La misión de la Hermana Sirviente

Francisco Javier Fernández ChentoFormación VicencianaLeave a Comment

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Author: Juana Elizondo, H.C. · Year of first publication: 1998 · Source: Ecos 1998.
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Muy queridas Hermanas:

Estos días de oración y de reflexión que nos proporcionan los Ejercicios Espi­rituales son una gracia que tratamos de aprovechar al máximo cada año. Al tratarse de un grupo de Hermanas Sirvientes, el retiro presenta un matiz particular, por el servicio también particular que les ha confiado la Compañía poniendo en sus manos el gobierno y la animación de la Comunidad local de la que son responsables.

Son unos días muy propicios para reflexionar en todos los aspectos que acom­pañan al ejercicio de la autoridad, hoy, siguiendo las orientaciones recibidas a partir del Concilio Vaticano II y adaptando las enseñanzas evangélicas en esta materia a las circunstancias actuales.

El oficio de Hermana Sirviente, denominación que el Santo Fundador atribuye a la Hermana que ocupa el lugar de la que normalmente se llama Superiora local, es uno de los más importantes en la Compañía. La razón de esto es que es a ella a quien se le confía el gobierno y la animación de la comunidad local, célula de la Compañía y de la Iglesia.

Todas sabemos la importancia de la salud y del buen funcionamiento de cada célula y los inconvenientes de que puede ser causa, para sí misma y para el conjunto del cuerpo, su mal funcionamiento. Si cada comunidad local se esme­ra, bajo la animación de la Hermana Sirviente, por mantener su buena salud en todo lo que le concierne, estará también asegurada la buena salud de la Compa­ñía. Es lo que pretende en el artículo 2.21 de las Constituciones, cuando dice:

«La Hermana Sirviente crea, en unión con sus Hermanas, una atmósfera de fe, de oración, de cordialidad, de fervor apostólico en medio de la alegría. Es respon­sable de suscitar la reflexión común para llegar al discernimiento preciso ante las necesidades, las llamadas, los compromisos».

No cabe duda de que la comunidad en que reinan estas características es una célula sana y dinámica de la Compañía que beneficiará al conjunto.

Algunos de los medios para conseguirlo están indicados en la Patente por la que se anuncia su nombramiento a la Comunidad. Dice así:

«Le corresponde, sobre todo, mantener en ella (en la Comunidad concreta a la que es enviada la Hermana Sirviente) el espíritu de la Compañía, la observancia de las Constituciones y Estatutos, en un clima de caridad y de paz, favorables al bien y a la perfección de cada una de las Hermanas, a quienes recomiendo el espíritu de fe para que secunden sus esfuerzos por medio de una colaboración leal y de una obediencia responsable».

Queda claro que, para que la Hermana Sirviente pueda ejercer bien su misión, debe contar con la colaboración y la buena voluntad de todas las Hermanas de la Comunidad. La experiencia nos dice que la resistencia de una sola Hermana basta para deteriorar el clima e impedir los frutos positivos de una buena colabo­ración entre la Hermana Sirviente y la Comunidad.

En más de una ocasión, las Hermanas, en un primer momento, cuando se enteran de su designación para el oficio de Hermana Sirviente, sienten y expre­san su temor. Se comprende y puede ser un signo de que captan bien la impor­tancia de la tarea que se les asigna. Sin embargo, el segundo momento, de no existir un impedimento real, sería el de avivar el espíritu de fe y poner en marcha el ejercicio de la disponibilidad, por el que nos abandonamos al querer de Dios, expresado por las mediaciones prescritas en la Compañía. San Vicente nos invita a no ambicionar los cargos, pero también nos pide que no nos resistamos a ellos.

En la conferencia del 24 de agosto de 1654, pregunta:

«¿Es una tentación el que una Hermana Sirviente desee que le quiten el cargo y que se lo pida a los Superiores?

Sí, Padre (contesta una Hermana), porque hay que estar donde Dios quiere

que una esté».

Y san Vicente confirma: «Así pues, es una tentación, Hermanas mías, querer descargarse del cargo de Hermana Sirviente» (Conf. Esp., n.° 1194).

Sin embargo, como acabamos de decir, es comprensible que la responsabi­lidad que conlleva el oficio infunda cierto temor. Para ejercerla debidamente, es necesario tener a la vista los principios por los que se debe conducir la persona a quien se le confía la autoridad. Esta, la autoridad, es en realidad una fuerza en potencia, un talento que hay que saber hacer fructificar según estos principios. Cabría ejercerla de manera excesiva, centralista, vertical, exigiendo una sumisión ciega, sin tener en cuenta a las personas ni las circunstancias concretas en que viven. Sería querer hacer fructificar el talento con usura, exigiendo lo que no es justo. Las consecuencias podrían ser desastrosas, pues no se conseguiría ni el bien común ni el bien de cada persona. Las repercusiones podrían ser graves como ocurre en todo régimen dictatorial. Cabe la fórmula opuesta: enterrar el talento, no ejercer la autoridad, no cumplir con la responsabilidad, dejar hacer, claudicar. También en este caso las consecuencias serían graves. Se daría un vacío de autoridad con serias repercusiones para el bien común. Si malo es el ejercicio tiránico de la autoridad, es casi peor una autoridad que no se ejerce, que no manda, que no actúa y que no organiza.

La mejor manera de no caer en estos extremos es seguir los principios que deben regir el ejercicio de la autoridad, bien indicados en todos los Documentos post-conciliares que hablan del tema: la corresponsabilidad, la subsidiariedad, la autoridad-servicio, la colaboración, la unidad en la diversidad.

Toda autoridad debe tener la preocupación de hacer y expresar la voluntad de Dios. Ahora bien, para ello hay que empezar por escuchar la voz de Dios, que utiliza como una de las vías de comunicación a los miembros que constituyen la comunidad. De ahí la importancia de escucharles. A partir de la escucha se establece el dialogo, que supone la escucha mutua. Así se establece una corriente de confianza recíproca, porque se tiene el conocimiento de las capacidades y valores de cada Hermana. Sobre esta base de confianza recíproca se da sin dificultad la corresponsabilidad. Todas y cada una de las Hermanas deben sentirse responsables de los compromisos de la comunidad y del bien común. La Hermana Sirviente permitirá a cada Hermana desarrollar todas sus capacidades, no acapa­rará lo que corresponde a sus compañeras; en una palabra, sabrá delegar, es lo que solemos llamar el principio de subsidiariedad. Con ello estará asegurada la colaboración mutua a nivel comunidad que cerrará el paso al individualismo que tanto perjudica, por no decir impide, la unión en la Comunidad. Este modo de ejercer el cargo debe partir de la convicción de que como «toda autoridad en la Iglesia, la autoridad en la Compañía se ejerce como un servicio, a imitación de Cristo Siervo, que amó a los suyos hasta dar la vida por ellos» (C. 3.25).

Ejercida así la autoridad, ese talento confiado para bien de la Iglesia, de la Compañía, de cada Hermana que compone la Comunidad está final y totalmente orientado al servicio de los pobres, y ese talento producirá los frutos (intereses) esperados, los indicados claramente en los artículos de las Constituciones que tratan de la Hermana Sirviente: 2.21, 3.11, 3.45.

Se espera de ella que, en colaboración con sus Hermanas, llegue a crear una atmósfera, un clima apropiado que permita a la Comunidad conseguir el fin para el que ha sido constituida: «Llamadas y reunidas por Dios para el servicio de los pobres».

Pero, este servicio a los pobres no lo realiza la Hija de la Caridad como tantas otras personas hoy, que lo hacen movidas por una compasión natural o por so­lidaridad con los que sufren o por otros intereses. A veces, se trata incluso de personas que no tienen fe, o si la tienen, no son coherentes con ella en su vida práctica. La Hija de la Caridad «se da totalmente a Dios para servirle en los pobres». Esto supone una unión íntima con el Señor.

La Hermana Sirviente debe cuidar su propia intimidad con Dios, y además, debe preocuparse de crear en la Comunidad el clima adecuado para que sus Hermanas de Comunidad puedan también disponer de los medios apropiados para la vida espiritual fuerte que corresponde a la Hija de la Caridad. Tanto san Vicente como santa Luisa no se cansarán de recomendarlo. «Dios… pide primero el corazón, y, después, la obra», dirá nuestro Santo Fundador (Conferencia del 18 de octubre de 1655; Conf. Esp. n.° 1407).

La Hermana Sirviente es responsable de que, en su empleo del día, las Her­manas dispongan del tiempo necesario para la oración y para los actos espiritua­les indicados en las Constituciones. No olvidemos que «en torno a la Eucaristía, centro de su vida y su misión, se realiza todos los días su principal asamblea. En ella, los cristianos son «instruidos por la Palabra de Dios, se fortalecen en la mesa del Cuerpo del Señor, dan gracias a Dios» (Sacrosantum Concilium, 48). «Las Hermanas son conscientes de la importancia vital de la Eucaristía» (C. 2.12).

Yo sé que en bastantes de nuestras comunidades no es posible tener la misa diaria por falta de sacerdotes. Pero creo que es salirse de los límites de la pru­dencia cuando las Hermanas, llamadas a animar las comunidades que no dispo­nen de sacerdote, carecen ellas mismas de la atención espiritual que necesitan. No considero normal que un alma consagrada no pueda asistir a misa durante meses. Lo mismo cabe decir del sacramento de la Reconciliación. Claro que esta responsabilidad, más que a la Hermana Sirviente, incumbe al gobierno provincial, quien debe examinar y cuidar las condiciones que reúnen las peticiones de Her­manas que se le dirigen. Debe quedar claro que no forma parte del carisma de la Hija de la Caridad ser suplente de los sacerdotes. Más bien ejercen la pastoral (servicio espiritual) a partir del servicio (corporal) que les es confiado. Como nos dice Vita Consecrata en el número 82: «servir a los pobres es un acto de evan­ gelización y, al mismo tiempo, signo de autenticidad evangélica». También con­tribuye al clima de oración en la comunidad lo que ya tradicionalmente se viene haciendo en la Compañía y ha sido conservado por las últimas Asambleas Gene­rales: la preparación a la oración y el intercambio sobre la oración ya hecha. Mediante estas comunicaciones nos enriquecemos mutuamente. No cabe duda de que un aporte importante a este clima será la propia calidad espiritual de la Hermana Sirviente y su fidelidad a cuanto se promueve para favorecer la vida espiritual de la Comunidad local.

A la Hermana Sirviente corresponde igualmente trabajar junto con sus compa­ñeras en establecer una atmósfera de cordialidad en el seno de la Comunidad. Todos los esfuerzos por parte de todas están justificados y son necesarios para lograrlo. No cabe repetir aquí las abundantes enseñanzas de los Fundadores sobre la vida comunitaria fraterna tan deseada y reclamada por todas las Hermanas, pero no tan fácil de conseguir. Las dificultades que se presentan en ciertas ocasiones pueden convertirse en causa de gran sufrimiento, tanto para la Hermana Sirviente como para las Hermanas. La Hermana Sirviente hará, por su parte, cuanto pueda para crear un clima adecuado, para disipar las nubes y para que éstas no oscurez­can el sol de la caridad. Uno de los medios más importantes para ello es mantener abiertos los cauces de comunicación, dar toda la información posible sobre los asuntos que atañen a la Comunidad. Esto une, crea solidaridad y aviva la corres­ponsabilidad. Crea la cohesión de que habla el artículo 3.45 de las Constituciones.

De la cordialidad que reina en la comunidad debieran beneficiarse las perso­nas que colaboran con nosotros y los que se acercan a nuestras casas. Es uno de los medios de evangelización de ayer y de hoy.

Tanto el clima de oración como el de cordialidad en la comunidad deben dar como resultado el fervor apostólico en el servicio a los pobres. Quien entrara en nuestras casas debería captar inmediatamente que, todo en ellas, está orientado hacia ese servicio. Nuestras instalaciones, estilo de vida, preocupaciones, conver­saciones, modo de orar, deben ser un exponente de lo que constituye el centro de nuestras vidas: el servicio a Cristo en los pobres. Habrá que cuidar las posibles desviaciones que se pueden introducir indeliberadamente, por ósmosis, de lo que ocurre en este mundo en el que estamos insertas, aunque sin pertenecerle.

Estaremos alerta para no reducir nuestro servicio a un trabajo profesional por muy sofisticado que sea, es decir, no caer en el profesionalismo. El servicio pro­fesional y cualquier servicio es el vehículo que nos permite participar en la evan­gelización. Hemos de cuidar también de no caer en el materialismo reinante. La gratuidad, no esperar nada a cambio, sigue siendo una de las características del servicio de la Hija de la Caridad. Como lo indican las Constituciones: Las Hijas de la Caridad «tienen especial empeño en conservar el desinterés del corazón y el sentido de gratuidad que se manifiestan en el espíritu de su servicio y en la calidad de su presencia» (C. 2.9).

Otro aspecto por el que debe velar la Hermana Sirviente es la calidad del servicio, realizado con verdadera actitud de sierva  en espíritu de humildad, sen­cillez y caridad y con las cualidades que le asignaron ya nuestros Santos Funda­dores: respeto, cordialidad, devoción. Santa Luisa añadirá la alegría.

El clima de fervor apostólico supone que la Hermana Sirviente se preocupa de la vida apostólica de sus Hermanas, cualquiera que sea el caso, es decir, sea ella responsable de la obra o no. Habrá incluso ocasiones en las que las Hermanas vivan distantes del lugar de trabajo. En cualquier eventualidad, el fervor apostólico de sus Hermanas debe formar parte de sus preocupaciones.

La formación será otro de los cometidos de la responsable de la comuni­dad: su propia formación y la de cada una de sus Hermanas. Estos tiempos de rápidas mutaciones exigen una preparación adecuada en contenido y en ritmo, a todos los niveles: espiritual, doctrinal, profesional, humano.

El artículo 3.11 de las Constituciones asigna una tarea particular en la forma­ción de las Hermanas jóvenes a la Hermana Sirviente y a la Comunidad local: «Al asumir la responsabilidad personal de su vida de Hija de la Caridad (la Hermana joven) se ve sostenida por la Comunidad. La Hermana Sirviente es la responsable especial de ayudarle a crecer en el don total de sí misma a Dios»(C. 3.11). Efectivamente, la Comunidad que recibe una Hermana joven y, por supuesto, la Hermana Sirviente, tienen la misión de proporcionarle una vivencia comunitaria que corrobore, en la práctica, la doctrina que ha recibido en las etapas anteriores, sobre todo en el Seminario. Aunque la Provincia y la Comisión de Formación se encarguen de procurar la formación doctrinal mediante cursillos, conferencias, etc., el acompañamiento diario, que ayuda a la Hermana a integrarse plenamente en la Compañía, debe hacerse en el seno de la Comunidad local y con el segui­miento personal de la Hermana Sirviente. Nadie le puede dar lo que la Hermana Sirviente y la Comunidad local le pueden proporcionar en la vida de cada día.

Otras de sus importantes tareas son: Favorecer el diálogo con las Hermanas, estar disponible para la comunicación con cada una, promover el discernimiento  comunitario cuando haya que tomar decisiones que requieren la intervención de toda la Comunidad, aunque la decisión final siga siendo suya. En realidad, la toma  de decisiones es el servicio por excelencia de la Hermana Sirviente y de la auto­ridad en general.

Después del Concilio, ha habido cierta confusión con relación al concepto autoridad-servicio. Con frecuencia la interpretación ha quedado a nivel material. El servicio de la autoridad no consiste en que el Superior se haga igual a todos en todo, ni en que participe en las mínimas tareas materiales. Esto puede ser bueno e incluso edificante cuando es posible, pero también se puede caer en la ilusión de que con ello se ha cumplido la misión. El servicio más difícil de la autoridad es la toma de decisiones, después de oración, reflexión, diálogo y discernimiento con la Comunidad. Con ello, se ejerce el cometido más importante de la autoridad,  que es buscar y discernir la voluntad de Dios para la Comunidad.

El artículo 3.45 de las Constituciones recuerda otra función de la Hermana Sirviente: la misión de «unir» la Comunidad local en los diversos niveles. En primer lugar, le corresponde procurar la cohesión dentro de la Comunidad. Todos los esfuerzos que haga con este fin estarán justificados. Según las circunstancias, tendrá que poner en juego todas las posibilidades que existan dentro de la Co­munidad misma, para que, aglutinadas en torno a Cristo y a su servicio en los pobres, puedan hacer éste más eficaz y ser un auténtico testimonio, a fin de que «crea», quien las vea vivir en comunión fraterna.

Asimismo, la Hermana sirviente tiene también la misión de mantener vinculada la Comunidad local que anima, a la Compañía, a través de la unión con la Provin­cia a la que pertenece. Será fiel en informar y transmitir las orientaciones que reciba de los Superiores y de tener a éstos al corriente de la marcha de los asuntos en la Comunidad local. Es importante mantener vivo en las Hermanas el sentido de su «pertenencia>, a la Compañía. De igual modo, la Hermana Sirviente debe considerar un deber el mantener la Comunidad unida a la Iglesia, tanto a la Iglesia local como a la universal. Que las Hermanas sepan cuál es su lugar en la Iglesia y sean conscientes de la importancia de ser fieles al carisma, que nos confía en ella la atención a los más necesitados. Recordemos la preocupación de santa Luisa en este sentido: «Tenemos doblemente la dicha de ser hijas de la Iglesia y, siendo esto así, ¿no tendremos también un doble deber de vivir y obrar como hijas de tal Madre? (S.L. 21-6-1647, Corr. y Escr. C. 197, pág. 203).

Es conveniente procurar y estimular la lectura de los documentos que emanan tanto de la Iglesia local como de la Iglesia universal, sobre todo del Santo Padre, en cuya persona quiere hacerse visible Nuestro Señor.

Pero no todo queda en el plano de las obligaciones y dificultades. Este talento que Dios ha puesto en sus manos, da a la Hermana Sirviente la posibilidad de desarrollar con libertad todas sus capacidades para el bien de las Hermanas que se le han confiado y de los pobres a cuyo servicio se encuentran. Igual­mente le da la posibilidad de estar en comunicación con almas privilegiadas y contemplar en éstas la acción del Espíritu Santo, fuente para ella de enorme riqueza espiritual. Goza también del consuelo y de la alegría espiritual de la confianza que le ha hecho Dios y la Compañía, al confiarle la atención y animación de las Hermanas que sirven directamente a los pobres en sus realidades concretas.

Confiemos esta importante tarea a María, quien con tanta generosidad aceptó la colaboración que Dios solicitó de Ella en la obra de la Redención, al pedirle que fuera Madre de Dios, a pesar de todo lo que esta misión comportaba como exigencia y sufrimiento. Que Ella las haga partícipes de sus actitudes.

¡Oh María, sin pecado concebida! Ruega por nosotros que recurrimos a ti.

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