La parroquia, comunidad orante

Francisco Javier Fernández ChentoFormación CristianaLeave a Comment

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Author: José Antonio Pagola .
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Para la mayoría de los creyentes, la parroquia sigue siendo, con todas sus lagunas y deficiencias, el ámbito eclesial donde viven y alimentan su fe, la comunidad donde se enraíza la experiencia cristiana de nuestras gentes. Por eso hemos de celebrar con gozo todos los esfuerzos que se vienen realizando por caminar hacia unas parroquias más evangélicas y con mayor fuerza evangelizadora.

Sin embargo, recordemos lo dicho más arriba: la acción evangelizadora arranca siempre de la experiencia personal de la salvación de Jesucristo que se vive en la comunidad creyente; evangeliza la comunidad que ha hecho en su interior la experiencia del Evangelio. Por eso hemos de ser lúcidos. No se trata simplemente de introducir determinados cambios en nuestro trabajo y en la estructura pastoral; nuestras parroquias no tendrán, por ello, más fuerza evangelizadora si en su interior no hay una experiencia más viva de lo que es acoger al Dios que nos salva en Jesucristo.

Si queremos impulsar una nueva evangelización en la sociedad contemporánea, hemos de redescubrir la importancia de la parroquia como comunidad orante y recuperar las posibilidades que ofrece como ámbito eclesial donde puede y debe alimentarse la vida orante de los creyentes y su fuerza evangelizadora.

Por todas partes surgen hoy grupos de oración con métodos y contenidos diversos, «talleres» de oración, experiencias diversas de silencio y contemplación, formas nuevas de expresión religiosa, todo ello signo de la acción del Espíritu entre los creyentes. Pero no hemos de olvidar lo que nos dice P Jacquemont: «Seguirá siendo verdad que el auténtico resurgimiento de la oración cristiana vendrá por el camino de la renovación de la vida de las comunidades cristianas, ámbito en el que se engendra la vida en el Espíritu».

Mi reflexión tendrá dos partes: antes que nada, nos preguntaremos si nuestras comunidades parroquiales son hoy comunidades orantes; es saludable que veamos los logros y aspectos positivos, pero también que observemos con lucidez las lagunas y deficiencias más notables.

En la segunda parte, sugeriré algunas pistas para promover hoy la parroquia como comunidad orante, es decir, no sólo como asamblea litúrgica donde se celebra la fe, sino como comunidad donde los creyentes se congregan para orar en común a su Padre.

1. ¿SON HOY NUESTRAS PARROQUIAS COMUNIDADES ORANTES?

La primera pregunta que nos podemos hacer es muy sencilla: ¿en qué medida son hoy nuestras parroquias comunidades orantes?

Sin duda, en nuestras parroquias se ora. Se invoca a Dios, se alaba su grandeza, se celebra el misterio de nuestra salvación en Jesucristo, se pide perdón… Y es mucho lo que a lo largo de estos últimos años se ha ido logrando en bastantes comunidades parroquiales.

En general, la celebración litúrgica se realiza de una manera más digna y cuidada. Ha crecido la comprensión del pueblo y su participación en la acción litúrgica. Se cuida más la dimensión comunitaria de los sacramentos. La Eucaristía ha adquirido una importancia más central. Se escucha y se conoce mejor la Palabra de Dios.

Se han hecho esfuerzos notables en la preparación pre-sacramental. En bastantes parroquias se observa una mayor creatividad y una búsqueda de nuevas formas de oración. Se han renovado bastantes iglesias y se ha cuidado más la disposición del altar y el ambón. Van surgiendo comisiones litúrgicas y grupos de oración. Cada vez son más los fieles que toman parte en los diversos servicios del culto… Se puede decir, en general, que las parroquias celebran hoy su fe de manera más viva y consciente.

Sin embargo, podemos señalar deficiencias y lagunas notables que exigen hoy una atención particular. Si las recordamos aquí, no es para subrayar los aspectos negativos, sino para ver con mayor lucidez por dónde hemos de caminar para construir una verdadera comunidad orante. Me limitaré solamente a aquello que juzgo de mayor importancia para estimular nuestro que­hacer.

1. Poca valoración de lo contemplativo

Son mayoría las parroquias donde predomina de manera desproporcionada la actividad pastoral e incluso la agitación, la organización del trabajo, las reuniones, la planificación y revisión, con una clara minusvaloración de lo contemplativo. Se busca la eficacia y el rendimiento pastoral inmediato. Siempre queda en segundo plano la adoración, la alabanza, la comunicación gratuita con Dios, la efusión de la oración.

La vida y el trabajo pastoral de muchas parroquias están impregnados de una actitud excesivamente utilitarista y poco contemplativa. Incluso las celebraciones son entendidas y vividas, en sus diferentes formas y manifestaciones, como «plataforma de lanzamiento» para conseguir algo útil. Se ora y se celebra la fe para convencer a los participantes de la necesidad de actuar, comprometerse y transformar el mundo.

Naturalmente, nadie cuestiona que oración y vida, lucha y contemplación, han de ir estrechamente unidas en el creyente. Lo grave es constatar que, con frecuencia, no se valora la oración y la celebración desde dentro, desde su mismo ser, sino que parece que se han de justificar desde fuera y han de estar al servicio de algo útil y rentable pastoralmente.

2. Celebración litúrgica vacía de interioridad

Precisamente por lo que acabamos de señalar, muchas veces las celebraciones litúrgicas de nuestras parroquias aparecen escoradas hacia el discurso racional y la exteriorización, con un déficit claro de experiencia interior. Se han hecho esfuerzos importantes por devolver a la liturgia su lugar central en la vida de la comunidad cristiana, pero falta muchas veces una interiorización del misterio que se celebra, una personalización interior de la Palabra y de la Acción salvadora.

Sigue pesando todavía en muchos la idea de «observar el precepto» y cumplir una obligación, se observa una tendencia a que la oración de petición lo invada todo, y falta con frecuencia la comunicación gozosa con Dios y la apertura al Misterio.

Los mismos esfuerzos que se hacen para lograr una mayor participación (preparación, moniciones, exhortaciones, etc.) se reducen a veces a promover una comunicación exterior y horizontal (entre la asamblea y el presidente, los oyentes y el lector, los fieles entre sí), pero no siempre logran una participación más profunda en el misterio que se celebra y una comunicación más viva con Dios. Se canta y se ora con los labios, pero el corazón está ausente.

3. Descuido de la vida interior de los agentes de pastoral

En muchos casos no se cuida debidamente la vida interior de los hombres y mujeres que colaboran en la marcha de la parroquia.

Bastantes de ellos, desbordados por una actividad excesiva, atrapados en la rueda de compromisos, reuniones y tareas diversas, privados de verdadero alimento para su vida interior, corren el riesgo de irse convirtiendo, poco a poco, en funcionarios, más que en testigos de la fe y evangelizadores.

Sin embargo, el descuidar la oración y la contemplación en el trabajo pastoral no dará nunca más eficacia a la acción evangelizadora de las parroquias, sino que la empobrecerá de raíz.

4. Poco impulso de la oración no litúrgica

En muchas parroquias han ido desapareciendo en estos años novenarios, triduos, devociones, ejercicios piadosos, etc., que en otro tiempo alimentaron la vida cristiana del pueblo y que, muchas veces, no han sido debidamente sustituidos.

Prácticas piadosas tan arraigadas como el rosario, la bendición del Santísimo o el vía-crucis han quedado bastante arrinconadas. Los meses devocionales de tanta tradición como el mes de mayo (María), el de junio (Sagrado Corazón), el de octubre (el Rosario), el de noviembre (difuntos) han dado paso a una mayor valoración del año litúrgico. En bastantes parroquias la oración ha quedado reducida a la celebración litúrgica. A veces parece que todo se resuelve celebrando la misa.

Sin embargo, son cada vez más los creyentes que sienten necesidad de encontrar nuevos espacios y posibilidades de oración y encuentro con Dios. Poco a poco, las parroquias comienzan a promover nuevas experiencias de oración no propiamente litúrgicas y a convocar encuentros. Sin embargo, es todavía mucho lo que queda por hacer.

Se observa todavía una especie de inhibición y falta de creatividad. Se habla mucho de la importancia y la necesidad de la oración, pero luego es muy poco lo que se hace para indicar caminos nuevos, ofrecer ayudas y promover sugerencias concretas para la oración personal, en grupo, en familia…

5. La falta de una pedagogía de la oración

Dice H. Cafarel: «Estoy convencido de que si, después de veinte siglos, al inmenso esfuerzo de predicación, enseñanza y catequesis se hubiese añadido un esfuerzo no menos intenso de iniciación a la oración interior, el rostro del mundo sería diferente. De hecho, ¡cuántos niños han seguido el catecismo y no han aprendido jamás a orar…!»

Sin duda, hemos de valorar debidamente los esfuerzos que se hacen en la catequesis de infancia y en la educación de la fe de los jóvenes, pero hemos de decir que, por lo general, es muy poco e insuficiente lo que se hace en las parroquias para enseñar a orar.

Las personas inquietas que buscan caminos de oración y encuentro con Dios se han de dirigir, por lo general, a monasterios, comunidades religiosas o grupos diversos; pero mucha gente sencilla, que nunca dará esos pasos, se encuentra desasistida para aprender a orar de manera más profunda.

6. La falta de silencio y de clima de oración

La vida moderna, llena de ruidos, agitación, prisas, TV llamadas de teléfono, desplazamientos constantes…, va poco a poco agotando el psiquismo de las personas, arrebatándoles la capacidad de silencio interior y de profundización.Nunca como ahora han necesitado los creyentes espacios de silencio, calma y sosiego para encontrarse consigo mismos y con Dios.

Poco a poco, las parroquias van descubriendo esta necesidad del hombre moderno, pero no es todavía mucho lo que saben ofrecer; Las celebraciones litúrgicas están invadidas muchas veces por la palabra, los cantos y las prisas. Falta silencio, sosiego, unción. Muchas iglesias permanecen cerradas a lo largo del día sin que los creyentes puedan encontrar una «casa de oración». Otras veces, la misma estructura arquitectónica no es la más adecuada para el recogimiento, la recuperación de la paz interior y el encuentro silencioso con Dios.

7. Otros aspectos

Sin duda, podríamos tomar nota de otros muchos aspectos más o menos deficientes: la excesiva clericalización de las acciones litúrgicas, las celebraciones configuradas según los gustos del presbítero de turno, el individualismo religioso, el tono poco festivo de algunas celebraciones, los abusos y desviaciones, de carácter sociológico y folklórico, de algunos sacramentos.

Sin embargo, lo dicho puede ser suficiente para estimularnos en nuestra tarea de promover hoy una parroquia que sea cada vez más una comunidad orante. Pero, ¿qué podemos hacer?; ¿hacia dónde hemos de dirigir principalmente nuestra atención y nuestros esfuerzos?

II LA PARROQUIA COMUNIDAD ORANTE

Como decíamos en el capitulo anterior, hemos de recuperar antes que nada la parroquia como comunidad litúrgica donde el creyente viva su vida sacramental y celebre la Eucaristía dominical. Pero la parroquia no es sólo la comunidad donde se celebra la acción litúrgica de la Iglesia, sino la casa donde los hijos de Dios se reúnen para orar a Dios, su Padre.

Esta oración de la comunidad parroquial, no propiamente litúrgica, es de gran importancia y debe impregnar las diversas actividades de la parroquia. Sin ella, fácilmente se cae en el activismo, en la rutina pastoral o en el funcionamiento mecánico.

Por otra parte, cuando los creyentes de la parroquia y de los diferentes grupos se reúnen para orar, están expresando su identidad más profunda de Pueblo de Dios congregado ante su Señor. Dan gracias al Padre por la salvación realizada en Jesucristo. Piden con insistencia la venida del Reino de Dios y celebran su esperanza final en el Señor que vendrá.

Toda la oración que podamos hacer de manera individual, en el seno del hogar o en el pequeño grupo, debería ser como una extensión o una concreción de esa oración que hemos de promover en el interior de la comunidad cristiana. ¿Cómo reavivar la parroquia como comunidad orante?

1. La parroquia, casa de oración

El verdadero ámbito donde tiene lugar la oración cristiana y la presencia del Espíritu es la misma comunidad de creyentes, y no tanto el lugar físico o edificio donde se reúnen. El nuevo templo de Dios es la comunidad cristiana (IPe 2, 5; Ef 2, 19-22).

Sin embargo, también el lugar donde se reúne la comunidad orante tiene su importancia, y hemos de hacer un mayor esfuerzo para que las iglesias parroquiales sean verdaderas casas de oración. Son muchos los detalles que hay que cuidar.

Por lo general, el espacio de los templos está ordenado en función de la celebración litúrgica (el presbiterio con el altar, el ambón y la presidencia, o la nave como lugar del pueblo), pero no en función de la oración no litúrgica. De ahí la necesidad, sobre todo en iglesias grandes, de organizar y distribuir el espacio de manera más adecuada, o acondicionar alguna capilla, oratorio o lugar apropiado para la oración personal o de grupo más reducido.

Es importante también cuidar la disposición o colocación de las personas, la iluminación, la acústica, las imágenes y los símbolos, la cruz, la Biblia, los asientos…

Hemos de cuidar sobremanera las condiciones ambientales, para que ayuden a entrar en el silencio del corazón y de todo el ser, silencio que permita construir al hombre interior y encontrarse con Dios.

Deberíamos cuidar también la ambientación musical en ciertos momentos. Poner a disposición de los fieles libros, textos, folletos, revistas y elementos diversos que les puedan ayudar a orar.

Naturalmente, hay que procurar que el templo esté abierto, al menos, al atardecer, lo cual exigirá muchas veces personas que se hagan presentes a determinadas horas, cuiden el lugar, acojan a la gente… Todo esto es posible cuando en la parroquia hay un grupo dispuesto a promover la dimensión orante de la comunidad parroquial.

2. Encuentros de oración

La parroquia ha de saber convocar a sus fieles, no sólo para la celebración litúrgica, sino también para la oración no sacramental. Hemos de promover experiencias de oración que ayuden a los creyentes a orar en silencio, a escuchar la Palabra de Dios con sosiego, a descubrir nuevos caminos de interiorización y búsqueda de Dios.

Estos encuentros pueden ser muy diversos y ser organizados para agentes de pastoral (catequistas, personal de Cáritas, etc.), o para jóvenes, personas de tercera edad, padres, novios… Pueden tener estructuras diferentes y apoyarse en elementos variados (escucha de la Palabra de Dios, silencio, oración sálmica, plegaria espontánea, meditación personal, audición de música…).

Estos encuentros de oración, dentro de la variedad y creatividad que los puede caracterizar, no deberían ser vividos al margen de la liturgia, sino que muchas veces deberían inspirarse o ser como una prolongación de lo que se vive en la celebración litúrgica. En este sentido, pueden tener importancia particular los encuentros de oración en tiempos fuertes como el Adviento, la Navidad, Cuaresma, Pascua, Vigilia de Pentecostés…

La animación de estos encuentros de oración no tiene por qué estar en manos de los presbíteros. El ideal sería contar con un grupo de oración que lo promoviera.

3. Grupos de oración

Son muchos los grupos de oración que el Espíritu va suscitando en la Iglesia y que deberían encontrar acogida en la parroquia.

Grupos de personas que se sienten vinculadas, no simplemente por lazos de amistad, edad, sintonía de ideas, etc., sino por la escucha de una misma llamada a la oración.

Grupos donde se puede ahondar en la oración, subrayando una espiritualidad concreta (carmelitana, franciscana…), la sensibilidad a una determinada corriente de oración (Taizé, carismáticos…), o una particular orientación bíblica, eucarística…

Grupos donde la relación personal puede ser más cálida y donde la espontaneidad, la creatividad y la comunicación pueden ser mayores. Grupos donde los gestos, las palabras y los silencios pueden tener una calidad más familiar y menos solemne.

Grupos no cerrados en sí mismos, sino abiertos, capaces de invitar y acoger a otras personas sin perder su propia entidad. Grupos capaces de crear nuevos grupos. Y naturalmente, grupos con sentido de pertenencia a la comunidad total, que toman parte y animan la oración de toda la comunidad parroquial.

4. La oración de las Horas

La oración de las Horas ha estado durante mucho tiempo reservada a las comunidades monásticas, a los religiosos y a los clérigos. Poco a poco, comienza a ser también alimento de toda clase de creyentes.

Podemos decir que la Liturgia de las Horas es la oración comunitaria por excelencia, la expresión más típica de la comunidad orante que alaba a Dios, el medio mejor para santificar el tiempo que vamos viviendo.

Esta oración de las Horas debería ser promovida hoy con más decisión en las parroquias. Las razones son varias. Por una parte, es una oración que ofrece una estructura litúrgica sobria que puede liberar de tantas prácticas piadosas a veces desviadas. Por otra parte, es una oración que permite la creatividad y la adaptación a la vida concreta del grupo orante. Es, además, una oración que nos educa en la actitud de alabanza, adoración y meditación gozosa de las obras de Dios. Para muchos creyentes puede ser fuente de espiritualidad y alimento de su fe y de su entrega evangelizadora.

Algunas parroquias han comenzado ya a establecer la oración de Laudes y Vísperas, al menos en los tiempos fuertes o en la víspera de las fiestas más importantes. Naturalmente, si no queremos caer en la rutina, es necesario que algunas personas se responsabilicen de la preparación, la debida explicación de los salmos, la creatividad la recitación adecuada, los cantos, etc.

5. El culto a la eucaristía

La reflexión teológica actual nos ha ayudado a situar más correctamente el culto a la eucaristía fuera de la misa.

Antes que nada, la reserva eucarística en el sagrario es un memorial, es decir, testimonio permanente que nos recuerda la Eucaristía que ha celebrado anteriormente la comunidad cristiana. Este pan eucarístico es como el eco de aquella celebración, el fruto que se prolonga hasta nosotros. Por esta Eucaristía, conservada en las iglesias y oratorios, Cristo se hace presente en medio de nosotros como «Emmanuel», es decir, «Dios con nosotros». Aquí se condensa y se expresa de manera más fuerte la presencia de Cristo en medio de nosotros.

Pero esa presencia sacramental de Cristo no se ha de entender de manera estática, sino como un hecho dinámico, una donación del Padre que nos entrega a su Hijo como Salvador. «Una presencia ofrecida». Por eso, esta presencia eucarística en el sagrario pide una acogida de su acción transformadora, una actitud de adoración y acción de gracias, un deseo de comunión profunda con Cristo, un deseo de que venga para siempre como Señor.

 

Todas las iglesias parroquiales tienen su sagrario y están habitadas por esta presencia eucarística del Señor. Las parroquias deberían hoy ahondar y enriquecer este culto a la Eucaristía, promoviendo la visita al sagrario, la adoración de la Eucaristía, la bendición del Santísimo, desde la actual reflexión teológica y las nuevas orientaciones del Ritual, que invita a alimentar la oración ante el Santísimo Sacramento con cantos, oraciones, lectura de la Palabra de Dios, breves exhortaciones y momentos oportunos de silencio.

6. La religiosidad popular

El pueblo ha desarrollado, por su parte, toda una religiosidad popular que, con frecuencia, encierra desviaciones y deficiencias notables, pero que contiene, sin duda, valores y experiencias que han alimentado su fe.

No podemos ignorar esta religiosidad popular ni, mucho menos, menospreciarla. Hemos de hacer de la liturgia una celebración cada día más viva, participada y enraizada en el pueblo; y, por otra parte, revisar, purificar y cuidar los valores que la religiosidad popular encierra, vinculándola más con la vida litúrgica de la Iglesia.

Los principales criterios a tener en cuenta serían: no promover lo que responde a esquemas socioculturales del pasado; sustituir los aspectos caducos inyectando un contenido más actual; incorporar una concepción antropológica y teológica más sana; valorar la experiencia intuitiva, simbólica, festiva, vivencial que, con frecuencia, esa religiosidad encierra; suprimir los elementos de carácter mágico o supersticioso; desarrollar los valores evangélicos.

En este sentido, deberíamos revisar devociones populares y ejercicios piadosos que todavía tienen eco en sectores del pueblo; la religiosidad nacida de la devoción a María y el culto a los santos (novenas, triduos); la práctica de los «meses devocionales» de mayo, junio, octubre, noviembre, dedicados respectivamente a María, Sgdo. Corazón, rosario y difuntos; la religiosidad en torno a santuarios, ermitas y lugares de culto (romerías, peregrinaciones, procesiones, etc.).

7. Enseñar a orar

Algún pastoralista ha dicho que «el problema pastoral más urgente de nuestro tiempo es cómo enseñar a orar a nuestro pueblo». Es cierto que, si el corazón no se abre a Dios, ninguna pedagogía nos podrá enseñar a orar; pero también es verdad que el creyente necesita unas directrices, una orientación y unos apoyos externos que le ayuden a caminar al encuentro con Dios.

En una parroquia es necesario cuidar, antes que nada, la educación litúrgica. Los creyentes no pueden participar de manera consciente y profunda si desconocen el sentido de la liturgia, la estructura de la Eucaristía y los sacramentos, el significado de los gestos…

Esta labor pedagógica ha de ser constante, para que la celebración no decaiga, sino que se viva cada vez con más hondura. Por otra parte, no ha de quedarse en lo puramente exterior. Se trata de educar en el sentido de Dios y de lo sagrado; introducir en el espíritu de la celebración litúrgica; enseñar a participar de manera viva en la oración comunitaria; crear sentido de Iglesia.

Junto a esta formación litúrgica, las parroquias deberían esforzarse por promover una pedagogía oracional que ayudara a los creyentes a desarrollar sus propias posibilidades de vida interior y oración.

Hemos de actuar con mucho realismo. Antes que nada, hemos de valorar esa oración aparentemente pobre de muchas gentes: la oración que se expresa en fórmulas mil veces repetidas; oración llena de distracciones, sin gran hondura de concentración; oración deslucida de los que se conocen poco y mal a si mismos; oración de los que sólo tienen una cultura rudimentaria; oración de los que no conocen técnicas de relajación o interiorización; oración no ilustrada ni erudita ni sublime; oración de la mayoría, de los pobres, los simples, los que no se sienten buenos; oración que despierta la ternura de Dios y es escuchada siempre por su corazón de Padre.

No se trata de menospreciar esta oración. Al contrario, precisamente cuando se valora esta oración sencilla de las gentes es cuando se descubre que muchas de estas personas de corazón limpio se abrirían a Dios de una manera más honda y profunda si tuvieran a alguien que les enseñara a hacerlo.

Hoy nos faltan, desgraciadamente, maestros de oración que puedan acompañar espiritualmente a las personas en sus dudas, tanteos o falsos entusiasmos. Pero si que puede haber en nuestras parroquias el grupo de oración, la pequeña comunidad orante, que puede ser hoy para muchos verdadera escuela de oración.

Un grupo que cree clima de oración, que haga nacer el deseo de Dios, que ofrezca sugerencias y directrices, que estimule y sostenga la oración personal, que enseñe a escuchar la Palabra de Dios y a crear silencio interior, que prepare los espíritus para la celebración litúrgica.

Recordemos la exhortación de san Pablo a la comunidad de Tesalónica, exhortación que debería ser hoy escuchada en nuestras parroquias y comunidades cristianas: «Estad siempre alegres. Orad constantemente. En todo dad gracias, pues esto es lo que Dios, en Cristo Jesús, quiere de vosotros» (ITs 5, 16-17).

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