La obra de los niños expósitos (IV)

Mitxel OlabuénagaFormación VicencianaLeave a Comment

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INVITADOS A LA INNOVACIÓN

Aunque a veces los términos de Luisa y Vicente lleven el cuño de la época, ¡qué genial atención a la realidad, qué sabidu­ría en la escucha del crecimiento humano, con una atención muy particular para con los más débiles, los enfermos, y una actitud para responder a las exigencias de su tiempo, sabiendo dar a los niños que les son confiados unos rudimentos que les permitan alcanzar la autonomía en la sociedad a la que están destinados!

Mi conclusión resumiría cuatro convicciones: 1) centrar nuestra atención en los más pobres; 2) hallar nuevos medios de financiación; 3) aplicar pedagogías innovadoras; 4) ser artesanos de la vida espiritual.

Los más pobres. En el momento inicial, se benefician de especial atención los ilegítimos [en cuanto sujetos a una maldi­ción espiritual, como nacidos fuera de matrimonio, y privados de porvenir, pues les está vedado heredar], como también hacia los expósitos de provincias. Que nuestras casas sean capaces de aco­ger a los jóvenes más deshechos: víctimas de la violencia, ado­lescentes heridos en su identidad, tanta juventud contemporánea víctima de disfunciones.

Nuevas financiaciones. Vimos cómo «la Couche» vivía de los impuestos de los altos agentes de justicia y de las cuestacio­nes públicas en Notre-Dame. Llegan los vicencianos, y la obra se beneficia de los aportes de propiedades rurales, de rentas y de productos vitícolas, que las Hermanas no vacilan en vender a los taberneros parisinos. Hoy nuestras casas viven de los presupues­tos públicos y de algunas ventas de caridad, o de la fiesta anual que, aunque débilmente, contribuye al presupuesto global del servicio. En Polonia financian parte de la obra los centros comer­ciales, y la de los niños de la calle en Ucrania, asimismo en parte, una fundación de ricas familias italianas. Como vicencianos, ¿seríamos lo bastante inventivos como para prolongar este soplo de reavivación creativa?

Una pedagogía adaptada, que esté atenta a la edad de los jóvenes, y les provea de medios aptos para su desarrollo: medios distintos, según que sean chicas o chicos. La lectura forma parte del aprendizaje necesario al situarse uno luego como adulto. Se les ofrece una cultura nacida de los medios fáciles. No se efec­túa una educación mixta, pese al intento de dar a los chicos mayor oportunidad de formación, por temor a que se les prohíba trabajar acudiendo a la jurisprudencia. Según un cruce epistolar entre Luisa y Vicente en punto a una escuela, donde aquella pen­saba instaurar la educación mixta, se reunirá un consejo de padres de familia y concluirá ser irrealizable tal innovación, pues un educador que la introdujo había sido ejecutado por ello.

Dejamos ya espacio a innovaciones para los sectores en que los jóvenes puedan dar lo mejor de sí mismos, y que desarrollen su potencial las capacidades a ellos reservadas por la vida,y hallen su sitio en el mundo.

Una escucha espiritual: con los patrones que Luisa y Vicen­te proponen a los jóvenes, se brinda a éstos una integración com­pleta en la religiosidad de aquella sociedad, de suerte que estén prestos a vivir plenamente su vida. Mas en la estimación de ambos, no se trata solamente de medios dirigidos a un desplie­gue humano que les integre en la sociedad, sino además de la convicción de que su vida adquiere sentido en el origen que les hizo aparecer en la tierra y les sostiene. Una tal fuerza es fuente de seguridad. El percatarse de la dimensión espiritual de la per­sona, aunque fuertemente marcado por la época, permanece como constante que precisa tener en cuenta en el acompaña­miento de los niños. Pues es fundamental hacer que los jóvenes adquieran estabilidad interior: su aspiración a una comunión se considera legítima y justa. Tal vez nos extrañe que sea el cuadro de la Sagrada Familia, a lo que primero atienda Vicente: mas ello permite que sus niños recobren una imagen interior de algo que, en lo natural, les sustrajo la vida. Así se les abre un espacio inte­rior para rehacerlo.

Luisa invitaba además a enseñar el catecismo: conocer los rudimentos de la fe, a la cual podrán adherirse, o de la cual se dis­tanciarán; pero es proponer este conocimiento como bagaje para construir su ruta. Toca a nosotros buscar modos diversos, traducir­los, y ofrecer a cuantos se benefician de nuestras residencias de niños los medios de comprender las tradiciones espirituales que pueblan el mundo; así el proponer tiempos de oración, como uno entre tantos medios de unirnos, en el mundo en que estamos, en una aspiración común, la cual haga que todos recobren su alien­to…, tantas y tantas indicaciones que nos muestran en qué direc­ción ir… El niño de un centro, a quien dije leía yo en su rostro que andaba mal, replicó: «Me dices todo eso por ser cristiano, ¡lo adi­vinas!». Respondí: «El ser cristiano me vincula a una sabiduría antigua, persuadida de que todo hombre es una pequeña maravilla creada para la felicidad. Como simple hombre, en cuanto ser humano que escucha, uno aprende a reconocer esa porción de humanidad en todos, de suerte que cuando alguien ya no marcha, o marcha mal, nos volvemos sensibles y somos capaces de reco­nocer… Si yo he intuido que tú no marchabas bien, no es para que te hagas como yo, sino para ayudarte, ahondando en la antigua sabiduría, a hallar tu camino hacia la felicidad».

¡Sí! Nos atañe a todos a ayudar curar las heridas del camino, para que lleguen a la riqueza interior y encuentren ese otro yo con nosotros para continuar el camino.

Tomar a un niño de la mano

Para llevarlo hacia el mañana

Para dar confianza a sus pasos

Tomar a un niño de la mano

Y cantarle estribillos

Tomar a un niño según viene

Y aplacar sus duelos

Vivir años la propia vida; luego de pronto

Tomar un niño de la mano

Con la mira en el final del camino

Llevar a un niño hacia el suyo…

 

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