La Misión Popular: reflexión inicial

Francisco Javier Fernández ChentoMisiones «Ad gentes»Leave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Luis María Martínez San Juan, C.M. · Año publicación original: 1997 · Fuente: Vicentiana.

Conferencia de apertura del mes vicenciano sobre la misión popular, que tuvo lugar en París del 7 de Julio al 2 de Agosto de 1997.


Tiempo de lectura estimado:

Quiero comenzar este trabajo con una definición de pastoral de sesgo vicenciano. Definición que actuará como una luz que, desde arriba, enfoque esta presentación: Pastoral es el esfuerzo por alcanzar a Cristo porque él te ha alcanzado primero (esfuerzo por la propia san­tificación); esfuerzo que sólo se puede vivir en comunidad (lugar de encuentro con Cristo), en esa comunidad que ha recibido un man­dato: Seguidme, dad testimonio de mi, id y haced discípulos míos… (fin propio).

Esta definición nos ofrece los tres elementos claves en la evan­gelización. Elementos que son constitutivos de nuestro espíritu:

  1. La Misión no es obra nuestra. Es Cristo quien nos ha elegido y nos ha enviado. Y…, ¡pobres de nosotros si no anunciamos Su evangelio!
  2. La Iglesia y el mundo nos necesita pare hacer efectivo el evange­lio; para vivir el mandato de Jesús. Como el Padre me ha envia­do, así os envío yo. San Vicente nos lo propone con las mismas palabras de Jesús: “Me ha enviado a evangelizar a los pobres”1.
  3. Pero esta inquietud no podemos vivirla como francotiradores, sino en comunidad. Todos y cada uno de sus miembros (de la Congregación) se atreven a decir con Jesús: “Tengo que anunciar­les el reino de Dios; para eso me han enviado”2.

Por eso, nuestra comunidad “puede afirmar de si misma, como la Iglesia toda, pero de un modo peculiar, que la misión de evange­lizar constituye su gracia y vocación propia y expresa su verdadera naturaleza”3.

La Misión Vicenciana al Pueblo tiene su sitio dentro de la pasto­ral en general. Pero ;ojo! Este sitio no viene llovido del cielo; no nos lo va a dar nadie. Hay que buscarlo. Buscarlo y encontrarlo, si pre­tendemos la pervivencia.

Hace un tiempo que el anterior Vicario General, P. Flores, me comentaba: La Iglesia nunca desaparecerá, ni como carisma ni como institución; lo ha asegurado el mismo Cristo. Pero una Congregación puede desaparecer como carisma y como institución. Esto es verdad y lo ha sido ya históricamente. Nosotros no podemos dormimos. Ne­cesitamos trabajar y buscar nuestro lugar. Para eso nos hemos reu­nido aquí.

Además, necesitamos buscarlo y encontrarlo por un camino especifico: por el camino que inició san Vicente, adaptándose a las circunstancias de las personas, de los lugares y de los tiempos4.

I. Situarse correctamente

Nos hemos reunido con una inquietud: la de hacer creíble el anuncio del evangelio al hombre de hoy que desarrolla su vida en diversas circunstancias y culturas. Alguien ha definido la tarea evan­gelizadora que nos une a todos como un movimiento de salida. Este dinamismo de salida lo inició Dios mismo. Con su condescendencia hacia los hombres pone en marcha la Historia de la Salvación. His­toria que culmina Jesús cuando deja el cielo, renuncia a su categoría, desciende y se abaja pare ponerse a nuestro nivel, al nivel de la gente sencilla.

Este dinamismo iniciado por Dios, hoy, tras los avatares de la Historia de la Iglesia, ha de ser una salida de nuestra cultura que nos lleve a encamamos en otras culturas y nos haga vivir en una doble fidelidad:

La fidelidad al hombre a quien nos dirigimos y la fidelidad a un tesoro que hemos recibido y del que somos servidores; que llevamos en vasijas de barro, pero que es capaz de “alcanzar y transformar con la fuerza del Evangelio los criterios de juicios. los valores determinantes, los puntos de interés, las líneas de pensamiento, las fuentes inspiradoras y los modelos de vida de la humanidad”5.

Vamos a comenzar los trabajos de este mes, fieles a las sugeren­cias de la mayoría, dialogando. Como recordábamos arriba, quere­mos, con San Vicente, mirar la realidad. Por su sentido de la reali­dad. San Vicente acertó a oír la voz de Dios que lo reclamaba pare la misión a través de unos pobres campesinos, a través del pueblo pobre y abandonado.

Hoy y aquí, vamos a intentar hacer lo mismo. Dios nos sigue reclamando a través de situaciones parecidas de nuestros pueblos. Pero hace falta que “hoy” escuchemos su voz. Volvamos, pues, nuestra mirada a la realidad. Seguro que Dios, a través de tantos pueblos representados por nosotros, quiere decimos un montón de cosas interesantes.

II.- Ver y vernos

Está claro, pues, que vamos a comenzar haciendo un ejercicio de ver y de vernos. Inmersos dentro de la realidad, podemos fijarnos en tres aspectos, el mundo (nuestro pequeño mundo), la Iglesia (las parroquias que misionamos), nuestras Comunidades y Equipos Pro­vinciales.

(I) El mundo – Pero no el mundo en general, sino nuestro pequeño mundo; esas realidades humanas que vivimos quienes nos hemos reunido aquí; la situación concreta de nuestra gente, sus necesidades de evangelización, sus expectativas…

Como proclama el Concilio Vaticano ll:

“El Pueblo de Dios, movido por la fe, que le impulse a creer que quien lo conduce es el Espíritu del Señor, que llena el uni­verso, procure discernir en los acontecimientos, exigencias y deseos, de los cuales participa juntamente con sus con­temporáneos, los signos verdaderos de la presencia o de los planes de Dios. La fe todo lo ilumina con nueva luz y mani­fiesta el plan divino sobre la entera vocación del hombre. Por ello orienta la meta hacia soluciones plenamente humanas”6.

Si no nos quedamos en la superficie y miramos a lo profundo, quizá acertemos a discernir en los acontecimientos, exigencias y deseos los signos verdaderos de la presencia o de los planes de Dios. Para eso queremos dialogar en común. Dice un refrán de mi país que Más ven cuatro ojos que dos. Vamos, pues, todos juntos a mirar la realidad.

La historia concreta es lugar teológico de la llamada de Dios, del encuentro con Él. Es el campo donde se da la decisión de seguirlo. Nos interesa percibir si hay voces que nos llevan a sentir aquella lla­mada de Dios: “He visto la opresión de mi pueblo…. he oído sus quejas contra sus opresores, me he fijado en sus sufrimientos. 14 Y ahora, anda ve a liberado”7. Por eso vamos a comenzar pregun­tándonos:

  • ¿Cuáles son las necesidades de evangelización más urgen­tes de nuestros pueblos? ¿Dónde las percibimos?
  • ¿Qué situaciones dolorosas de nuestros pueblos podemos ayudar a superar a través de la misión? (Hay aquí un con­cepto de misión que supera la idea de “predicar” misiones).
  • ¿Qué “situaciones de oscuridad” están necesitando la luz del Evangelio?

(2) La Iglesia – A dar vida a un mundo concreto está llamada la Igle­sia. Tanto la Iglesia en general como las iglesias particulares viven unas realidades con luces y sombras. San Vicente también encontró una Iglesia así, con luces y sombras. Porque la amaba y se daba cuenta de sus imperfecciones, trabajó para transformarla. Dio una respuesta.

A nosotros también, a partir de las luces y sombras que vemos en nuestras iglesias, se nos pide una respuesta. Antes de formular nuevas preguntas, permitidme que recuerde alguna de estas situaciones que le tocó conocer y vivir a San Vicente. Quizá sean semejantes a las nuestras:

a) La primera situación con que se tropezó San Vicente fue la igno­rancia del pueblo:

“Ya sabéis muy bien cuánta es, conocéis la ignorancia del pobre pueblo, una ignorancia casi increíble. Y. ¿cómo puede creer, esperar y amar un alma que no conoce a Dios ni sabe lo que Dios ha hecho por su amor? ¿Y cómo podrá sal­varse sin fe, sin esperanza y sin amor? Pues bien, Dios, viendo esta necesidad y las calamidades que, por culpa de los tiempos, ocurren por negligencia de los pastores y por el nacimiento de las herejías, que han causado un grave daño a la iglesia, ha querido, por su gran misericordia, poner remedio a esto por medio de los misioneros, enviándolos pare poner a esas pobres gentes en disposición de salvarse”8.

Y, ¿no sucede hoy lo mismo, cuando los poderosos medios de comunicación están creando unas falsas expectativas de salvación en la gente?

b) Seguimos con San Vicente:

“He aquí otra consideración: la necesidad que tiene la Iglesia de buenos sacerdotes, que reparen tanta ignorancia y tantos vicios de los que está cubierta la tierra, y que libren a la pobre Iglesia de este lamentable estado, por el que las almas buenas deberían llorar lágrimas de sangre”9.

¿No es también real que hoy, mientras el “pobre pueblo” nece­sita la luz del evangelio, no encuentra la respuesta que necesita en nuestras iglesias? ¿No vemos aquí otra urgencia que nos reclama como misioneros?

c) Otra vertiente de todo auténtico misionero, que quiere vivir al estilo de Jesús, que “dijo y predicó” pero también “actuó”10. ¿Cuál es el nivel de compromiso de los cristianos en favor de los más necesitados?… San Vicente sigue lanzándonos nuevos interrogantes.

San Vicente afirma con claridad: “Evangelizar de palabra y de obra es lo más perfecto; y es lo que nuestro Señor practicó y tienen que prac­ticar los que lo representan en la tierra”11.

‘Podría suceder que, después de mi muerte, algunos espíritus de contradicción y comodones dijesen: ‘¿Para qué molestarse en cuidar de esos hospitales? ¿Cómo poder atender a esas per­sonas arruinadas por la guerra y para qué ir a buscarlas en sus casas? ¿Por qué cargarse de tantos asuntos y de tantos pobres? ¿Por qué dirigir a las mujeres que atienden a los enfer­mos y por qué perder el tiempo con los locos?’. Habrá algunos que criticarán esas obras, no lo dudéis; otros dirán que es demasiado ambicioso enviar misioneros a países lejanos f…) Deseamos dar misiones aquí; ya hay bastante que hacer, sin ir más lejos; deseo ocuparme en esto; ¡que no me hablen de los niños expósitos, ni de los ancianos del Nombre de Jesús, ni de esos presos!”12.

Estos textos de San Vicente indican la dirección que podría seguir el diálogo de grupos. Las preguntas sobre la Iglesia deben sur­gir de las “necesidades de salvación” descubiertas en el mundo, en nuestro pequeño mundo. Podríamos dialogar de las siguientes cues­tiones:

Hemos descubierto unas necesidades de “salvación”, en nuestros pueblos. A estas necesidades:

  • ¿Qué respuestas están dando nuestras iglesias?
  • ¿Qué respuestas estamos dando nosotros, los hijos de San Vicente?
  • ¿Sería necesario dar otras respuestas diferentes? (¿Cuáles? ¿Cómo?).

Podemos fijarnos tanto en las respuestas positives como en las deficiencias. Igualmente, al llegar a este punto, podríamos fijarnos en la realidad de las parroquias o de las comunidades que misionamos.

(3) – El tercer punto en este intento de “ver” nos toca más de cerca. Hemos de mirarnos a nosotros mismos. Hemos de ver nuestras comunidades y Provincias y la respuesta que estamos dando “hoy” como hijos de San Vicente. Hemos de mirar y fijarnos en la realidad de nuestros Equipos Misioneros. A los problemas señalados, ¿les estamos dando una respuesta convincente, cristiana y vicenciana?

Pablo VI en la E.N., al hablar de los evangelizadores, nos hace unas consideraciones que no es bueno dejar pasar por alto:

“Se ha repetido frecuentemente en nuestros días que este siglo siente sed de autenticidad. Sobre todo con relación a los jóvenes, se afirma que éstos sufren horrores ante lo ficticio, ante la falsedad y que además son decididamente partidarios de la ver­dad y la transparencia. A estos ‘signos de los tiempos’ debería corresponder en nosotros una actitud vigilante. Tácitamente o a grandes gritos, pero siempre con fuerza, se nos pregunta: ‘¿Creéis verdaderamente en lo que anunciáis? ¿Vivís lo que creéis? ¿Predicáis verdaderamente lo que Vivís? Hoy más que nunca el testimonio de vida se ha convertido en una con­dición esencial con vistas a una eficacia real de la predicación. Sin andar con rodeos, podemos decir que en cierta medida nos hacemos responsables del Evangelio que proclamamos'”13.

El pensamiento de Pablo VI coincide curiosamente con el de San Vicente. Vemos cómo ponía el dedo en la llaga ante alguno de los problemas que existían ya en el principio. Un hombre de gran­des ideales como él, no podía menos que señalar estas realidades negativas:

“Buscamos la sombra; no nos gusta salir al sol; ¡nos gusta tanto la comodidad! En la misión, por lo menos, estamos en la iglesia, a cubierto de las injurias del tiempo, del ardor del sol, de la lluvia, a lo que están expuestas esas pobres gentes. ¡Y gritamos pidiendo ayuda cuando nos dan un poquito más de ocupación que de ordinario! ¡Mi cuarto, mis libros, mi misa! ¡Ya está bien! ¿Es eso ser misionero, tener todas las comodi­dades? […] Vivimos del patrimonio de Jesucristo, del sudor de los pobres”. Al ir al refectorio deberíamos pensar: “¿Me he ganado el alimento que voy a tomar?”14.

Un trabajo misionero deficiente, puede tener su origen en la falta de celo por la salvación de los hombres. Y sin embargo sin este celo somos “cadáveres de misioneros”. Sin este celo, nos faltaría “identi­dad”. Este mes vicenciano es un nuevo intento de volver a las fuentes, a beber la frescura del espíritu evangelizador y misionero. Oigamos de nuevo a San Vicente:

“Sé muy bien cómo se hacia esto al comienzo de la compañía, y cómo seguíamos exactamente la práctica de no dejar que pasase ninguna ocasión de enseñar a un pobre…”15.

Con estas motivaciones que nos brindan tanto la E.N. como San Vicente, podemos desembocar en un nuevo campo de análisis y de diálogo. Sinceramente, ¿qué respuestas estamos dando “con hechos” al pueblo necesitado? ¿Nos contentamos con hablar, o, realmente podemos decir que somos “evangelizadores de los pobres”? ¿En qué se nota que nos dedicamos a evangelizar a los pobres, sobre todo a los más necesitados?16.

  • Como C.M. estamos llamados a dar una respuesta misionera a los problemas de nuestros pueblos. Pero cual es el panorama real con respecto a la misión de nuestras Provincias.
  • ¿Cómo nos vemos? ¿Cómo vemos nuestra realidad con relación a nuestro fin?

¿Por qué no hacemos un “auto-retrato”? (Podemos intentarlo).

Puede ser que el problema del “hacer” no esté en relación con la mala voluntad o con la desidia. Puede ser que estemos encontrando dificultades reales. ¿Por qué no hablamos también de ello, al inicio de este mes en el que queremos avanzar, aunque sea unos pasitos, en nuestra dedicación misionera? Merecería la pena que habláramos también de las dificultades que estamos encontrando.

  • ¿Qué dificultades estamos encontrando en nuestras situaciones concretas para anunciar la buena noticia a los pobres?
  • ¿Podríamos señalar las causes de estas dificultades?

III. Observaciones prácticas

Vamos a pasar ahora al diálogo por grupos lingüísticos. Y con el fin de que el diálogo sea más fructífero, quiero hacer alguna obser­vación práctica.

  1. Este primer diálogo debe llevamos a un conocimiento más profundo de nuestras realidades: realizaciones, ilusiones, deseos, pro­blemas, fallos, expectativas… Sin embargo, conviene que notemos que el tema es demasiado amplio para el tiempo de que podemos disponer, hasta las 17 horas. Por eso, pediríamos que no nos fijára­mos demasiado en los pequeños detalles poco importantes, sino que fuéramos a lo fundamental. Cuando a la tarde nos volvamos a encon­trar en Asamblea Plenaria será bueno que comuniquemos experien­cias significativas. Otros detalles, por importantes que sean, podemos dejarlos para los diálogos informales, que, seguro, serán uno de los gozos de estos días.
  2. Otra observación. En el diálogo no tenemos que fijamos sólo en aspectos negativos. Quizá haya grupos que en un sincero análisis no encuentren ningún aspecto negativo. Quizá constatemos que esta­mos haciendo “todo lo que podemos”. Dios no nos exige’ más de lo que podemos honradamente hacer.
    Es importante que, si es así, lo comuniquemos también a los demás. Las realidades negativas que observamos al hacer un examen de nuestra realidad, sólo deberían llevarnos a corregirlas. El examen sincero es el primer paso en el camino ascendente de la conversión.
    Pero también necesitamos ver y conocer todo el bien que Dios está haciendo a través de nuestro sencillo esfuerzo o trabajo. Como María, hemos de saber dar gracias a Dios que se manifiesta grande entre nosotros.
  3. Este primer diálogo es importante dentro de la concepción total del mes: a las necesidades e inquietudes que broten espontánea­mente en el diálogo de los grupos deberíamos intentar dar respuesta a lo largo del mes.
    Por otra parte, la realidad que aquí aparezca a través de la sen­sibilidad misionera de quienes nos hemos reunido vamos a hacerla llegar al P. General y a los cohermanos de nuestras Provincias y de nuestros Equipos misioneros. Pretendemos en estos días ofrecer un servicio misionero a nuestras Provincias y a nuestros Equipos.
  4. Finalmente quiero advertir que la “plantilla” que ofrecemos sólo tiene una finalidad: ayudar y facilitar el diálogo. Las preguntas de la plantilla no son las preguntas de un examen. Por eso, que cada grupo tome la plantilla con libertad y vea desde su experiencia con­crete y diversa —sin perder demasiado tiempo en ello—, cuáles son las cuestiones más interesantes para poner en común.

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  1. Cons. 5
  2. Lc 4,43; Cons. 10
  3. cf. E.N. 14; ver Cons. 10
  4. 1, 227; I, 274
  5. E.N. 19
  6. G.S. 11
  7. Ex 3.7 ss.
  8. XI, 80-81; XI, 387-388
  9. XII, 85; XI, 392
  10. Hech 1,1
  11. Xl, 89-90; XI, 393
  12. XI 1, 89-90; XI, 393
  13. E.N. 76
  14. XI, 201; XI, 120-121
  15. XI, 381; XI, 267
  16. Cons. 1,2

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