La obra de Federico Ozanam (X)

Mitxel OlabuénagaFederico OzanamLeave a Comment

CREDITS
Author: Léonce Celier .
Estimated Reading Time:

4— De las Cruzadas a La Divina Comedia.

Esta época debía atraer a Ozanam muy particularmente. «Los tres siglos más gloriosos de la Edad Media», dice él. La cronología se halla aquí algo atropellada, puesto que no median más que doscientos veinte y un años entre la primera cruzada y la muerte de Dante. Y nosotros creeremos difícilmente que Ozanam haya intentado glorificar, en su conjunto, el siglo de la simonía y las investiduras, así como tampoco el del Gran Cisma y la Guerra de los cien años. Probablemente quería hacer entrar en el período glorioso el pontificado de Gregorio VII, llevándolo así a doscientos cincuenta años. Era materia para más de un volumen, donde su erudición y su elocuencia se habrían lanzado a rienda suelta. Grandes santos, grandes hombres, y grandes acontecimientos; una expansión de los estudios filosóficos, teológicos y jurídicos; obras literarias numerosas y características en todos los pueblos del Occidente. De todo eso, ¿cuánto pudo realizar? ¡Ay, muy poca cosa!

No le faltaban los documentos ni las ideas.

Muchas de sus lecturas y de sus investigaciones han sido consagradas a los siglos XII y XIII. Habrá hecho pasar, ciertamente, algo de todo eso en su enseñanza de la Sorbona. Aquella tuvo como objeto, entre 1840 y 1852, seis veces la literatura italiana, dos veces la alemana, una vez la inglesa y una vez la española. Eso hace un número impresionante de lecciones. Sabemos que la figura de Dante ocupa un lugar muy destacado —lo veremos más adelante—, pero las obras en lengua latina y lengua vulgar, las compilaciones canónicas, las polémicas, las instituciones y las costumbres de una época tan rica en hombres y en acontecimientos propicios a desarrollar sus tesis favoritas, no podían dejar de inspirarle. Sin embargo, los libros que tenían que salir de todo ese trabajo, no han sido escritos.

Ozanam nos ha dado tan sólo dos fragmentos de su curso de 1841 sobre la literatura alemana. El primero es una lección de apertura. No contiene, pues, sino un programa: un cuadro muy sumario de lo que debería exponerse en las lecciones siguientes. Estas tenían por objeto la Literatura alemana del siglo xii al xv. El profesor, según su costumbre, ensanchaba su tema, y hacía entrar todo el Santo Imperio, las grandes corrientes poéticas llegadas de Occidente, y las costumbres, visto todo a través de los filósofos y los místicos.

El segundo fragmento es la lección sobre los Nibelungos, publicada a partir de 1842, en la Universidad Católica.» Para muchos de entre nosotros, esas viejas leyendas no despiertan otro eco que el de la orquesta wagneriana. Es interesante leer el estudio que un latino le ha dedicado, mucho tiempo antes que fuera escrito el primer compás del Oro del Rin, en el momento en que la filosofía alemana empezaba apenas a explotar los mitos. Ozanam toma a esos en su expresión literaria, la que a principios del siglo XIII se le ha dado. Los hace entrar en el retrato de la Alemania cristiana, y resulta, seguramente, un punto de vista nuevo para sus contemporáneos y los nuestros.

Fuera de esas dos lecciones aisladas, Ozanam no ha hecho imprimir nada, no ha puesto, sin duda, nada a punto de sus cursos sobre los siglos que tenían sus preferencias. Tenemos que intentar conocer una parte, al menos, de su pensamiento, leyendo algunas de sus obras menores. Encontramos también señales de sus ideas en los escritos sobre Dante, pues no le era casi posible estudiar a éste sin volver al medio y al tiempo de donde había salido.

A los veinte y dos años, Ozanam publicó, en La Revista universal, una serie de artículos titulada: Dos Cancilleres de Inglaterra. Estos estudios, reunidos en un volumen, forman un díptico en donde se hallan colocados paralelamente a la manera de Plutarco, el Filósofo y el Mártir: Francis Bacon y Thomas Becket. El señor de Cazalés, presentando al público al «muy joven autor» y su obra, explicaba con bastante claridad el objeto de éste: «Se trata de poner frente a la mirada al filósofo y al santo, al gran hombre según el mundo y al gran hombre según la Iglesia, estudiando menos cuanto esos dos hombres hayan podido tener en común por su genio y la influencia que han ejercido en su época, que los principios que dominaron sus vidas, así como las doctrinas que han sido el móvil de sus conductas y, por consiguiente, las sociedades en las que actuaron… Encontraremos unos estudios hechos a conciencia, una instrucción sacada de las fuentes y un sentimiento cristiano profundo y sincero».

Con unos documentos ya publicados y comentados por otros, Ozanam sostiene una tesis: opone la insuficiencia de la sabiduría puramente humana, encarnada en Bacon, a la fecundidad de la doctrina cristiana, manifestada por la caridad y el valor de santo Thomas. Añádele una elocuencia juvenil y, a falta de la serenidad científica, una gran probidad de historiador. Los artículos le costaron mucho trabajo en su preparación y su redacción. De ello hace una confidencia, él mismo, en una bonita carta a Lallier:

«Ya debe saber cuál ha sido mi lentitud en la elaboración de este interminable artículo. Pero lo que usted no ha podido saber es la pena, es el trabajo que ha exigido de mí…. Ha sido preciso iniciarse en Derecho canónico… Ha sido necesario desquiciar las antiguas crónicas de Inglaterra… He permanecido días enteros en mi habitación, sin poder escribir una línea. Otras veces pasaba largas horas con mi madre y mi hermano pequeño ocupado en hacer el niño, y así olvidaba mi papel austero de escritor. Gracias a Dios lo he terminado y ayer mandé el final. Temo haber mutilado, estropeado una historia magnífica, llena de útiles lecciones para el siglo presente… Dios sabe al menos que mi intención era buena, y que por dos veces, habiendo estado en Fourviéres, me he arrodillado ante el altar de santo Thomas de Canterbury y le he pedido, con el poco fervor de que soy capaz, que me asistiera en un trabajo emprendido para su gloria. En todos los casos, este trabajo no será para mí sin fruto. Espero que no será en vano que haya visto de tan cerca a un santo, que haya bajado, en cierto modo, hasta sus entrañas; y espero también que guardaré algún recuerdo que no me será inútil en los combates de la vida. Por otro lado, habré aprendido cuan insuficiente es la ciencia para conducir al hombre hasta el cumplimiento de sus destinos inmortales.»  

Ozanam habla con modestia. No obstante, nos da a entender que «este trabajo» ha enriquecido, no solamente su vida interior, sino también su pensamiento. Nosotros podemos añadir que nos ha dejado entrever cómo sus estudios sobre la Inglaterra de los Plantagenets debían insertarse en el gran todo de su obra de apologética para la Historia.

Pasemos de Canterbury a Burgos, y de los veinte años de Ozanam a su sufrida madurez. En el mes de julio de 1852, después de salvar una grave pleuresía, fue enviado a una cura de aguas. Fue el principio de un largo peregrinaje a la búsqueda de una improbable salud. En noviembre franqueó los Pirineos para un viaje de una decena de días en la Vieja Castilla. Le acompañaba su amor por lo Bello y también su gusto por el Estudio y sus preocupaciones de historiador. Unos meses más tarde, en San-Jacopo, encontró el tiempo y el valor para «escribir su Odisea». «Tenía, dice en una carta a J.-J. Ampére, una cartera llena de notas redactadas en sus tres cuartas partes, y luego leyendas, romances comprados en plena calle, y también el poema del Cid, los versos de Jorge Manrique…. y he terminado por hacer entrar en Burgos a un gran número de figuras conocidas por mí. Es un trabajo corto, sin esfuerzos, que se interrumpe fácilmente, que admite la variedad y el capricho, tal como conviene a mi estado de espíritu.»

Ozanam no pudo ver su trabajo impreso. El Corresponsal no publicó el Peregrinaje al país del Cid hasta el mes de octubre de 1853, cerca de  seis semanas después de la muerte del autor. Simple relato de viaje, este opúsculo de un centenar de páginas es más un divertimiento que una lección. Pero es recorrido por el eco de las tradiciones épicas y evoca, con calor y brío, al pueblo cristiano pero feroz que luchaba contra el Islam. Por este motivo se une al monumento que Ozanam quería elevar, y nos permite adivinar lo que hubiera aprovechado, para su gran proyecto, de los fastos de la España medieval.

La Italia de aquel tiempo aparece en el bonito libro de los Poetas franciscanos; Ozanam, en el curso de su Misión de estudio en Italia, en 1847, había reunido documentos, había redactado notas de viaje y una relación oficial? Había también traído de Toscana y Umbría «algunas flores de poesía», mezcladas con su cosecha histórica «como la corregüela con el trigo maduro». Eran versos de los poetas franciscanos. Hizo de ellos un estudio, dividido en varios artículos, que El Corresponsal publicó de 1847 a 1851. Unos meses más tarde, estos artículos completados con una traducción des Fioretti de san Francisco de Asís, aparecieron en forma de libro. El «Libro pequeño, que no es un libro de ciencia», ha instruido y maravillado a los contemporáneos. Jamás el encanto de Ozanam se había manifestado con una gracia tan penetrante. Añadamos los estudios unidos a la tesis sobre Dante. El primero, sobre La Tradición literaria en Italia desde los tiempos bárbaros, publicado desde 1843, figura como discursos preliminares en la edición de 1845; el otro, añadido a esta edición como apéndice, contiene investigaciones y documentos sobre la filosofía del siglo XIII, en particular unos opúsculos de san Buenaventura y de santo Tomás de Aquino. Son, esos, unos trabajos de verdadera ciencia.

Hallamos el mismo carácter en los dos estudios publicados en un libro, poco leído y casi imposible de encontrar, que tiene por título: Documentos inéditos para servir a la historia literaria desde el siglo VII hasta el XIII. Es una colección  de pensamientos, la cosecha efectuada en el curso de una misión oficial, en las bibliotecas de Roma, Florencia, Siena y Monte Casino. Un estudio sobre las escuelas y la instrucción pública, del que ya hemos hablado en otra parte, y luego  fragmentos de cartulario, un obituario, himnos, poemas épicos o alegóricos. Todo ello guarda su valor, como los trabajos de los benedictinos. Ozanam ofrece, en la búsqueda y la puesta en obra, con el olfato del investigador, la conciencia, la preocupación del detalle y el gusto por las semejanzas que caracterizan al sabio. La gran síntesis que meditaba tenía que verse apoyada en una erudición de buena ley.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *