La noche oscura del Señor Vicente

Mitxel OlabuénagaEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

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Los hechos y sus fechas

1608 Finales de año: salida de Roma hacia París.

1609 Comienzos del año: llegada a París.

Comparte la vivienda con el juez de Sore en el arrabal de Saint-Germain. Sin oficio ni beneficio en todo el año. Entra en la órbita de Bérulle.

1610 Febrero: carta a su madre. Sigue sin dinero y sin trabajo.

Antes de mayo: traslado a la rue du Seine. Limosnero-capellán de la reina Margarita.

1612 Mayo: párroco de Clichy.

1613 Septiembre: entra en casa de los Gondy.

1617 25 de enero: sermón de Folleville.

Febrero o marzo: huye a Chátillon.

Navidad: de vuelta en casa de los Gondy.

1618 Enero: primera misión en Villepreux.

1623 Julio: última visita a su familia.

Hagiografía-historia

Entre los estudiosos recientes y los que pudiéramos lla­mar clásicos hay una diferencia fundamental en cuanto a có­mo interpretar el cambio de orientación que se dio en la vida de san Vicente de Paúl entre aproximadamente los treinta y los cuarenta años de su vida. Los clásicos (Abelly, Collet) prefieren ver la vida de san Vicente como una con­tinuidad marcada ya desde el nacimiento por una fe profun­da y por el amor a los pobres. En la visión de estos autores, el voto de dedicarse enteramente a la evangelización del pobre pueblo —voto por el que, según Abelly, se libró de la famosa y terrible tentación contra la fe hacia los trein­ta y cuatro años— no habría hecho más que sacar al nivel de la decisión explícita unas tendencias que ya estaban im­plícitas desde niño en su vida y en su conciencia.

Los estudiosos recientes no ven ya las cosas así. La vi­sión clásica de los treinta primeros años de la vida de san Vicente malamente se puede tener en pie ante un estudio cuidadoso de la escasa pero suficiente documentación que tuvieron los biógrafos clásicos, y que es sustancialmente la misma que tenemos nosotros. Hoy se percibe claramente no una continuidad en la evolución espiritual de san Vicente, sino más bien una ruptura. El Vicente de los cuarenta años no es sólo más santo en grado que el Vicente de los treinta, sino que parece una persona diferente desde una perspectiva de fe y en importantes aspectos sicológicos, así como en ideales de vida. Por eso algunos autores, corrigiendo decidi­damente la visión clásica, se han atrevido a hablar de una conversión en sentido estricto. En la vida de san Vicente se produce, entre los treinta y los cuarenta años, una alteración del rumbo de vida que sólo se pudo llevar a cabo a través de un proceso de cambio radical, un tipo de cambio de los que tradicionalmente se han calificado como procesos de conversión.

En relación con este tema habría que preguntarse cuán­do, cómo y por qué se dio la supuesta conversión de san Vicente, si es que realmente se dio. Advertimos de entrada unos puntos que se refieren al método empleado en el pre­sente trabajo.

La única causa posible y verdadera de toda conver­sión es la gracia de Dios. La suponemos también en este caso, pero nos limitaremos a estudiar las causas, por así de­cirlo, intramundanas: las que se refieren a la sicología de san Vicente y a las circunstancias que influyen en su biogra­fía. Nuestra perspectiva es, pues, histórica; no es teológica. Sólo al final intentaremos una breve interpretación teoló­gica de la conversión de san Vicente de Paúl.

En relación a lo que hemos llamado las causas intramundanas, sobre todo en lo que se refiere a la evolución sicológico-espiritual de nuestro protagonista, no nos hace­mos ilusiones sobre la posibilidad de conocerlas adecuada­mente. Hace tiempo que llegamos a la convicción de que una comprensión realmente adecuada de la personalidad viva de san Vicente resulta hoy imposible. Si todo conocimiento del interior de otra persona, sobre todo si ha pasado ya a la his­toria, es en principio difícil, hay que admitir que el cono­cimiento del interior de san Vicente resulta más difícil de lo normal. El mismo Abelly, que tuvo todos los medios del mundo para conocer a su biografiado, lo reconoce con franqueza, como veremos. Pero aun admitiendo esto sin reser­vas, pensamos que es mejor saber algo que no saber nada, o que tener ideas equivocadas, por muy devotas que parezcan.

Los estudiosos que han examinado este tema difieren notablemente en cuanto a las fechas y a las causas de la con­versión. Se coloca diversamente la conversión desde un temprano 1609 hasta un tardío 1620, año en que, según Bremond, «su conversión a la santidad… parece termina­da». Si el período delimitado por estas fechas extremas parece largo para un proceso de conversión, nosotros lo alargaremos aún más. Las razones se irán viendo a lo largo de este trabajo. El comienzo del proceso lo colocamos tam­bién en 1609, y su final (si es que se puede hablar de final en un proceso de conversión) en el año 1623, o sea desde los veintinueve hasta los cuarenta y tres años. En este lar­guísimo proceso se dan idas y venidas, períodos de calma y, según la expresión de Dodin, «aceleraciones del ritmo evolutivo». Pero lo que nos importa ahora es descubrir, en orden a delimitar la cronología del proceso, cuándo empiezan a darse los primeros indicios de una conversión y cuán­do se puede decir que este proceso está terminado en sus líneas fundamentales; o sea, cuándo Vicente de Paúl em­pieza a ser el san Vicente de Paúl que conocemos y cuándo deja de ser definitivamente el joven sacerdote desorientado y egocentrado que fue en su primeros años de sacerdocio.

En este proceso de conversión la tentación contra la fe ocupa, desde la obra de Abelly, un lugar central en la vi­sión de casi todos los estudiosos. Efectivamente, y también aquí creemos que esa tentación ocupa un lugar central, y por eso nos detendremos en ella con algo más de detalle.

Los primeros pasos

Vicente de Paúl debió de llegar a París por primera vez a comienzos de 1609, pues estuvo en Roma, según el testi­monio de Abelly, «hasta hacia el final de 1608». Sea o no sea cierta la noticia del mismo Abelly según la cual Vicente fue enviado a París con una misión verbal y secreta cerca de Enrique IV, la verdad es que tal embajada, si se dio, no le valió de nada en términos de la promoción personal que él llevaba tanto tiempo añorando. En efecto: llegado a París, se tiene que alojar en el arrabal de Saint-Germain, uno de los suburbios más pobres de la ciudad, y tiene además que compartir la vivienda con el juez de Sore, sin duda por ra­zones de economía, por no decir de pobreza.

Aquí tenemos, pues, a nuestro héroe: el joven ambicioso que, ordenado con prisas a los veinte años, quiere ser pá­rroco de inmediato; que, según parece, soñó con ser obispo a los veinticuatro; un joven emprendedor capaz de vender un caballo alquilado y de hacer encarcelar a un deudor por una modesta cantidad de dinero; soñador de prebendas y beneficios en casa del vicedelegado Montorio, y que ahora aterriza en un pobre arrabal de París; sacerdote sin oficio ni beneficio ni medios conocidos de vida, y encima acusado de ladrón por su compañero de vivienda. Más bajo no podía haber caído el joven sacerdote emprendedor, inveterado ca­zador de fortunas y beneficios. La experiencia de la pobreza y de la inutilidad de su vida a lo largo de todo 1609 tuvo que ser una dura lección para este joven sacerdote am­bicioso.

Su admirable comportamiento ante la calumnia es el primer indicio de un cambio de rumbo en una vida caracte­rizada hasta entonces por el vigor, la determinación firme y la ambición. Tiene razón, nos parece, Debognie al destacar este hecho como fundamental en la conversión de Vicente de Paúl. Es, además, el primer hecho seguro de la vida de san Vicente que supone un notable contraste con su an­terior carácter, bien conocido por sus propias cartas. Un ca­rácter que se puede calificar de emprendedor, arrollador y casi agresivo en su ambición. Por primera vez en su vida Vicente comienza a practicar, en su dolorosa pasividad ante la calumnia, lo que él mismo va a calificar años después en otros contextos como «el no hacer de Jesucristo». El hecho debió de dejar en él una huella profunda, pues lo recuerda a los misioneros, sin mencionar que se refería a él mismo, nada menos que cuarenta y siete años después de sucedido.

El duro aprendizaje a través de la pobreza duró al me­nos todo el año 1609 y parte de 1610. La carta a su madre de febrero de 1610 tiene un claro deje derrotista, como de quien está viendo frustrados sus ideales, aunque espera «de la gracia de Dios que El bendecirá mis trabajos». Tal vez fuera la bendición de Dios la que se presentó uno o dos me­ses después en la forma de un puesto de capellán- limosnero en el palacio de la reina Margarita. Ese tono que hemos llamado derrotista contrasta vivamente con el tono de su segunda carta al señor de Comet, escrita desde Roma dos años antes que la carta a su madre, carta en la que expresa su firme esperanza de conseguir algún «decoroso beneficio» que asegure para el resto de sus días «un honroso retiro».

El cargo de limosnero le proporcionó por fin, a la vez que la posibilidad de cambio a un domicilio menos mísero, medios de vida suficientes al menos para salir de una situa­ción de paro forzoso en su vida sacerdotal. Cuando Vicente entra en el palacio, la reina Margarita no es una reina de verdad, Sino una ex-reina, pero en su fastuosa corte de rei­na repudiada se reúne lo mejor de los hombres de las artes y de las letras y se cultiva la liturgia y la piedad. Uno de estos hombres, un doctor en teología, es el que sufre aque­lla tentación contra la fe que, según Abelly, pasará luego al señor Vicente. Y la sufre, según especifica el mismo Vi­cente, como resultado de la ociosidad. Vicente mismo no se veía probablemente agobiado de trabajo por su cargo en el palacio, pues sus obligaciones se debían de reducir a decir una misa diaria y a repartir entre los pobres, junto con otros cinco o seis capellanes más, las limosnas de la reina.

Esta situación duró unos meses de 1610, todo el año 1611 y hasta mayo de 1612, en que tomó posesión de la parroquia de Clichy. He aquí pues a nuestro héroe saltando limpiamente de la choza al palacio. Casi parece un cuento de hadas. ¿Habrá llegado por fin nuestro hombre a la meta de ese largo peregrinaje que a los diecisiete años le hizo dejar el pueblo y la tierra natal camino de Toulouse, aparentemente con ganas de alejarse de ellos lo más posible? Sin embargo el cargo de limosnero no debía de ser excesivamente prome­tedor, al menos en términos económicos, aunque sin duda le proporcionaba un medio modesto de vida.

Pero hay otro aspecto en su experiencia de limosnero de la reina Margarita que fue indudablemente más intere­sante en la evolución de su vida posterior. Es un aspecto que ha destacado Redier nos parece que con justicia. Este sacerdote, que por las circunstancias humildes de su naci­miento parecía excluido del acceso a los lugares de poder, saber y riqueza, entra al fin en uno de esos lugares para descubrir con horror la banalidad de lo que los escritores ascéticos de todas las edades han llamado la vanidad de la grandeza del mundo. La misma reina, antigua belleza seduc­tora que presidía graciosamente sobre su corte galante y frí­vola de hombres de saber y de Iglesia, se había convertido en una ruina física llena de arrugas y de berrugas por el ex­ceso de afeites y por otros excesos. Aunque en su decisión intervinieron otros factores además de su desencanto —en particular la dirección de Bérulle—, Vicente debió de dejar la corte de la reina con un suspiro de alivio cuando en ma­yo de 1612 vuelve a respirar el aire puro del campo, que era su verdadero medio natal, en Clichy, una aldea peque­ña a corta distancia de París. Tampoco sería muy brillante la retribución económica del párroco de Clichy, pero en el alma de Vicente operan ya, y con mucha fuerza, otros idea­les que no tienen nada que ver con los ideales de que ha sido juguete hasta sólo tres años antes.

Bérulle

A Bérulle hay que atribuir la nueva orientación de la vida del señor Vicente por caminos más sacerdotales. No se sabe con precisión cuándo se vieron por primera vez, y tam­poco importa mucho. Puede afirmarse con cierta seguridad que san Vicente debió conocerle afortunadamente (o providencialmente) muy pronto después de su llegada de Roma a París, o sea en 1609, o tal vez en 1610. Desde esta fecha hasta 1617 Bérulle va a ejercer una influencia profunda y decisiva en la definitiva orientación sacerdotal y cristiana de la vida de san Vicente. No es sólo que el discípulo se deje llevar en decisiones prácticas de un carácter más sacerdotal que las andanzas de su vida anterior. Bérulle, por ejemplo, es quien envía a Vicente a Clichy en 1612 para su primera experiencia netamente pastoral, y es también Bérulle quien le introduce un año después en casa de los Gondy como pre­ceptor y formador de los hijos de éstos. Lo que es más importante, san Vicente aprendió de Bérulle una perspectiva de la fe que marcará definitivamente su orientación espiri­tual para el resto de su vida. Se puede decir sin exageración que el sacerdote Vicente de Paúl descubrió en las enseñanzas de Bérulle a Jesucristo vivo. No el Jesucristo disecado —per­dónese la expresión— de la escolástica tardía que aprendió en Toulouse, sino al Jesucristo real, adorador del Padre y redentor de los hombres. Las incertidumbres, la desorienta­ción, los veleideos del joven sacerdote van poco a poco dan­do paso, bajo la experta dirección de Bérulle, a partir de los treinta años, a un anclaje firme de vida e ideales en la figura de Jesucrito. El discípulo, sobre la base de las ense­ñanzas de Bérulle, iniciará con los años y con las experien­cias nuevas de su vida (Folleville, Chátillon) un camino diferente que el maestro ni siquiera llegó a sospechar; una vi­sión más centrada en Jesucristo como evangelizador de los pobres. Por otro lado es claro que Bérulle no sólo no com­prendió la evolución posterior de su discípulo, sino que hizo todos los esfuerzos posibles para torpedear la creación que debiera prolongar en el tiempo lo mejor del espíritu vicenciano, la Congregación de la Misión. Esta es, sin embargo, una historia que desborda los límites de este trabajo. Pero a Bérulle hay que atribuir, a pesar de las incomprensiones posteriores la experta dirección que convierte a un sacerdo­te desorientado durante diez años después de su ordenación en un sacerdote que comienza por fin el largo y nada fácil camino de una vida auténticamente cristiana y sacerdotal.

Clichy supone, decíamos, en la vida de Vicente de Paúl la primera experiencia pastoral. No fue larga, pues duró del 2 de mayo de 1612 hasta setiembre de 1613, pero fue sufi­ciente y totalmente providencial para el momento sicológico de nuestro hombre. Por primera vez encontramos una espe­cie de remanso en una vida hasta ahora agitada y nerviosa; un alto en el camino en el que vemos claramente, por el testimonio de él mismo, que Vicente se toma un respiro salu­dable que oxigena su espíritu inquieto y le da el primer sa­bor de una vida que en breve va a tomar rumbos definitiva­mente sacerdotales de los que ya no se desviará. De entre los muchos recuerdos de su vida anterior que prodiga el señor Vicente en cartas y conferencias, el recuerdo de Clichy es sin duda el que expresa contornos más risueños. Es claro que esta primera experiencia pastoral en un momento crítico de su evolución tiene para la memoria del anciano Vicente el regusto de una agradable luna de miel.

Huida y ruptura

Cuando Vicente deja Clichy en diciembre de 1613 y entra en casa de los Gondy por primera vez, lo hace por recomendación de Bérulle. Este dato es en sí suficiente —aunque sea exterior al mismo Vicente— para asegurar­nos que a ojos del exigente Bérulle su discípulo es ya un sacerdote a quien se puede confiar con seguridad un puesto delicado en el palacio de un matrimonio altamente aristocrá­tico y profundamente cristiano que quiere lo mejor para sus hijos. Del joven aventurero y ambicioso apenas si queda ya rastro. Unos años antes ha comenzado ya el largo proceso de conversión que va dejando a un lado una visión egocentrada del sacerdocio para adoptar otra visión centrada en el primer y definitivo evangelizador de los pobres. Aunque este último paso está aún por venir cuando entra en casa de los Gondy. La experiencia del sermón de Folleville el 25 de enero de 1617 parece funcionar como catalizador de una larga maduración de su vocación personal. A las pocas se­manas de la fecha de ese sermón Vicente se escapa literal­mente de la casa de los Gondy, y al hacerlo deja detrás no sólo —y esto definitivamente— sus años de sacerdote am­bicioso, sino incluso el tutelaje de su maestro espiritual. En Chátillon comienza por fin a ser Vicente de Paúl el imi­tador del verdadero evangelizador de los pobres. Tiene trein­ta y siete años cuando inicia ese nuevo rumbo. No se des­viará de él hasta su muerte a los ochenta.

Pero aún queda la familia. El primer impulso para la carrera sacerdotal de Vicente procede de su propio padre, quien no se muestra del todo desinteresado en el aspecto promocional-económico de una tal carrera, según nos dice el mismo Abelly: «Este buen hombre pensaba en su simplicidad que si su hijo Vicente se capacitara en los estudios, podría un día obtener algún beneficio, y así, sirviendo a la Iglesia, ayudaría a su familia y también a los otros hijos». Admisión paladina de cuya autenticidad no se puede dudar, pues desentona extrañamente en la sinfonía bucólica-devocional-hagiográfica que Abelly nos ha orquestado sobre el motivo de la infancia y de la adolescencia de san Vicente. Hemos hablado de «carrera» sacerdotal. Nunca mejor em­pleado ese término. No ya el padre, sino el mismo Vicente ve su sacerdocio como una carrera de promoción social has­ta alrededor de los treinta años. Dos meses antes de cum­plirlos, en la carta escrita a su madre habla claramente de «recuperar la ocasión de ascenso que me han arrebatado mis desastres»; habla de volver a casa de su madre «a devolverle los servicios que le debo… para emplear el resto de mis días junto a usted». A continuación se preocupa por sus herma­nos, y expresa el deseo de que a alguno de sus sobrinos se le dé la oportunidad, como a él se le dio, de estudiar. Admite que sus propios infortunios no son muy buen ejem­plo para animarles a repetir fortuna con algún sobrino, pero expresa la esperanza de que el «presente infortunio puede presuponer una suerte para el porvenir». Sí la presuponía, pero de una especie totalmente diferente de lo que él podía imaginar a los treinta años. En este cambio de «suerte», en esta fisura y ruptura entre lo soñado de joven y lo consegui­do en su vida madura se da lo que nos parece hay que cali­ficar de conversión en sentido estricto.

 

Esta ruptura no se puede llevar a cabo sin pagar por ella un alto precio. No se pueden dejar a un lado ideales largamente soñados que vienen a incrustrarse en la personali­dad, a formar parte de lo que es de hecho la propia persona, sino al precio de un desgarramiento. Y desgarramiento fue lo que san Vicente sufrió, según propia confesión, cuando a los cuarenta y tres años, con ocasión de una misión a los galeotes en Burdeos, vuelve a su casa por primera vez des­pués de veinte años o tal vez más, y por última vez en su vida. Estamos en 1623, y para entonces Vicente ha vivido ya cinco años de intensa dedicación a su nueva vocación de evangelizador de los campesinos descubierta en Folleville en 1617. No se fía de sí mismo, y teme que aún quede en su alma un buen rescoldo de sus ideales de juventud. El mis­mo admite, en el relato que hizo a los misioneros un año antes de morir, que tenía miedo de apegarse afectivamente a sus familiares. Antes de decidirse a visitarles pide consejo a gentes sensatas, que le sugieren que la presencia de Vicen­te en su casa «será un consuelo para los suyos; podrá hablar­les de Dios, etc.» . Les habló de Dios, efectivamente, y les aseguró que no esperasen nada de él «aunque tuviera cofres de oro y plata, ya que un eclesiástico que posee alguna cosa se la debe a Dios y a los pobres». En esta última frase se retrata el mejor Vicente de Paúl, el convertido. Habla como un convertido, pero aún quedaba el rescoldo de los antiguos ideales. Será mejor oírle a él mismo:

«El día en que me marché tuve tanto dolor de despe­dirme de mis pobres familiares que no hice más que llorar a lo largo del camino, y llorar sin cesar. A las lágrimas sucedió el pensamiento de ayudarles a mejo­rar, de dar a uno esto y al otro lo otro. Mi espíritu en­ternecido les repartía lo que tenía y lo que no tenía… Estuve tres meses con esta pasión importuna de pro­mocionar a mis hermanos y hermanas. Era un peso continuo en mi espíritu. Cuando me encontraba un poco libre de todo eso rogaba a Dios que me librara de esta tentación. Se lo pedí tanto que al fin tuvo pie­dad de mí y me quitó esas ternezas por mis familiares. De modo que aunque hayan vivido de limosna, y aún viven, Dios me ha hecho la gracia de confiarlos a su providencia…».

La actitud posterior de ruptura radical con su familia se nos hace dura y agria en un hombre notable por una afec­tividad rica y tierna que Calvet, con justicia, no duda en calificar de maternal. Redier, que admira a san Vicente, expresa vivamente su desconcierto ante esa actitud de su hé­roe hacia la propia familia. Pero hay que comprender al santo. Esta fue la primera tentación de su vida, la que mo­deló su adolescencia y su juventud, y la que dirigió, la que desorientó por caminos extraños sus diez primeros años de sacerdocio. Tiene ahora cuarenta y tres, es ya un hombre maduro, va camino de ser santo, pero aún queda un último resto de la antigua raíz. Y Vicente la arranca de su alma y de su vida sin compasión. No hay aquí ninguna «aceleración del ritmo evolutivo» en el camino hacia la santidad. Hay una ruptura radical y sangrienta con el pasado. Vicente de Paúl es ya, por fin, libre para comenzar a ser sin trabas san Vicente de Paúl.

Recapitulación

Resumimos los incidentes que hemos mencionado hasta ahora como más significativos en el proceso de conversión de san Vicente. Quede bien entendido que sólo pretendemos señalar los hechos conocidos de su biografía que nos pare­cen sintomáticos para tratar de acercarnos un poco al en­tendimiento de lo que realmente sucedió en el alma del señor Vicente. Un proceso de conversión auténtica sólo pue­de ser conocido por quien lo experimenta. Quien lo examina desde fuera se debe contentar con los síntomas y con tratar de imaginarse lo que realmente sucedió.

1609 Experiencia de la pobreza y el fracaso al llegar a París.

Acusación calumniosa de robo.

La dirección de Bérulle.

Desencanto de la grandeza humana en el palacio de la reina Margarita.

La experiencia pastoral de Clichy.

El progresivo descubrimiento de la pobreza ma­terial y espiritual entre los campesinos de los Gondy.

Cambio de rumbo: la experiencia de Folleville. Nuevos caminos: la experiencia de Chátillon.

1623 Rechazo final de su pasado: ruptura con su familia.

Se podría discutir hasta el infinito cuál de esos elementos es el realmente decisivo, si lo es alguno; si en esta lista sobran o faltan «causas» para explicar algo corno un proce­so de conversión que en el fondo puede que sea inexplicable por causas intramundanas. Hemos querido simplemente se­ñalar la fecha inicial en que parece empiezan a desmoronar­se poco a poco los ideales que han regido la vida de Vicente hasta los treinta años; señalar también la fecha término en que nos parece que desaparece finalmente el último rastro de los antiguos ideales, y destacar las experiencias interme­dias que creemos tuvieron algo que ver con un cambio ra­dical de perspectiva vital; cambio de una fe y de un sacer­docio centrados en sí mismo —y por tanto adulterados— a una vida de fe y de sacerdocio volcada con toda pureza y generosidad a los pobres de este mundo, en seguimiento de Cristo evangelizador. Este cambio no puede darse, natural­mente, sin una crisis dolorosa que afecte profundamente a toda la persona: ideales, afectos, creencias, sueños, ambi­ciones; sin que afecte a su manera de verse en el mundo en relación a Dios y en relación a los hombres. O sea, no puede darse sin una crisis radical de fe. La fe que se tiene, adul­terada, se cuestiona, entra en crisis, parece que se va a per­der. Y luego reaparece pura y auténtica. Lo que estuvo a punto de perderse no ha sido propiamente la fe sino una manera de vivir la fe que se había hecho consustancial con la estructura sicológica de la persona. Al ponerse en crisis esa estructura parece que la persona misma se hunde en el suelo de la nada y de la noche. Pero luego encuentra en el abismo de Dios lo que san Juan de la Cruz, experto en estas lides, llama «admirable luz de fe». Este justo, Vicente, vivirá en adelante no en la seguridad de sí mismo y en la luz de sus ideales, sino de la oscura luminosidad de la fe.

La tentación contra la fe

Desde la narración de Abelly se ha puesto precisamen­te en la solución de una crisis de fe el punto exacto del cam­bio de rumbo en la vida del señor Vicente. La historia es bien conocida: san Vicente, compadecido del estado lastimo­so de un teólogo que atraviesa una crisis profunda de fe, se ofrece a Dios para sufrirla en su lugar. La sufre, y sólo sale de ella al hacer un voto de dedicarse por toda la vida a la evangelización de los pobres. La historia ha sido admi­tida prima facie tal como la narra Abelly. Sin embargo, tal como la nana Abelly ofrece un número notable de dificul­tades. Abelly la usa evidentemente para proporcionarnos la clave exacta del prodigioso cambio de rumbo que sufrió la vida de san Vicente después de los treinta años. Aun Abelly, que parece empeñado en canonizar a Vicente desde la in­fancia, se tuvo que dar cuenta de que el Vicente maduro que él conoció se parecía muy poco, en cuestiones de perspecti­va vital de la fe, al Vicente juvenil de las primeras cartas. Tuvo que explicar de alguna manera este cambio y creyó encontrar la explicación en la famosa tentación contra la fe.

Vicente de Paúl tuvo efectivamente que atravesar una crisis de fe que fue sin duda tan larga y tan dura como la expone Abelly, o acaso incluso más larga y más dura. Pero no estamos muy seguros de que sucediera como nos la cuen­ta el primer biógrafo de nuestro santo. Veamos los detalles.

El origen de la narración se encuentra en una conferen­cia de san Vicente, quien sólo hacen mención de lo que pudiéramos llamar la primera parte de la historia, o sea la que se refiere al teólogo. En ella san Vicente no hace ninguna mención de su propio ofrecimiento a Dios para su­frir la tentación en lugar del teólogo, omisión que el mismo Abelly hace notar puntualmente. La segunda parte, el su­frimiento de la tentación por parte de san Vicente y su pos­terior solución, la añade Abelly. Sin duda porque la his­toria parece sorprendente y porque Vicente nunca dio tes­timonio de ella en público, Abelly se cree obligado a ase­gurar a sus lectores que la ha recibido de «una persona muy digna de fe» y por escrito, y que dicha persona no tenía ningún conocimiento de la narración dada por el mismo Vi­cente, lo cual parece apuntar a una persona ajena a la Con­gregación. Abelly da la narración de lo que hemos llamado segunda parte en un texto entrecomillado, como quien se limita a copiar literalmente un texto escrito. Al terminar la cita añade Abelly: «Además de la persona que ha dado este testimonio, hay otras varias de mérito y de virtud que viven aún y que han asegurado lo mismo como oído al mismo se­ñor Vicente, quien les había declarado en confianza lo que le había pasado en aquella ocasión para animarles a servirse del mismo remedio con el fin de obtener el alivio y la cura­ción de penas parecidas» Recuérdese que el remedio a la tentación en el caso del señor Vicente fue la resolución de dedicarse toda la vida al servicio de los pobres. Parecería natural que las varias personas a quienes san Vicente sugiere el mismo remedio en crisis parecidas sean miembros de su Congregación o bien Hijas de la Caridad.

Examinemos ahora el escrito de Abelly en detalle. Según el testimonio de san Vicente, la tentación le entró al doctor cuando dejó la vida activa de defensa de la fe para ingresar en el círculo culto y elegante de la reina Margarita, lo cual creó en él una situación de ociosidad que disparó a su vez la crisis de fe. San Vicente dice que el doctor se dirigió a él, dato que parece sugerir que era el tiempo en que el mismo Vicente tenía acceso al mismo palacio en su calidad de li­mosnero. Este dato se confirma con el testimonio de la «per­sona digna de fe» de que habla Abelly, la cual asegura que uno de los medios de que se sirvió san Vicente para librarse él mismo de la tentación fue la visita a los «enfermos del hospital de la Caridad en el arrabal de Saint-Germain, don­de él vivía por entonces». San Vicente tuvo dos domicilios en el dicho arrabal. El primero, desconocido, fue el que compartió con el juez Sore desde su llegada de Roma a co­mienzos de 1609. El segundo, en la rue de Seine, junto al palacio de la reina Margarita, en el que ya vivía con toda seguridad el día 17 de mayo de 1610, domicilio en el que dejó de vivir al tomar posesión de la parroquia de Clichy el 2 de mayo de 1612 22. No se sabe la fecha exacta de su nombramiento como limosnero de la reina, pero la carta escrita a su madre el 17 de febrero de 1610 parece sugerir con toda claridad que en esa fecha aún estaba sin oficio ni beneficio de ninguna clase. Así pues, el conocimiento del doctor debe de ser posterior a febrero de 1610, así como el comienzo de la tentación en el mismo señor Vicente.

En cuanto a éste, antes de dejar el arrabal de Saint-Germain, rue de Seine, para irse a Clichy en mayo de 1612, ya debía estar plenamente sumergido en la tentación, según se deduce del testimonio de que para curarse de ella visitaba a los enfermos del hospital de la Caridad mientras vivía en el mismo arrabal. El testimonio asegura que la tentación duró tres o cuatro años. Suponiendo que ésta comenzara en 1611 —y ésta es la fecha más tardía para una tal suposición con los datos que tenemos—, hay que poner su fin lo más tarde en 1615. Ahora bien, ¿qué tipo de voto o resolución radical es ése que Vicente hace en 1615, que se supone (así lo su­pone Abelly) cambia el rumbo de la vida de san Vicente, y que, sin embargo, no se cumple hasta que dos años después san Vicente abandona la casa de los Gondy lo más pronto en febrero de 1617? Durante la primera estancia en casa de los Gondy hasta 1617 lo que absorbía al señor Vicente no fue en modo alguno la evangelización de los pobres cam­pesinos, sino la educación de los niños de los Gondy, la dirección espiritual de la señora y la catequesis de los criados.

Esto en cuanto a las contradicciones cronológicas. Es bien sabido que la exactitud cronológica no es uno de los fuertes de Abelly. No destacamos en este caso, la contra­dicción para quitar autoridad a nuestro autor, sino para su­gerir que la tentación de san Vicente no cabe en las fechas sugeridas por Abelly tal como éste nos la cuenta.

Hay otros aspectos más interesantes en cuanto al conte­nido de la narración, aunque más resbaladizos, lo admitimos francamente. El más obvio es el siguiente. Es muy cierto que la acción de Dios no tiene por qué someterse a lo que un historiador profesional podría llamar lógica histórica o un sicólogo profesional congruencia sicológica. Pero el con­tenido del supuesto voto de dedicarse a los pobres precisa­mente como solución a una tentación contra la fe brota tan de la nada, o casi, en la experiencia anterior de san Vicente, tiene antecedentes tan escasos en su vida anterior, que uno no puede menos de preguntarse: ¿Por qué no se le ocurrió como antídoto de una tentación contra la fe algo más direc­tamente relacionado con su visión de la fe hasta ese momen­to; por ejemplo, una peregrinación a Roma, a Jerusalén,  algo parecido?

Otras observaciones en cuanto al contenido de la narra­ción puede que se presenten también como resbaladizas, pero no dejan de tener su interés. La estancia de san Vicen­te en Clichy desde mayo de 1612 hasta setiembre de 1613 entra de lleno, según la cronología que apunta Abelly, en los años de la tentación. Clichy supone, sin embargo, como ya advertimos, en la experiencia sacerdotal de san Vicente, un período de calma, incluso de gozo. No se descubre en los testimonios de san Vicente sobre ese tiempo el más mí­nimo rastro de que se encontrara sumergido en las terribles incertidumbres de una tentación que pone en peligro no ya su sacerdocio, sino incluso su fe. Resumiendo los testimo­nios del mismo Vicente, observa Coste con justeza: «En su ancianidad, Vicente de Paúl recordaba los bellos días de Clichy con una profunda emoción».

Podríamos añadir, por lo que valga, una última obser­vación. San Vicente entró en casa de los Gondy como pre­ceptor de los niños. El que se convirtiera posteriormente en director de conciencia de la señora fue debido a la iniciativa de ésta algo más de un año después de entrar san Vicente en la casa, y sin duda después de un «período de observa­ción» durante el que esta mujer, de espiritualidad y sensibi­lidad exquisitas, llegó a convencerse de que el preceptor de sus hijos podía ser un guía adecuado para su propia con­ciencia complicada. Es cierto que la señora de Gondy, fina observadora, encontraba algún reparo en las muestras del temperamento «bilioso y melancólico» de aquel sacerdote de treinta y seis años, pero se hace poco menos que increíble que un alma desconcertada, pero finamente perceptiva como la de la Gondy, no advirtiera el supuesto estado de mayor desconcierto en cuestiones básicas de fe en el preceptor de sus hijos o que, advirtiéndolo, lo tomara sin embargo como guía y director en sus propios desconciertos. Una tentación contra la fe tan virulenta como la describe Abelly, se nota, sin duda, de puertas afuera.

En resumen, nos inclinamos por considerar la narración contra la fe como una muestra más de las muchas que ofre­ce Abelly de su inclinación hagiográfica-piadosa en favor de su héroe. No le faltaban a Abelly modelos abundantes de sustitución de tentaciones o de castigos en la hagiografía medieval, que Abelly conocía muy bien. Tampoco faltaban en la teología, con el modelo mismo de Jesucristo, que toma sobre sí voluntariamente nuestras propias debilidades y ten­taciones. E incluso en el Antiguo Testamento, con el siervo doliente de Isaías (53, 4-5). Se puede admitir sin más que una historia como la que cuenta Abelly es totalmente posi­ble y, a la vez, rechazarla sin embargo porque en este caso nos parece inverosímil. No por prejuicios apriorísticos, sino por un examen razonado de los datos que el mismo Abelly ofrece. Collet, más crítico y más «racionalista» que Abelly, admite sin embargo la historia tal como éste la cuenta, pero confiesa que «el suceso tiene algo de tan extraordinario que yo lo hubiera suprimido si no estuviera apoyado por prue­bas que no sufren ni excepción ni réplica».

Nos parece que Collet ha examinado las pruebas con poco cuidado. No hay más pruebas, según Abelly, que el testimonio escrito de una persona ajena probablemente a la Congregación y el oral de varias otras probablemente de la misma Congregación a quienes se supone Vicente comunicó el suceso en diversas etapas de su vida. No se trata de suge­rir que Abelly se inventó la historia y atribuyó su origen a otros, sino que la forma final de la narración tiene algo que ver, pero ciertamente no mucho, con una posible confi­dencia lejana en el tiempo por parte del señor Vicente, o bien con la narración, transformada luego, dada por el mismo Vicente sobre la tentación del doctor en sus tiempos de capellán de la reina Margarita. Pero que el mismo Vi­cente contara la experiencia más dramática de su vida inte­rior con tanto detalle a varias personas debe tenerse por inaceptable ante el testimonio explícito del mismo Abelly sobre la dificultad que encierra el describir el interior de su biografiado: «No será fácil describir lo que este gran siervo de Dios se ha esforzado siempre por ocultar, tanto como le ha sido posible, bajo el velo de una profunda humildad. No podemos hablar más que de lo que la caridad o la obedien­cia le han obligado a hacer externamente. Pero la parte prin­cipal, que es del todo interior y espiritual, nos es descono­cida». Exactamente. San Vicente, que habla con frecuencia y sin inhibiciones de las circunstancias de su vida ante­rior, habla muy poco de su vida interior, y prácticamente nunca de hechos de su vida interior que parezcan merecer alabanza. Podemos imaginarnos a Vicente de Paúl ani­mando a un compañero de vocación con problemas de fe a salir de ellos por la entrega generosa a la evangelización de los pobres, añadiéndole que él mismo se curó del mismo mal con la misma medicina, como así sucedió de hecho en su vida. Pero que se pusiera él mismo como modelo heroico de sustitución en favor de un hombre tentado violentamen­te en su fe y lo dijera a varias personas, se nos hace, dado el carácter conocido de Vicente de Paúl, increíble.

La noche oscura del señor Vicente

No es la noche oscura —no lo es al menos en el lengua­je de san Juan de la Cruz— la crisis que pone en cuestión la fe, sino precisamente el dejarse llevar de la fe, de la «ar­diente oscuridad», expresión que hubiera agradado a nues­tro místico. San Vicente se sumerge por fin en la oscuridad de la noche luminosa cuando, llevado sin duda por la mano de Dios, se pone en camino hacia Chátillon a sus treinta y siete años. Sabe bien por fin lo que busca: dedicar su vida sin más a evangelizar a los pobres campesinos; pero se pone en camino, como Abrahán (Heb 11, 8), sin saber realmente a dónde va. Para llegar a esta decisión ha tenido que reco­rrer mucho camino el antiguo joven sacerdote ambicioso y emprendedor. Y ha tenido también que desarmar su alma pieza por pieza y luego recomponer dolorosamente las pre­ferencias y la naturaleza misma de su alma y de su fe. De jo­ven soñaba con que la providencia se pusiera de su lado en los sueños de seguridad y promoción en el mundo social y en el eclesiástico. Una vez convertido, se va a dejar llevar por la providencia a encontrar su única seguridad en la en­trega agotadora al alivio de los pobres. Los pobres son para san Vicente el lugar de la fe: sólo en ellos encuentra a Jesucristo, y en Jesucristo al Dios vivo. Entre los pobres, dice el Vicente anciano, se encuentra la verdadera religión. Siente, y lo dice al final de su vida, que ha sido evangeliza­do por ellos, o sea que a través de ellos ha aprendido por fin lo que significa el verdadero evangelio y lo que significa la verdadera fe. No tiene ya otra seguridad en su vida que la dedicación a los pobres; incluso espera a través de ellos su propia salvación definitiva.

De manera que si toda una vida entregada a los pobres se encuentra al final con la terrible realidad de que, a pesar de todos sus esfuerzos, los pobres siguen siendo expoliados, maltratados, robados, y que «ya no les queda más que morir», el alma de Vicente entra en una crisis final —pues no tiene más luz de fe que los pobres de Jesucristo— que pone en cuestión la realidad misma de su fe: «Si hay una verdadera religión…» «. La fe del señor Vicente es oscura, como toda verdadera fe. Antes de convertirse se dejaba guiar por el brillo falaz de sus propias ambiciones. Desde que se convirtió hasta su muerte el señor Vicente no ha tenido otra luz que la oscuridad de una búsqueda del verdadero Dios, el de Jesucristo, en los hombres que sufren.

Jaime Corera CEME

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