La Mortificación: una hoz en su mochila (XI, 522)

Francisco Javier Fernández ChentoEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Miguel Pérez Flores, C.M. · Año publicación original: 1996 · Fuente: CEME.
Tiempo de lectura estimado:

Lo que entendemos por mortificación

Castigo mi cuerpo y lo reduzco a servidumbre (1Cor 9, 27).

1) La palabra mortificación es otra de las palabras tradicionales del len­guaje espiritual, que hoy no se acepta de buen grado. El diccionario de la Real Academia, al dar el significado del término mortificación, advierte que viene del latín cristiano «mortificatio», dar muerte, privar de vitalidad alguna parte del cuer­po, domar las pasiones «castigando el cuerpo o refrenando la voluntad». Este sería el significado etimológico. Pero conviene tener presente que, en la lengua castellana, la mortificación arrastra en su dos primeras acepciones, un significado más bien negativo. La primera significa «privar de vitalidad alguna parte del cuer­po» y la segunda alude a domar las pasiones, pero, «castigando el cuerpo» en primer lugar, o «refrenando la voluntad» en segundo lugar. Esto nos suena a la clásica división de mortificación de los sentidos externos e internos.

2) Los sinónimos que el término mortificación tiene son muchos y variados y van en dos direcciones: la de la «penitencia» (sacramento) y la de la «aflicción y represión»‘. Con frecuencia, se prefieren otros términos: ascesis, control, discipli­na, entrenamiento y, hasta régimen, si se trata de moderar la dieta alimenticia.

llevar-la-cruz3) Teológicamente, se habla de la «Cruz» o de la teología de la Cruz, y más ordinariamente de ascesis. Desde esta perspectiva, se supera la faceta negativa. La mortificación es una manera de entrar en la dinámica del misterio pascual, que la pasión, muerte y resurrección.

4) Conceptualmente, no se puede dar una definición de la mortificación como se puede dar de otras virtudes. La razón es porque la mortificación, prácti­camente, entra en todas las virtudes, en cuanto en todas las virtudes hay modera­ción, renuncia, sacrificio, ascesis, bien en la adquisición de la virtud, bien en el ejercicio de la misma, bien en su conservación.

5) El tema de la mortificación se puede plantear desde supuestos muy diferentes:

a) a nivel filosófico, psicológico y social. Se llega a conclusiones diversas en cuanto al valor del esfuerzo, de la ascesis, del control, etc.

b) a nivel de la teología de la Cruz, el único supuesto válido para el cris­tiano, seguidor de Jesús.

6) Conviene, pues, delimitar bien lo que entendemos aquí por mortificación y evitar la confusión que casi siempre se origina al tratar el tema del dolor, de las renuncias, de las privaciones y de las relaciones que tales aspectos negativos tienen con los diversas concepciones del hombre, del mundo creado, de los diversos modos de trabajo en la vida espiritual y de los diferentes métodos de educación, etc.

7) Cuando hablamos aquí de mortificación, nos referimos principalmente al aspecto teológico. Se trata de aceptar todos los sacrificios que exige el seguimiento de Cristo El hecho de centrarnos en la visión teológica de la mortificación no quita que, ocasionalmente, para una mejor comprensión teológica de la mortificación, mencionemos otros aspectos propios de la vida humana, personal o comunitaria.

8) Los sacrificios que se asumen por la mortificación pueden ser: unas veces no buscados, pero sí aceptados libremente, v.g., la aceptación del dolor que viene por una enfermedad, que se acepta para vivir con mayor intimidad la pasión de Cristo y participar más hondamente en el misterio pascual, o la aceptación de un dolor psíquico, sentido por la muerte de un ser querido y aceptado en la fe, porque la muerte es el camino de la resurrección.

9) Otras veces, los sacrificios son deliberadamente buscados, v. g.: se busca la renuncia, la ascesis, el esfuerzo y el dolor, por razones de fidelidad a la palabra dada al llamamiento de Cristo: el que quiera seguir, coja su cruz todos los días y me siga (Mt 16, 24; Lc 9, 23); la renuncia al gozo de crear una familia por seguir a Cristo célibe; la aceptación de las dificultades de la convivencia por ser fiel a la creación de una comunidad misionera; la renuncia a ser como la mayor parte de los cristianos, porque se opta por imitar más profundamente a Cristo.

10) Tanto en el caso de la renuncia o dolor aceptados libremente, como en el caso de la búsqueda deliberada de la renuncia o del dolor, la referencia a Cris­to es necesaria si queremos hablar de la mortificación cristiana. Con frecuencia, esta referencia no ha sido muy explícita, ha quedado en la penumbra, y ha pare­cido como si por la práctica de la mortificación se buscara sólo la perfección moral del hombre, como la han buscado, o la pueden seguir buscando ideologí­as antropológicas, psicológicas o religiosas no cristianas. Es posible que estas ideas se hayan metido dentro de la práctica cristiana de la mortificación, pero cier­tamente, no constituyen el punto central de la mortificación cristiana.

11) También, conviene decir que los excesos en las mortificaciones corpo­rales (cilicios, disciplinas, ayunos, abstinencias) o en los sistemas de pedagogía, en los que la mortificación del educando era fundamental, debido a visiones pesi­mistas del hombre, no quitan valor a la mortificación cristiana bien entendida. Los excesos por carta de más o por carta de menos siempre son condenables, pero no anulan el valor fundamental, simplemente, hay que corregirlos.

12) La influencia cultural ha influido, como es lógico, en la concepción y en la práctica de todos los valores cristianos. También, en la concepción y práctica de la mortificación. En épocas «trágicas», se exageró la búsqueda y la práctica del dolor, mientras que en épocas de «hedonismo», como la nuestra, se exagera la huida del dolor y difícilmente se comprende el valor humano y, sobre todo, cris­tiano del mismo.

Clases de mortificación

Nos dedicaremos asiduamente a someter la voluntad … y a mortificar todos los sentidos (RC II, 8).

13) Clasificar las mortificaciones puede tener valor pedagógico. En este sentido, podemos hablar de:

  1. Mortificación de las facultades internas: renuncias que afectan princi­palmente a la voluntad.
  2. Mortificaciones externas que afectan a los cinco sentidos corporales del ser humano.

14) Podemos clasificar la mortificación por la naturaleza de la renuncia espiritual y material. Juan Pablo II, en la Carta Apostólica «Salvifici Doloris», se refiere a dos ámbitos amplísimos del dolor: al sufrimiento físico y al sufrimiento moral, que responden a la doble dimensión del ser humano: corporal y espiritual, cuerpo y alma.

Mortificación en el Antiguo Testamento

Comerás el pan con el sudor de tu frente (Gn 3, 19).

15) En la sagrada Escritura, encontramos la existencia del dolor físico y espiritual. Ya en el paraíso terrenal, aparece el dolor; después de la muerte de Abel por su hermano Caín, el diluvio, el sacrificio de Abrahán, el hambre, las re­laciones poco fraternas entre los hermanos de José, la emigración a Egipto, la persecución sufrida en Egipto, los cuarenta años por el desierto, la conquista de la tierra prometida, la historia de los jueces, las guerras, las desgracias naturales, los destierros, las invasiones, las dominaciones, las injusticias, etc. Vemos, igual­mente, a muchos hombres que aceptan el dolor: Job, Jeremías, etc. Vemos hom­bres que asumen riesgos por la defensa y conquista de sus ideales, como los Macabeos, etc.

16) La cuestión está en ver cómo se comportan las personas, el pueblo, ante el dolor. En general, se puede decir que el sufrimiento ascético no existe origi­nariamente en la sagrada Escritura, aunque haya grupos que lo buscan y cultivan. El dolor es algo que se sufre, algo que se le impone. Después, se busca el sentido del dolor: ¿por qué Dios manda el dolor?

17) El dolor es un misterio que provoca alguna vez la ira contra Dios, como hace lo mujer de Job que le aconseja a que «maldijera a Dios» (Job 2, 9). Otras veces, casi siempre, el dolor, el sufrimiento, la desgracia personal o colectiva invi­tan al profeta y al sabio a preguntarse por la razón de lo sucedido. Poco a poco, se va descubriendo:

  • el valor purificador del dolor (cf. Jr 9, 6);
  • el valor educativo (cf. Prov 3, 11);
  • el valor revelador del designio de Dios (cf. Job 42, 1-6);
  • el valor de expiación del pecado (cf. Is 40, 2);
  • el valor de intercesión y de redención, como se ve en la figura del Siervo de Yahveh (cf. Jr 8, 18-21; 11, 19; 15, 18).
  • la llamada a la conversión (cf. Jr 15, 10-19).

La virtud de la mortificación en el Nuevo Testamento

Quien no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí (Mt 10, 38).

18) En el Nuevo Testamento, siempre, la figura central es la de Jesús. Tam­bién, cuando tratamos de la mortificación. La visión más certera y más actual de la mortificación, es contemplarla a la luz de la teología de la Cruz.

19) La Cruz es, en primer lugar, un escándalo y una locura. Lo dice san Pablo a los Corintios: Nosotros predicamos a Cristo crucificado, escándalo para los judíos y locura para los griegos (1 Cor 1, 23). Jesús previó que sus discípulos se iban a escandalizar cuando lo vieran crucificado (cf. Mt 26, 31). El vaticinio de Jesús se cumplió. Los discípulos huyeron despavoridos y desperanzados. Recor­demos a los de Emaús (cf. Lc 24, 13-35).

20) De escándalo y locura, la Cruz pasa a ser un misterio redentor. Tenía que ser así, era necesario que el Mesías sufriera para que se cumplieran las Escri­turas (cf. Lc 24, 25). Si Cristo fue colgado en el árbol de la Cruz fue para resca­tarnos del pecado (cf. Gál 3, 13). Por la sangre vertida en la Cruz, hemos sido reconciliados con Dios (cf. Col 1, 20).

21) Del misterio de la Cruz, se pasa a la teología de la Cruz. La Cruz de Cristo es marca de los cristianos, condición indispensable para ser su discípulo: El que quiera seguirme coja su Cruz todos los días (Mt 16, 24). Lo que Jesús dice como principio general se concreta después en muchos casos: el que no deja padre y madre… (Lc 14, 26-27); hay quienes se hacen eunucos por el reino de los cielos (Mt 19, 1 2); el que no renuncia a todo lo que tiene, no puede ser mi dis­cípulo (lc 14, 33).

22) La teología de la Cruz tiene un gran desarrollo en los escritos del Nuevo Testamento, sobre todo, en san Pablo, que no quiere gloriarse sino en la Cruz de Jesucristo por quien el mundo está crucificado para él y él para el mundo (cf. Gal.6, 14). Dejar de ser el hombre viejo es pasar por la Cruz. Una conclusión práctica para son Pablo es que, si vivís según la carne moriréis, pero si hacéis morir (mortificáis) las obras del cuerpo viviréis (Rom 8, 13).

La mortificación en los autores espirituales cristianos

23) Hay bastante diferencia entre los autores espirituales tradicionales y los más actuales. La diferencia estriba en que los primeros no tuvieron los pro­blemas «culturales» actuales. Los autores espirituales cristianos actuales deben abordar cuestiones previas, muy presentes en la cultura actual, como son la con­cepción de la naturaleza, del hombre, del progreso, de los valores éticos, del bienestar, el gozo de lo creado, la huida del dolor, del uso, sin fronteras, de la técnica para calmar el dolor, vivir más cómodamente, considerar la vida sólo Desde la perspectiva del gozo de los bienes materiales, solamente merece vivir­se si se goza. La calidad de la vida se mide por la capacidad de gozar de los bienes materiales.

1º. Los autores espirituales tradicionales

Creer que admite su amistad a gente regalada y sin trabajos es disparate (Sta. Teresa, Camino de Perfección, 18, 2).

24) Éstos consideran la mortificación como un medio para «concertar los des­concertado y moderar nuestras pasiones y malas inclinaciones y el amor propio desordenado». Parten de que hay desorden en el hombre, después del pecado. Esta es la definición que nos da el P. Rodríguez. Algunos de los títulos que el P. Rodrí­guez da en su breve tratado sobre la mortificación son muy sugerentes: «El mayor castigo de Dios es dejarnos a merced de nuestros apetitos y deseos». «Del mal que de ese castigo de Dios surgiría, nos haría concebir el santo odio, a nosotros mismos y el espíritu de penitencia». «Nuestro aprovechamiento y perfección está en la mor­tificación». «La mortificación no es odio, sino verdadero amor a nuestra alma y tam­bién a nuestro cuerpo». «El que no se mortifica no sólo no vive una vida espiritual, pero ni siquiera racional». «Nos debemos mortificar no sólo en las cosas lícitas, sino también en las necesarias». «Principalmente, nos debemos mortificar en aquel vicio o pasión que reina en nosotros y nos hace cometer más faltas…» «No debemos dejar de mortificarnos en las cosas pequeñas». Hoy, nos resulta sofocante la lectura de estos títulos, que en otros tiempos causaron admiración y gozo en su lectura.

25) Los autores clásicos tradicionales recogen la división de la mortificación antes indicada: de interna y externa. San Bernardo dio la siguiente división:

a) La mortificación del «peregrino», a quien cae bien un equipaje ligero. Pasa por el mundo sin detenerse, camina hacia la meta de su peregri­nación, se siente libre de la mayor parte de las cosas de la tierra.

b) La mortificación del «muerto». El peregrino aún se puede detener, aunque sea de una manera breve y superficial, pero el que está muerto al mundo, el mundo no le dice nada. Está en el mundo, pero no es del mundo.

c) La mortificación del «muerto crucificado», para este muerto crucificado, el mundo es cruz para él y él para el mundo4.

2º. Los autores espirituales actuales

26) Los autores espirituales actuales se encuentran, como dijimos antes, ante una nueva escala de valores culturales: la cultura del bienestar, del placer, del opti­mismo ante la creación, ante el poder de su técnica, ante su suficiencia, ante la insensibilidad hacia el pecado. ¿Por qué aceptar renuncias? ¿por qué buscar el dolor? ¿por qué poner límites a lo que es bueno? ¿por qué no gozar plenamente de la vida? ¿para qué hemos nacido?

27) La cuestión se centra en saber si tales afirmaciones son verdaderas o no, si son válidas o no para orientar el comportamiento del hombre cristiano. La prime­ra cuestión que plantean dichos autores espirituales actuales es saber si lo natural, lo espontáneo, perfecciona al hombre, contribuye a que sea mejor o, por lo contra­rio, lo hunde más en lo malo que el hombre lleva consigo. No todo lo que hace el hombre, no todo lo que le gusta hacer, lo hace humana y moralmente mejor.

28) Los autores espirituales actuales llegan a la conclusión de que la natura­leza, dejada a sí misma, es como un río desbordado que lleva a la animalidad. Los impulsos de la naturaleza, de las pasiones, no son expresiones de la libertad, sino de la animalización del hombre. El hombre, dicen estos autores, no fue creado por Dios ya hecho, sino como proyecto. Para lograr la realización del tal proyecto y para que éste sea verdaderamente humano, se requiere inevitablemente la ascesis, es decir, la mortificación. Esta sería la visión más bien psicológica de la mortificación.

29) Desde una perspectiva teológica, dichos autores no pueden menos de tener en cuenta otra realidad: la del pecado, que no se reduce a un acto concre­to, sino que es una dimensión de todo el ser. El hombre cristiano se pregunta desde su fe: ¿por qué doy malos frutos? ¿Por qué existe el pecado? Para superar las consecuencias del pecado, se ve como necesaria la mortificación.

30) Hay otro elemento casi definitivo para el cristiano: es el comportamiento de Cristo que padeció, murió y resucitó. Por el bautismo nos configuramos con Cristo: morimos y resucitamos (cf. Rm 6). Pero esto es también proyecto. Cristo murió de una vez para siempre, pero el cristiano es un continuo morir al pecado y un continuo vivir para la resurrección definitiva. También aquí, encuentran los autores mencionados otra fuente de motivaciones para practicar la mortificación.

31) El cristiano tiene la misión de reproducir a Cristo y dar signos convin­centes de su pertenencia a Cristo, según lo que dijo san Pablo: los que son de Cristo han crucificado la carne con sus pasiones y concupiscencias (cf. Gál 5, 24). Cristo ha querido que sus seguidores lo sean en todo, en el modo de redimir al mundo por el dolor de la Cruz. La aplicación eficaz de la redención de Cristo se lleva a cabo mediante los dolores y trabajos de los apóstoles, de los mártires, de todos los cristianos que quieren comulgar con el dolor redentor de Cristo.

32) Lo dicho anteriormente obliga a una reflexión sobre las motivaciones de antes y de ahora. No se puede negar que, aun los hombres mesurados como san Vicente, recargaron el acento en el desprecio del cuerpo al que hay que «domar» y «castigar» mediante las mortificaciones corporales: cilicio, ayunos, abstinencias y otras privaciones. Pesó también en san Vicente la espiritualidad de su tiempo, la convicción de la corrupción de la naturaleza, la añagaza y trucos de la naturale­za, el dualismo entre cuerpo y espíritu.

33) Igualmente, deben ser revisables otras ideas y prácticas de la mortifica­ción, como la de, a mayor dolor más mérito, que justificaron, o creyeron justificar, no sólo la mortificación razonable, sino las exageraciones de la misma. Muchas expresiones de la piedad popular (penitentes y flagelantes) y de la imaginería (cristos sangrantes), y libros de piedad, son claras muestras de una concepción de la mortificación cristiana recargada de elementos culturales más que de valo­res evangélicos.

Lo que san Vicente entendió por mortificación

Seamos firmes en resistir a la naturaleza (XI, 758)

34) San Vicente usó la palabra mortificación tal como entonces se usaba, significando con ella la ascesis, los sacrificios o renuncias que se requieren para seguir a Cristo: el que quiera seguirme, cargue con su cruz… (Mt 16, 24). San Vicente, comentando este texto, dijo: ¿Queréis venir en pos de mí? Muy bien, pero ¿sabéis que hay que comenzar por renunciar a vosotros mismos y seguir llevando vuestra cruz? (XI, 512)

35) Según él, en tres campos, principalmente, hay que ejercitar la mortifi­cación:

a) Sometimiento de la voluntad
La renuncia de Cristo más profunda es la de someter enteramente su volun­tad a la del Padre, en lo que enseñaba (cf. in 7, 16), en lo que hacía: Siempre hago la voluntad de mi Padre (8, 29) y en el género de muerte querida por el Padre: Si he de beber este cáliz, hágase tu voluntad y no la mía (Lc 22, 42).

b) Sometimiento del juicio
Por juicio, entiende san Vicente la ciencia, la inteligencia y el entendimien­to (cf. XI, 513). Es natural y bueno que el hombre se forme un juicio sobre sí mismo, sobre los demás, sobre los acontecimientos, de tal manera que llegue a for­marse una conciencia crítica. Lo malo es cuando el juicio se endurece y la con­ciencia no se deja iluminar. Se da entonces el apego al propio juicio, al propio saber, al propio modo de ver las cosas, las personas y los sucesos. Tal apego es fuente de egoísmos que impiden acatar las mediaciones de la voluntad de Dios, como son el magisterio de la Iglesia, las Reglas y Constituciones y las disposicio­nes de los Superiores (cf. RC V, 2, 3). El sometimiento de Jesús al Padre era un buen ejemplo de la mortificación del juicio: Pues bien, el Hijo de Dios quería que se supiese que él no tenía juicio propio, que su juicio era el del Padre… Mi cono­cimiento y mi entendimiento no son míos, sino de mi Padre (XI, 513).

c) Mortificación de los sentidos
San Vicente explicó ampliamente lo que exige la mortificación de los senti­dos internos y externos, teniendo presente el pensamiento de san Pablo: Si vivís según la carne moriréis, pero si con el espíritu hacéis morir las obras de la carne, viviréis (Rm 8, 13). Puso de relieve el peligro de la curiosidad en ver, en oír y en el tacto (cf. XI, 514), y el de la sensualidad que se encuentra por todas partes (cf. XI, 759). Seamos firmes en resistir a la naturaleza: pues, si le permitimos que se cuele en nosotros un pie, se meterán hasta cuatro (XI, 758-759). Ciertamente, la mortificación interior es la más importante y el alma de la exterior, pero si alguien desprecia la exterior diciendo que las interiores son mucho más perfectas, demuestra muy bien que no es mortificado ni interior ni exteriormente (XI, 759).

36) Dentro del amplio campo de la mortificación, san Vicente indicó en par­ticular algunas renuncias, siguiendo su propia experiencia y la doctrina de san Basilio:

a) El «desprendimiento a los padres», tan radicalmente practicado por él después de la experiencia de su visita a la familia, narrada precisamen­te en la conferencia sobre la mortificación (cf. XI, 517). La doctrina de san Vicente sobre el amor a los padres es sustancialmente sana (cf. RC II, 9; XI, 515), aunque bastante inclinada a un amor «demasiado espiri­tual», poco convincente hoy, debido a su especial experiencia y a la práctica de muchas comunidades de su tiempo. De todas maneras, puede darse tensión entre el seguimiento de Cristo y las expresiones de amor a los padres (cf. Lc 14, 25-27).

b) «La renuncia al recuerdo de la vida pasada», porque nada suscita tanto el apetito de las cosas prohibidas como el recuerdo de sus falsas dulzu­ras (cf. XI, 518).

c) La «renuncia a lo aparatoso», «al demonio y a sus pompas», es decir, a hacer sermones elegantes, en «hincharse de orgullo por lo bien que hace­mos las cosas» (cf. XI, 519).

d) La renuncia a la vida cómoda, a vivir bien, a conservarse bien y a cui­dar excesivamente la salud (cf. XI, 520).

37) El misionero debe despojarse por la mortificación del hombre viejo y revestirse del nuevo (cf. Col 3, 10). Debe ser como el buen viñador que lleva una hoz en su mochila para cortar todo lo que encuentra de nocivo en su viña… Con la hoz de la mortificación, hemos de cortar continuamente todas las malas hierbas corrompidas, para que no impidan que Jesucristo, esa buena cepa de la que noso­tros somos los sarmientos (cf. Jn 15, 12), nos haga fructificar en abundancia, en la práctica de las virtudes (XI, 522).

Mortificación, vida fraterna y apostolado

El que quiera vivir en Comunidad tiene que decidirse… a mortificar todas sus pasiones, a buscar puramente a Dios, a servir a todos los demás… (X, 184).

38) El misionero tiene necesidad de la mortificación para vivir en comuni­dad y para ejercer sus ministerios. Es tan necesaria esta virtud que no podríamos vivir unos con otros… y no sólo es necesaria entre nosotros, sino también con el pueblo, con el que hay tanto que sufrir (XI, 590).

39) Tanto la mortificación comunitaria como la apostólica tienen en san Vicente un punto de arranque: la «indiferencia». En la doctrina vicenciana, la indi­ferencia equivale a la disponibilidad ignaciana. Si el jesuita se define como el hombre disponible, el misionero vicenciano debe definirse como el hombre indi­ferente. La indiferencia aporta lo siguiente:

  • No permite que nos apeguemos con afecto desordenado ni a los ministe­rios, ni a las personas, ni a los lugares, en especial a la patria, ni a nin­guna cosa parecida (cf. RC 11, 10).
  • Pone en libertad a la persona que está presa, libera de la tiranía de los sentidos y del amor a las criaturas (cf. XI, 626).
  • Coloca al hombre por encima de la ley: Los hombres indiferentes están por encima de toda ley, son de una categoría distinta de los demás y, lo mismo que los cuerpos gloriosos, pasan a través de todo, van a todas par­tes, sin que nada les impida ni les retrase (XI, 537).

40) La indiferencia vicenciana nace de la fe, como en Abrahán y en san Pablo, y tiene su fuente de inspiración principal en la actitud de Cristo, siempre disponible al querer de su Padre.

Medios para practicar la mortificación

41) El misionero no puede cargar con duras penitencias. La aceptación de los trabajos apostólicos es la mejor forma de mortificarse. Por eso, la práctica de la mortificación, que estableció en las Reglas Comunes, no tiene nada de especial: un ligero ayuno en la cena de los viernes, si se está en casa, y abstinencia en los días de carnaval (cf. RC X, 15-17).

42) El mejor medio es practicar la mortificación: La mortificación, como las demás virtudes, no se adquiere más que mediante actos repetidos (V, 416). Para san Vicente, es más importante estar atentos y aprovechar las ocasiones para mor­tificarse, originadas por la convivencia o por el apostolado o por los aconteci­mientos imprevistos, que establecer prácticas fijas.

43) San Vicente no excluye las mortificaciones de libre elección en cosas pequeñas (cf. XI, 818). Para hacer penitencias, fuera de las impuestas por el con­fesor, se necesita consultar antes al Superior o Director (cf. RC X, 16).

La mortificación y el magisterio de la Congregación

44) La virtud de la mortificación es, quizás, la más urgida en las enseñan­zas de los Superiores Generales. La razón es, como dijimos al principio, porque la mortificación entra en todos los ámbitos de la vida del misionero: cumplir las Reglas, —mi mayor penitencia es ser fiel al cumplimiento de las Reglas— ser fiel al compromiso de vivir en castidad, pobreza y obediencia, darse de lleno al apos­tolado, en favor de los pobres, aceptar las pruebas imprevistas, etc. El misionero puede sucumbir ante la tentación del menor esfuerzo, caer en la mediocridad, apagar sus ideales, mundanizarse y «aseglararse». En casi todas las circulares, los Superiores Generales mencionan, de una manera o de otra, la virtud de la mortifi­cación. También, hay que decir que, no obstante esta frecuencia, no ha habido profundización especial en los contenidos de la mortificación cristiana y vicenciana hasta estos últimos años.

Actualidad de la virtud de la mortificación

45) Dejamos a un lado el problema de la terminología y los problemas sus­citados por la concepción y práctica de la mortificación en la historia pasada de la vida cristiana y veamos si hay necesidad de mortificarse hoy. El P. Maloney R., en su trabajo sobre las virtudes, antes citado, señala los campos en los que la necesidad de la mortificación es reconocida:

1º. Privación, renuncia o esfuerzo, por hacer algo mejor lo que se hace. Es el llamado ascetismo funcional. Por tanto:

  • privarse de gustar algo que perjudica la salud, como el tabaco y cier­tas bebidas;
  • privarse de retener ciertos bienes para compartirlos con los otros;
  • privarse de gozar de los derechos que da un estado como el matrimo­nio, profesando el celibato para estar más disponibles para el reino de Dios, etc.

2º. Renunciar a muchas cosas buenas, a causa de las limitaciones, con el fin de hacer mejor lo que se ha propuesto como meta principal en la vida:

  • ser fiel a los compromisos de castidad, pobreza y obediencia;
  • aceptar las exigencias de la vida comunitaria;
  • aprovechar bien el tiempo;
  • distribuir bien el tiempo con el fin de dar a cada ocupación lo propio: oración, trabajo, descanso;
  • usar moderadamente de la comida y de la bebida;
  • usar moderadamente de los medios de comunicación: televisión, radio, libros, revistas, periódicos, etc.;
  • cuidar de no caer en el vicio de la crítica negativa ni en el de las mur­muraciones;
  • no hacer distinciones ofensivas entre las personas con las cuales convivimos o debemos tratar, etc.

46) El Concilio Vaticano II exhorta a la mortificación, a todos los fieles: el mismo Apóstol nos exhorta a llevar siempre la mortificación de Jesús en nuestro cuerpo, para que también su vida se manifieste en nuestra carne mortal (cf. 2Cor 4, 10-1 1). De una manera especial, pide a los sacerdotes para que se entreguen más a Cristo y a los demás: los presbíteros, consagrados por la unción del Espí­ritu Santo y enviados por Cristo, mortifican en sí mismos las obras de la carne para entregarse totalmente al servicio de los hombres. El apostolado de los miembros de los Institutos de Vida Consagrada consiste sobre todo en la oración y en la peni­tencia (c. 673).

47) De todo lo dicho, es fácil colegir que la mortificación no cuadra bien a la mentalidad o cultura ambiental, lanzada al goce de los bienes. Una mentalidad materialista, consumista y hedonista no puede aceptar la mortificación. Sin embar­go, la búsqueda de bienestar lleva consigo grandes sacrificios que de hecho se asumen, como puede ser la mortificación en la comida, llevando una dieta rigu­rosa por razones de salud, de imagen o figura física. Se aceptan los sacrificios del trabajo para gozar de una posición desahogada, tener dinero y, al fin, gozar de la vida. Se acepta la ascesis del deporte por razones también naturales. No obs­tante el hecho indiscutible del esfuerzo, privación y sacrificio de estos casos, pare­ce como si en el fondo, todo esto se hace porque no queda más remedio, si se quiere gozar de la vida. Si lo que se pretende se pudiera conseguir de otro modo, lógicamente, tales sacrificios no se asumirían.

Toma_tu_cruz

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.