La obra de Federico Ozanam (I)

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Author: Léonce Celier .
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El mayor título de Federico Ozanam, fundador de las Conferencias de Caridad de San Vicente de Paúl, que han llevado su nombre a través del mundo entero, es quizá el haber sido un precursor, y haberse adelantado a su tiempo en dos aspectos : el del espíritu y el de la acción social.

Ozanam historiador, abre a un mundo que los ignoraba, o los menospreciaba, las riquezas de Dante y los resplandores de la poesía franciscana.

Ozanam apóstol, define de forma admirable el papel reservado a la caridad en las luchas sociales, que abrirán un foso entre los hombres. Estas dos clases de actividad él no las colocará en el mismo plano. Todos cuantos conocen su nombre saben a cual de las dos actividades concedió la primacía. Esta vida tan trágicamente corta se halla dominada enteramente por la gran palabra de Pascal: «Todos los espíritus reunidos y todas sus producciones no valen el menor movimiento de caridad.»

¿Cuál es el pensamiento fundamental que domina su obra de historiador? Nos lo ha dicho él mismo. Ha querido enseñarnos «la religión glorificada por la Historia». La demostración de la grandeza del Cristianismo será la aspiración central de su obra.

Edificar una obra de escritor y de investigador en torno y a la vista de una idea, hacer servir a la Historia para la «expresión de una idea» —Ozanam se halla allí por entero. Su obra de historiador será una obra de apologética. Por otra parte, esta «idea», de la que él habla, la ha definido muy claramente: «Es —nos dice— la perpetuidad de las ideas religiosas, la verdad, la excelencia, la belleza del Cristianismo».

A veces se le ha censurado por haber preferido la brillantez oratoria a las largas investigaciones, las resplandecientes síntesis a los pacientes análisis. Se le ha reprochado de no haber puesto siempre en práctica el precepto de Fustel de Coulange: «Un año de análisis por una hora de síntesis.» Sin poner atención a que estas sev ridades eran merecidas por casi todos los contemporáneos de Ozanam, y que estos defectos eran menos suyos que propios de su tiempo. De un tiempo que hacía pasar la elegancia del estilo antes que la exactitud de la información, y la elocuencia antes que la ciencia. La época de los Chateaubriand, de los Lamennais, de los Lamartine y de los Lacordaire era la del talento más que la de la erudición. Michelet y Quinet en la Sorbona convertían su cátedra en una tribuna y profetizaban mucho más que enseñaban.

Sería además un grave error pensar que este gusto de Ozanam por las bellas construcciones históricas haya podido conducirle a una especie de desdén por la ciencia, a quién sabe que desenvoltura respecto a los hechos, desenvoltura que contradice su profunda probidad de espíritu. Cuanto más vemos a Ozanam avanzar en años, más le vemos tomar conciencia de lo que le falta, más le vemos desconfiar de sus dones tan brillantes. «Por el momento me ocupo de publicar mis documentos inéditos que me he traído de Italia, pero siento una gran impaciencia por terminar, aunque me ayuden a desarrollar ejercicios de crítica, de los cuales me había alejado demasiado hasta hoy.» (Carta a Ampére del 21 de julio de 1849). ¡Cuánta humildad y qué bella sencillez en esa lucidez sobre sí mismo! Un año más tarde y a tres años de su muerte, al mismo: «Desconfío de la solemnidad de mi estilo».

Por encima del rigor científico de nuestros métodos históricos actuales, procuremos no ser demasiado severos para con Ozanam por haber sido demasiado brillante. Escuchemos antes el testimonio de J.-J. Ampére (hijo del gran físico): «Preparaciones laboriosas, investigaciones intensas en los textos, ciencia acumulada con grandes esfuerzos, y luego improvisación brillante, palabra atrayente y colorida, ésta era la enseñanza de Ozanam. Es muy raro de reunir al mismo grado los dos méritos del profesor, el fondo y la forma, el saber y la elocuencia. Él preparaba sus lecciones como un benedictino y las pronunciaba como un orador.»

 

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