La obra de Federico Ozanam (IV)

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Author: Léonce Celier .
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Bonum est diffusivum sui — la caridad no es tan sólo el puente entre las clases sociales de un mismo país, sino también un lazo entre los pueblos, el «lazo de paz» (vinculum pacis) de que hablara san Pablo. La internacional fraterna de que sueña hoy una humanidad desgarrada por las guerras, ¿es verdaderamente imaginable separada del Evangelio, vaciada de la caridad de Cristo? Lamartine, al día siguiente de la muerte de Ozanam, escribía estas hermosas y justas palabras: «Un espíritu como el suyo hubiera sido muy necesario para nuestra época de contención; ¡cuántos corazones hubiera conquistado para la paz!»

Estas palabras, muy acertadas ya a mediados del siglo último, ¡qué acuciante actualidad toman a mediados del nuestro! ¿En qué época los corazones han tenido más trágicamente necesidad de ser «conquistados por la paz» que hoy, en que todas las conferencias alrededor de tapices verdes no llegan a hacer del desarme una realidad?

Ozanam encontraba de nuevo el alma católica, el espíritu de universalidad de la Edad Media cuando dirigía su hermoso apóstrofe a la Madre del Señor, inspiradora y patrona de nuestras catedrales de Europa sin distinción de fronteras, a la reina de todas nuestras grandes ciudades católicas, a «Nuestra Señora de Burgos, a Nuestra Señora de Pisa y de Milán, a Nuestra Señora de Colonia y de París». El signo de Cristo adelanta más la paz entre las naciones que los esfuerzos de los diplomáticos, y los grandes corazones ven a menudo más lejos que los técnicos de la política.

Robert d’Harcourt

PREÁMBULO

«La fisonomía de Ozanam, introduciendo en la Sorbona la viva afirmación de la moral y del Credo católicos, permanece más presente en nuestras imaginaciones que su obra no lo está en nuestras memorias.» Esta constatación es de Georges  Goyau, el biógrafo de Ozanam al que sus estudios históricos y sus preocupaciones sociales aproximaban más a su modelo. Es bastante melancólica; pues, a través de los años, la voz de aquellos que pudieron conocer a Ozanam se ha ido apagando, el eco de su palabra se ha desvanecido, y, si no buscamos su fisonomía en sus escritos, llegaremos a no guardar de él la más lejana imagen.

Deberíamos lamentarlo: él es de aquellos que atraen y conservan la amistad, y de aquellos también que ejercen una influencia bienhechora: «No había sólo virtudes en este hombre —ha dicho de él Henry Cochin—, sino también una especie de fascinación»? Por otra parte, descontando la Sociedad de San Vicente de Paúl, su obra ya no tiene, sin duda, sitio en la actualidad literaria, aunque permanezca llena de interés, porque evoca un momento y un elemento del pensamiento católico del siglo XIX, y más aún porque nos permite descubrir, sin que el autor haya pensado nunca a pintarse en ella, un alma muy hermosa y muy noble.

Ofrecer al público la ocasión de conocer esta alma a través de dicha obra, ¿no es un buen medio para situar a Federico Ozanam en el rango que tiene derecho a ocupar dentro del movimiento intelectual y religioso de su siglo y, más todavía, para suscitarle nuevos amigos?

¡Ay!, la edición de sus obras, publicada después de su muerte por varios compañeros suyos de estudios y de acción, no ha sido reimpresa sino dos veces. En estos momentos se halla agotada y es de temer que no se pueda emprender una nueva publicación sino después de muchos años. La lectura de Ozanam está pues reservada, en Francia, para los clientes de algunas bibliotecas públicas; y es prácticamente imposible para los extranjeros.

Para suplir a esta situación, y quizá también como una preparación, ha parecido útil de buscar, en sus escritos y en sus admirables cartas, lo que mejor podría ayudar a conocer su formación, su carácter, sus estudios, su pensamiento, su acción y sobre todo su corazón.

Un retrato, de cuyo modelo hubieran nacido  los rasgos e incluso los matices, es todo lo que pretende la presente noticia.

La finalidad de este trabajo, realizado sin ninguna idea preconcebida, es el reconocimiento de un principio de unidad entre la vida de Ozanam, sus estudios, su enseñanza, sus trabajos históricos, su acción social y caritativa: todo se ordena en él para una vida interior iluminada por la fe cristiana.

Figura en este estudio un ensayo en síntesis de la obra histórica de Federico Ozanam. De esta síntesis, el maestro Edouard Jordan no había podido, en 1913, dar sino un bosquejo acompañado, a pesar de todo, de visiones penetrantes. Si me ha sido posible a mí llevarlo más lejos, lo debo al paciente trabajo bibliográfico del Padre Galopin, hacia quien todos los que se interesan por Ozanam tienen una deuda de agradecimiento. Perdonaremos a un antiguo cartista, para quien la Edad Media y la historia religiosa han sido las principales preocupaciones, el haber dado a esta parte un cierto desarrollo.

Los demás capítulos deben mucho a los archivos de la Sociedad de San Vicente de Paúl, así como a las numerosas cartas inéditas reunidas de tres años a esta parte pensando en una reedición de la Correspondencia. El lector no encontrará allí la historia de la Sociedad, que fue ya muy bien explicada, el año 1933, en el Libro del Centenario y en la obra del señor Foucault. La persona de Ozanam ocupa el centro de este pequeño libro, porque me ha parecido lo bastante importante como para ocupar todas sus páginas.

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