1.- La personalidad y la espiritualidad de Madre Leopoldina Brandis
María Josefa Brandis procede de una familia en la que el amor al prójimo, especialmente a personas que viven en la miseria está fuertemente desarrollado. Los Brandis son de ascendencia noble. Siempre han estado estrechamente vinculados a la Iglesia católica. El Conde Heinrich A. Brandis y su esposa Josefa compraron una casa en Graz. Josefa, la mayor de sus hijos, nacida el 27 de noviembre de 1815, fue bautizada el mismo día de su nacimiento en su iglesia parroquial. Los padres educaron ellos mismos a sus seis hijos, lo que no era un uso corriente en las familias nobles de la época. En Viena, Josefa recibió una buena instrucción general, estudió el francés, como aprendió también a pintar y a tocar la arpa. La Primera Comunión suscitó en el alma de la niña un amor profundo a Jesús en la Sagrada Eucaristía. En 1831, la familia se establece en Marburg (Maribor) en Eslovenia.
Sus relaciones amistosas con el Obispo de Graz, Román S. Zángerle, tuvieron una buena influencia en ella. Éste fue, durante casi dieciséis años, su guía y consejero espiritual en los momentos de las decisiones importantes que hubo de tomar. Ella misma contó, más tarde, que había oído muy pronto la llamada de Dios y que esa llamada se había fortalecido y purificado año tras año. Después de haber reflexionado con madurez y de haber orado para pedir luz sobre la resolución a tomar, declaró: Quiero ser Hermana de la Caridad. Su director espiritual la comprendió y animó. Vicente de Paúl, inspirador de las Hermanas de la Caridad, era bien conocido por la familia Brandis. A un pariente de su familia, Josefa escribía: «Acepte… de mi parte la seguridad… de que tomo esta decisión con conocimiento de causa y con discernimiento, con amor y lucidez a la vez, y que deseo realizarla. Que Dios me dé la gracia para ello» (LW 1, 26) [Vida y obra de la venerable Madre María Josefa Leopoldina Brandis, Fundadora y primera Visitadora de las Hijas de la Caridad de Austria-Hungría, libro escrito por una Hija de la Caridad, en 2 tomos, Imprenta de la Congregación «San Vicente», 1915, Graz].
En el noviciado en Munich, se dedicó con mucho entusiasmo a todos los servicios entre los enfermos, aunque no estaba habituada a trabajos duros. Soportó valientemente las carencias y la pobreza, explicando con frecuencia: «Los pobres no tienen todo lo que necesitan» (LW I, 466). Sor Leopoldina, como se llamaba después de su toma de hábito en la Congregación de las Hermanas de la Caridad de Munich, era una celosa discípula de San Vicente. Quería llegar a ser sierva de los pobres.
A su regreso a Graz con las cinco Hermanas austríacas que habían sido formadas al mismo tiempo que ella en Munich, no dejó de madurar su resolución de encontrar las Reglas primitivas de San Vicente y de incorporarse a las Hijas de la Caridad de París. Cuando constataba que algo era bueno o mejor para su familia espiritual y para los pobres, no descansaba hasta que llegaba a realizarlo. Como no buscaba su voluntad sino la de Dios, pudo escribir después de la unión: «Cada día constato… que una bendición hasta el presente desconocida se derrama sobre nosotras… Jamás tuve dudas… Yo no me considero más que como un cristal, a través del cual nuestros venerables Superiores de París pueden ver la situación de nuestra Comunidad…» (LW I, 321). Sí, Sor Leopoldina quiere ser transparente como un cristal, para permitir a las Hermanas que lean a través de ella la voluntad de Dios…
Será activa en la contemplación y contemplativa en la acción. Cada actividad exterior era para ella también una actividad interior. Seguía a su Maestro Jesucristo. Como Él, Madre Brandis llegaba a los pobres allí donde se encontraban„ especialmente a los que «eran ignorados por la sociedad». Jesucristo debe ser el centro viviente de cada comunidad. Estando unidas a Él, las Hermanas podrán cumplir con éxito su apostolado entre los enfermos y los pobres. Por eso les recomendaba a sus Hermanas: «¿No debemos entrar en las salas de los enfermos como si fueran capillas?»…» (LW II, 466). Ésta es su mística. En el enfermo encuentra a Cristo, y en la oración presenta al Señor las miserias y las necesidades de sus enfermos. Para ella, cada persona es imagen de Dios y cuando esta imagen está disimulada, la descubre con caridad y le muestra su respeto.
En la vida de Madre Leopoldina Brandis, la Santísima Virgen desempeñó un papel importante. Su devoción mariana estuvo también influida por su estancia de nueve meses en París, calle del Bac (del 2 de noviembre de 1850 al 19 de julio de 1851). Como agradecimiento a la Virgen Inmaculada, tuvo la idea de introducir, en 1854, la Novena solemne, llamada la «Gran Novena», antes de la fiesta de la Inmaculada Concepción, que todavía se conserva en nuestros días. Deseaba que la víspera de todas las grandes fiestas marianas, las Hermanas tuvieran en todas su Capillas la Adoración Eucarística. En esto se comprueba la autenticidad de su devoción mariana que la llevaba siempre a Cristo.
Caritas Christi urget nos! Para Madre Lepoldina Brandis, estas palabras no eran únicamente palabras, sino una realidad profunda. La caridad era la Regla-base de su vida y de su obra; por esta razón era capaz, en algunos casos muy concretos, de ir más allá de las Reglas. Los enfermos abandonados y los pobres en sus casas eran para ella un nuevo desafío. Envió a este servicio a Hermanas con experiencia, ya que con frecuencia debían pasar la noche con ellos. Tuvo que renunciar a este apostolado siguiendo las directivas dadas por los Superiores de París. Esto le dio mucha pena. De esta pena interior creció en ella, bajo el impulso del Espíritu Santo, la idea de formar, ella misma, a otras mujeres que atendieran a los enfermos en sus domicilios respectivos y les velaran durante la noche. Fue el comienzo de la nueva fundación de las Religiosas sanitarias». Comprendió que ninguna Regla es tan importante como la persona humana. El 17 de julio de 1875, las tres primeras recibieron el hábito. La comunidad fundada creció rápidamente. Dios bendecía visiblemente su trabajo. Por eso, Madre Brandis escribió para ellas, en 1882, una Regla de vida concreta, verdadera perla espiritual. En ella se dice, por ejemplo: «Como en otro tiempo María partió rápidamente a través de la montaña para prestar caritativamente servicio a su prima Isabel, las Religiosas Sanitarias deben apresurarse hacia los domicilios de los enfermos para llevarles consuelo y ayuda, y servir con un amor desinteresado a los enfermos a los que son enviadas» (Regla de vida III, 1). «En ella (en la Eucaristía) encuentran la recompensa de sus esfuerzos, el consuelo en sus sufrimientos, el celo y la fuerza para nuevos sacrificios; en ella su amor a Jesús se inflamará más en su corazón y el amor sobrenatural hacia el prójimo se fortalecerá cada vez más» (Regla de vida, V, 5).
Madre Brandis tenía un corazón de oro, era una mujer que se ponía totalmente al servicio de Dios y de los pobres. Comprendió la llamada de San Vicente: «Hay que ayudar a los pobres de todas las maneras, ya sea personalmente, ya a través de los demás». Ella cambió el paisaje social y espiritual de la monarquía austro- húngara. Por medio de ella y de sus Hermanas, el Evangelio entró en los hospitales, asilos, cárceles de las diversas provincias, en las instituciones para niños, escuelas, casas de los pobres…
En 1900, había unas trescientas Religiosas Sanitarias. Estaban bajo la dirección de las Hijas de la Caridad. En 1926, fueron reconocidas en Eslovenia como Sociedad autónoma de las Hermanas de María de la Medalla Milagrosa. En las demás partes de la gran provincia de la época, su número disminuyó. Y así, en 1964, Madre Guillemin decidió incorporar al grupo de las Hermanas de María de la Medalla Milagrosa de Austria a la Compañía de las Hijas de la Caridad. La Congregación de las Hermanas de María de la Medalla Milagrosa cuenta hoy con doscientos sesenta miembros que trabajan en dos Provincias: Eslovenia y Croacia. Estas Hermanas son una rama fértil del gran árbol vicenciano.
2. El contexto histórico de la vida y de la obra de Madre Brandis
La opción de vida de la joven condesa María Josefa la sitúa en un nivel social inferior. Sin embargo, va a emplear sus relaciones para sostener las obras de caridad, pero nunca quiso ser tratada de manera distinta a sus Hermanas, a pesar de su origen noble. Más tarde, subrayará este cambio de nivel social, cuando pase a vivir, junto con sus Hermanas, de la antigua ciudad de Graz a las afueras, al otro lado del río Mur, en uno de los barrios más pobres.
El Príncipe-Obispo Zángerle puso grandes esperanzas en estas jóvenes que había enviado a formarse a Munich. Solamente después de haber superado muchas dificultades, el pequeño grupo pudo comenzar su servicio en el Hospital General de Graz, el 24 de abril de 1841, aniversario del nacimiento de San Vicente. Las Hermanas trabajaron gratuitamente, sus condiciones de trabajo eran muy duras, su pobreza grande, vivían de limosna. Sin embargo se presentaron muchas jóvenes como candidatas para este estilo de vida y fueron admitidas. Un año más tarde, las Hermanas se establecieron en una nueva «Casa Madre». Las envidias y las falsas acusaciones no iban a faltar a la comunidad naciente. Madre Brandis escribe: «el Señor nos envía sufrimientos, pero está bien así…». En 1843, es nombrada Superiora de la Comunidad por el Señor Obispo y lo será hasta la muerte. En el mismo año, se ocuparon del hospital de Maribor (Eslovenia) y siguieron otras obras: un hospicio y un hospital para los pobres, así como una casita para permitir descansar a las Hermanas enfermas.
Uno de los puntos culminantes de los esfuerzos de Madre Brandis culminó en el año 1850, con la unión a la Compañía de las Hijas de la Caridad «de París», como dicen las Hermanas. En un viaje a París, una de las propias hermanas de Madre Brandis sometió personalmente su petición a Madre Mazin, el 19 de julio de 1849, fiesta de San Vicente. Madre Brandis ora mucho y hace orar para conocer la voluntad de Dios sobre esta unión. Acepta ir a París, pero la Revolución por un lado y la gran pobreza de la pequeña Comunidad por otro, no hacen posible el viaje. Su familia se esforzará entonces para hacer lo necesario. En aquel momento surge la oposición en el interior de la Comunidad. Sin embargo, Madre Brandis sigue la voluntad de Dios…
El 24 de octubre de 1850 se considera como el día memorable del comienzo de la unión, pues ese día es el de la partida de Madre Brandis hacia París, donde permanecerá unos nueve meses. Por esta razón, el 24 de octubre de 2000 puede considerarse como el 150 aniversario de la unión con la Compañía Internacional. Madre Brandis dice, hablando del tiempo pasado en la Casa Madre en París: «… La misericordia de Dios me ha conducido a un tesoro de gracias insondable e indescriptible». En el momento de su regreso a Austria, la nueva Provincia contaba con ochenta Hermanas, repartidas en cuatro casas. Muchas jóvenes se unieron a ellas. Madre Brandis se preocupó también de que los Padres de la Congregación de la Misión fuera a Austria y en 1853 se fundó la primera comunidad en Graz.








