La obra de los niños expósitos (II)

Mitxel OlabuénagaFormación VicencianaLeave a Comment

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COMIENZOS SENCILLOS PARA UNA GRAN OBRA

En este contexto oye el señor Vicente la urgente invitación de las Damas de la Caridad del Hótel-Dieu, que en sus visitas des­cubrían a pobres mujeres, las cuales morían en el parto o daban a luz niños que luego abandonaban. Ante la dificultad de mante­ner el servicio, las Damas quieren abandonar un combate que les parece desmesurado. Para que puedan continuar, él les recuerda el historial que les ha conducido por este camino:

«1º … nos habían informado de que esos niños estaban mal aten­didos: una nodriza para cuatro o cinco niños!

2º … se les vendía a los mendigos a ocho sueldos la pieza; les rompían los brazos y las piernas para excitar la piedad de la gente y que les diesen limosna, y los dejaban morir de hambre.

3º… algunas mujeres que carecían de hijos, por no dárselos sus maridos, los miserables que las mantenían, los tomaban y los consideraban como propios; efectivamente, desde hace dos años hemos encon­trado a tres o cuatro de esa clase.

4º …les daban píldoras de láudano, que son un veneno, para hacerles dormir; y es cierto que se ha hecho así.

5º … desde hacía cincuenta años, ninguno de ellos ha logrado sobrevivir, a no ser algunos de los adoptados como hijos supuestos.

6° Y finalmente, para colmo de males, que muchos de ellos morían sin ser bautizados».

En la escucha de la llamada de la miseria física y espiritual de estas pequeñas criaturas es cómo va a intentar dar una respuesta. Escribirá a Luisa de Marillac pidiéndole que haga un ensayo con los niños expósitos, como respuesta a la petición de las Damas. Ese mismo día del año 1638, las Hermanas se hacen cargo de algunos niños. A lo largo del mes, expone él de nuevo la urgen­cia ante la que se halla:

Señorita… hablemos de tres cosas. De los niños expósitos. Me urgen de una forma que no puede imaginarse de parte del señor Hardy. Me hace culpable todo el retraso.

La correspondencia permite advertir, que existe una memo­ria, redactada por Luisa, sobre los niños expósitos, y que el señor Vicente va a debatirla en asamblea con las Damas. Al mes siguiente, Vicente explica a Luisa, cómo las Damas quisieran poner remedio a los abusos evidenciados en la Casa Cuna, encar­gándose ellas de esta obra. Le parece muy difícil ese modo de proceder, y opta por otra vía:

“La señorita Hardy me sigue presionando para que reúna a las damas que le han dado palabra de contribuir. Si no lo hago, se entris­tecerá mucho; si lo hago, iría contra mis sentimientos. Dudo de que esto salga bien por la manera como están las cosas; pues ella entien­de que esas damas han de ir a la casa de los niños expósitos 4 y que todo se haga allí dentro y según el orden que se ha establecido; y mi pensamiento es que sería mejor abandonar los fondos de esa casa esta­blecida, antes que sujetarse a tantas cuentas que rendir y a tantas difi­cultades con que enfrentarse, para hacer un establecimiento nuevo y dejar ese tal como está, al menos por algún tiempo. ¿Qué le parece? Si yo creyese que ella acepta el ensayo que usted propone de una nodri­za y de alguna cabra en su casa, eso bastaría”.

El ensayo comienza en enero, en casa de la Señorita Legras. Prosigue el mes siguiente en una casa alquilada, calle de los Panaderos, junto a la Puerta de San Víctor. Se lleva a doce niños, sacados por sorteo de entre los de la Casa Cuna. Para estar a su cuidadose establecerán con ellos varias Hermanas de la Cari­dad». En febrero Vicente anuncia a Luisa cómo se ha dirigido una solicitud al señor Canciller, para alquilar una casa en la que se alojen las Hermanas y los niños18. Al ponerse en marcha el trabajo, numerosas dificultades se aparecen. Acontece incluso que la autoridad militar requisa algunas estancias para alojar a solda­dos en uno de establecimientos. Los niños son muy numerosos: se hace imposible hallar nodrizas. De otro lado, los gastos son considerables: se necesitan 550 libras para mantener a seis o siete niños, a lo que añade el precio del alquiler de las casas. El número de niños acogidos anualmente no cesa de aumentar: ¡cómo hacerle frente! Con anterioridad a las fundaciones reales, la renta suma 1.200 libras. Siendo demasiado pequeña la casa de la calle de los Panaderos, la señorita Legras decide acoger en la suya un pequeño grupo de niños, no vacilando en emplear la capilla misma de las Hijas de la Caridad en la casa-madre. Una vez colocados los niños en los establecimientos urbanos, se los confía desde el primer día a las nodrizas.

Dos años después, en enero de 1640, el señor Vicente preside una asamblea de Damas de la Caridad del Hótel-Dieu al objeto de organizar mejor el servicio. Las exhorta a hacer algo que ellas habían deseado: ir a visitar a los niños en los Niños Expósitos, a sacarlos del establecimiento y llevarlos a algunos hospitales, y velar por que la gente pobre no abandone tan fácilmente a sus bebés.

Los beneficios del servicio se resienten y el número de niños admitidos crece. Ente 1638 y 1643, así pues en cinco años, se han asistido 1.200. En 1641, el señor Vicente expuso el asunto al rey, quien decidió una asignación de 4.000 libras. Renta de una explotación agrícola próxima aGonesse, 3.000 libras se destina­ban al servicio de los niños, y 1.000 al mantenimiento de las Her­manas. Algunos años después —1644— la reina Ana de Austria añadía 8.000 libras, provenientes de otras grandes granjas, para contribuir al progreso de la obra.

Ante las tensiones manifestadas entre los altos agentes de jus­ticia y el Canciller, y la falta de nodrizas, en agosto de 1645, en el Campo de San Lorenzo, más arriba de San Lázaro, se edifica un conjunto de trece casas contiguas para acoger a hijos de madres que morían de parto en el Hótel-Dieu, o de las que se iban y dejaban allí a los neonatos.

En 1647, cuando han pasado ya diez años, Vicente exhorta a las Damas a continuar, pese a las dificultades. Debe decirse sobre aquéllas, que están prestas al abandono por razones mora­les que han surgido. Los niños nacidos de uniones ilegítimas están condenados, y el rey les priva del derecho a heredar, lo cual da lugar a casos de conciencia: ¿pueden tomarlos a su cargo? En la asamblea, el señor Vicente las exhorta a no desistir de su esfuerzo, y buscar todavía otra casa. Entonces centran su aten­ción en Bicétre, un edificio militar desechado, en el cual alojar a niños destetados. El establecimiento estaba lejos de París y dejaba a la señorita Legras dubitativa frente a esta solución.

Un sábado de julio, el señor Vicente dirigía a Luisa un bille­te con el ruego de que tuviese preparados cuatro pequeños, dos niños y dos niñas; las Damas vendrían por ellos al día siguiente para llevarlos en carruaje a Bicétre. Las damas habían estudia­do sobre el terreno los detalles de la organización. Tenían un solo designio para lo cual hicieron lo imposible, que las Hermanas fuesen las directoras. En la puesta a punto del establecimiento, eligieron como alojamiento de las Hermanas unas habitaciones pequeñas, sin ventilación, con el aire enrarecido, mientras que las grandes estancias quedaban para los niños. Las Hermanas no se atrevieron a decir palabra. Para el servicio religioso, las Damas pensaron que las Hermanas fueran a oír misa a Gentilly. Ello comprometía el servicio, pues, ¿qué harían los niños duran­te ese tiempo? ¿Qué será de la obra? Ante todo ello, Luisa de Marillac concluye con tristeza: «Temo que habrá que dejar el servicio de esos pobres niños»22. Pues si el servicio es importan­te, no lo es menos la vida espiritual. No necesitó llegar a tal extremo, merced a la visita del administrador del hospital de los niños, señor Leroy. Su visita tenía por objeto una queja: que no se le hubiera notificado el traslado de los niños a Bicétre, descono­ciendo de ese modo sus derechos sobre la asistencia pública. Luisa escribe al señor Vicente cómo «pretende ir a allí cuando le parezca a hacer la instrucción; poner un sacerdote y responder de toda la atención espiritual». A lo cual añadía que «que tiene en más estima este cargo que un obispado o un cardenalato».

Tenemos derecho a que nos sorprenda la situación creada por las Damas. Efectivamente se habían siempre ocupado de lo espiritual, y nadie había presentado reclamación alguna sobre este punto: sabían velar por los bautismos, las confesiones por pascua, la preparación para la primera comunión, las misas, los entierros. ¿Fue la prisa lo que las indujo a olvidar este aspecto en la vida de las Hermanas? Es sin embargo el señor Leroy, administrador de un servicio del reino, quien desea se instale cuanto antes un capellán en el castillo de Bicétre. Sus deseos coincidían del todo con los de la señorita Legras: pensaba él aun en confiar al capellán la instrucción de los niños y a las Hijas de la Caridad la de las niñas, conviniendo en ello con los deseos de Luisa. Se tratará de una instrucción muy elemental, pero de nociones básicas. En los comienzos de la historia de los niños expósitos la acción de la señorita Legras, se deja sentir cada vez más. Iba con frecuencia a Bicétre; allí tomaba nota de los meno­res detalles en la contabilidad y la administración. Ella era por cierto la mejor cualificada para juzgar las necesidades de la obra. Sus cartas nos dan a conocer los grandes desafíos y penas que encuentra. El 22 de enero de 1648 escribía: «Desde que están en Bicétre, han muerto 52 niños, y ahora mismo tenemos unos 15 ó 16 que están muy malitos. Espero que cuando todo esté organizado como desean estas buenas señoras, no se nos irán tan deprisa». Ante la insuficiencia de medios, no vacila en que se haga vender el vino de sus propiedades a los taberne­ros de París. Éstos, que ven a las Hermanas entrar en los caba­rets, se enojan y protestan, amenazando a las Hermanas mismas intentando golpearlas. Será precisa la intervención del señor Vicente para restablecer el orden.

En 1649, la Fronda hace que muchas Damas huyan a sus tie­rras, lo cual amenaza la continuidad de la atención a los niños. Ya no pueden hacerse colectas. Por su parte, el P. Lamberto aux Couteaux obtiene entregas de trigo. Se pedirá a los concejales una escolta para el transporte de los aprovisionamientos… Frente a los excesos de la soldadesca, Luisa invitaba a las Hermanas a estre­char sus lazos y mantenerse juntas. Pese a estos esfuerzos, debe­rán evacuar el castillo de Bicétre a finales de noviembre, e ir a ins­talarse en el arrabal Saint-Denis. A comienzos de abril los niños son trasladados a París. El señor Vicente participa a Luisa la pre­ocupación que este traslado ha debido causar a las Hermanas.

El servicio se efectuaba en varios establecimientos, ya en la campiña, ya en la ciudad; de ahí que el rey, donante de las ren­tas para esta obra, haga una declaración, en junio de 1670 —seguida el 21 de julio del mismo año por un fallo del Parlamen­to—, poniendo los establecimientos bajo la autoridad del Hospi­tal General, con lo que los diversos lugares se reagrupan en dos casas: Notre-Dame, y el arrabal Saint-Antoine.

La epopeya de la gran obra vicenciana al servicio de la infan­cia al estar en dificultad, se convierte en quehacer de la nación. Tenemos derecho a preguntar: ¿qué condujo, en menos de cin­cuenta años, a que una obra de caridad se convirtiese en un ser­vicio del reino? Intentaremos ahora recorrer rápidamente las intuiciones que acompañaron a las obrasde Luisa y de Vicente, para aislar su originalidad, y terminaremos manteniendo fija nuestra atención en la invitación a ser innovadores en lo cotidia­no de nuestro entorno.

CEME

Bernard Massarini

 

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