La obra de Federico Ozanam (VI)

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Author: Léonce Celier .
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Era esta nostalgia tan vivamente sentida por Ozanam, que la aumentaba el hecho de haberse instalado en una pensión en donde la compañía no era muy de su gusto. Afortunadamente no permaneció allí mucho tiempo. Providencialmente encontró una habitación en casa de un lyonés ilustre, André-Marie Ampére. Este sabio y cristiano, cuya atormentada vida no había podido arruinar su fe, ni enfriar su entusiasmo, ni alterar la juventud de su alma, le acogió como a un hijo y contribuyó poderosamente a la formación de su espíritu.

La prodigiosa inteligencia de Ampére estaba abierta a toda clase de conocimientos. Fue con gran alegría que Ozanam se acomodó a su escuela. No había renunciado a su gran proyecto de apologética. Sin embargo, tenía demasiada conciencia para negligir el Derecho, al que su padre le había consagrado. El estudio de los códigos y de la jurisprudencia le atraía sólo medianamente. A pesar de todo lo prosiguió con bastante aplicación hasta que llegó, en 1836, a conseguir el doctorado. Pero trabajaba al mismo tiempo para perfeccionar su cultura literaria e histórica. Pasó la licenciatura de Letras en 1835 y empezó a preparar una tesis antes, incluso, de defender las tesis de Derecho. A su latín y griego, que poseía ya del colegio, había empezado en Lyon a añadirle algunos rudimentos de hebreo. Su obra nos demuestra que leía y escribía corrientemente el italiano, el alemán, el inglés y el español. Ampére le hizo abrir la Biblioteca del Instituto. Allí encontró un abundante alimento para su apetito de saber. Varios de sus escritos menores, publicados en La Tribuna Católica, La Revista Europea, El Universo religioso y El Corresponsal, fueron compuestos en esta época de su vida.

Pronto Ozanam pudo sentirse menos aislado. Entre la muchedumbre de estudiantes que trató, encontró jóvenes que le reprochaban su país de origen y, más todavía, sus convicciones cristianas. Varios de ellos se convirtieron en amigos suyos. Los profesores que atacaban a la Religión desde la cátedra, recibieron protestas que les hicieron reflexionar. Uno de ellos, Jouffroy, más atormentado por haber perdido la Fe que deseoso de destruirla, se felicitó casi de ver así a católicos levantar la cabeza. Ozanam estaba en el centro de esta acción. Aportó también su espíritu de apostolado intelectual entre los grupos de estudiantes en donde, entonces como ahora, los jóvenes exponían con audacia y discutían acaloradamente los mayores problemas. Así ocurrió en la Conferencia de Historia, que presidía un publicista católico, Bailly de Surcy, quien acogió al joven lyonés con una bondad paternal y no cesó de interesarse por él. En la Conferencia de Historia Ozanam vio en seguida un medio para realizar su sueño de «formar una reunión de amigos que trabajaran juntos en el edificio de la ciencia, bajo el estandarte del pensamiento católico»? Mientras tanto él «cruzaba el hierro» con los «filósofos» y los San-Simonianos. Uno de estos contestatarios lanzó un día, a la cara de los defensores de la Iglesia, el contraste que creía adivinar entre el pasado bienhechor del Cristianismo y la debilidad de la acción ejercida por sus hijos en favor de la humanidad. Nuestros jóvenes cristianos se apercibieron de que, para justificar su fe, no bastaba con profesarla y practicar sus ritos, y hacía falta obrar fraternalmente para aliviar la miseria humana. Ozanam entró con entusiasmo en estas ideas y se apresuró a traducirlas en actos. Así nació, en la primavera de 1833, la Conferencia de Caridad, que daría nacimiento a la Sociedad de San Vicente de Paúl, llamada a adquirir un inmenso desarrollo. Ozanam había, desde el primer día, discernido, en el deseo de «hacer algo» que obsesionaba a los miembros de su pequeño grupo, el germen de una obra que, aun siendo modesta, llevaría al mundo no creyente el testimonio de unas vidas inspiradas por la Caridad, y a la frágil juventud el apoyo de una amistad cristiana organizada.

La inteligencia que tenía de las necesidades espirituales de su generación llevó también a Ozanam a tomar parte, en 1834, en una audaz iniciativa que terminó, ésta también, con el nacimiento de una de las grandes instituciones religiosas del siglo XIX. Cansados de una predicación que, desde hacía cien años, no había sabido renovar ni sus temas, ni sus argumentos y ni su estilo, los jóvenes de 1830 deseaban lecciones más vivas y mejor adaptadas a las preocupaciones de aquellos tiempos. Los hombres del Avenir: Lamennais, Lacordaire, Gerbet, les parecieron aptos para colmar este deseo. Escuchaban a los dos últimos con satisfacción, pero en pequeñas capillas sin eco alguno. Varios de aquellos estudiantes no temieron incluso de dirigirse directamente a la autoridad eclesiástica para pedirle que estableciera en la cátedra unas enseñanzas en las que creyentes e incrédulos encontraran la respuesta cristiana a las preguntas que les llenaban de angustia. Ozanam redactó la petición y la llevó al Arzobispado acompañado de varios amigos. Monseñor de Quélen les recibió como un padre, pero sin
comprenderlos quizá perfectamente. Sin embargo, de aquella entrevista surgieron el año siguiente las conferencias de Nuestra Señora, a las que Lacordaire dio muy pronto un relieve incomparable.

En este momento Ozanam fue recibido por todos los que, como Chateaubriand, Hugo, Ballanche, Sainte-Beuve incluso, veían en el retorno del Cristianismo la salvación de la sociedad. En el salón del joven conde de Montalembert, él encontraba no sólo a franceses ya ilustres sino también a celebridades europeas que le dispensaban consideración y simpatía. Sus palabras, sus artículos y sus gestiones eran aplaudidos con esperanza. Todos le seguían, de tal forma que él constataba, no sin cierta confusión, que querían hacer de él una especie de «jefe de la juventud católica». Él deseaba, sin embargo, permanecer ante todo un estudiante.

Una existencia tan repleta tendría que haber dejado poco lugar para la melancolía, pero no llenaba más que la mitad el vacío de su alma. Dividido entre la sumisión a las voluntades de su padre y el atractivo que le inspiraba la filosofía y la historia, inquieto por el desorden que demasiadas ocupaciones se mezclaban con sus estudios, sentíase sobre todo turbado al no apercibir con más claridad su verdadera vocación. «Más que nunca me han vuelto a preocupar todas mis incertidumbres, mis ambiciones literarias, el deseo de hacer el bien confundido con el deseo de adquirir la gloria, y, sin embargo, también la conciencia de mi nulidad, el sentimiento de mi posición social y esa necesidad que me obliga a ganarme la vida trabajando por el dinero». Dicha incertidumbre  fue, bajo una u otra formas, la inquietud reinante en él durante varios años. Una maravillosa carta a su madre nos permite conocer los principios y presentir sus progresos: «Usted se lamenta, querida madre, porque su hijo la abandona, porque se han terminado aquellas nuestras conversaciones cordiales, los desahogos de otros tiempos… hasta verse reducida a figurarse que tiene usted un hijo… Es verdad que hace mucho tiempo que no he vaciado mi corazón delante suyo. Es que en realidad este año yo mismo no comprendo nada de mi manera de ser; por un lado los exámenes, las preocupaciones y las inquietudes  costumbres del año último, mis conferencias, mis estudios y mis investigaciones han sido tan devastadores que no me encuentro a mí mismo… Nuestras pequeñas reuniones se han desorganizado; me he vuelto perezoso y, fuera de algunos miserables artículos en publicaciones periódicas y algunas buenas lecturas, no hice nada más, a excepción de mi Derecho…. Reconozco que no he adelantado mucho, de manera que no estoy demasiado satisfecho de mi espíritu.

»Tampoco estoy mucho más satisfecho respecto a mi moral: en primer lugar el fastidio y la inquietud la han estropeado bastante, y luego la tristeza de los acontecimientos hace disminuir el valor, y la oscuridad del porvenir desconcierta las mejores resoluciones. A medida que nos hacemos mayores y vemos el mundo más de cerca, lo encontramos hostil a todas las ideas y a todos los sentimientos a los cuales nos sentimos unidos; cuantos más contactos tenemos con los hombres, más nos damos cuenta de su inmoralidad y su egoísmo…. Estas tristes verdades, que desencantan todas mis ilusiones, me dejan sombrío y grave como un hombre de cuarenta años. Siento que mi deber es ocupar un sitio, pero este sitio no lo veo… y luego, aunque viera mi sitio muy destacado, me falta energía para ocuparlo. Sabe usted muy bien que es este punto el perpetuo objeto de mis lamentaciones: irresolución y fragilidad… Quizá, también, me ocurre esto porque soy todavía demasiado joven y cometo el error de inquietarme por todo y querer ser un hombre hecho cuando me siento aun cerca de mi infancia en más de una ocasión; pero no puedo olvidar que este año mi educación se termina y que, el próximo mes de agosto, puedo ya ser un abogado, si quiero. Yo abogado, ¿se figura usted eso? Después de todo ser abogado no es mucho…

»Llevamos una vida tan singular y tan monótona, tenemos tan pocas distracciones y comunicaciones con el exterior, que nos vemos obligados a replegarnos en nosotros mismos. Estamos situados entre unos estudios áridos, que el deber nos impone y que es preciso aceptar, y otros estudios seductores cuyo encanto nos atrae y que nos vemos precisados a alejar de nuestro lado. Nos vemos rodeados de partidos políticos que, por el hecho de que ya empezamos a dejarnos crecer la barba, quisieran arrastrarnos hacia sus roderas ; incluso en materia de religión, no oímos otra cosa que controversias ni vemos más que disputas en las que falta la caridad… Es una existencia muy extraña y fastidiosa, a la cual, si no se tratara más que de mi bienestar, preferiría cien veces no haber salido nunca de mi agujero, aunque no me quejo por eso cuando pienso que así aprendo a conocer el mundo tal como es en realidad, y que quizá la Providencia me pone a prueba a fin de que yo sea más útil después.

»Ahora me enfado conmigo mismo por haber hablado tanto, porque usted va a atormentarse por mí; no lo haga, mi buena madre, se lo ruego. En primer lugar, ¿no es justo que me vea puesto a prueba? Tengo la edad para ayunar y mañana ayunaré con la Iglesia: ¿y no tengo también la edad para sufrir un poco y combatir como ella? Luego, estos pensamientos no están fuertemente anclados en mi espíritu como para que no me dejen sitio para muchos otros, consoladores y alegres. De momento tengo los recuerdos: me gusta mucho acordarme de todo lo que sé de mi vida desde mi infancia… El porvenir tiene también su parte y la esperanza se la ha concedido: me imagino que con la ayuda de Dios, llegará un día en que yo le pagaré en piedad filial un poco de lo que usted ha gastado para mí en solicitud, fuerza y salud… Sea cual fuere mi debilidad, sean cuales fueren mis defectos, conservo la esperanza de no ser demasiado indigno de mis padres, de llegar un día a ser un cristiano celoso, un ciudadano firme y un hombre virtuoso.»

No veamos nosotros, en la conclusión optimista, un esfuerzo para tranquilizar, engañándola, a una madre inquieta: tal actitud es la de un cristiano, para quien el desaliento es una falta y la confianza un deber. Aunque Ozanam lo haya dicho, no es en una pretendida debilidad de su voluntad donde hay que buscar el origen de sus dolorosas incertidumbres, sino en la división de su alma entre los deseos de su padre y la atracción que sentía por las letras, entre sus deberes de familia y sus trabajos de predilección. Lo da a entender en una hermosa carta a su amigo Dufieux:

«Hace alrededor de un mes que trabajo poco, ya sea en un examen de Derecho o en mi tesis de Literatura, y sin embargo, por haber querido dividirme así, he hecho poco. Jamás las Letras no podrán serme un descanso… y a pesar de todo… yo no puedo resolverme a dar un eterno adiós a estos amigos tan severos que tan caro me hacen pagar su familiaridad. Por otro lado, si yo hubiese consagrado al estudio del Derecho las facultades que Dios me ha dado y los cinco años de estancia en París que me han dado mis padres, hubiera podido adquirir en la abogacía un rango que ahora no puedo esperar conseguir. Todas estas reflexiones me agitan y me atormentan; y la próxima ocasión en que necesitaré tomar una posición definitiva, me abruma. Tengo miedo de causar pena a mis queridos padres… y sin embargo me sería muy duro de permanecer confinado en la estrecha esfera del Foro. ¿Es esto orgullo? ¿Es vocación? ¿Es inspiración de lo alto o tentación de abajo? ¿Todo cuanto hice de cinco años acá, es razón o locura?… Ruegue para que Dios responda a todas esas preguntas que yo me formulo todos los días. Me parece que estoy resignado a hacer Su voluntad, por humilde que sea el papel que se me señale, por dolorosa que sea la misión que Él me prepare. ¡Pero que esta voluntad me sea conocida! ¡Que yo no me vea más… dividido contra mí mismo, es decir, débil, impotente, inútil!».  

La conclusión de este penoso debate fue, como podía esperarse, el triunfo del más austero deber. En el otoño de 1836, Federico regresó a Lyon y, poco después, se inscribió en el Foro. La muerte de su padre (12 de mayo de 1837) no le hizo abandonar una carrera que él no seguía sino por obediencia: se debía a su madre, para quien los otros dos hijos, un sacerdote y un colegial, no estaban en condiciones de procurarle la subsistencia y el bienestar. Pleiteó, pues, no sin éxito, redactó consultas, dio lecciones de Derecho  pero jamás —lo dijo él mismo— pudo «aclimatarse en la atmósfera del embrollo». Pensaba alejarse de aquella clase de actividad para dedicarse a la enseñanza. Tenía para ello unos títulos universitarios y también valiosos apoyos. En 1838, Victor Cousin le ofreció una cátedra de filosofía en el Colegio de Orleans. Asimismo, se hablaba de crear en Lyon la enseñanza del Derecho comercial. Finalmente, puesto que en enero de 1839 había añadido a su doctorado jurídico el doctorado de Letras, podía pretender suplir a Edgar Quinet en la cátedra de literatura extranjera de la Facultad de Lyon. La esperanza que tenía de abandonar la abogacía sin abandonar a su madre, era compartida por ésta. Dicha esperanza fue realizada demasiado tardíamente. No veía aun llegado el momento de realizar sus deseos cuando, después de una larga enfermedad, la señora Ozanam fue arrebatada a su afecto el 14 de octubre de 1839. Aquel hecho luctuoso constituyó para Federico una inmensa pena, y también un resurgimiento de sus incertidumbres, ya que por la muerte de su madre desaparecía el motivo de su compromiso con una profesión que le desagradaba. Sin darse cuenta, sin embargo, los estudios jurídicos contribuían a enriquecer su pensamiento, aunque la historia y las letras seguían cautivándole y acabarían por atraerlo definitivamente. En la Sorbona había dejado a profesores y amigos que no lo habían olvidado.

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