y no tolerando a «los buscadores de la sombra»: ¿Es eso ser misionero, tener todas las comodidades? (SVP, XI. 120). Se ha glosado en exceso su cachaza, su lento ritmo. Es que reflexiona, cuenta con el tiempo, pero cuando ha captado y precisado la meta, ya no la tergiversa: Está todo él en tensión hacia ella, con este doble principio: No basta con hacer el bien, hay que hacerlo bien, a ejemplo de nuestro Señor, de quien se dice en el evangelio que lo hizo todo bien: «Bene omnia fecit» (Mc 7,37) (SVP, XI, 468). Es activo y perseverante. De ahí su deseo de ponerse en movimiento y animar a otros, su empeño en la acción. Es todo él tensión y obstinación. Lo propio de los apasionados. Así es como uno de sus biógrafos le designa «hombre de acción». Hay que seguirle en sus rutas misioneras, yendo de pueblo en pueblo, de iglesia en iglesia, de casa en casa. La casa de San Lázaro dará unas 700 misiones, y en un buen centenar de ellas participa Vicente, antes de 1632. A los 72 años sale para predicar en Sevran. ¡Se engañaría quien le contemplase atado a su escritorio de extramuros de París! Cruza las calles de la capital, desde la puerta de San Dionisio hasta el Palacio Real, con una determinación que provoca la piedad del pueblo: para socorrer a un pobre baja del carruaje y le invita a subir, aquel carruaje que llamaba él su «infamia». No duda en sentarse a la real mesa del Consejo de Conciencia, el lugar donde se deciden los asuntos eclesiásticos, con miras al ejercicio del apostolado público, y de algún modo se convierte en ministro de asuntos religiosos … Dirige a las damas de la alta sociedad y de la burguesía exhortaciones y súplicas para que sigan acompañando a los niños expósitos; imparte enseñanza a los miembros de las Conferencias de los Martes, semilleros de obispos; encomienda a hermanos de su elección, Maturino Regnard y Juan Parre, misiones peligrosas a los desgraciados fugitivos de las provincias siniestradas, en Lorena, Champaña, Picardía, Isla de Francia. Esta en los tajos y vigila, de cerca y de lejos, todas estas empresas. Jean Anouilh, autor de los diálogos del filme Monsieur Vincent, no se engañaba, al hallar este rasgo genial, en una conversación nostálgica entre el gigante de la caridad y la reina de Francia, ambos junto a una chimenea cuyo fuego se consume como sus vidas:

– ¡He dormitado, he dormitado pavorosamente, Señora ..! ¡Señora, la verdad, no he hecho nada!

Señor, ¿y qué hay que hacer en una vida, para hacer algo?

¡Más, Señora! ¡Nuestra negligencia es terrible!

Henos ahí en el corazón del «magis», más, de san Ignacio de Loyola, que san Vicente conocía: «Lo que vamos a buscar es hacer más la voluntad de Dios, es decir amar «más»» . De hecho Vicente de Paúl oraba así: ¡Oh Salvador, no permitas que abusemos de nuestra vocación (SVP, XI 224).

¿Tiene prisa? Más bien rebosa de celo. Se le llamaría «zelota»; ama con locura la acción preparada, madurada al sol la meditación. Nos pone en estado de ardor, los ojos fijos en el advenimiento del reino divino, lo que él resume en fórmulas lapidarias y estimulantes: es menester que nos pongamos totalmente al servicio de Dios y al servicio del público(SVP, XI, 281) y procuremos llenarnos del espíritu de fervor (SVP, XI, 601). Utiliza un vocabulario revelador, con frecuente empleo de la palabra «fuego» y sus derivados: «llama, inflamar, arder, encender, consumir …». Su corazón ve muy allá y desea que el de sus misioneros sea «vasto y amplio». En 1657 les exhorta: Es menester…estar dispuestos y preparados para ir y para marchar adonde Dios quiera, bien sea a las Indias o a otra parte; en una palabra, exponernos voluntariamente en el servicio del prójimo, para dilatar el imperio de Jesucristo en las almas (SVP, XI, 281).

¡Sorprendente! El tema del martirio está muy desarrollado en este auténtico místico. Hable del «espíritu del martirio» como de una evidencia para él y los suyos: ¡Quiera Dios, mis queridísimos padres y hermanos, que todos los que vengan a entrar en la compañía acudan con el pensamiento del martirio, con el deseo de sufrir en ella el martirio (SVP, XI, 258). Está a tal punto habitado por este pensamiento del don total, que llega a inventar una expresión muy suya, «el martirio de la caridad»; ve a las Hijas de la Caridad matarse trabajando, cosa que la tradición les reconoce todavía hoy, y las canoniza sin vacilar: mirémoslas como mártires de Jesucristo, ya que sirven al prójimo por su amor (SVP, IX 256).

Misioneros y Hermanas, ambos imitan a Cristo «que consumió sus fuerzas y su vida en el servicio del prójimo» . Él quiere hacer también como el buen pastor, «arriesgó su vida» ¿?, y cuando envía a Madagascar uno tras otro doce misioneros, que mueren en el barco, o bien a la llegada – misión a la cual algunos en su derredor quisieran renunciar -, él se pone a orar en voz alta y casi provocadora: Si no estuviésemos tan aferrados a nuestros miserables caprichos, diríamos todos: «Dios mío, envíame, estoy dispuesto a ir a cualquier lugar del mundo adonde mis superiores crean oportuno que vaya a anunciar a Jesucristo» (SVP, XI, 536). Digamos asimismo nosotros con él: ¡Dios mío, envíanos!

Misioneros Paúles de la Provincia de Salamanca

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