La llegada de las Hijas de la Caridad a España y su contexto histórico (III)

Mitxel OlabuénagaHistoria de las Hijas de la CaridadLeave a Comment

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La enseñanza como problema

Antes aún que la beneficencia propiamente dicha y como reforma imprescindible para combatir la pobreza en su raíz preo­cupó a los políticos ilustrados el problema de la enseñanza. Bien es verdad que la mayoría de sus medidas en este campo se orien­taron a la reforma de las enseñanzas media y superior, que no dicen relación directa con nuestro tema, pero también la enseñanza primaria fue objeto de la atención gubernativa. Puede de­cirse que antes del siglo XVIII el Estado español se había de­sinteresado totalmente de ese tipo de enseñanzas, enteramente en manos de la iniciativa privada. De ahí el analfabetismo casi universal que imperaba en el país, sobre todo entre la población le menina incluso de las clases dirigentes. Es una Real Cédula del 12 de julio de 1781 la que por primera vez establece en España, al menos teóricamente, la enseñanza obligatoria. Siguieron otras muchas medidas orientadas a estimular la difusión de la enseñanza y la cultura tanto de los niños como de las niñas’

En ese contexto inicia la Compañía de las Hijas de la Caridad su implantación en España. Es interesante observar, por ejemplo, cómo el P. Durán en su memorial al ayuntamiento para proponer la fundación de las Hermanas el 2 de julio de 1783 se ampara precisamente en la Real Cédula de 11 de mayo de aquél mismo año por la que se disponía «el establecimiento de escuelas gra­tuitas en los Barrios de Madrid, en que se dé buena educación a las Niñas, tan necesaria y útil al estado, al bien público y a la Patria y que se extienda a las Capitales, Ciudades y Villas de sus Reinos». Los responsables de la Compañía en España, es decir, los Padres Paúles, parecen compartir el proyecto político entonces en vías de realización. Lo mismo sugieren las expre­siones ya citadas de la «Breve Noticia» de 1782, al reconocer que el Rey con su Ministerio y Consejo «ahora más que nunca discurre y trabaja para el común alivio y enseñanza de toda suerte de pobres» y deducir de ello la utilidad que produciría la intro­ducción en nuestro país de las Hijas de San Vicente. Se ha afirmado que fue «mérito peculiar de Floridablanca que las altas dignidades eclesiásticas no sólo asumieron los postulados regalistas sino que incluso los difundieron»». En esa corriente de aceptación de la política oficial parecen haber entrado los Paúles de la época, al menos en sus estratos dirigentes.

De todos modos, los ilustrados no podían sustraerse a sus prejuicios antieclesiásticos. Yo sospecho que el silencio admi­nistrativo con que se responde —o, mejor no se responde— al proyecto de Barbastro obedece a esos prejuicios. Se quería la enseñanza de las clases populares pero no se deseaba que fuera impartida por la Iglesia. Un hombre de suyo piadoso y católico en todas sus manifestaciones públicas, el Conde de Fernán Núñez —el embajador que hizo posible el regreso de las Hermanas y su instalación en el Hospital de Santa Cruz—, dispuso en su testamento la fundación en el pueblo de su título, en la provincia de Córdoba, de «una Casa de educación de niñas huérfanas po­bres». Pues bien, la cláusula testamentaria deja bien claro que «sólo se las críe para madres de familia, sin vestido religioso, capilla en casa, refectorio ni nada que huela a educación de monjas». «Todas las maestras deben ser seglares»». La fundación de Barbastro sólo sería posible cuando, tras la caída de Floridablanca en febrero de 1792, su efímero sucesor, el Conde de Aranda, y luego Godoy emprendan una política que, sin renegar de las líneas esenciales de la Ilustración, resulta más respetuosa con la tradición caritativa española, cuyas iniciativas y realiza­ciones emanaban directamente en la Iglesia y las fundaciones privadas de seglares piadosos. Ahí se encuentra a mi entender la razón de que la licencia real, que fue imposible conseguir para Barbastro y Barcelona en 1783 y 1790, se obtuviera con tanta rapidez y facilidad para Barbastro, Lérida y Reus en 1792-1793.

Hospitales y asilos

Entre las iniciativas caritativas tradicionales de la Iglesia es­pañola destacaban los Hospitales. Había innumerables hospitales, demasiados hospitales. Pero nada más distinto en su organización de los modernos hospitales que los hospitales del antiguo régi­men. Muchos de ellos debían su fundación a píos legados de algunas familias ilustres que habían querido de ese modo per­petuar su acción caritativa y acaso tranquilizar el malestar de su conciencia acerca del origen de sus riquezas. A veces coincidían en una misma institución varias fundaciones distintas, cada una de las cuales disponía de sus propios recursos y atendía a sus propios enfermos. Un ejemplo típico que afectó muy de cerca a las Hermanas era el Hospital de Santa Cruz, donde encontramos, por lo menos, la fundación Darder y la fundación Llupiá. Todo ello enmarañaba y complicaba la administración, que, por lo ¡;eneral dependía de un patronato o junta de los que formaban parte lo que llamaríamos las «fuerzas vivas» de la ciudad: el Ayuntamiento, el Cabildo Catedralicio, el Obispo, los represen­tantes de las distintas fundaciones y legados… Por otra parte, la atención sanitaria y humana era en la mayoría de los casos muy deficiente. Hay que hacer la honrosa excepción de los centros regentados por los Hermanos de San Juan de Dios u otras co­fradías como la de los Obregones de Madrid. En otros muchos, en la mayoría, el cuidado de los enfermos estaba confiado a sirvientes asalariados, hombres y mujeres, carentes de toda for­mación profesional.

El movimiento hospitalario catalán

De ahí que en estos arios finales del siglo XVIII se produzca en Cataluña un poderoso movimiento hospitalario, que atendía, en general, a sustituir los enfermeros y enfermeras asalariados que hasta entonces los habían atendido por asociaciones de sir­vientes voluntarios o vocacionados, que diríamos hoy. Las Juntas encontraban en esas asociaciones una doble ventaja: la mejora del servicio y el abaratamiento de los costos, pero al mismo tiempo, las Juntas, sobre todo la de Barcelona, eran muy celosas de su propia autoridad. No querían en modo alguno que los miembros de tales asociaciones formasen cuerpo o Hermandad distinta del común de las gentes ni dependiesen de superior ajeno al hospital ni se ligasen con voto alguno. Y hasta tal punto extremaban en esto las precauciones que más de una vez se negaron a facilitar a otros hospitales informes sobre la organi­zación de las que funcionaban en el suyo y cuando accedían a dar los informes, hacían constar expresamente que la posible asociación que se formase en el otro centro no tendría ningún vínculo o lazo de unión con las suyas. Tal es el caso de los Hospitales de Mataró, Olot, Gerona, Cervera, Figueras, Tarra­gona, todos los cuales acudieron al de Santa Cruz para que les ayudase a constituir sus respectivas asociaciones de hospitalarios y hospitalarias’. Esta mentalidad coloca en su marco histórico el conflicto entre las Hijas de la Caridad y los administradores del hospital barcelonés.

Con todo, los orígenes del movimiento hospitalario catalán hay que buscarlos en la figura y la obra de San Vicente de Paúl.

En efecto, la primera de esas asociaciones fueron los Hermanos hospitalarios de Santa Cruz y ya vimos cómo dependieron en su organización y espíritu de las directrices que les marcó el P. Nualart. Lo mismo prueba el hecho de que cuando el contencioso entre las Hermanas y los administradores del Hospital estaba en su punto álgido, éstos pidiesen a aquéllas sus Reglas para tenerlas como pauta al redactar las nuevas constituciones que planeaban.

La misma dependencia o más estrecha todavía existe entre la obra vicenciana y la llevada a cabo por una gran figura del movimiento caritativo catalán, el Dr. Jaime Cessat. En 1798 este virtuoso sacerdote fundó a sus expensas un hospital en la villa de Valls, de cuya iglesia de San Juan Bautista era párroco. Su intención era confiar el nuevo establecimiento a las Hijas de la Caridad «fundadas por la venerable Luisa de Marillac». En vista de la dificultad en conseguirlas, se decidió a reunir a tres doncellas vallesanas, que se encargarían de él «ínterim y hasta que tengan concedido el establecimiento de las Hermanas de la Caridad que se espera conseguir». Descartada definitivamente esa posibilidad, con el paso del tiempo y a través de no pocas vicisitudes, la fundación de Valls acabará por dar origen a dos Congregaciones religiosas, el Pío Instituto de la Caridad del Inmaculado Corazón y las Religiosas de la Sagrada Familia de Urgell, que a través del Dr. Cessat recibieron el espíritu del «glorioso San Vicente», cuya conducta él confiesa que le «ha animado mucho» y le ha inspirado incluso detalles constitucionales como el proponer a las Hermanas los cuatro votos simples renovables cada año.

Estrecha relación tuvo con el Dr. Cessat otro gran promotor de obras caritativas, el presbítero D. Juan Bonal, fundador de las Hermanas de Santa Ana de Zaragoza. También él se inspiraba en las Hijas de la Caridad ya que su vocación hospitalaria se fraguó durante su estancia en Reus, donde por siete años (1796­1803) fue visitante asiduo del Hospital, regentado por las Her­manas. De Reus pasó a ocupar el cargo de Vicario del Hospital de Santa Cruz, donde conoció el espíritu y organización de los Hermanos y Hermanas Hospitalarios. Unos y otras, ambos de raigambre vicenciana, le servirían de modelo y vivero vocacional para su obra zaragozana.

Al contrario de las Juntas administradoras de los diversos hospitales, Cessat y Bonal eran hombres de amplias miras y de visión de futuro. No contentos con la fundación de hermandades aisladas aspiraron a reunir en una sola organización de ámbito nacional, que se colocaría bajo los auspicios del Cardenal Ar­zobispo de Toledo, todas las asociaciones caritativas que iban floreciendo en los hospitales catalanes y aragoneses. Más aún, en un momento dado, pensaron incluso en integrar en ella a las mismas Hijas de la Caridad, a pesar de los problemas que pre­veían: «no faltarán dificultades, —le escribía Cessat a Bonal en 1808— porque se ha de tropezar con Ayuntamientos, Adminis­traciones y con los Paúles, si se trata de reunir las suyas a nuestras Hermandades, que tal vez sería lo mejor». Y es que, en realidad, su proyecto había sido inventado casi dos siglos antes por San Vicente de Paúl. En aquellos momentos en que las Hijas de la Caridad no disponían ni en España ni en Francia, donde estaban suprimidas por la Revolución, de organización propia, los Paúles, depositarios del carisma y la legitimidad institucional vicencia-nas, tenían el sagrado deber de defender la autonomía de la Compañía. Y la defendieron. El tiempo les daría la razón. Como hemos visto, las Hermandades de Cessat y Bonal acabarían por erigirse a su vez en Congregaciones e Institutos religiosos in­dependientes y dotados de personalidad propia.

Es absolutamente necesario tener en cuenta esa mentalidad así como el recelo de los ilustrados, incluidos muchos obispos, hacia la dependencia de las comunidades religiosas de superiores generales extranjeros a la hora de explicar históricamente dos graves problemas que muy pocos años más tarde iban a com­prometer seriamente la vida de la naciente Provincia española de las Hijas de la Caridad: el llamado cisma de Reus, que acabó por dar nacimiento a otra Congregación más de inspiración vicenciana, las Hermanas de la Consolación de Santa María Rosa Molas, y la escisión en Madrid del Real Noviciado y su sumisión al Cardenal Arzobispo de Toledo por obra de Sor Lucía Reventós. Esta, no lo olvidemos, había coincidido en Reus con Mosén Juan Bonal. En ambos casos, como preveía el Dr. Cessat, los Paúles fueron los enérgicos defensores de la unidad y autonomía de la Compañía. De ellos recibió inspiración y en ellos encontró in­condicional apoyo Sor Manuela Lecina.

Expósitos e Inclusas

En estos finales del siglo XVIII las Inclusas o Casas de Ex­pósitos solían ser un departamento de los Hospitales. Todo lo que sabemos de ellas nos lleva a la conclusión de que su situación era verdaderamente lastimosa y la atención que los niños recibían en ellas y, sobre todo, hasta llegar a ellas, totalmente inadecuada o, peor aún, nociva para su salud y su vida. Escritores de la época» se extienden largamente sobre la horrorosa suerte que cabía a tantas criaturas desamparadas. Escogeré sólo unas pe­queñas muestras. «Por lo que mira a los Expósitos, es increíble el abandono, con que han sido tratados en casi todo el Reyno; y si se calcula el número de los que han muerto y aún mueren por este motivo, se hallará sin duda que no deben contarse cada año por centenares, sino por miles»». La causa más común de tantas defunciones eran las pésimas condiciones en que se hacía la recogida de los niños y su traslado a la Casa de Misericordia más próxima. La de Zaragoza escribía: «los acostumbran a enviar en cualquier estación y tiempo del año, sin preceder ningún aviso, embanastados quatro o seis criaturas en una caballería, como si fueran lechoncillos, con una sola muger por carga que los ali­mente». «Apenas los recogen las Justicias y los bautizan los Curas… buscan una muger que les dé de tetar y luego un hombre, que por lo regular en cada Lugar hay uno, conducido para ello, a quien entregan la criatura con una carta para las demás Justicias: el conductor la mete con sus malos paños en unas alforjas, y así la lleva al Lugar más inmediato: y como apenas le quedan veinte y quatro maravedís por cada viage, hace la diligencia guando más le acomoda y si por tardar padece hambre este nuevo Vi­viente, lo acostumbra acallar con vino. Así sucio y trapajoso lo presenta a la Justicia del Pueblo donde lo traslada, la qual hace la misma diligencia y de este modo de Lugar en Lugar lo con­ducen mientras tiene vida…» «Llegan, pues estos infelices, re­nuevos de nuestra especie, a nuestro Hospital después de haber rodeado muchas leguas más de las que hay por caminos rectos, después de haber catado mil leches diferentes, vino y agua; des­pués de haber sufrido las intemperies del clima, la humedad de la noche, el ardor del Sol, la porquería de sus excrementos… y el traqueo de tan largo camino con el movimiento e inhumanidad de tan bárbaros conductores, roto quizá el ombligo o aplastada la cabeza».

No mejoraba mucho la suerte de los expósitos una vez lle­gados al hospital. Aquí, según el informe proporcionado por un Eclesiástico de Santiago de Compostela, el Administrador los daba a lactar a las mujeres del contorno, obligándolas a ama­mantarlos, a lo que ellas se resistían promoviendo toda clase de recursos «para justamente eximirse de su admisión: hacen y re­piten representaciones a dicho Administrador y mientras se prac­tican estas diligencias, niegan el pecho guando no todo el alimento al niño y así perece de hambre esta desgraciada criatura»51. Si enferman durante la lactancia, los llevaban de nuevo al hospital «pero me consta que ningún cuidado tienen de ellos los Médicos y Cirujanos y que regularmente mueren víctimas de la poca pa­ciencia: y lo que no se puede pronunciar sin llanto, del malicioso intento de unas inhumanas mugeres a quienes este Hospital en­carga su cuidado». Las nodrizas forzosas tenían obligación de criar a los niños hasta los siete años pero, una vez cumplidos éstos, «quedan libres estos Niños e igualmente las personas que cuidaron de su crianza. Unos se quedan en la misma casa y se emplean en algún exercicio proporcionado, según la voluntad de sus padres putativos: y otros se hacen vagantes y mendigos sin que el Hospital tenga más conocimiento de ellos».

No es de extrañar que la Iglesia, el Estado y los particulares caritativos se interesaran en mejorar la situación. El Conde de Fernán Núñez, por citar un ejemplo próximo a las Hermanas, además de las escuelas de que ya hemos hablado, hizo disponer a sus expensas en el albergue de la Caridad de su ciudad un torno para recibir a los niños y conducirlos a Córdoba y un cuarto médico, comadrona y ama para asistir a las madres. Hubo otras muchas fundaciones análogas. Obispos y Administraciones hos­pitalarias buscaban afanosamente soluciones para tan desastrosa situación. La llegada de las Hijas de la Caridad y su actuación en el hospital de Barcelona fue un verdadero rayo de esperanza. De ahí que muy pronto tuvieran a su cargo las Inclusas de Lérida y Reus, anejas a los respectivos hospitales y, sobre todo, las de Madrid y Pamplona.

Esta última encontró en el obispo Uriz un ardoroso y en­tusiasta propagandista. Tan satisfecho estaba con la labor que habían desempeñado que Afirmaba «si se quieren frutos copiosos y sanos, búsquense para estas casas hijas de la Caridad de S. Vicente de Paúl» y después de exponer sus métodos de trabajo y género de vida, insistía: «Preveo me opondrán algunos con gracia que fuera de propósito me he empeñado en hacer la apo­logía de las hijas de la Caridad, lo cual no es capaz de detenerme en lo que egecuto, porque sobre que se debe este reconocimiento a su mérito y servicios, la relación no se ha podido escusar, demostrando, como demuestra ser tan útiles, que importa bus­carlas y establecerlas en todas estas Casas, sin perdonar a trabajo ni diligencia hasta asegurarlas. Lo sensible es que las tengamos en tan corto número y lejos de arrepentirme de lo que he referido de ellas, suplico humildemente a S. M. mande tomar las medidas convenientes para que se aumenten y proporcionen las necesarias».

Los deseos del buen obispo iban camino de realizarse. La creación en 1803 del real Noviciado de Madrid obedecía a ese propósito de afianzar y propagar el Instituto. Y precisamente la fundación de Pamplona por él patrocinada iba a ser responsable en buena medida de la conversión en un poderoso árbol del grano de mostaza plantado quince años antes en el hospital de Barce­lona. Navarra fue muy pronto el principal vivero vocacional de la incipiente Provincia. Basten estos datos: de las 811 Hermanas ingresadas en la Compañía en sus primeros cincuenta años de existencia en España (1792-1842), 270, es decir el 33,29 por ciento, eran naturales de Navarra, si bien eran seguidas de cerca por las catalanas (231), que fueron predominantes en los primeros veinticinco años, y algo más de lejos por las valencianas (69), aragonesas (67) y vascongadas (57).

Conclusión

La llegada de las Hijas de la Caridad a España a finales del siglo XVIII se produjo en un momento histórico óptimo para su arraigo y propagación. Quince años les habían bastado para asentarse en puntos claves de la Península y poner en marcha todas las obras fundamentales de su vocación: hospi­tales, escuelas, asilos e inclusas. Antes de cumplir el siglo estarían establecidas en las cincuenta provincias españolas. La razón era que el Instituto respondía plenamente a las demandas que en aquellos momentos se estaban haciendo la sociedad y la Iglesia española:

  • una nueva organización de la beneficencia planificada a escala nacional, que desbordaba y dejaba anticuadas las loables pero limitadas iniciativas locales con que hasta entonces había respondido al reto de la pobreza;
  • nuevas técnicas de asistencia sanitaria a enfermos, ancia­nos y niños;
  • nuevas exigencias de la educación femenina, que pre­parara a la mujer para el salto histórico que iban a significar para ella los cambios sociales y políticos en gestación;
  • nuevo protagonismo en el servicio caritativo, que daría a la mujer el lugar que durante siglos se le había negado;
  • sobre todo, un nuevo espíritu que, sin renegar de la rica tradición española representada por Luis Vives o San Juan de Dios, la enriqueciera con el vigoroso aliento del carisma vicenciano.

Tenía razón el autor de la Breve Noticia de 1782 al juzgar que «sería muy de la gloria de Dios y de grande utilidad para nuestra España que se fuesen introduciendo estas Hijas, no sólo en las ciudades, pero aún en las más principales villas, ya que nuestro Católico y tan piadoso Monarca, con su celoso Ministerio y Supremo Consejo, ahora más que nunca discurre y trabaja para el común alivio y enseñanza de toda suerte de pobres». Os decía al principio que en esas palabras creía yo descubrir una de las claves del arraigo y crecimiento de las Hijas de la Caridad en España. Me daría por satisfecho con que esta larga exposición haya servido para probar que no estaba equivocado.

José Mª Román

CEME

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