La obra de Federico Ozanam (III)

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CRÉDITOS
Autor: Léonce Celier .
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Hemos dejado hasta aquí de lado su título principal en nuestra admiración y nuestra piedad. Hemos hablado del escritor, pero no hemos hablado del apóstol. Es menos como el historiador de Dante que como el fundador de las Conferencias de Caridad de San Vicente de Paúl, que Ozanam continúa viviendo hoy en nuestro pensamiento. Si fue un revelador de Dante y de la poesía franciscana, fue también, en el plano humano y social, un iniciador mucho mayor. El honor de Ozanam está en haber reanimado el sentido de «la eminente dignidad de los pobres en la Iglesia», de que hablara Bossuet, y de haber pronunciado palabras como las siguientes: «He ahí lo que motiva que en medio de las familias que nosotros visitamos a menudo, el silencio se cierne en nuestros labios y la confusión penetra en nuestro corazón porque nos vemos iguales en achaques y dolencias, e incluso inferiores en virtudes a los que nos rodean.»

¡’Cómo su título es imperecedero por haberse adelantado a su tiempo poniendo en primer lugar el problema social, por encima de todos los demás, y teniendo el valor de lanzar a su auditorio palabras como las siguientes : «Existe una explotación cuando el patrón considera al obrero no como un asociado, un auxiliar, sino como al instrumento del que hay que sacar el máximo rendimiento posible y al menor precio. El obrero máquina no es más que una parte del capital, igual como el esclavo de los tiempos antiguos!» ¡Duras palabras que, en la época en que fueron pronunciadas (1840), debían estallar como si fueran explosivos!

Ozanam veía llegar la tempestad. Preveía la violencia de las luchas de clases que desgarrarían a nuestro tiempo. Pero él discernía al propio tiempo el papel inmenso reservado a la caridad en medio de la pasión de los hombres. «La cuestión que divide a los hombres en nuestros días ya no es una cuestión de formas políticas, sino una cuestión social, es decir, el saber quien va a ganar entre el espíritu egoista y el espíritu de sacrificio; si la sociedad será tan sólo una gran explotación en provecho de los más fuertes, o bien la consagración de cada uno para el bien de todos. Hay muchos hombres que poseen demasiado y desean poseer aun más; pero hay muchos más que no poseen bastante, que no tienen nada, y esta lucha amenaza ser terrible: por un lado el poder del oro, por el otro el poder de la desesperación. Entre estos ejércitos enemigos deberíamos precipitarnos nosotros, sino para impedir, al menos para amortiguar el choque.»

Magníficas anticipaciones y llamadas generosas que marcarán el camino a los Léon Harmel o Albert de Mun.

Debemos a Ozanam el haber señalado perfectamente los caracteres de la verdadera caridad, y en particular ese rasgo profundo de humildad que la distingue de su falsa hermana la filantropía: «La filantropía, escribió él finamente, es una orgullosa para quien las buenas acciones son una especie de vestido, y que gusta de mirarse ante  el espejo. La caridad es una tierna madre que fija sus ojos en el niño que lleva en su seno, que no piensa en ella misma y olvida su belleza para su amor.»

Pero en este terreno de la caridad cristiana Ozanam es inagotable. Habla verdaderamente ex abundantia cordis. No nos perdonaríamos de no citar la hermosa página ardiente en la que, después de haber dibujado el cuadro de la gran miseria de un mundo privado de Dios, nos ha señalado a continuación nuestros deberes: «La humanidad de nuestros días me parece comparable al viajero de que habla el Evangelio. También ella, mientras prosigue su camino por las vías que Cristo le ha trazado, se ha visto asaltada por unos ladrones, por unos ladrones del pensamiento, por unos hombres malvados que le han arrebatado cuanto poseía: el tesoro de la fe y del amor; y la han dejado desnuda y gimiendo, tendida al borde del sendero. Los sacerdotes y los levitas pasaron por allí, y aquella vez, como eran sacerdotes y levitas verdaderos, se han aproximado a aquel ser doliente y han querido curarle. Pero en su delirio ella no los ha reconocido y los ha rechazado. Por nuestra parte, débiles Samaritanos profanos y gentes de poca fe, que eso somos, nos atrevemos sin embargo a acercarnos a ese gran enfermo. Quizá no se asuste de nosotros. Probemos de sondear sus llagas y de verter allí el aceite. Hagamos resonar en sus oídos palabras de consuelo y de paz. Y luego, cuando sets ojos se abran, le dejaremos en manos de los que Dios ha constituido como guardianes y médicos de las almas, que son también, de alguna manera, nuestros hosteleros en la peregrinación de este mundo, puesto que dan a nuestros espíritus hambrientos y chillones la palabra santa como alimento y la esperanza de un mundo mejor como refugio.»

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