La obra de Federico Ozanam (XIV)

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Author: Léonce Celier .
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Los miembros del consejo de Lyon que habían formado parte de la Conferencia de Caridad, tales como La Perriére, Chaurand, Bouchacourt, Janmot, habían conservado sus impresiones de juventud y las habían confirmado a través del espectáculo de la actividad desplegada en medio de ellos por Ozanam en provecho de toda la Sociedad. La polémica les sorprendió y se sintieron heridos en sus recuerdos más queridos. Lanzaron una protesta a la que dieron su adhesión los supervivientes de los seis: Lallier, Letaillandier, Lamache y Devaux (Clavé había muerto poco después de Ozanam). Dejaron que algunos de ellos comunicaran una nota a la Prensa. El periódico La Verdad, que no pertenecía al mismo partido de El Universo, respondió así al órgano de Louis Veuillot. Este incidente daba al asunto el aspecto de un debate político y lo situaba en un terreno por el que la Sociedad no podía dejarse arrastrar.

Nada podía parecer más engorroso ni más peligroso, a los ojos del Consejo general, que una querella así presentada. Pero, ¿cómo hacerla cesar, o al menos cómo librarse de ella? Deliberaron sobre ello el 25 de febrero de 1856. Bailly estaba presente, pues se le había rogado que permaneciera siendo miembro del Consejo cuando presentí> su dimisión de la presidencia. Repudió, en términos moderados, cualquier pretensión al título de fundador, al propio tiempo que expresaba su opinión de que había que dejar enfriar la polémica por sí sola, sin publicar nada sobre el asunto. Sin embargo, se decidió publicar una nota en el Boletín. Esta nota apareció poco después 21 Probable- mente fue redactada por Frion, secretario general, según el acta de la sesión. La nota mantiene la doctrina de la fundación colectiva, pero, si se lee el texto con atención y si se le compara con lo que Baudon había escrito en el momento de la muerte de Ozanam, se encuentra de nuevo la opinión del presidente general, expresada voluntariamente en términos menos precisos, excluyendo cualquier personalidad : «Si algunos miembros han tomado en su organización una parte más activa…, si ha sido guiada por la experiencia y la autoridad de cristianos ya versados en la práctica de las buenas obras, ella debe su desarrollo y sus progresos a un ímpetu de caridad salido del corazón de la Juventud». A este texto extremadamente prudente, se había añadido de resultas, creo, de un error de redacción, una frase que presentaba, como una historia fiel de los orígenes, la circular del 11 de junio de 1844, en la cual Ozanam, persistiendo en una actitud que sus amigos no comprendían, atribuía expresamente a Bailly «la idea de reunir, en una finalidad de caridad, bajo el patronato de San Vicente de Paúl, un pequeño número de jóvenes», así como todos los desarrollos que se habían sucedido. Era facilitar a El Universo la ocasión de un triunfo, era alimentar la controversia que se deseaba apagar.

Presintiendo este inevitable resultado, Léon Cornudet, que había sido vicepresidente general al lado de Ozanam durante cerca de diez años, buscó un medio de poner coto a la discusión. Pensó que, si Bailly quería buenamente hacer públicas las declaraciones que había ya manifestado sobre el papel de los jóvenes y sobre el suyo propio, nadie podría ya poner en la balanza, ni por un lado ni por otro, la autoridad del Consejo general. Cornudet hizo compartir a Baudon esta esperanza. Fueron los dos a encontrar al antiguo presidente y, con las precauciones que les dictaban su respeto y su afecto, le expusieron su demanda. Esta gestión que tenía, como es de temer, pocas posibilidades de triunfar, tuvo un resultado contrario al que se esperaba. Bailly acogió muy bien a sus dos hermanos y les dejó partir con buenas palabras, pero no pudo decidirse a hacer lo que se le pedía. Por otra parte, su familia fue informada, bastante vagamente, de la gestión y se sintió agraviada. Su hijo Vicente de Paúl, el que fue más tarde una de las glorias de la congregación de los Asuncionistas, expresó con una violencia juvenil su indignación en una carta que ha sido conservada. Esta carta acusa de tentativa de chantaje por parte de los amigos de Ozanam, cuyos nombres el autor parece ignorar. Es ella que, junto con las propias palabras de Ozanam y los recuerdos redactados más tarde por un amigo de Bailly, que no había tomado parte alguna en la Conferencia de Caridad, constituye la base sobre la que se apoyan algunos de los hijos espirituales del padre Vicente de Paúl Bailly para reivindicar periódicamente, frente a todos los demás, la calidad de fundador para el presidente de la primera conferencia y de la Sociedad de San Vicente de Paúl.

Esta reivindicación exclusiva me parece tanto más lamentable cuanto hace difícil a la Sociedad celebrar públicamente a su primer presidente y puede hacer olvidar la parte muy grande y muy bienhechora que Bailly ha tenido en el nacimiento y los primeros desarrollos de la obra, así como a la influencia que en ella ejerce todavía por sus escritos.

Interpretando bien los documentos y los hechos, la Sociedad de San Vicente de Paúl ha tenido, como la orden de los servitas, siete fundadores: los seis estudiantes y Bailly, pero Ozanam fue el principal, porque él es quien concibió mejor la idea y quien ha trabajado más activamente para realizarla.

Tal es hoy, y podemos decir que con la aprobación de las más altas autoridades de la Iglesia, el sentimiento general de toda la Sociedad, y tal es el sentido de las manifestaciones a las que ha dado lugar la conmemoración de las principales fechas de la vida de Ozanam.

Desde hace cuarenta años, pero sobre todo desde que, en 1933, el centenario de la Sociedad fue celebrado con brillantez, la vida de Ozanam, sus cartas y sus pensamientos han sido, por los socios de San Vicente de Paúl dispersados por todo el mundo, una fuente abundante de enriquecimiento espiritual en la práctica de la Caridad, tal como las Conferencias quieren comprenderla. Varias publicaciones le han sido dedicadas, no solamente en Francia sino también en Italia, Inglaterra, Alemania, y aun en los Estados Unidos, Argentina, Brasil, Australia, la Isla Mauricio y otros países.

En septiembre de 1953, el centenario de su muerte ha reunido, en torno al Cardenal Feltin, legado del Papa, y del Presidente general Jacques Zeiller, a representantes de todos los continentes, que han llenado el gran anfiteatro de la Sorbona y la nave de Nuestra Señora de París. Todos se han unido en el reconocimiento y la veneración hacia aquel que, ante sus ojos, encarna más perfectamente a la juventud, la Fe, el ardor en la acción y el amor fraternal que deben siempre animar la obra, audaz en su modestia, de las conferencias de San Vicente de Paúl.

En 1850 El Universo, que tenía para defender a la Iglesia un método que no era el mismo que el de Ozanam, atacó a éste con cierta violencia. Ante la emoción de sus amigos, Ozanam temió que la duda, lanzada sobre su fe y su valor cristiano, no llevase perjuicio a la causa que servía, y tal como hizo san Pablo al presentar a los corintios la apología de su ministerio, escribió a su amigo Dufieux una carta en la que, sin orgullo, demostraba que nada, en sus intenciones ni en sus actos, motivaba la sospecha de la debilidad, tibieza o traición hacia su Dios y su Iglesia. Podemos leer allí esta profesión de fe:

«Me conozco desde hace mucho tiempo, y, si Dios ha querido acordarme cierto ardor en el trabajo, nunca consideré esta gracia como un don brillante del genio. Sin duda, en la fila inferior en que me encuentro, he deseado dedicar mi vida al servicio de la fe, pero considerándome como un servidor inútil, como un obrero de última hora, a quien el dueño de la viña recibe sólo por caridad. Me ha parecido que mis días serían bien aprovechados si, a pesar de mi escaso mérito, lograba retener en torno a mi cátedra a una juventud numerosa, a restablecer ante mis auditores los principios de la ciencia cristiana, a hacerles respetar todo cuanto ellos desprecian : la Iglesia y el papado. Hubiera deseado recoger estas mismas ideas en los libros más duraderos que mis lecciones, y todos mis deseos serían colmados si algunas almas errantes encontraran en esta enseñanza una razón para abjurar sus prejuicios, esclarecer sus dudas y regresar con la ayuda de Dios a la verdad católica. Todo esto es lo que intenté hacer durante diez años, sin ambición de un destino mayor, pero también sin tener la desgracia de desertar del combate».   

La sinceridad de estas palabras es evidente. Ozanam nos ofrece aquí, al propio tiempo que justifica su acción en el único plan del pensamiento, el secreto de su verdadera grandeza.

Filósofo, historiador, orador, defensor de las ideas sociales y escritor, Ozanam ha sido apreciado, digamos más todavía, admirado por sus contemporáneos. Continúa interesándonos, y ninguno de sus lectores puede permanecer insensible a su atracción. Pero quizá no sea por ninguno de estos títulos que se impone a la posteridad. Lo que le sitúa por encima de todo, es el aliento interior que anima su personalidad y que inspira todas sus acciones, en un momento en que esta personalidad y estas acciones son, como podemos ver, a escala nuestra.

El mundo ha perdido la costumbre de encontrar la santidad en la calle: un santo es un ser extraordinario, que no sabemos ver de cerca, un personaje de ventanal o de vidriera.

Ozanam no es un personaje de ventanal. Es otra cosa muy distinta, ciertamente, a un hombre ordinario, pero es un hombre situado cerca de nosotros, un hombre al que todo aproxima a sus semejantes, que tiene un hogar, una familia, amigos, un oficio, que padece y descansa, que ríe y sufre, que admira la naturaleza y los artistas, que compadece y combate como los mejores de entre nosotros.

Y, sin parecer darse cuenta de ello, este hombre nos deja entrever en todo momento y ocasión el fuego de su vida interior. En su intimidad, en su cátedra, en sus escritos y en su acción social, es siempre y totalmente cristiano. Su cristianismo informa todo su pensamiento. Dios, el Dios del Evangelio, aparece en la más leve palabra que le inspira cualquier acontecimiento, ya sea público o íntimo. El hecho es evidente, desde sus cartas de juventud hasta sus últimos esparcimientos. Es en una atmósfera sobrenatural donde se coloca, sin esfuerzo alguno, para juzgar, para consolar, para alegrarse o para convencer.

Ozanam no es un asceta separado del mundo, ni un censor moroso, y ni un sermoneador inoportuno. Sus colegas, sus alumnos, sus amigos incrédulos, a los que trata con una afectuosa delicadeza, jamás se han visto disgustados por esta fe siempre presente. Es como uno de ellos, y sólo Dios habita en su alma. Bajo este ángulo es cómo hay que considerar las cualidades naturales de que estaba dotado.

Entre esas cualidades, anotemos en primer lugar una inteligencia amplia y penetrante a la vez. No ha hecho de él, sin duda, un pensador original, pero le ha permitido, no obstante, no solamente obtener con tesón los diplomas oficiales que coronan los estudios superiores, y ello en unos terrenos muy diversos, sino, mejor todavía, adquirir el conocimiento de varias lenguas, leer y comprender los textos, iluminándolos con comparaciones, sacar de ellos ideas generales, y planear fácilmente por encima de los elementos contingentes de la Historia, la Literatura y la práctica jurídica. Puso esta inteligencia enteramente al servicio de su fe, y es hacia una apologética fundada en la verdad histórica que él orientó toda su actividad intelectual.

Esta actividad fue inmensa. Para conducirla de frente con sus prácticas de piedad, su vida de familia, sus amistades, su participación en las obras, sus viajes y, ¡ay!, el cuidado de su salud, necesitó una asombrosa capacidad de trabajo. Los resultados se hallan inscritos en su Bibliografía. Ciertamente, Ozanam se calumniaba cuando se trataba a sí mismo de perezoso. Sin embargo, sus capacidades naturales no hubieran bastado para mantenerle bajo el yugo. Fue para él un problema de conciencia: necesitaba, como en la parábola, explotar para el Maestro el talento recibido. Era preciso obedecer a la vocación que Dios le había asignado, obedecer con tanta más aplicación cuanto que, para dicha vocación, había abandonado la carrera a la que le empujaba el afecto de su padre. Hasta el final asumió pesadas cargas. Trabajó, podríamos decir, al borde de la agonía, y trajo libros escritos en sus supremos viajes. Deja una obra sin medida común con los pocos años que la Providencia le ha concedido.

¿Diremos que el cumplimiento de su tarea se ha visto favorecido o, por el contrario, obstaculizado a causa de su imaginación? Este don precioso, pero lleno de peligros, lo poseía abundantemente. No era la imaginación creadora del artista o del novelista, sino la que ensancha el horizonte y abre lejanas perspectivas, la que lleva a acariciar hermosos y grandes designios, pero también aquella que, en la empresa, muestra a veces con exceso todos los obstáculos. De ahí se originaban, en los momentos críticos de su carrera, temores y vacilaciones de que se acusa, una sensación de retroceso que le agobia y de la que no triunfa sino por un abandono cada vez más completo hacia la voluntad divina.

Otro rasgo acompaña, en su carácter, a esta viva imaginación: una exquisita sensibilidad. Las dos van a menudo juntas. Se trata de un don inestimable, pero todavía un don peligroso, que le hace vibrar ante todas las formas de lo Bello, que hace de él un amigo encantador, que ensancha su simpatía a la medida de todos los dolores, pero que demasiado a menudo le deja lastimado, y le hace tan duramente consciente de su impotencia que la acción le parece sobrepasar sus fuerzas. Esta sensación de desaliento, que le asalta a veces, la vuelve en provecho de Dios, pues encuentra en ella un alimento para su humildad. En este punto se halla, para él, según los verdaderos espirituales, el mejor medio de dominarla.

Estas cualidades, cultivadas por el estudio pero sobre todo modeladas por una ejemplar docilidad a la Gracia, contribuyeron a asegurar el éxito de su palabra y de sus escritos.

Difícil es apreciar su enseñanza, de la que no nos quedan sino unos ecos muy debilitados. Él no podía dejar de buscar la elocuencia, mérito apreciado entonces por encima de todo en la cátedra, aunque algo abandonado hoy. Fue elocuente y se vio por ello felicitado, en plena Sorbona, por Victor Cousin. Carecía, sin embargo, del prestigio físico, de una voz clara y de la seguridad que facilita el éxito del orador. La timidez ordinaria de los sensibles y los imaginativos le paralizaba a veces en el momento que tomaba la palabra. Se tranquilizaba al cabo de unos instantes. Conseguía conquistar a su auditorio por el calor de sus convicciones, la riqueza de sus apreciaciones y la plenitud de una exposición alimentada a través de una laboriosa preparación. Mantenía el interés de sus oyentes con su alta conciencia y por la simpatía que sabía infundir. Además, si la atmósfera de sus cursos no nos es conocida sino por el testimonio de algunos de sus alumnos, algunos de los cuales como Caro, Renan, y Francisco Sarcey se encontraban lejos del catolicismo, la sustancia de muchas de sus lecciones ha pasado a sus libros.

Ozanam escritor tiene derecho a un sitio honroso en la historia literaria. Es sencillamente uno de los buenos prosistas de su tiempo. Por supuesto que pertenece a este tiempo. Por más que él no haya tenido conciencia, quizá, de ello —pues lleno de sinceridad felicitaba a Lacordaire por «sacudir cada día más ese poco de polvo romántico  se vio conmovido por el Romanticismo. Su veneración hacia Chateaubriand, su admiración por Lamartine y por Mickiewicz son una buena prueba de ello.

Está exento del egocentrismo y la exageración que afectan a los primeros personajes del movimiento, pero, como ellos, se vio penetrado a la vez de cultura clásica y de sentimientos nuevos. En una prosa clara y cuidada, heredada del siglo xviii, expresa el amor del pasado, la poesía profunda de la naturaleza, y las ideas generosas que caracterizan la época. Si los maestros de su estilo son Bossuet y Fénelon, junto con, valga la palabra,

Voltaire y Montesquieu, se lo inspira el aire del siglo romántico, tal como a madame de Staél el gusto de las literaturas extranjeras, a Victor Hugo y Michelet la curiosidad entusiasta de la Edad Media, a Chateaubriand, Lamartine y todos los demás, el amor de las montañas y los bosques; tal como a todos a la vez la persecución inconsciente de la epopeya en el relato de los acontecimientos y la preponderancia de la emoción sobre la palabra.

No es un gran creador. No ha abierto nuevas vías al arte literario. Escribe puramente, sólidamente, un poco largo quizá. No concede tantos cuidados a la música de las palabras como al encadenamiento de las ideas. Éstas sobrepasan siempre el tema que trata. Dios, Cristo, las verdades cristianas, esa es a la vez la fuente y el objeto último de todo cuanto escribe. Ello es evidente para sus artículos sobre la cuestión social, pero no es menos cierto para sus obras históricas. Hay que tener en cuenta todo ello —como la tuvo Edouard Jordan— para apreciar el valor de esas últimas.

Ozanam posee sin lugar a dudas ciertas cualidades que nuestra época, herida por la técnica, mira como necesarias para el historiador. No busca más que la verdad y la busca con pasión. Conduce sus encuestas con método. Reúne los textos. Sabe leerlos y criticarlos. Los relaciona uno con otro, sin sacrificar nunca un solo dato a las preferencias de su espíritu. Sus comentarios simples de carácter general se basan siempre en los hechos.

No obstante, no es de los que sobreviven por el valor científico de sus obras. Está demasiado sujeto a la elocuencia por la opinión de su tiempo para acantonarse en la austeridad literaria de la obra puramente sabia. Está también demasiado penetrado por sus convicciones y excesivamente sometido a su designio apologético, demasiado comprometido, se diría hoy, para no sobrepasar el cuadro de la simple investigación. Ello reduce su influencia directa sobre las generaciones actuales de eruditos. Le queda el honor de haber desbrozado un campo bastante vasto, el de la historia literaria comparada, y sobre todo el haber revelado al público ilustrado, con una tesis jamás igualada, la grandeza filosófica y el valor religioso del poeta más grande que ha conocido la Edad Media. Aquí, todavía, su mérito más brillante es de orden espiritual. No es sorprendente, pues, que sus admiradores más fieles y sus discípulos más convencidos sean hoy los miembros de la Sociedad de San Vicente de Paúl, a la que él ha dado tanto. Tampoco es sorprendente que se haya presentado seriamente la cuestión de hacerle figurar entre los santos a los que la Iglesia rinde público culto.

Ozanam nos muestra en su persona, en su vida y en sus escritos, la acción de un admirable principio de unidad. Y este principio es precisamente el de la santidad: el amor de Dios, el deseo de Su reino y la adhesión a Su voluntad. Si la amplitud de su obra provoca más que la estimación, si el calor de su corazón suscita la amistad, la profundidad de su vida cristiana ofrece sobre todo un ejemplo de meditación. Para aquellos que han recogido la parte más clara de su herencia, y que, por decirlo así, se han colocado bajo su estandarte, para los socios de San Vicente de Paúl esta meditación debe convencerles que la Caridad cristiana, que se deciden luego a profesar, no se limita a los instantes que consagran a la sesión de su conferencia y a la visita de los pobres, sino que debe extenderse a su vida entera, informando todos sus pensamientos y todas sus acciones, teniendo presente que serán los auténticos herederos de Ozanam en la medida que sabrán, como él, ser en todo y por todo auténticos discípulos de Cristo.

Fuera de la Sociedad de San Vicente de Paúl, el ejemplo de Ozanam es también fecundo. Si, como es de esperar, el proceso canónico abierto en Roma consigue, en un próximo porvenir, una realización favorable, la Iglesia, beatificando a Ozanam, dará a la memoria del sabio, escritor y hombre de acción, como hombre de Fe que fue ante todo, la consagración brillante que concuerda mejor con el ideal de toda su vida. Al propio tiempo, ofrecerá un modelo estimulante a cuantos aspiran santificar sus labores, sus alegrías y sus penas en la condición común donde la Providencia los ha colocado.

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