3— De Carlomagno a las Cruzadas. Sobre este período, el segundo en el proyecto de su obra maestra, Ozanam no pudo terminar nada. Quizá no escribiera nada. Las dos lecciones sobre El progreso en los siglos de decadencia, que forman el prólogo de su libro: La civilización en el siglo V, contienen tan sólo, en una decena de páginas, la expresión de algunas ideas generales. Trátase de un movimiento oratorio más que de una exposición histórica : algunas frases sobre la conversión de los normandos, de los húngaros y de los eslavos, un resumen demasiado sumario sobre el feudalismo, unas palabras sobre Scot-Erígeno, sobre Alfredo el Grande, sobre las abadías sabias de Fulda y de Saint-Gall, sobre Gerberto y sobre Hildebrando. Es demasiado poco para satisfacer nuestra curiosidad: sabíamos de antemano que iba a hablarnos de ello.
Las lecciones sobre la literatura inglesa y sobre la literatura alemana, de las que nos quedan algunos pliegos manuscritos, ofrecían quizá los materiales para esta parte de la gran obra. En una carta a su hermano Carlos, Ozanam habla del curso que estaba dando, en 1843, sobre la literatura italiana; este año lo ha conducido, dice, «de la era cristiana hasta los tiempos de Carlomagno». ¿Ha profundizado hasta más adelante? Nada, ni tan siquiera una alusión en su correspondencia, nos permite afirmarlo. Ninguno de los artículos, que la tenacidad del padre Galopín ha llevado a buscar hasta el fondo de las bibliotecas, o en las colecciones de revistas contemporáneas, no se relaciona con los siglos que separan al renacimiento carolingio de este otro renacimiento que hay que reconocer en la efervescencia del s.XII.
¿Cómo Ozanam habría tratado esta época ingrata? ¿Cómo hubiera mostrado la persistente acción del principio de unidad, que representa la Iglesia romana en medio de lo que, faltos de un término más exacto, se ha llamado a menudo la anarquía feudal? Como literato, ¿habría sacado los materiales, sobre todo, de las fuentes literarias? Como amigo de lo hermoso, ¿los hubiera sacado de los marfiles esculpidos, de las escasas pinturas y de los manuscritos adornados, salidos de los escritorios monásticos? Como jurista, ¿los hubiera sacado de las colecciones de Derecho canónico? Todas las conjeturas son vanas, y no tenemos más remedio que resignarnos en nuestra ignorancia.
Todo cuanto podemos entrever, es la orientación de su pensamiento al terminar su segundo año de enseñanza, dedicado a la literatura alemana. Le hace una confidencia sobre ello a su amigo Lallier, en una carta del 17 de agosto de 1842:
«No fue sino mientras terminaba mi curso que el interés serio del tema se ha precisado netamente para mí. Se trata de mostrar que Alemania es deudora de su genio y de su entera civilización, de la educación cristiana que le fue dada; que su grandeza lo fue en proporción de su unión con la cristiandad; …que para ella, como para todos, no hubo ni habrá verdaderos destinos sin pasar por la unidad romana… Todo esto parece muy sencillo, natural y de una verdad trivial por este lado del Rin. Pero por el otro lado, el orgullo nacional se complace en el sueño de una civilización autóctona, adonde el Cristianismo les hubiera arrastrado; de una literatura que, sin el contacto latino, se habría desarrollado con un esplendor sin ejemplo; de un porvenir, finalmente, que será magnífico si se sumerge en un teutonismo sin mezcla alguna. El tipo germánico ya no es Carlomagno, sino Arminio.
»Estas doctrinas se van reproduciendo… a través de las diferentes escuelas… de Hegel a Goethe y de Goethe a Strauss. Me parece de alguna utilidad atacarlas en su propia casa, en su mismo terreno; demostrar cómo, ellos solos, no eran otra cosa que unos bárbaros; cómo, por los obispos y los monjes, por la fe romana, por la lengua romana, por el derecho romano, han entrado ellos en posesión de la herencia religiosa, científica y política de los pueblos modernos; cómo, al repudiarlo, regresan de nuevo poco a poco hacia la barbarie. Una introducción que precederá y unas conclusiones que seguirán a la historia de la literatura caballeresca, objeto principal de mi libro, espero que hagan resurgir este pensamiento… Me parece haber encontrado hechos ignorados y decisivos que establecerán la perpetuidad de la tradición sabia… desde Carlos Martel hasta las cruzadas. Voy a intentar la redacción de todo eso… No es un asunto nimio escribir un libro para los tiempos que corren, sobre todo para mí que construyo lentamente y corro el peligro de emplear mucha pena por un resultado escaso. No dudo pues a recomendar lo que empecé a sus buenas y fraternas plegarias».
El libro realizado —los Estudios germánicos— ha quedado reducido, tal como acabamos de ver, a un cuadro cronológico más estrecho, y por otra parte lo poco que Ozanam ha publicado de sus lecciones sobre literatura alemana se relaciona principalmente a los siglos XII y XIII. Pero hallamos poca cosa del programa de conjunto expuesto a Lallier. Encontramos también sus vistas proféticas sobre los extravíos donde los pensadores alemanes corrían el riesgo de precipitar a su país: « ¡Que la ciencia alemana vaya con cuidado! Al llegar hasta no admitir otra poesía legítima que no sea la que se cantaba bajo la choza de sus antepasados, ni otra ley constitutiva que no fueran los instintos pasajeros que reunían en confederaciones las tribus teutónicas, ni otra divinidad que no sea el sombrío horror que daba escalofríos al viejo germano en sus bosques, podrá ella acabar por encontrarse sola en plena barbarie».







