SUS RUTAS TERRESTRES
Bouligneux es un pueblecito apretado entre estanques, cerca del burgo de Villars y de la carretera de Lyon a Bourg, a varias leguas de Chatillon y de Ars, que evangelizaron Vicente de Paúl y Jean-Marie Vianey. Allí fue, entre Bresse y Dombes, donde los Ozanam hicieron su apari- ción en el siglo xvii. Uno sólo de todos ellos logra hacerse destacar: Jaime Ozanam, profesor de matemáticas, que enseña en Lyon y en París durante los últimos años de Luis XIV. Los demás son «granjeros» o pequeños propietarios, cuando no ocupan modestos puestos en la justicia. No hay lugar para detenerse en el origen judío, que ellos presentían: no es verosímil en un medio de burguesía rural. La tradición se debe, seguramente, a la semejanza del nombre con la palabra hebrea Hosannah; y este nombre se explica por la existencia de un antiguo alter Osannensis, del cual el pueblo de Ozan-en-Bresse, cerca de Pont-de-Vaux, conserva el recuerdo. Incluso en el caso de aceptar la leyenda de Samuel Hosanam, convertido por san Didier en los tiempos bárbaros, varios siglos de alianzas aldeanas habían enraizado fuertemente en unas tierras muy francesas, en Bouligneux, y luego en Chalamon, el tronco que debía, en el siglo XIX, producir un escritor tan enteramente nuestro.
Sin embargo, no fue en Francia sino en Italia donde Federico nació. Su cuna le proporciona así un lazo con los poetas y los santos que él iba a estudiar y dar a conocer más tarde en Francia. ¿Era una indicación providencial? Quizá no pueda afirmarse si recordamos que Milán no fue más que una etapa en la vida agitada de su padre.
Los lyoneses conocieron, durante la Restauración y los primeros años de Luis Felipe, al buen doctor Ozanam, médico de su Hospital, instruido, escrupuloso, caritativo, abnegado para con sus enfermos y los pobres. Su figura nos evoca a penas al joven que la tradición familiar nos muestra alistado a los veinte años, al salir del colegio, en los húsares de Bercheny, tomando parte en la campaña de Italia como oficial, y participando en notables hazañas en el campo de batalla. No era más que un principio. Juan Antonio abandona el ejército antes de Brumario, regresa a su país de Dombes, luego va a Lyon y contrae matrimonio con una hija de negociantes, María Nantas, entregándose él también a las actividades comerciales aunque con poco éxito. Regresa a Lombardía, vive como puede dando lecciones, estudia más tarde medicina y se establece en Milán, en las tierras casi francesas del reino napoleónico de Italia. Fue allí donde nació, el día 23 de abril de 1813, su quinto hijo, Antonio Federico, bautizado el 13 de mayo en la iglesia de Santa María dei Servi. Los acontecimientos de 1815 llevan de nuevo a la familia Ozanam a Lyon, que ya no abandonarán más.
Atmósfera lyonesa y atmósfera familiar, estas dos palabras resumen la primera formación de Federico Ozanam. Más que medio lyonés por la sangre, lo fue enteramente por su educación y el clima de su infancia. Sin duda, los rasgos que generalmente se reconocen en los niños de Lyon no se distinguen todos en su carácter. Ozanam parece no poseer ni la reserva distante, ni el gusto por los negocios, ni la ironía burlona y ni la violencia contenida. Sería necesario todavía mirar más de cerca. Pero cuando un buen observador, como Emile Baumann, nos pinta a sus compatriotas «de sangre pesada, sólidos y rudos, serios en sus tradiciones y sus creencias y curiosos de lo universal», nos dice que su «impasibilidad no es a menudo más que una apariencia, una victoria de la voluntad sobre sus impulsos excesivos», y nos muestra en la alianza del espíritu positivo y de una fe ardiente los «dos polos del genio lyonés»; podemos sacar gran provecho de sus observacio-nes. El propio Ozanam sentía cuanto Lyon había desarrollado la inclinación de su espíritu y de su corazón hacia la meditación filosófica y religiosa.
Más vivamente aún sentía cuanto debía a su familia. En su atracción hacia los suyos había tanta gratitud como ternura. Los pensamientos que le inspira la muerte de sus padres son una buena prueba de ello. Cuando perdió a su padre: «Como un niño —escribe— acostumbrado a vivir en la sombra de otro, si se le deja durante una hora solo en casa, penetrado del sentimiento de su propia debilidad, se asusta y rompe a llorar; igualmente cuando vivía tan apacible en la sombra de aquella autoridad paterna, de aquella providencia visible en la que se descansaba de todas las cosas, viéndola desaparecer de repente y hallándose cargado con una responsabilidad desacostumbrada en medio de este mundo malo, se experimenta uno de los mayores sentimientos dolorosos que hayan podido prepararse desde el principio del mundo para castigar al hombre decaído».
Para su madre los acentos son más desconsolados: «Habíamos vivido tanto la vida de la familia, nos hallábamos tan bien bajo las alas de nuestra madre, que jamás habíamos dejado sin esperanza de regreso el nido natal. Cuando era preciso alejarnos, la privación nos hacía apreciar más vivamente lo que nos faltaba, y la ausencia nos había enseñado a amarla más todavía. Las enfermedades y las dolencias que podían prepararnos para una separación no hicieron sino hacérnosla más cruel… Pero sobre todo, ¡qué pérdida para los intereses religiosos de mi alma! ¡Dulces exhortaciones, poderosos ejemplos, fervor que calentaba mi corazón tibio, estímulos que levantaban mis fuerzas! Y luego, fue ella con las primeras enseñanzas quien me dio la fe; ella, que era para mí una viva imagen de la santa Iglesia, nuestra madre también, quien me parecía la más perfecta expresión de la Providencia. Así creo sentirme más o menos como los discípulos se sentirían después de la ascensión del Salvador. Me encuentro como si la Divinidad se hubiera retirado de mi lado. Me parece por momentos, ¿os lo confesaré?, que la fe se me escapa como el ser que fue para mí su intérprete, y permanezco solo en mi propio vacío…» .
No se sintió menos afligido con sus hermanos. María Nantas había dado catorce hijos a su marido. Tan sólo tres llegaron a la edad adulta, Alfonso, Federico y Carlos: un sacerdote, un profesor y un médico. El espíritu de la familia se revela en estas tres vocaciones. Una hija, entre los mayores, vivió hasta los dieciocho años, y Federico guardó un emocionado recuerdo de la «primera institutriz». Si para Carlos, su hermano menor, representó con una encantadora familiaridad el papel de un hermano mayor y consejero, se apoyaba a su vez en su hermano mayor Alfonso, con confianza y también con una especie de respeto que la diferencia de edad y el sacerdocio ponían de manifiesto. Pero no olvidó a los «ángeles» que habían tomado el vuelo antes de su nacimiento o durante sus primeros años: veía en ellos a unos intercesores, y así consolaba a un padre doloroso: «¡Cuántas veces he visto llorar a mi padre y a mi madre, porque de catorce hijos el Cielo no les dejó sino tres! ¿Pero también cuántas veces estos tres supervivientes, en sus penas y sus peligros, no contaron por los hermanos y hermanas que tenían entre los ángeles? ¡Ah, ellos son también de la familia; ellos se acercan a nosotros, ora a través de las luces, ora por medio de socorros inesperados! ¡Dichosas las casas que tienen a la mitad de los suyos allá arriba, para formar la cadena y tender la mano a los de aquí abajo!».
Después de las primeras lecciones de la madre y de la hermana mayor, Federico recibió las de la Universidad, sin apartarse por ello del «nido natal». En 1822 empezó el primer curso como alumno externo, en el Colegio real de Lyon. Hizo unos estudios bastante brillantes. Adquirió allí un sólido dominio del latín sin el cual no se podía concebir entonces ninguna carrera intelectual. La clase de filosofía fue para él, como para muchos otros, un período crítico que le torturaba envolviéndolo en dudas hacia su fe. Un reciente biógrafo ha puesto en duda, si no la realidad, al menos la seriedad de aquella crisis religiosa de la que Ozanam triunfó tan rápidamente. ¿Quiénes somos nosotros para juzgar el interior de las almas? Si las raíces de la creencia no fueron agitadas en él, sus sufrimientos morales no fueron menos vivos. Siempre guardó un fiel recuerdo de aquel estado. Dominó su pena y acabó consolidando definitivamente los cimientos de su vida cristiana gracias a su buena voluntad, y gracias sobre todo a su maestro padre Noirot, que era reputado como uno de los mejores profesores de filosofía de la Universidad, y que fue para Ozanam un maestro de almas, un guía y un amigo con quien mantuvo un gran afecto durante toda su vida.
Al término de su adolescencia se reveló ante sus condiscípulos y sus maestros como muy dotado de un gusto y unas aptitudes excepcionales para la pluma. Este don se expresó en pequeñas obras: poesías latinas y francesas, y ensayos sobre cuestiones de filosofía y de historia. Un periódico lyonés de estudiantes, la Abeille franpaise, le publicó varios trabajos a partir de 1828. (Ozanam tenía entonces quince años.) Algo más tarde uno de estos escritos juveniles, una crítica elocuente y densa del sistema San-Simoniano, fue impreso y divulgado con éxito. Llegó hasta París y proporcionó a su autor halagadores aplausos, entre los cuales se contaban los de Lamartine.
En todo ello veíanse claros indicios de vocación literaria. El propio Ozanam tenía conciencia de ello. Al terminar el Bachillerato, al salir del colegio, trazó los planes para escribir una gran obra destinada a demostrar la verdad del Cristianismo, a través del examen histórico de las creencias de la Humanidad desde los tiempos más remotos. Si más tarde redujo su proyecto a unas proporciones más humanas, encontró complacido la orientación exacta. Entretanto, el doctor Ozanam poseía ya otras ideas y no dudó en hacerle emprender una carrera jurídica. Federico obedeció sin alegría y vegetó durante dos años en un despacho de procurador, sin alejarse del hogar familiar. Allí adquirió, más que otra cosa, el hastío de la actuación judicial. En el otoño de 1831, puesto que necesitaba adquirir los diplomas, fue enviado a París para seguir los cursos de la Facultad de Derecho.
Llegó a la capital en noviembre. Quince meses transcurridos desde la Revolución no habían bastado para hacer caer la «fiebre de julio». Los accesos habían sido, como se sabe, acompañados de violencias contra la Religión. Las cenizas del Arzobispado estaban calientes todavía. Los sacerdotes no se atrevían a salir a la calle con sotana. El pueblo mostraba mohindad para con la Iglesia, protegida de la Monarquía derribada. Entre la burguesía, como en el mundo intelectual, el espíritu de Voltaire continuaba reinando. Nuestro joven lyonés se sentía muy desorientado. Piadoso en una ciudad donde parecía imperar la impiedad, casto y reservado en medio de una juventud turbulenta, dada a los placeres fáciles, experimentó el mal del país y, me atrevo a decirlo, el mal de la familia. Se descansa hablando de ello a su madre: «Yo, tan acostumbrado a las conversaciones familiares, que encontraba tanto placer en volver a ver, todos los días reunidos en torno mío a todos los seres queridos, que tanta necesidad tenía de consejos y estímulos, heme ahora lanzado sin apoyo ni punto de unión, en esta capital del egoismo, en el torbellino de las pasiones y de los errores». Pero es aún más explícito con un primo de su misma edad: «Separado de los que amaba. Siento en mí algo infantil que me trae la necesidad de vivir en el hogar doméstico, a la sombra del padre y de la madre, algo de una invencible delicadeza que se marchita con el aire de la capital. Y París me desagrada… Para mí, esta ciudad sin límites donde me hallo perdido, es Cedar, es Babilonia, es el lugar de exilio y de peregrinaje, y Sión es mi ciudad natal con los que dejé allí, con la provincial sencillez, con la caridad de sus habitantes, con sus altares levantados y sus creencias respetadas».







