La opción para toda la vida

Francisco Javier Fernández ChentoPastoral VocacionalLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: José Rodríguez Carballo, O.F.M. · Traductor: Félix Álvarez, C.M.. · Año publicación original: 2006 · Fuente: Vincentiana, Noviembre-Diciembre 2006.

Antônio Aparecido da Silva, fdp, es sacerdote y religioso orionita. Docente de teología en São Paulo, Brasil, y director del centro Atabaque: Cul­tura Negra y Teología.


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Presentación

El número de religiosos y religiosas disminuye y envejece. Los pronósticos no parecen mejorar para un futuro próximo. Más bien es de esperar que el número de consagrados continúe disminuyendo y que su edad continúe aumentando.

Esta doble tendencia no está motivada solamente a causa de los pocos jóvenes que optan inicialmente por la vida religiosa o consa­grada, sino que se debe más bien a los abandonos que ocurren durante la Formación inicial o «dirigida» y en los primeros años de la Formación permanente o «autónoma» que siguen a la Profesión Solemne o a la Ordenación Sacerdotal. Lo que angustia hoy a mu­chos institutos no es tanto la crisis de las vocaciones sino más bien la crisis de la vocación. No es tanto un problema de «entradas» sino más bien de perseverancia.

Se quiera o no, la realidad se encarga de mostrarnos que la Pro­fesión Solemne o la Ordenación Sacerdotal no es considerada por muchos como opciones para toda la vida, como opciones definitivas e irrevocables, o al menos, en muchos casos, no se viven como tales.

¿Qué está sucediendo? ¿Por qué tantos Religiosos abandonan después de algún tiempo — en algunos casos solo meses — después de haber emitido los Votos Solemnes o de haber recibido la Ordena­ción Sacerdotal? ¿Tiene sentido continuar hablando de una opción irrevocable, de una opción para toda la vida?

Para responder a estas o a otras preguntas semejantes, creo que es necesario diseñar el perfil de nuestros Religiosos jóvenes, dentro del contexto de la sociedad de hoy, y más concretamente del mundo joven. Intentaré señalar después las tareas principales que se presen­tan hoy en la pastoral Vocacional y en la Formación Inicial.

1. Algunas características de nuestro tiempo

Lo primero que salta a los ojos de todos, es que nos encontramos en un mundo en transformación. Se trata de una transformación histórica que lleva consigo el paso de la modernidad a la post-modernidad o a la alta modernidad. Vivimos en un momento ca­racterizado por cambios culturales impensables, marcados por la velocidad de procesos sociales, culturales y radicales: Nuevas cultu­ras y sub-culturas, nuevos símbolos, nuevos estilos de vida y nuevos valores se suceden a una velocidad de vértigo. Las «certezas» y los esquemas interpretativos globales, que caracterizaban la Era Mo­derna, han dado paso a la complejidad, a la pluralidad que caracte­rizan la Era Postmoderna o de la Alta Modernidad.

Esto produce en muchos, desorientación, incertidumbre, insegu­ridad, y todo esto unido a una fuerte desilusión ante las preguntas existenciales que considera inútiles.

Nuestro tiempo es también un tiempo de mercado. Todo se mide y se valora por la utilidad y el rendimiento, incluso las personas. Estas, en términos de mercado, valen cuanto producen y valen para mí en cuanto me son útiles.

Vivimos también en un momento que podemos definir como el tiempo del «zapping» que lleva a no asumir compromisos de larga duración, pasar de una experiencia a otra, sin profundizar en nin­guna de ellas.

En un mundo semejante, en el que todo se torna fácil, no hay lugar para el sacrificio, ni para la renuncia, ni para otros valores similares. Esto produce una mentalidad superficial y una sensibilidad epidérmica que busca la satisfacción inmediata y evita todo aquello que exige constancia, abnegación y paciencia.

Finalmente, merece la pena señalar que el mundo en el que nos ha tocado vivir está dominado por el neo-individualismo y la cultura del subjetivismo que lleva a una falta de comunicación profunda.

2. Nuestros jóvenes

Es muy difícil presentar un perfil completo de los jóvenes de hoy. Estoy convencido de que no existen los jóvenes, sino el joven; que la «juventud» no es una constante antropológica, sino que depende de la sociedad y, en definitiva, de cada joven en particular. Por eso es preciso comenzar afirmando que el mundo de los jóvenes es muy plural.

Este mundo juvenil está condicionado particularmente por la:

  • «cultura del subjetivismo»,
  • la «cultura del tiempo parcial»,
  • la «cultura del escepticismo»,
  • la «cultura de la provisionalidad».

En estrecha relación con esta constante, vale la pena señalar otra, y es la implicación distanciada de nuestros jóvenes respecto a los problemas que dicen que les preocupan y a las causas que dicen defender. Parece existir «un hiato, una brecha, entre los valores finales y los valores instrumentales». En muchos de nuestros jóve­nes existe un gran déficit en valores como el esfuerzo, la auto-responsabilidad, el compromiso… La «cultura light» (ligera, fácil), parece dominar. Otra característica del mundo de los jóvenes de hoy, suficientemente generalizada actualmente, es el hecho de que para muchos de ellos no existe el concepto de límite. El único límite que aceptan es aquel impuesto por el aguante (tolerancia, consisten­cia, resistencia, solidez) del propio cuerpo.

Otras constantes que influyen y condicionan, en mayor o menor grado, el mundo de los jóvenes son:

  • La familia de la que provienen, caracterizada, en muchos casos por: la defensa de una especie de neutralidad axio­lógica, según la cual cada uno debe elegir aquello que le parece mejor, y por la falta de una comunicación pro­longada con cierta profundidad y serenidad. Esto puede explicar, al menos en parte, tantos comportamientos en nuestros jóvenes.
  • Otra constante de nuestros jóvenes es el hecho de que viven felizmente instalados en la cotidianeidad. Son muchos los que confiesan que están contentos con lo que hacen.

Al lado de estos jóvenes se debe señalar también a otros muchos que se caracterizan por su gran capacidad de entrega generosa y altruista y por su gran capacidad de entusiasmo y de fidelidad. Son jóvenes con un deseo fuerte de vivir a fondo su vida, dedicándose «full time, todo el tiempo» a Dios y a los otros. Jóvenes comprome­tidos en la lucha por la justicia y la solidaridad con los pobres, y muy atentos a las «provocaciones» que nos vienen de los últimos y los marginados.

3. Nuestros jóvenes religiosos

Nuestros jóvenes Religiosos forman parte, en el sentido más pleno, del mundo de sus contemporáneos, de aquella generación lla­mada «generación X», que muchos la definen como generación frag­mentada, secularizada, inestable, poco motivada y sin una formación religiosa sólida.

Nuestros jóvenes Religiosos, en su mayoría, no provienen de ambientes exclusivamente o preferentemente «protegidos». En la in­mensa mayoría se advierten los rasgos característicos de la juventud contemporánea, de modo particular: el deseo de auto-realización, el valor de la «autenticidad» (ser ellos mismos), la exigencia de contro­lar y hacer reversibles las propias decisiones, una cierta incertidum­bre de cara a las opciones que hay que tomar, una gran fragilidad emotiva, dificultad al momento de plantearse ciertas exigencias fun­damentales desde el punto de vista existencial, miedo al compromiso definitivo, una buena dosis de individualismo, déficit considerable con relación a la comunicación y a la coherencia, al sacrificio y a asumir responsabilidades. Junto a estos, como es lógico, no faltan jóvenes que llegan a la vida religiosa provenientes de ambientes que bien podemos considerar «protegidos», con escasa relación con las culturas «secularizadas».

En cuanto a las motivaciones que le han llevado a abrazar la vida religiosa o consagrada no pedemos descartar que existan aquellos que optan por la entrada en la vida religiosa y llegan incluso a la Profesión Solemne o a la Ordenación Sacerdotal, buscando un refu­gio o una seguridad, y también para «provocar» y experimentar una sensación más.

Queda claro que una vez hecha la prueba y vivida la primera sensación, si esta no es tan gratificante como se esperaban volverán atrás. En este punto, sin embargo, creo que es cuestión de justicia constatar, una vez más, que la gran mayoría de nuestros Religiosos jóvenes llegan a la vida religiosa o consagrada bien motivados.

Normalmente, nuestros religiosos jóvenes son personas altruistas y generosas, ocupadas en el trabajo apostólico con verdadera dedica­ción. Jóvenes con gran sensibilidad por la oración y con grandes deseos de sinceridad y autenticidad; jóvenes que han recibido una formación esmerada en Teología de la vida consagrada, al menos a nivel conceptual; que han hecho experiencias de todo género; que, al menos aparentemente, conocen bien las dificultades de la vida reli­giosa (dado que no se les oculta nada) y que dicen haber superado muchas crisis (crisis de auto-imagen, crisis de realismo, crisis afecti­vas) y de los que, por tanto, en principio valdría la pena ocuparse mucho.

Y, sin embargo, después de algún tiempo, vemos a no pocos de ellos «víctimas de un proceso de secularización y de ‘profesionaliza­ción’ «, que se manifiesta en el individualismo, en un cierto aire de independencia e incluso en una aparente atonía espiritual que, en muchos casos, se traduce en el abandono de la vocación.

Sabemos que este periodo representa «una fase en si misma crí­tica». Sabemos, también, que hasta los 40 años la persona está en una fase de expansión, de construcción progresiva de la personali­dad. Sabemos todo esto, pero ¿explica todo esto el abandono de tan­tos jóvenes durante los primeros años de inserción en la actividad apostólica?

No creo que sea justo echar toda la culpa sobre aquellos que más pronto o más tarde deciden marcharse. En muchos casos ellos tienen la culpa, pero no podemos eximirnos de la parte que nos incumbe.

Por tales motivos es necesario que nos preguntemos con seriedad: ¿Qué desafíos presenta al Cuidado Pastoral de las Vocaciones, a la Formación inicial, a la Formación permanente y a la misma vida reli­giosa semejante situación?

4. Desafíos al proceso inicial y permanente

Si poco después de haber emitido los votos «definitivos», muchos de nuestros jóvenes deciden marcharse, está claro que esto interroga seriamente el proceso de formación seguido, tanto en los años de la formación inicial como en los primeros tiempos de la formación per­manente.

4.1. Desafíos al Cuidado Pastoral de las Vocaciones o Pastoral Vocacional

El anuncio de la vocación, la propuesta y el discernimiento, deben ser muy honestos y exigentes. No podemos dejarnos guiar por el complejo del número, que en muchos casos se transforma en angustia por la falta de vocaciones; pero tampoco por el complejo de la prisa, que en otros muchos casos lleva a quemar las etapas. No es el número lo que salvará o hará significativa la vida religiosa del futuro. En la vida religiosa o consagrada no se puede hablar jamás de épocas propicias a las rebajas, ni en lo que se refiere a la cualidad, ni en lo que se refiere al tiempo. La vida religiosa o consagrada está tan íntimamente unida al radicalismo evangélico que esto no se puede alterar (privar de virtud).

Por otra parte, adherirse a la llamada y asimilar progresivamente los sentimientos de Cristo hacia el Padre y la espiritualidad del pro­pio Instituto, necesita su tiempo y exige un lento proceso. Estoy con­vencido de que como el anuncio de la vocación debe ser explícito y la propuesta debe ser válida, seria y exigente, así el proceso de discer­nimiento no puede hacerse quemando las etapas.

A todo lo que se ha dicho, debemos añadir y subrayar con fuerza que todas las etapas del proceso, al que nos estamos refiriendo, exi­gen un testimonio adecuado de todos los que hemos abrazado ya la vida religiosa y consagrada. A todos se nos pide autenticidad de vida y testimonio gozoso de nuestra opción vocacional, de tal manera que también nosotros podamos decir: «Ven y verás» (Juan 1,39).

4.2. Desafíos a la Formación Inicial

El desafío primero y fundamental, a mi modo de entender, es aquel de formar para lo esencial. Esto exige:

  • formar para la decisión, en un mundo de indecisos;
  • formar para una responsabilidad apasionada, en una so­ciedad en la que todos hablan de derechos y privilegios y pocos quieren asumir las correspondientes responsabilida­des y deberes;
  • formar para el riesgo, en un tiempo en que se quiere ase­gurar todo; formar para la fraternidad y para la comunión, en un mundo de solitarios;
  • formar para vivir con lo suficiente en este tiempo en el que unos carecen de lo necesario y otros no saben qué hacer con lo que les sobra;
  • formar en la austeridad, en una sociedad de opulencia;
  • formar en una constante búsqueda de Dios como la única razón absoluta para abrazar la vida religiosa, en un mo­mento en el que parece que la pregunta de lo que somos y de lo que hacemos atormenta nuestro corazón y seca nues­tras almas, y cuando la mayor parte de nuestras fuerzas se centran y se emplean en la búsqueda de soluciones para conservar o potenciar, no necesariamente para recrear nuestra «diakonía»;
  • formar en la soledad, en un mundo de solitarios llenos de temor y en el que estamos llamados a dar testimonio de verdadera comunión con todos a través del voto de castidad.

Con relación a la metodología, teniendo en cuenta la pluralidad del mundo joven en general y de aquellos que optan por la vida reli­giosa o consagrada, parece obvio que la formación inicial debe ser personalizada. Esto exige, entre otras muchas cosas, lo que sigue:

  • Atención a la persona de cada uno y respeto al ritmo de crecimiento de cada uno. Hemos pasado de una concien­cia fundamentalmente colectiva, sumergida en aquella del grupo, a una conciencia en la cual emerge claramente la identidad individual, con la correspondiente toma de con­ciencia de la persona con relación al grupo. Conscientes de este paso, desde hace algún tiempo se viene hablando de la necesidad de pasar de una fe pasiva a un cristia­nismo personalizado.

Y, en este mismo contexto, debemos afirmar con energía y deci­sión que el proceso formativo debe ser un proceso personalizado. Un proceso formativo tal que se basa y aspira a la homologación de todos es un proceso despersonalizado y, por eso, está llamado a pro­ducir desastres. Un proceso formativo, que quiera ser tal, debe pres­tar especial atención a la singularidad de cada una de las personas.

Si en otras épocas éramos «moluscos» hoy debemos ser «verte­brados», lo que significa que hoy no existen tantos apoyos y soportes como en otro tiempo. Hoy vivimos a la intemperie. La formación no puede considerarse tal si no prepara a cada persona a afrontar esta situación.

Esta atención a la persona y al proceso de crecimiento/formación de cada uno exigirá procesos formativos diferenciados.

  • Acompañamiento personalizado. La atención a la per­sona exige también un acompañamiento personalizado y una entrega preferencial, más bien exclusiva, por parte de los Formadores a su ministerio prioritario de Acompañan­tes vocacionales y espirituales.

Entre las exigencias del acompañamiento, vale la pena resaltar dos. En primer lugar, que el acompañamiento exige presencia, cerca­nía… El acompañamiento exige tiempo para la escucha y el compar­tir. En segundo lugar, el acompañamiento y la formación deben abarcar toda la persona, pero, a mi modo de entender, deben prestar particular atención al camino de la personalización de la fe y a la esfera afectivo-sexual.

  • Metodología provocativo-interpretativa, mediante la cual la persona no se abandona a si misma (Pedagogía subjetiva), y tampoco es puesta simplemente ante las nor­mas a las que se debe adecuar (Pedagogía objetiva), sino que se le ayuda a descubrir la presencia de Dios sobre el propio camino y a responder generosamente a las provo­caciones del Señor. Desde su propia autonomía-autentici­dad la persona trata de hacer un camino hacia la plenitud.

4.3. Desafío a la Formación Permanente durante los primeros años después de la Profesión Solemne o la Ordenación Sacerdotal

Es necesario, en primer lugar, asegurar a nuestros Religiosos jóvenes ambientes en los que puedan comunicar sus sentimientos.

Es necesario, también, no sobrecargar a nuestros jóvenes. Movi­dos por su vitalidad y por la falta de «mano de obra» con frecuencia están sobrecargados de trabajo y responsabilidad. Esto les lleva a caer en un fuerte «activismo» en detrimento de la vida personal y comunitaria. En una situación así, se cae fácilmente en el cansancio y en el agotamiento. Es necesario, por consiguiente, confiarles res­ponsabilidades adecuadas a sus fuerzas y posibilidades.

Nuestros jóvenes son frágiles. Tienen necesidad de estar acom­pañados personalmente. Este acompañamiento se debe realizar por la Fraternidad que da un Acompañante determinado. La Fraternidad acompaña si es verdaderamente formativa, es decir, si es una Frater­nidad en la que los miembros se sienten en formación continua y discernimiento constante; si está cercana del joven; si el «hacer» de sus miembros no vuelve opaco su «ser»; si sus miembros aproximan el ideal a la vida cotidiana, evitando la atonía, el aburguesamiento… Pero no basta el acompañamiento de la Fraternidad; es necesario que un Hermano se sienta responsable directo del acompañamiento de estos Hermanos jóvenes, ayudándoles «a vivir con plenitud la juven­tud de su amor y de su entusiasmo por Cristo». El ideal sería que fuese el Responsable de la Fraternidad donde se encuentran estos Hermanos, pero si no están preparados para esto, el Provincial debe proveer que otro Hermano asuma esta responsabilidad. Compete al Acompañante:

  • mantener un diálogo periódico con el Hermano o los Her­manos durante estos primeros años de discernimiento en la actividad pastoral;
  • ayudar a los Hermanos jóvenes en la integración de los valores esenciales del Carisma, sin caer en el puro y simple acomodamiento;
  • vigilar para que continúen elaborando el proyecto perso­nal de vida;
  • prestar atención para que el trabajo que realizan no ex­tinga el espíritu de oración y devoción ni se «separen» de la vida de la fraternidad, creando en ellos individualismo, desorientación y sequedad;
  • asegurar un sano equilibrio entre la disponibilidad y los deseos personales;
  • ayudarles a elaborar proyectos de formación permanente y a seguir de cerca su puesta en práctica;
  • asegurar que los Hermanos de esta franja de edad se encuentren periódicamente para la formación o el com­partir fraternos.

Solamente con estos presupuestos los Religiosos jóvenes podrán continuar el descubrimiento progresivo del contenido de la identidad religiosa y se les podrá garantizar un crecimiento en su integración institucional y carismática.

5. Conclusión

Al término de esta reflexión surge la pregunta fundamental que la ha guiado desde el principio: en una sociedad como la nuestra ¿es posible hacer una opción de vida que sea realmente absoluta e irre­vocable?

Mi respuesta es claramente afirmativa, a condición de que se observe cuanto sigue:

  • Que la vida religiosa o consagrada ponga el centro de su renovación en una experiencia renovada de Dios Uno y Trino y considere esta experiencia como su estructura fun­damental. El núcleo central en la vida religiosa es vivir en Dios. El futuro, por consiguiente, de la vida religiosa de­penderá de su opción por el Dios viviente (cf. Juan 20,17); su desgaste en la adecuación de la post-modernidad.
  • Que la opción por el Dios viviente, distante del encerrarse en un misticismo separado de todo y de todos, lleve a los religiosos/as a participar en el dinamismo trinitario «ad intra» y «ad extra». La participación en este dinamismo «ad intra» supone relación de comunión de los unos con los otros y exige entrega libre de sí mismo, acogida del diferente, comunicación sin reserva, ternura materna, docilidad filial. Por otra parte, participar en el dinamismo trinitario «ad extra» supone vivir críticamente y profética­mente en esta «sociedad de la información», poniendo al hombre sobre el sábado (en primer lugar) y el diálogo per­sonal sobre el anonimato y las distintas formas de soledad.
  • Que exista una decisión clara de anteponer la calidad de vida de la fraternidad/comunidad al número de sus miem­bros y a sus actividades.
  • Que en el cuidado Pastoral de las Vocaciones o Pastoral Vocacional se presente la vida religiosa en toda su radica­lidad evangélica y se haga un discernimiento en armonía con estas exigencias.
  • Que durante la Formación inicial se asegure un acompa­ñamiento personalizado y no se baje el nivel de exigencias en todo lo que se viene considerando esencial en la vida religiosa.
  • Que entre Pastoral Vocacional, formación inicial y forma­ción permanente haya continuidad y coherencia.
  • Que durante los primeros años de Profesión Solemne se continúe el acompañamiento personalizado.

Ciertamente, también asegurando todo esto, seguirán produ­ciéndose abandonos, pero pienso que disminuirán en relación a los que ocurren hoy o, al menos, habrá menos responsabilidad por nues­tra parte.

Dice un hermoso proverbio oriental: «El ojo ve solamente la arena, pero el corazón iluminado puede percibir el fin del desierto y la tierra fértil». Miremos con el corazón…, quizás podamos ver lo que otros no ven y ayudar a otros a ver aquello que de otro modo jamás lograrían ver.

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