- LA COMPAÑÍA, EPIFANÍA DE LA MISERICORDIA DE DIOS PARA LOS POBRES
En esta primera parte pretendo ofrecer algunas pinceladas de la vida de la Compañía que expresan cómo su vocación y misión es ser epifanía de la misericordia de Dios para los pobres.
2.1 Llamadas a manifestar la bondad del Señor a los pobres
El Señor hace resplandecer su amor hacia todas sus criaturas y su misericordia brilla especialmente con los pobres. La Compañía ha sido escogida para manifestar a los pobres la ternura y misericordia de Dios. «…Por eso, cuando vean que Él tiene tanto cuidado de sus criaturas que funda una Compañía con personas que se dedican al servicio de los pobres…, se verán forzados a confesar que Dios es un Padre bondadoso».
De común acuerdo y de forma insistente, los Fundadores decían a las Hermanas que no estaban solo para la asistencia corporal pues la naturaleza obliga suficientemente a ello. «Nuestro Señor no tenía ningún motivo para instituir una Compañía con esa finalidad
En varias conferencias, san Vicente les decía a las Hermanas que habían sido llamadas para hacer lo mismo que Cristo hizo en la tierra. Y se complacía en explicarles, una y otra vez, que la finalidad de las Hijas de la Caridad era imitar la vida de Jesucristo en la tierra. servir a los pobres corporal y espiritualmente, ayudarles a conocer a Dios y a emplear los medios para salvarse.
Lleno de emoción san Vicente animaba a las Hermanas a reconocer y a admirar el don de la vocación que habían recibido. «¿No os impresiona el corazón pensar que Dios os ha escogido para una obra tan santa? ¡Qué gran gracia de Dios! Esta es obra de la Providencia».
Igualmente, santa Luisa se consideraba dichosa de esta sublime vocación y contagiaba su alegría a las Hermanas: «Qué felices son, queridas hermanas, escribe a la comunidad de Angers, por tener tan gran número de enfermos que servir! ¡Y cómo se nota que Dios las ama, ya que les proporciona tantas ocasiones de servirle!».
A través de humildes servicios y de un trato sencillo, impregnado de dulzura y comprensión, la Hija de la Caridad hace visible la bondad y misericordia de Dios hacia todos sus hijos, particularmente los más desvalidos y abandonados. Ahí radica lo esencial de esta vocación como oportunamente recordó san Juan Pablo II a las representantes de la Compañía reunida en Asamblea: »Las Hijas de la Caridad tienen por vocación ser el rostro de amor y de misericordia de Cristo».
2.2 San Vicente y santa Luisa, guías en el camino de la misericordia
Nuestros Fundadores experimentaron el amor misericordioso de Dios Padre y descubrieron que cuando la persona acoge la gracia de la misericordia se siente impulsada a actuar en favor del prójimo necesitado, haciendo suyos los sufrimientos de los hermanos: «Es preciso que sepamos enternecer nuestros corazones, dirá san Vicente, y hacernos capaces de sentir los sufrimientos y las miserias del prójimo, pidiendo a Dios que nos dé el verdadero espíritu de misericordia, que es el espíritu propio de Dios…».
Encontramos muchas referencias en los escritos de san Vicente y de santa Luisa que nos muestran cómo, en la lectura orante del Evangelio, contemplaron a Jesucristo, manantial y modelo de caridad. Siguiendo su ejemplo y sus enseñanzas aprendieron a servir a los pobres con un corazón compasivo y lleno de ternura. Ellos iniciaron a las Hermanas en el seguimiento de Jesucristo servidor y evangelizador de los pobres.
Son muy hermosas las enseñanzas que salían de labios de san Vicente animando a preguntarse qué es lo que haría Jesucristo para ajustar la propia conducta a sus ejemplos y enseñanzas–. A su vez, santa Luisa aconsejaba a las Hermanas que sirvieran a los pobres con gran mansedumbre a imitación de Jesús que así trataba a los más molestos y las motivaba a consultar a Nuestro Señor en sus necesidades exteriores e interiores.
Del mismo modo, santa Luisa animaba a las Hermanas a pedir cada mañana la bendición de nuestro bondadoso Dios para actuar según el Espíritu de su Hijo, y sobre todo, para que el Espíritu actuara por medio de ellas.
Tanto san Vicente como santa Luisa no perdían ocasión decirles a las Hermanas que «era Dios mismo el que les confiaba a los pobres y que debían comportarse con ellos con su mismo espíritu, compadeciendo sus miserias y sintiéndolas ellas mismas …
2.3 La praxis de la misericordia, misión de la Compañía
Los Fundadores estaban convencidos de que Dios quería servirse de la Compañía para hacer cosas grandes. Ellos conocieron de cerca el drama de la guerra, la tremenda devastación ocasionada por catástrofes naturales y epidemias, el flagelo del hambre, el estigma de la ignorancia, las consecuencias desastrosas de la miseria. Su corazón lloraba compungido ante tan dramáticas realidades que no cesaban de multiplicarse.
La situación angustiosa de los pobres, su dolor y su abandono no los dejó indiferentes; impulsados por el amor de Jesucristo movilizaron y movilizaron a un gran número de personas para responder a las urgentes necesidades de los más desamparados. pues «la caridad no puede permanecer ociosa, sino que mueve a la salvación y al consuelo de los demás».
Con gran fervor alentaban a las Hermanas a permanecer disponibles para ir por todas partes ya que el inmenso campo de la miseria requería la práctica continua de las obras de misericordia, tanto corporales como espirituales. Ninguna forma de miseria podía quedar fuera del corazón misericordioso de la Compañía. Las Hermanas se afanaban por socorrer a los enfermos pobres en sus propios domicilios, tanto en parroquias de ciudad como en aldeas, llevándoles la comida, curando sus llagas y acompañando a los que se encontraban solos.
Asimismo, las precarias condiciones de los Hospitales, donde se apiñaban los enfermos y se mezclaban el sufrimiento y la miseria, llevaron a la Compañía a ampliar su radio de acción a estos santuarios del dolor. Luego, tal como iban surgiendo las necesidades, se hicieron cargo de las niñas en las escuelas, de los niños abandonas, de los galeotes, de los soldados heridos, de los refugiados, de los ancianos, de los enfermos mentales y otros…
Desde los orígenes, las Hermanas llenas de celo practicaron la obra de misericordia de enseñar al que no sabe. Santa Luisa impulsó con gran tesón la educación básica para que los alumnos tuvieran posibilidades de desenvolverse en la vida. Igualmente puso gran empeño en la formación cristiana pues era muy consciente de que la persona humana, sin el conocimiento de Dios. pierde el rumbo de su vida.
Con grandes riesgos y enormes dificultades, los Fundadores emprendieron la obra de atención a los galeotes que se hacinaban en las mazmorras de la prisión de Paris mientras les llegaba el turno de ir a galeras. Las Hijas de la Caridad transformaron el ambiente de la cárcel: a través de sus cuidados maternales, suavemente, sabían transmitir a los prisioneros la bondad del Señor y su abrazo de perdón.
La Compañía naciente se volcó en el cuidado de los niños abandonados, y en esta obra de misericordia las Hermanas derrocharon toda su ternura: «Díganos si en conciencia, podemos dejarlos morir», escribirá santa Luisa llena de angustia a san Vicente.
Los trágicos acontecimientos del año 1652 llevaron a la Compañía a dar una respuesta verdaderamente heroica cuando la ciudad de Paris se encontraba rodeada por los ejércitos y prácticamente invadida por una multitud enorme de refugiados. «En la casa Madre alimentaban a mil trescientos pobres y se ocupaban de ochocientos refugiados en el arrabal de Saint Denis. En San Pablo, cuatro o cinco hermanas daban de comer todos los días a unos cinco mil pobres, además de atender a unos sesenta u ochenta enfermos…
Un torrente de ternura misericordiosa circulaba por las arterias de la Compañía que acudía con presteza a socorrer a los pobres necesitados de pan, consuelo y esperanza, practicando incansablemente las obras de misericordia corporales y espirituales.
2.4 Ayer y hoy, testigos de la ternura y misericordia del Señor
A lo largo de estos trescientos ochenta y tres años de vida de la Compañía, miles de Hijas de la Caridad han transitado y transitan por los caminos de la misericordia: toda una cadena ininterrumpida de ternura y compasión, desde la humilde sencillez de la entrega cotidiana hasta el heroísmo de la caridad martirial.
Margarita Naseau que practicó con gran audacia las obras de misericordia perdura en la memoria de la Compañía. Contagiada de peste por su generosidad en la praxis de la misericordia se despidió sencillamente de su compañera y marchó al hospital con el corazón lleno de alegría y de conformidad con la voluntad de Dios.
Ejemplo admirable el de la Hermana que quedó atrapada en el rellano de una escalera cuando se derrumbó la casa a la que había ido a servir a los enfermos pobres. Una vez puesta a salvo, aun temblorosa se fue a servir a los enfermos que faltaban.
Impresiona el testimonio de Sor María José de Etampes que, estando gravemente enferma, se levantó de la cama para sangrar a un enfermo; después de sangrarlo, murió enseguida.
Es muy conmovedora la historia de Sor María Poulet que, desde Calais. escribió a santa Luisa comunicándole las muertes de Sor Francisca y de Sor Margarita, contagiadas por la peste. Ella misma y otra Hermana, gravemente enfermas, le pidieron perdón a santa Luisa, suplicándole al mismo tiempo les dijera lo que tenían que hacer, en caso de recobrar la salud, pues allí había muchos eufermos.
Las Hermanas que convivieron con Sor Bárbara Angiboust recordaban con admiración su paciencia para soportar a los galeotes: su intrepidez para dirigirse a los guardias y evitar que maltrataran a los detenidos; su amable humildad cuando, sin quejarse, servía de nuevo la comida a quien la había tirado al suelo.
Cuando la epidemia de peste se extendió por una región de Polonia. Sor Claude de Varennes se ofreció para cuidar a los enfermos. Al terminar la epidemia y volver a Varsovia, le cerraron las puertas de la ciudad por miedo al contagio. Humildemente, movida por el espíritu de misericordia, la Hermana aprovechó su destierro enseñando, aconsejando y ayudando a cuantas personas iba encontrando.
A sus ochenta años, apoyada en un bastón, sin que le pesaran sus enfermedades ni la frenaran el frío o la nieve, Sor Magdalena de Pape visitaba a los enfermos pobres en Triel y alrededores con el ardiente deseo de morir con las armas en la mano. La enfermedad generalizada en 1743 impedía que ellos pudieran procurarse los remedios necesarios; la Hermana les hacía llegar las limosnas recogidas para socorrerlos.
En 1794, atadas por una misma cuerda, Sor María Ana y Sor Odilia, incorporadas a una larga hilera de cuatrocientos condenados. fueron llevadas al lugar llamado desde entonces «Campo de los Mártires» donde fueron fusiladas. Sor Odilia murió en el acto; Sor María Ana, herida en el brazo, sosteniendo aún a su compañera tuvo tiempo para decir: «Perdónalos, porque no saben lo que hacen«.
En 1855, y después en 1867, las epidemias del cólera llenaron de consternación a la Habana. Oleadas de pobres enfermos llegaban allí y el Hospital quedó transformado en un foco de contagio y de muerte. Con gran fortaleza de ánimo, las Hijas de la Caridad se multiplicaban, cuidando día y noche a los pobres enfermos. En la flor de la vida, cinco Hermanas cayeron contagiadas por la epidemia, intrépidas mártires de la misericordia26.
Produce gran admiración que en Constantinopla, en 1857, las Hermanas fueron llamadas por los turcos ángeles de la misericordia por su servicio incondicional a musulmanes y cristianos en los hospitales, comedores, refugios o escuelas.
Testigos de amor misericordioso, cayeron en China, víctimas del tifus, seis Hermanas jóvenes, la mayor tenía 45 años. Morir Hija de la Caridad y morir en China, qué honor, decía una de ellas. Una de las Hermanas, casi sin voz, invocaba a la Virgen María con el Ave Maris Stella para que Ella la guiara en la última travesía.
El espíritu de misericordia y perdón sobresalió tanto en la vida como en la muerte de la beata Sor Marta Wiecka. Habiendo sido calumniada por un enfermo, sufrió en silencio la prueba, perdonando de corazón. Continuó generosamente su servicio a los pobres hasta tal punto que se ofreció para sustituir a un empleado del hospital, casado y con hijos que tenía que desinfectar una habitación en la que había muerto un enfermo de tifus. Sor Marta realizó este servicio y murió contagiada.
Las Hermanas mártires de la fe del siglo XX en España, incansables servidoras de los pobres -en distintos centros benéficos al servicio de los más necesitados- supieron transmitir la ternura de Dios, incluso hacia aquellos que atentaban contra su vida. Tanto en su vida como en su muerte son un ejemplo elocuente de misericordia y de perdón.
Podríamos añadir otros nombres de Hermanas. auténticos testigos de misericordia, que han sabido v saben abrir surcos de esperanza en el corazón de los empobrecidos. machacados por la injusticia o la incomprensión. Guardamos sus nombres en nuestro corazón como un tesoro: el testimonio de su vida ha sido. y sigue siendo, don y caricia, expresión de la ternura y– bondad del Padre de las misericordias hacia sus hijos pequeños y desvalidos.
Sor Rosa María Miró, H.C.
CEME 2015







