- LA MISERICORDIA Y LA TERNURA, CORAZÓN DE LA HIJA DE LA CARIDAD
La misericordia, corazón de la Hija de la Caridad, es el núcleo esencial que confiere unidad a nuestra vocación. Sin misericordia no es posible vivir la pasión por los pobres, sufrir con ellos y por ellos. Sin comprensión, tolerancia y misericordia, la vida fraterna se tambalea y la relación con los demás encuentra ciertos escollos. Las obras exteriores son expresión visible de la misericordia entrañable que configura nuestro ser.
En esta segunda parte intentaré describir lo que caracteriza al corazón misericordioso de la Hija de la Caridad: sus latidos más profundos, sus manifestaciones más claras, los puntos de anclaje necesarios que sostienen su vocación y la impulsan a vivir y transmitir el mensaje de la misericordia.
3.1 Acoger e implorar el don de la misericordia
Cimentados en una sólida vida de fe, nuestros Fundadores vivieron profundamente la experiencia de la misericordia de Dios y alentaron en las Hermanas el deseo de acogerla como pura gratuidad. La misericordia del Señor nunca va a fallar. ¡Qué grande es saber emplear bien las misericordias que Dios tiene con la Compañía, escribirá santa Luisa!
Como toda vocación, la nuestra tiene su origen en la mirada misericordiosa del Señor que nos ha amado primero y por pura gracia nos ha llamado a la Compañía. Somos conscientes de recibir constantemente la misericordia del Señor; vivimos la experiencia de su amor misericordioso que sale a nuestro encuentro, con su abrazo de perdón y de paz, mas allá de nuestras faltas y pecados.
Somos conscientes de que para ser misericordiosas, necesitamos acoger el don del amor misericordioso de Dios. Esto ocurre cuando escuchamos su Palabra, cuando permanecemos en oración silenciosa en su presencia, cuando nos encontramos con Él en la Eucaristía o en el sacramento del perdón. La gracia recibida nos impulsa a actuar con los demás con la misma misericordia que hemos recibido. Sabemos que, sin el amor de Dios, no podemos amar a las personas ni entregarnos al servicio de los pobres.
Un corazón misericordioso no puede soportar que aumente la brecha escandalosa entre los que tienen mucho y los que carecen de casi todo. En nuestros servicios cotidianos, nos sentimos abrumadas ante sufrimientos inauditos que abruman a muchas personas o ante problemas de difícil solución; en esos momentos y en tantos otros, nos cuestionamos si podemos algo más, si debemos actuar de otra manera. Y, desde nuestra debilidad e impotencia, sentimos la necesidad de orar, de pedir al Señor que renueve nuestras fuerzas y nos conceda entrañas de misericordia ante toda miseria humana; que nos inspire el gesto y la palabra oportuna, frente al hermano solo y desamparado, que nos ayude a permanecer disponibles.
Además, en nuestro servicio, con frecuencia nos encontramos amenazadas por el activismo, las prisas que llevan a tratar a las personas en serie, la mundanidad que se busca a sí, dejando de lado los sentimientos de ternura y misericordia, la costumbre que aletarga la sensibilidad. Así, para que nuestro corazón no se acostumbre al dolor y nuestra alma no se adormezca, anestesiada ante el círculo repetitivo de calamidades y miserias que afligen la vida de nuestros hermanos, necesitamos implorar constantemente la gracia de la misericordia. «Pedidle el espíritu de su Hijo, aconsejaban los Fundadores a las Hermanas, para que podáis ejecutar vuestras acciones, lo mismo que El ejecutó las suyas«.
3.2 Aprender de Jesucristo a ser misericordiosas
La Compañía de las Hijas de la Caridad ha sido instituida para honrar la gran caridad de Nuestro Señor, dirá san Vicente a las Hermanas; tenedlo a Él por modelo y ejemplo junto con la Virgen María en todo lo que hacéis. A su vez, a la luz del Evangelio, santa Luisa había llegado a comprender que todas las acciones del Hijo de Dios no son más que para nuestro ejemplo e instrucción y en ellas descubría la voluntad de Dios: «En esta tierra, para unirnos a Dios, hay que ir por el camino de su Hijo«.
Para tener un corazón misericordioso y actuar en consecuencia es esencial aprender de Jesucristo que revela y encarna la misericordia de Dios y nos pide ser misericordiosos como el Padre. Jesús no solo habla de misericordia, sino que es la misericordia. Lo que movía a Jesús en todas las circunstancias era la misericordia con la cual leía el corazón de los interlocutores y respondía a sus necesidades más reales.
La persona de Jesucristo y su mensaje fueron para nuestros Fundadores fuente de inspiración. Asimismo, nuestras Constituciones nos recuerdan que debemos aprender de Jesucristo que no hay miseria alguna que podamos considerar como extraña…42. Los gestos y palabras de Nuestro Señor son una constante interpelación para la Hija de la Caridad llamada a continuar su misión. Las multitudes hambrientas y desorientadas encontraban en Él acogida, comprensión. consuelo, esperanza… Su corazón misericordioso se inclinaba. lleno de compasión, hacia las personas más frágiles, olvidadas o excluidas de la sociedad. Su ternura y misericordia se desbordaban cuando se encontraba con los pecadores o se acercaba a los marginados.
En la parábola del buen samaritano encontramos el prototipo de relación misericordiosa con el prójimo que sufre. Son significativos cada uno de los movimientos y detalles del samaritano: antes de actuar, se conmueven sus entrañas ante el herido caído en el camino, después se detiene, limpia la herida, la cura con vinagre, monta al hombre maltrecho en su cabalgadura y lo lleva a la posada. Finalmente se asegura de que en su ausencia va a estar bien atendido; para ello, sabe contar con el posadero: donde él no llega, solicita colaboración.
La praxis de la misericordia es el estilo propio de la Hija de la Caridad; ella ha aprendido que toda miseria cabe en el corazón de la Hija de la Caridad enviada a asistir a los pobres, cualquiera que sea su pobreza y en cualquier lugar. «Os habéis entregado a asistir a los pobres, no en una casa, sino en todas partes, corno Nuestro Señor que no hacía distinción alguna para asistir a todos los que necesitaban de Él.
La Eucaristía, centro y cumbre de nuestra vocación y misión, nos configura con Jesús misericordioso y nos impulsa a avanzar en el camino de la compasión misericordiosa. En ella. Jesús nos hace testigos de la compasión de Dios para cada hermano y hermana. La Palabra de Dios ilumina nuestra vida cotidiana y nos pone en contacto con las fuentes de la misericordia. Así, en los Evangelios descubrimos a Jesús que, en plena actividad misionera, cuando las multitudes acudían a Él, se retiraba a orar; actuaba siempre unido al Padre para llevar a cabo su obra. De Jesús aprendemos que una actividad desligada de «ese mirar al cielo», es decir, de ese buscar la gloria de Dios y su Reino, se queda en pura actividad humana, en obra de nuestras manos.
3.3 Revestirse de entrañas de misericordia
El alma de las obras de misericordia son las entrañas de misericordia, el hacer bien es consecuencia del querer bien. Cuando se tienen entrañas de misericordia todo en la Hija de la Caridad refleja esa misericordia que la habita: el interés y la atención en la mirada. el modo de escuchar y de hablar, la bondad de sentimientos, la delicadeza en gestos y palabras.
Somos conscientes de que la praxis de la misericordia demanda no solo ofrecer ayudas materiales sino actuar de una determinada manera, viviendo unas relaciones impregnadas de ternura y comprensión. «Tenéis que servir a esos pobres enfermos con gran caridad y dulzura, – decía san Vicente a las Hermanas-, de forma que vean que vais a asistirles con un corazón lleno de compasión».
Ciertamente las obras de misericordia exterior pueden ser ficticias, si no proceden de la misericordia interior, necesitan estar bien cimentadas en la caridad de Cristo, frente a las argucias del egoísmo. Para ello, es esencial cultivar la misericordia del corazón, es decir los sentimientos que deben acompañar la práctica de misericordia. San Pablo exhortaba a los colosenses a «revestirse de compasión entrañable, de humildad, de mansedumbre, de paciencia: a sobrellevarse y perdonarse mutuamente cuando uno tiene quejas contra otro».
Como Hijas de la Caridad es esencial que tengamos entrañas de misericordia para captar con claridad el gemido suplicante de las personas que viven en la angustia, rechazo, incomprensión, para no ser indiferentes a sus penas, para comprender y excusar sus debilidades, para despertar las energías más bellas ocultas en el fondo de su ser.
Necesitamos también entrañas de ternura y misericordia para mirar positivamente a las personas sin desconfiar ni juzgar según las apariencias, para tener palabras de estímulo y consuelo que lleven a los pobres a vivir con esperanza. Me parece oportuno evocar el ejemplo de la beata Sor Rosalía que sabía excusar siempre a los pobres. «Dicen que son perezosos y están llenos de vicios. Si nosotros hubiéramos pasado lo que ellos, quizá seríamos peores. ¿Son violentos, a veces? ¡Es que tienen hambre!».
Una vez más, es bueno evocar la enseñanza de nuestros Fundadores cuando nos exhortaban a servir a los pobres con dulzura y cordialidad, con ternura, corno sus madres’) y a evitar la dureza y la impaciencia, ya que una mirada, un gesto, una palabra, pueden levantar o hundir. «Una buena palabra que salga del corazón con el debido espíritu será suficiente para llevarlos a Dios». Sí, necesitamos revestirnos de entrañas de ternura y de misericordia para realizar un acompañamiento compasivo de los pobres que les haga comprender que Dios Padre los ama, está a su lado y los mira con amor.
3.4 Armonizar la misericordia del corazón y la misericordia de las manos
La misericordia no es una idea abstracta, ni un vago sentimiento que se diluye sin ninguno tipo de aterrizaje en la realidad. La misericordia del corazón y la misericordia de las manos deben estar bien armonizadas. La misericordia comporta una praxis, va más allá de los buenos sentimientos. «La caridad es un acto de amor que hace entrar a los corazones unos en otros para que sientan lo mismo, lejos de aquellos que no sienten ninguna pena por el dolor de los afligidos ni por el sufrimiento de los pobres«.
La misericordia es activa, lleva a hacernos cargo del sufrimiento del prójimo, a compadecer sus penas, a compartir lo que tenemos, a dedicar nuestro tiempo y nuestras fuerzas en socorrerlos. La misericordia del corazón y la misericordia de las manos tienen que ir a la par. Las actuaciones externas, sin caridad interior, pueden ocultar orgullo, búsqueda de gratificaciones personales. Dios pide primero el corazón y después la obras, decía san Vicente. Santa Luisa estaba convencida de que lo único que Dios quiere de nosotras es nuestro corazón.
Del interior brota todo; pero no basta que nuestras intenciones sean buenas, los grandes sentimientos pueden quedarse en pura ilusión, en fantasía. No basta tener caridad en el corazón y en las palabras, tiene que pasar a las obras». Sabemos que la praxis de la misericordia no consiste solo en servir un plato de comida o en ofrecer un vaso de agua, el modo de darlo, debe ser expresión de un corazón lleno del amor de Dios. «Que vuestro amor no sea una farsa», alerta san Pablo.
Todo lo que hace la Hija de la Caridad debe llevar el sello de la misericordia de Dios que la ha transformado. El mayor acto de misericordia exterior, no tiene ningún valor, si se hace buscando reputación o recompensa. Podernos ser misericordiosas sin tener nada que dar. La ternura y misericordia, corno la caridad, no pueden delegarse.
La inolvidable Sor Susana Guillemin afirmó que «nuestra verdadera misión no es la de dirigir la caridad, sino la de ser caridad y ejercerla… Lo importante es que en lo que hacernos y vivirnos seamos Cristo y Evangelio. que lo seamos en la profundidad de nuestro ser y de nuestros gestos. Así es corno nos transformamos en el Señor y le dejamos pasar a través de nosotras.
El servicio de las Hijas de la Caridad. las obras de misericordia que realizan son expresión de fe y amor»’. Ellas nos recuerdan que nuestra fe se traduce en gestos concretos y cotidianos, destinados a ayudar a nuestro prójimo en el cuerpo y en el espíritu: nutrirlo, visitarlo, consolarlo, educarlo, y sobre los que seremos juzgadas».
Sor Rosa María Miró, H.C.
CEME 2015







