Sus compatriotas, sin embargo, deseosos de retenerle en la ciudad donde era muy querido, apoyaron su candidatura para ocupar aquella cátedra de derecho comercial que la Municipalidad de Lyon estaba a punto de crear. Era al menos un ganapán honorable, más en consonancia con sus gustos que los pleitos. Después de nuevos debates interiores, aceptó y fue nombrado en diciembre de 1839. Consagró un año a profesar con toda su conciencia una materia muy terrestre, en la que su espíritu, siempre dispuesto a elevarse, tuvo que esforzarse para hacer penetrar amplios campos, inspirados ya por las ideas sociales avanzadas.
No se limitó sólo a eso. En 1840, a instancias de varios amigos, se atrevió a presentarse en el concurso —muy nuevo, y que fue efímero— para la agregación de las facultades de letras. Fue aprobado con el número uno, aplaudido por su erudición y su elocuencia. La comprensión de sus jueces, entre los que se encontraba el sabio Claude Fauriel, le hizo entrever la posibilidad de acceder a la enseñanza de literatura extranjera en París. Se preparó con un viaje a orillas del Rin, y debutó en la Sorbona en enero de 1841, como suplente del propio Fauriel.
La forma con que recibió el éxito es muy característica. Escuchémosle al confiar sus pensamientos a su querido Lallier: «He aquí una circunstancia muy grave y muy solemne para mí: la entrada en una nueva y peligrosa carrera; empezar de nuevo una vida, lograr al fin una vocación… Hay separaciones dolorosas, e incluso dificultades de negocios y de intereses. Existen peligros de todas clases que me esperan a la mañana siguiente de mi instalación; en una palabra, hay más motivos de los que faltan para asustar a un espíritu de mediocre energía. ¡Dichoso, si este sentimiento de debilidad hace levantar los ojos al
Cielo, que es quien da la fuerza! Hasta hoy yo le he pedido la luz para conocer su voluntad; ahora que parece habérmela manifestado con signos razonablemente fáciles de reconocer, falta todavía que me acuerde el valor para cumplirla».
Realizar la voluntad de Dios es una orden que sobrepasa la profesión y se extiende a toda la conducta, principalmente a la elección de un estado de vida. En el mismo momento en que Ozanam recogía los laureles universitarios, veía presentarse un nuevo problema para su futuro. Se sentía demasiado profundamente cristiano y demasiado resuelto a servir a Dios para no pensar que podía verse llamado a tener que consagrarse a Él. Pero esperaba la señal de su vocación. Ozanam expone el estado de su alma a su amigo Curnier, en una carta muy conocida. Después de haber dibujado a este amigo, que pensaba en el matrimonio, un cuadro encantador de la unión cristiana, prosigue: «Pero estoy hablando balbuceando en una lengua que no conozco todavía; hablo de cosas que no me han sido reveladas. Mi imaginación se desarrolló muy temprano, si bien la sensibilidad se presentó bastante más tarde; a pesar de que mi edad sea la de las pasiones, apenas he notado los primeros síntomas de su presencia. Mi pobre cabeza ha sufrido ya bastante, pero mi corazón no ha conocido todavía otras afecciones que las nacidas de la sangre y de la amistad. Sin embargo, me parece que de un tiempo a esta parte experimento los síntomas precursores de un orden nuevo de sentimientos y ello me asusta; siento en mí presentarse un gran va- tío que ya no pueden llenar ni la amistad ni el estudio; ignoro quién vendrá a llenarlo: ¿será Dios?, ¿será una criatura? Si fuera una criatura, ruego para que ella no se presente sino más tarde, cuando yo sea digno de recibirla; ruego que ella traiga los necesarios beneficios temporales y los encantos exteriores que no dejen espacio para ningún remordimiento; pero ruego sobre todo para que ella venga con un alma excelente, que posea una gran virtud, que valga mucho más que yo, que me atraiga hacia arriba y no me haga descender; que sea generosa, puesto que yo soy a menudo pusilánime, que sea ferviente puesto que yo me siento tibio en las cosas de Dios, que sea compasiva a fin de que yo no tenga que ruborizarme en su presencia de mi inferioridad. Estos son mis deseos, mis sueños, pero nada es más impenetrable que mi propio porvenir».
Impenetrable lo es también para nosotros, de alguna manera, el alma de Ozanam frente a esta cuestión vital. Si conoció luchas interiores, no nos lo ha dicho. «Las vocaciones silenciosas y discretas son las más seguras», decía a propósito de un joven que había hablado demasiado. Parece, a pesar de este silencio y esta discreción, que él haya considerado seriamente, en 1839, de sumarse al número de discípulos que Lacordaire iba a reclutar para ingresar en la orden de Santo Domingo. Le pidió la Regla de los Hermanos Predicadores. «Si Dios —dice púdicamente— quisiera llamarme a Él, yo no veo una milicia que me fuera más dulce para servirle.»
Al propio tiempo, los noviazgos o el casamiento de sus amigos le inspiran, ora un exabrupto, ora efusiones dictadas por una elevada concepción del sacramento y de sus efectos. En estos propósitos dispares podemos ver el reflejo de las tendencias que dividían su pensamiento y que le dejaban dubitativo. Lo dice él mismo: «Vuestra vocación es difícil pero es hermosa, es grave pero cierta. Podéis consideraros afortunados de haber llegado al término de estas agitaciones que atormentan a tan gran número de amigos nuestros, inquietos, poco seguros del destino que en este mundo la Providencia les ha preparado».
Así reacciona cuando felicita a un amigo a causa de un «acontecimiento dichoso que va a servir de punto de partida para días más dichosos todavía… El amor se purifica en el Cristianismo y su nombre de bautismo es Caridad. Él santifica a los que une»; cuando observa que «los compromisos ordinarios del matrimonio y de la Paternidad ya no bastan a las almas un poco generosas y que fuera del santuario doméstico… ellas continúan buscando en asociaciones de otra naturaleza la fuerza para combatir», él deja ver la atracción que la perspectiva de proseguir sus trabajos y sus obras en el seno de un hogar cristiano ejerce sobre su alma. Cuando, por el contrario, cree apercibirse de que «el matrimonio no es a menudo más que el egoísmo de dos… La familia es una asociación de intereses y goces que se basta a sí misma, y donde no se siente la bienhechora inquietud que empuja al hombre aislado delante de sus hermanos», es que se da los motivos para resistir a esta atracción, y teme, si la escucha, hacerse el sordo a una llamada de Dios.
En estas disposiciones, su conciencia escrupulosa no le permite tomar una decisión. Pide consejo a Lallier, pero, conociendo su necesidad de contar con una dirección espiritual, nosotros no podemos dudar que no haya consultado a un sacerdote con el que tuviera confianza.
El hecho es que, en el segundo semestre de 1840, el padre Noirot, su antiguo profesor y su mejor guía, sirve de relación entre él y la familia Soulacroix en unos términos que no permiten pensar que otro que no fuera el propio Noirot haya sido el autor del proyecto de casamiento de Ozanam con la hija del rector de Lyon. El padre Noirot no se decidió a llevar a cabo una gestión tan importante sin haber disipado primeramente las dudas de su discípulo. Dios no exige que todos los cristianos se consagren a Él en un claustro, y hay que tener valor y humildad para reconocer que todos no son llamados al estado de perfección.
La vida de familia era el cuadro, podemos afirmar que providencial, donde debía desarrollarse la actividad del joven profesor. Cuando estuvo convencido de ello, se dejó enamorar de la joven Amelia Soulacroix, cuyas cualidades le parecieron responder a todo lo que deseaba para fundar un hogar unido y cristiano. El casamiento fue celebrado en Lyon, en la iglesia de Saint Nizier, el 23 de junio de 1841. Una carta, todavía a Lallier, nos permite entrever el estado de alma del joven desposado: « ¡Ah, mi querido Lallier, usted, el compañero de los tiempos laboriosos, usted, el consolador de los días malos, no hallarse presente allí! Yo le hubiera suplicado, a usted también, como al buen Pessonneaux, de poner su firma en el acto conmemorativo de esta gran fiesta. Le hubiera presentado también a la encantadora esposa que me era concedida; a usted también, ella hubiera saludado con su graciosa sonrisa que encantaba a todo el mundo. Y luego, al cabo de cinco días que estamos juntos, ¡qué calma, qué serenidad en esta alma que usted conoce tan inquieta y tan ingeniosa para hacerse sufrir!
»Me dejo ser dichoso. Ya no cuento los momentos ni las horas. El transcurrir del tiempo ya no es para mí… ¿Qué me importa el porvenir? La felicidad es presente, es la eternidad. Ahora comprendo el cielo.
»Ayudadme a ser bueno y agradecido. Descubriéndome nuevos méritos en aquella que poseo, aumentará cada día mi deuda hacia la Providencia.»
Después de un viaje de varias semanas por Italia, los jóvenes esposos se instalan definitivamente en París. ¿Se trata, en adelante, de la dicha egoísta y sin historia? La propia idea es inconcebible para quien conoce el alma ardiente de Ozanam. La abnegación bajo todas sus formas le es como necesaria: abnegación para con sus próximos, sus amigos, su tarea, sus alumnos, todos los miembros necesitados de Cristo. Y así logra reunir, en un trabajo encarnizado, sus investigaciones históricas, su enseñanza, sus viajes de estudios, sus publicaciones y su actividad caritativa en el cuadro de la Propagación de la Fe, y sobre todo de la Sociedad de San Vicente de Paúl.
Después de ejercer durante tres años como suplente, años que aumentaron sus cargas con una actividad docente muy apreciada por el Colegio Stanislas, Ozanam pasó a ser titular de su cátedra en 1844 en la Sorbona. Su amigo J.-J. Ampére, hijo muy brillante del gran sabio que había sido su huésped trece años antes, facilitó su nombramiento al rehusar la candidatura que se le ofreció. Ozanam, miembro ya de varias academias extranjeras, podía legítimamente pensar en ocupar un sillón en el Instituto. Humanamente, sin ser brillante, su éxito podía parecer envidiable. Recompensas académicas, la estima de sus semejantes, amistades muy calurosas, la dicha de un hogar, aumentada, el 1845, con el nacimiento de una hija, constituía para él una existencia aparentemente apacible, aunque los acontecimientos de 1848, que le obligaron a descender por un momento en la arena política, no aportaron más que una inquietud pasajera.
Las duras pruebas, sin embargo, no le fueron escatimadas por Dios, de quien sabía reconocer la mano paternal en todos sus sufrimientos: sufrimientos de un corazón jamás saturado, desconfiando de sus propios deseos y herido fácilmente por las pequeñeces o, más a menudo, por la desgracia de los demás; sufrimientos de un cuerpo débil, cuya debilidad, acrecida de día en día, limitaba su actividad prohibiéndole a veces de realizar su trabajo.
Una gravedad algo melancólica, una humildad sincera y una cordial aceptación de los designios de la Providencia se exhalaban de sus cartas en los mejores momentos. Veamos cómo escribe a Foisset: «Mi querida Amelia, tanto tiempo puesta a prueba por el dolor, goza desde hace unos meses de una salud satisfactoria. Nuestra pequeña María está encantadora…. Hela aquí en la edad más feliz de la infancia, dos años y medio, lo bastante desarrollada ya para hablar, comprender y cubrirnos de caricias; demasiado pequeña todavía para estudiar, para hacerse seriamente castigar. Todos gozamos con un profundo agradecimiento de esta corta felicidad que Dios nos ha dado… Tenemos amigos que son en gran parte los vuestros; inútil decirle cuantos recursos encontramos a su lado en los buenos y los malos días… Ya ve usted que la divina Providencia me trata con toda la delicadeza de que los débiles tienen necesidad. Seguramente ella añade bastantes pruebas para recordarme que hay que buscar en otra parte que no sea aquí abajo el reposo deseado; pero hasta hoy las va distribuyendo con bastante indulgencia, y yo sería muy malo si no le mostrara por ello más agradecimiento. La juventud se aleja y yo no me apercibo de que me encuentro mejor. Dentro de tres días cumpliré treinta y cinco años:
Nel mezzo del camin di nostra vita.
Suponiendo que yo haga el resto del camino hasta el final, será necesario llegar hasta allí y tengo miedo de encontrarme con las manos vacías. ¡Ruegue por mí!
La carta que habla así de una «corta dicha» fue escrita, en efecto, en un período de descanso entre dos crisis. Desde 1846, Ozanam sufría una «fiebre perniciosa, de carácter alarmante», que habíale dejado por mucho tiempo «en un estado de debilidad en que cualquier ejercicio activo, cualquiera aplicación de espíritu» le estaba prohibido?’ Se rehízo más o menos y acabó su convalecencia, a principios del año siguiente, a través de un largo e instructivo viaje por el mediodía de Francia, y luego por Italia y Suiza. Estas peregrinaciones en, busca de la salud, exigidas por su médico y su familia, se renovaron, no sin entristecer a su conciencia de profesor. Sin embargo, mezcló siempre en sus viajes una preocupación por sus estudios y su acción caritativa. En 1850 visitó la Bretaña y ganó nuevas amistades. Hizo también con J.-J. Ampére, un viaje a Inglaterra, de donde trajo un espíritu cada vez más sensible hacia la miseria, y fue menos conmovido por los esplendores de la Exposición industrial que compasivo hacia la inhumana condición de los trabajadores.
Visitó de nuevo Roma aquel mismo año y creyó poder reemprender su actividad parisiense, resignándose a pasar la mayor parte del verano y del otoño en una casita tranquila de Sceaux. La mejora fue de corta duración. El 1852 tuvo que renunciar a su enseñanza y, bajo el consejo formal de los que le cuidaban, se resignó a buscar un problemático retorno de sus fuerzas en una larga estancia junto a los Pirineos, luego en España y finalmente en Italia.
El amor hacia lo Hermoso, el deseo de aumentar su saber y de trabajar, a pesar de todo, en el apostolado de su querida Sociedad de San Vicente de Paúl, no le abandonaron y le dictaron abundantes gestiones que la prudencia hubiera apartado. Algunas de sus obras más conmovedoras, como la Peregrinación al país del Cid, datan de este supremo período en el que su estado hacía el trabajo casi heroico.
Comenzó el año 1853 en Pisa. Durante la primavera se instaló en los alrededores de Livurna, primeramente en San Jacopo y luego al Antiñano. En este momento comprendió que toda esperanza de curarse le estaba prohibida. El 23 de abril compuso la hermosa oración de abandono, de la que casi todos sus biógrafos han recordado los términos. Su testamento lleva la misma fecha. Éste ha sido mucho menos citado, aunque en su sobriedad sea tan elocuente como su plegaria:
«Remito mi alma a Jesucristo, mi Salvador. Asustado de mis pecados, pero confiando en la infinita misericordia, muero en el seno de la Iglesia católica, apostólica y romana. He conocido las dudas del presente siglo, pero toda mi vida me ha convencido de que no hay reposo para el espíritu y el corazón sin la fe de la Iglesia y bajo su autoridad. Si yo estimo en algo mis largos estudios, es porque me dan derecho a suplicar a todos cuantos yo amo que permanezcan fieles a una religión en la que yo encontré la luz y la paz.
»Mi suprema plegaria a mi familia, a mi esposa, a mis hermanos y cuñado, a todos los que de ellos nacerán, es de perseverar dentro de la fe, a pesar de las humillaciones, los escándalos y las deserciones de que serán testigos.
»A mi tierna Amelia, que ha hecho la alegría y el encanto de mi vida, y cuyos cuidados tan dulces han consolado de un año a esta parte todos mis males, dedico un adiós corto como todas las cosas de la tierra. Le doy las gracias, la bendigo y la espero. Sólo en el cielo podré devolverle tanto amor como ella merece. Doy a mi hija la bendición de los patriarcas, en nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Es para mí muy triste de no poder continuar trabajando en la obra tan querida de su educación, pero se la confío sin temor alguno a su virtuosa y muy querida madre… Abrazo con un sólo pensamiento a todos mis parientes y amigos a los que no puedo nombrar aquí…
»Doy las gracias una vez más a todos los que me han hecho favores. Pido perdón por mis vivacidades y mis malos ejemplos. Solicito plegarias de todos los míos, de la Sociedad de San Vicente de Paúl, y de mis amigos de Lyon. No os dejéis detener por los que os dirán: «Está en el cielo». Rogad siempre por aquél que os ama mucho, pero que ha pecado mucho. Ayudado por vuestras suplicaciones, queridos buenos amigos, abandonaré la tierra con menos temores. Espero firmemente que no nos separaremos y que yo estaré con vosotros hasta que vosotros vendréis hacia mí. »Que todos vosotros recibáis la bendición del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén».
Le trajeron a Francia a finales de agosto, ya moribundo. No pudo llegar más allá de Marsella. Tenemos que dejar aquí la palabra a Lacordaire, que ha consagrado páginas exquisitas a su amigo: «Hubiera querido todavía volver a ver París, ese París al que tantos recuerdos le unían, en donde sus amigos y su gloria le hubiesen tan piadosamente acogido. Pero este deseo del servidor no le fue concedido. Sólo Dios le retiró las angustias del gran paso; ya no sufrió más en cuanto hubo tocado la tierra de sus antepasados y de sus trabajos. Una serenidad que no era ni la de la vida ni la de la muerte se extendió por su persona, y recibió en este estado los últimos sacramentos de la Iglesia, de la que había sido el fiel defensor. Habiéndole dicho el sacerdote que tuviera confianza en Dios, él contestó: «¿Y por qué habría de temerle? ¡Le amo tanto!»
Después de estas palabras, en las que aquellos que se han inclinado, por poco que sea, hacia el alma de los santos, verán el testimonio de una caridad heroica, Ozanam sólo dejó oir una corta invocación. Dios recibió su alma el 8 de septiembre, fiesta de la Natividad de la Virgen. Tenía cuarenta años.
Su cuerpo fue transportado a París. Allí descansa, en la cripta de los Cármenes, cerca de los mártires de septiembre de 1792, en el seno de un establecimiento de alta enseñanza, en medio de la juventud estudiante que él amó. Ningún otro cuadro hubiera podido superarle para guardar sus restos. En ningún otro sitio sus amigos, sus discípulos y sus seguidores hubieran podido encontrar un sitio como aquel más favorable a la plegaria, a la meditación de sus ejemplos, y al estudio de su noble figura.







