La obra de Federico Ozanam (XIII)

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Author: Léonce Celier .
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LA SOCIEDAD DE SAN VICENTE DE PAÚL

Como ya sabemos, Ozanam había formado a los diecisiete años, al salir del colegio, el proyecto de una gran obra apologética, fundada en el estudio de las creencias de los pueblos antiguos. Habla de ello en una carta a su primo Falconnet.

El año siguiente, antes de abandonar Lyon para establecerse en París, procura reclutar entre sus amigos a un equipo de colaboradores: «Me sentiré dichoso si algunos amigos vienen a agruparse conmigo. Entonces… crearíamos una obra conjuntamente, luego otros se reunirían con nosotros y quizá, un día, la sociedad se agruparía bajo esta sombra protectora» .2 La soledad moral, que tanto  sufrió al llegar a París, le hizo comprender las bondades de la amistad cristiana para esos «pájaros de paso» que son los estudiantes separados de sus familias.

Esta experiencia ensanchó sus ideas, precisándolas al mismo tiempo. A los quince días de llegar a París, apenas instalado en casa de Ampére, ya escribió: «Espero conseguir fundar la reunión de que te hablé; tengo ya razones para ello». Un mes más tarde, siente mejor la amplitud y también las dificultades de su empresa : «Tú no ignoras —dice— cuánto deseaba rodearme de jóvenes que sintieran y pensaran como yo; ahora ya sé que existen… pero se hallan dispersados… y resulta difícil la tarea de aquel que quiere reunir a unos defensores alrededor de una bandera» .

En 1832, a propósito de sus protestas contra las palabras antirreligiosas de varios profesores, muéstrase todavía confiado: «Valor, pues la obra de Dios será realizada por las manos de la juventud actual, quizá incluso por las nuestras». Fue  en la misma época que se vio introducido en el círculo de jóvenes, que agrupaba Emmanuel Bainy alrededor de los restos de la antigua Société des Bonnes Études. Con él y los compañeros que arrastró, este grupo recobró nueva vida, y nació la «Conferencia de Historia». Según su propia confesión, su sueño fue siempre «formar una reunión de amigos trabajando juntos en el edificio de la Ciencia bajo el estandarte del pensamiento católico». La Conferencia de Historia le  ofreció, pues, las mayores esperanzas. Sin embargo, a partir de aquellos tiempos, se inquietaba por encontrar en él «muchos sentimientos, una suma mediocre de ideas y muy poca acción»?

En el entretanto, la Conferencia de Historia, en la que los jóvenes católicos no estaban solos, presenció discusiones apasionadas en el curso de las cuales unos incrédulos multiplicaban sus críticas a la Religión cristiana, a la que acusaban de no tener nada que ofrecer al mundo moderno. Ozanam y sus amigos Chaurand y Lamache eran el alma de la resistencia en estos ataques. Observaron pronto el poco fruto que traían dichas controversias, en tanto no fueran apoyadas por algún ejemplo. Un día uno de sus amigos, Auguste Letaillandier, propuso la idea de que sería más eficaz obrar que discutir, y que sería mejor reunirse para ejercer la Caridad.

Esta idea fue acogida por Ozanam: se acordaba, en efecto, con sus propios deseos dándole un giro más práctico y menos ambicioso. No solamente daba la ocasión de atestiguar para Cristo y su Iglesia, mejor que con la palabra y la pluma, por el amor efectivo manifestado a nuestros hermanos, sino que tendía a aproximar la juventud a Dios, ayudándola a practicar la mayor de las virtudes cristianas, ofreciéndole para ello el apoyo de la amistad y del buen ejemplo mutuo. Así es que no quiso esperar ya más y, según atestigua Lamache, sometió a éste y a Devaux un proyecto de acción inmediata: su palabra fue tan calurosa que les arrastró. Lallier —una amistad reciente pero ya muy apreciada—, Letaillandier, ya convencido de antemano, y un recién llegado, Félix Clavé, poeta en ciernes y recién convertido, se unieron con los otros dos.

Nuestros seis jóvenes, por decididos que estuvieran, no sabían demasiado cómo empezar. Su reacción natural, necesaria, podríamos decir, fue ir a pedir ayuda y consejo a Emmanuel Bailly, bajo cuyos auspicios la Conferencia de Historia se reunía. Bailly, hombre de experiencia, muy cristiano y muy caritativo, no podía hacer otra cosa que aprobar sus intenciones. Incluso es probable que deseaba verlas realizadas en esta vía. Vacilaba sin embargo sobre la acción a emprender y mandó los jóvenes al párroco de SaintEtienne-du-Mont, parroquia de la calle de la Estrapade donde tenían lugar las reuniones de la Conferencia de Historia. El buen cura Olivier no comprendió lo que estos estudiantes deseaban y les aconsejó hacer tan sólo el catecismo. Esta excelente obra no respondía, ella sola, a sus deseos de un ejercicio «por decirlo así, manual» de la Caridad. Se detuvieron en la visita a los pobres y se aseguraron el apoyo y los consejos de la célebre hermana Rosalía Rendu, Hija de la Caridad, el apóstol del barrio Mouffetard, conocida y estimada por Bailly. Ella les prestó sus primeros bonos de pan. Bailly aceptó presidir sus trabajos, cosa que estaba calificado para hacerla. La primera reunión tuvo lugar probablemente el martes 23 de abril de 1833, en el local del periódico La Tribuna católica, del que Bailly era propietario, sito en la calle del Petit-BourbonSaint-Sulpice. La «Conferencia de Caridad» nació así.

Bailly permaneció el «moderador y el padre» de la naciente obra. Piadoso, instruido, prudente, dirigió durante once años este pequeño grupo, nacido entre los jóvenes que él amaba. No obstante, su carácter vacilante no le permitía mucho tomar iniciativas atrevidas. Por otra parte, en esta reunión íntima, tan sólo Ozanam había concebido proyectos para el futuro, inspirados en sus antiguas preocupaciones. Y así se le veía sin cesar proponer, apoyar, sugerir a Bailly medidas propias a ampliar, consolidar y desarrollar la acción caritativa.

A partir de las primeras semanas, cuando sus compañeros no veían aún, en la Conferencia de Caridad, más que un pequeño grupo de amigos que perdería su encanto y su intimidad al extenderse hacia los demás, él se unió con alegría a la proposición, hecha por Lallier, de admitir a un séptimo miembro, Gustave de la Noue, al que no tardaron otros a seguirle. A principios de otoño, los siete se habían convertido en quince. Varios de aquellos militantes eran lyoneses traídos por Ozanam. Al final del año escolar, él escribió a Falconnet, quien ignoraba completamente todo lo relativo a la Conferencia de Caridad: «Desearía que todos los jóvenes de cabeza y de corazón se unieran para realizar una obra caritativa, y qué se formara en todo el país una vasta asociación generosa para aliviar a las clases populares. Ya te explicaré lo que hemos hecho en París a este respecto, este año y el año pasado».  

Durante las vacaciones escribió a Bailly desde Lyon para anunciarle que una Conferencia de Caridad iba a crearse en Nimes por Léonce Curnier, que había ya visitado la de París. Desea que el nuevo grupo sea considerado como «corresponsal» de este último.19 El día 3 de noviembre de  1834, expone a su primo Pessonneaux unas ideas que inspirarán todo el programa de la futura Sociedad de San Vicente de Paúl: «Procuremos no enfriarnos, pero acordémonos que en las cosas humanas no existe éxito posible si no es a través de un desarrollo continuo, y que es igual que caerse al dejar de andar. Soy, pues, partidario de las innovaciones, de las subdivisiones, de las conferencias, de los cursos y de todo aquello que el cerebro bienhechor del señor Bailly tendrá a bien crear. Espero el éxito, con la condición que no falte valor. Sin embargo, si el señor Bailly deseara hacer algo, creo que sería necesario llevarlo a cabo cuanto antes mejor. Ya conoces las irresoluciones de este hombre excelente. Por mi parte, le apresuraré con todo mi poder».  

Escribió, en efecto, a Bailly a la mañana siguiente: «Creo llegado el momento de extender la esfera del bien… La reunión de Caridad, ya más numerosa, podría subdividirse en secciones». Nueva carta, el 20 de noviembre: «No  piense usted que nuestra sociedad caritativa, para poder mantenerse, debe modificarse y que el espíritu de intimidad sobre el que se funda y el crecimiento que debe tomar no podrían conciliarse sino dividiéndola en secciones que tendrían un centro común y, de tarde en tarde, unas asambleas generales». Estas líneas definen la estructura fundamental de la Sociedad de San Vicente de Paúl, tal como ha sido realizada. Ozanam no consigue sin pena la realización de sus propósitos. De regreso a París en diciembre, encontró una enérgica oposición entre los partidarios de la Conferencia única, entre los cuales figuraban algunos de sus mejores amigos. Bailly, vacilante, aceptó un compromiso que, afortunadamente, no duró mucho tiempo. El desarrollo de la Sociedad, en París, en Francia y en el mundo entero iba a confirmar los deseos de Ozanam.

Él fue, de todos modos, el propagandista más activo, en Francia y en el extranjero. Aposentado de nuevo en Lyon en 1836, no tardó a fundar allí una Conferencia de la que fue presidente. Mantiene con el «Consejo de Dirección» de París una correspondencia continua, en la que expone unas ideas fecundas sobre la unión entre el centro y las conferencias, sobre las obras y otros muchos puntos que desde entonces han quedado ya aceptados. Los hermanos de San Vicente de Paúl colocan estas comunicaciones lyonesas entre los monumentos más venerables de su tradición. Ozanam entrevió, a partir de este mismo año de 1836, un papel a jugar por su querida Sociedad en los conflictos sociales que le parecen inminentes y le preocupan más cada día. Es con Bailly con quien lo comenta primeramente: «Háganos crecer y multiplicar, háganos ser mejores, más tiernos y más fuertes, pues a medida que los días se juntan a los días, se ve al mal juntarse al mal y la miseria a la miseria. El profundo desorden que existe en la sociedad es cada vez más visible. A los problemas políticos se sucede la cuestión social, la lucha entre la pobreza y la riqueza, entre el egoísmo que quiere coger y el egoísmo que quiere guardar. Y entre esos dos egoísmos el choque será terrible, si la Caridad no se interpone y no se convierte en mediadora, si los cristianos no dominan, con toda la fuerza del amor, a los pobres que tienen la fuerza del número, y a los ricos que tienen la del dinero».

Es gracias a estas ideas generosas que la Sociedad de San Vicente de Paúl, sin entrar en la lucha a la manera algo romántica que Ozanam imaginaba, ha podido contribuir a la educación social de muchos cristianos que, desde hace más de cien años, han trabajado para desarmar los odios de clase y promover el mejoramiento de la condición obrera.

Al terminar el año 1840, Ozanam, nombrado profesor suplente en la Sorbona, fue llamado por Bailly en el Consejo general que, afortunadamente, había reemplazado a un efímero Consejo de dirección. Representó allí un papel discreto activo, pues sabía ser convincente y hacerse escuchar de Bailly. Éste le nombró vicepresidente general en 1843, poco antes de retirarse. Ozanam aseguró la interinidad y participó en la elección de dos presidentes generales: Gossin (1844) y Baudon (1848). Suplió a este último aquel mismo año, cuando Baudon, herido gravemente durante los motines de junio, tuvo que suspender por varios meses casi toda su actividad. Ozanam, a quien su enseñanza y su colaboración en la redacción de La Era hueva no dejaban mucho tiempo libre, pronunciada en cuatro asambleas generales unas alocuciones que contribuyeron a definir y a confirmar el espíritu de la Sociedad. Finalmente, cuando su salud le obligó a abandonar París, aprovechó sus viajes para crear nuevas conferencias y dar calor a las que ya existían en los países por donde pasó, en Italia principalmente.

Su agonía y su muerte fueron, para sus hermanos, la ocasión de atestiguarle, en Italia, en Marsella, en Lyon y en París, su agradecimiento y su veneración.

El presidente general Baudon, después de haber hecho anunciar en el Boletín de la Sociedad, en el mes de octubre, la dolorosa noticia, dedicó a la memoria de Ozanam su circular del 11 de noviembre de 1853. Después de haberle llamado «uno de los fundadores», decía de él: «Tomó una parte decisiva en la fundación, influyó sobre el buen espíritu de la Sociedad… El espíritu cristiano de las conferencias es su felicidad delante de Dios». Un mes más tarde, en diciembre, Chaurand, uno de los primeros militantes y uno de los miembros más activos de la Conferencia de la Caridad, le llamaba sin vacilar «fundador», en una circular anunciando la publicación próxima de las Obras. No obstante, ninguna otra publicidad fue dada a esta convicción, desde entonces unánime entre los hermanos.

Hacia 1880, poco antes de las «Bodas de oro» de la Sociedad, Lallier, ayudándose con sus recuerdos y los de los supervivientes entre los fundadores, redactó un folleto, que fue aprobado y adoptado por el Consejo general, sobre los Orígenes de la Sociedad de San Vicente de Paúl. El nombre de Ozanam figura allí unas treinta veces y su papel está netamente puesto en relieve, pero el epíteto de fundador no figura. Fue tan sólo en 1913 que el centenario del nacimiento de Ozanam dio ocasión de estudiar mejor y hacer revivir esta hermosa figura. Entonces, unos testimonios dejados hasta entonces en la sombra reavivaron el sentimiento de la deuda que la Sociedad tenía hacia él y los dirigentes de la obra no temieron reconocer públicamente la parte preponderante que le pertenecía en el nacimiento y el desarrollo de ésta.

Este largo silencio puede sorprender. Se justifica, en parte, por las circunstancias de la fundación y por el deseo de conservar a la obra caritativa un desinterés absoluto.

La Sociedad de San Vicente de Paúl no salió, en efecto, de un propósito deliberado, ni de una voluntad consciente desde la primera hora. Ninguna de las siete personas que se reunieron en 1833 tenía la idea ni la esperanza de fundar algo duradero, a excepción quizá del propio Ozanam. Los progresos que llevaron a la Sociedad a continuar existiendo, se realizaron poco a poco, y los miembros sólo vieron en ellos la acción de la Providencia. Afirmaban así su deseo de mantener entre ellos la humildad y el alejamiento del menor interés personal, condiciones necesarias para la vitalidad espiritual de una obra inspirada por la Caridad. Este comportamiento se hacía más fácil a causa de la propia oscuridad de la fundación. Nada se buscó, pues, que disipara tal oscuridad. Lo leemos en las consideraciones generales, al principio del Reglamento: «Evitaremos el dar jamás a nuestra obra el nombre de ninguno de sus miembros, por miedo a que nos acostumbremos a mirarla como la cosa del hombre». Y más lejos : «Aunque amemos más a nuestra pequeña asociación, la estimaremos siempre menos excelente que las demás ; no veremos en ella, tal como es en efecto, otra cosa que una obra formada por no sabemos quién ni cómo, nacida ayer y que puede morir mañana».

Todo eso podía pasar por verdadero en 1835 y la consigna era útil para la supervivencia del espíritu primitivo. Ella fue fielmente observada. Los años se sucedieron. La Sociedad tomó fuerza y se extendió lejos. Podríamos decir que penetró en la Historia. A partir de entonces, podía ser bueno, para la propia conservación de su espíritu y de su eficacia espiritual, investigar y dar a conocer los ejemplos ofrecidos por aquellos que la habían creado; la Iglesia honra a los santos, sin dejar de mostrar a Dios como al único autor de todo bien. Es, pues, probable que el Consejo general se hubiera visto conducido, antes de terminar el siglo XIX, a dar a todos los hermanos la ocasión de hacerse mejores proponiéndoles modelos. Ozanam fue sin duda el más representativo, y no se podría describir su acción caritativa sin señalar la parte decisiva que tomó en la fundación.

Desgraciadamente, menos de tres años después de la muerte de Ozanam, antes que hubiera sido posible estudiar y exponer los hechos con la serenidad del historiador, se levantó una polémica en la Prensa a propósito de la fundación de la Sociedad. Nada podía ser más penoso para el Consejo general y para los amigos de Ozanam. Quisiéramos olvidar estos hechos, pero tuvieron una repercusión demasiado considerable para que podamos pasarlos en silencio.

Lacordaire, amigo muy sincero de Ozanam y de la Sociedad, fue rogado, en primer lugar, para que pronunciara el elogio fúnebre de aquel a quien él había conocido y amado durante veinte años, y luego, al rehusar, para que le dedicara un comentario. Éste apareció en 1855. Sabemos, por las cartas de Lacordaire, que lo escribió con toda la conciencia y todo el cuidado. Ante la lectura de las obras y las cartas de Ozanam, sintió de nuevo el afecto que había tenido para él, aumentarse con una admiración verdadera. Estos sentimientos le inspiraron una de sus obras más elocuentes: después de haberlo leído, Victor Cousin le escribió que su sitio estaba marcado en la Academia Francesa. Otros testimonios, en la Prensa y en la opinión, consagraron el éxito del Comentario. Al terminar aquel año, el Comentario fue inserto presidiendo las Obras de Federico Ozanam.

Naturalmente, Lacordaire había evocado los orígenes de la Sociedad de San Vicente de Paúl. Lo había hecho, según confesión propia, con una reserva inspirada en la «modestia con que el señor Ozanam había hablado siempre de los comienzos de la Sociedad». No reivindicaba para su amigo el título exclusivo de fundador, pero hablaba del «designio» que Dios «le había inspirado» y, recordando a los miembros de la primera reunión, aseguraba «que Ozanam, a pesar de ser su condiscípulo, era el san Pedro de su oscuro cenáculo».

Tanta moderación no impidió a El Universo de protestar. Louis Veuillot era un cristiano sin miedo y un gran escritor, admirador y antiguo miembro de la Sociedad de San Vicente de Paúl. Era también un polemista agudo, sin miramientos para aquellos que no aceptaban todas sus ideas. En 1843 había criticado a Ozanam a raíz de una conferencia en la que éste había predicado la caridad en la controversia: «No hay que comprometer —dijo— la santidad de la causa por la violencia de los medios… No se trata de mortificar a los incrédulos, sino de convencerles». Veuillot hízose propia la alusión. En 1848, enrolado en el «partido del Orden», Veuillot miró a Ozanam como a un adversario, porque éste veía en la miseria una de las causas del motín, y temía los rigores de la represión. En 1850 se metía todavía con él a causa de su moderación, en la que denunciaba una especie de deserción de la causa católica. Profesaba estimación hacia el carácter de Ozanam y su caridad, pero le parecía preferible reducir la influencia de un hombre que se situaba fuera de su disciplina. El Universo aprovechó, pues, la ocasión que le brindaba el Comentario escrito por Lacordaire (otro disidente de su ortodoxia) para recordar que Ozanam no se había atribuido nunca la calidad de fundador, y para afirmar que y sólo él, tenía derecho a este título.

Para Ozanam el problema no se había planteado nunca. Acostumbrado a mirarse como un servidor inútil, siempre dispuesto a acusarse de sus defectos y cada día menos consciente de sus méritos, ha sido ciertamente de buena fe al declinar toda influencia en el nacimiento y los progresos de la Conferencia de Caridad. Además, amaba a Bailly casi como a un segundo padre, se sentía agradecido y había hallado siempre en él a un buen consejero. Muy naturalmente se sintió inclinado a atribuirle el mérito de las medidas oportunas que él mismo había sugerido. En una carta donde, de hecho, le propone a Bailly un plan de acción, llega a decirle: «La Providencia ha suscitado en usted la idea de fundar esta obra; la ha hecho crecer bajo sus auspicios. Continúe la obra empezada y ocúpese de su propagación y fortalecimiento» 20 Ozanam no ignoraba que la Pro- videncia se sirve de instrumentos creados, y la idea había sido suscitada en el espíritu de Bailly por los jóvenes que le habían consultado…

En cuanto a Bailly, su actitud pasiva, su negativa implícita a desmentir El Universo, pueden también ser explicadas. Autor de los prolegómenos del Reglamento, en el que se leen las frases que repudian cualquier reivindicación humana en la fundación, nunca habría soñado en atribuirse, y menos aún a atribuirse exclusivamente, el mérito de ésta. Pero es probable que se sintiera, de alguna forma, responsable de la obra que había desde tanto tiempo presidido. Animado siempre de una gran caridad, había ciertamente pensado en favorecer, entre los jóvenes que frecuentaban sus reuniones literarias, la práctica de esta virtud esencial. Pudo creer, lo creían seguramente los que le rodeaban, que él había llevado más o menos directamente a Ozanam y a sus compañeros a realizar el proyecto que ellos fueron a someterle. Llegado al término de sus actividades, empobrecido, despojado de todas sus empresas, dimisionario de la presidencia y testigo del fracaso de todo cuanto había intentado hacer, excepto la Sociedad de San Vicente de Paúl, es muy natural que se sintiera complacido del éxito de ésta y consolado pensando en el papel jugado por él. No hubiera expresado quizá este sentimiento más o menos confuso, pero habiéndose presentado este problema independientemente de él, no se podía esperar que borrara públicamente de su vida una página tan brillante.

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