La llegada de las Hijas de la Caridad a España y su contexto histórico (I)

Mitxel OlabuénagaHistoria de las Hijas de la CaridadLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: .
Tiempo de lectura estimado:

En el verano de 1782 se publicaba en Barcelona un folleto anónimo titulado Breve noticia del Instituto de las Hijas de la Caridad’. Escrito con el manifiesto propósito de dar a conocer y procurar la implantación de la institución vicenciana en España, el librito termina con esta clarividente manifestación: «Se da ahora una breve noticia de todo esto al público, por juzgarse sería muy de la gloria de Dios y de grande utilidad para nuestra España que se fuesen introduciendo estas Hijas, no sólo en las ciudades, pero aún en las más principales villas, ya que nuestro Católico y tan piadoso Monarca, con su celoso Ministerio y Supremo Consejo, ahora más que nunca discurre y trabaja para el común alivio y enseñanza de toda suerte de pobres. Dios se digne mover los co­razones de todos los que pueden contribuir a tan santa obra. Amén». Hace tiempo que esas reveladoras palabras de un contemporáneo de los acontecimientos constituyen un reto para mi instinto de his­toriador, pues en ellas creo encontrar una de las claves del sólido arraigo y el rápido crecimiento que la obra de San Vicente de Paúl iba a experimentar en nuestra Patria. Responder a ese reto es el propósito íntimo de mi exposición.

  1. LA LLEGADA

Aunque el relato de la llegada a España de las Hijas de la Caridad ha sido hecho varias veces con algún que otro error y mayor o menor detalle, pero, en conjunto, con suficiente exactitud’, creo sin embargo conveniente comenzar mi aproximación al am­biente histórico en que se produce evocando al menos los hechos fundamentales y ofreciendo de paso algunas precisiones.

La iniciativa barbastrense

Parece fuera de duda que la iniciativa de implantar en España el Instituto de las Hijas de la Caridad surgió en Barbastro y fue idea del P. José Durán, superior de la casa de la C.M. en aquella ciudad aragonesa. La ocasión fue la siguiente: algunas personas piadosas habían hecho al P. Durán varios donativos destinados a obras de caridad. El superior de Barbastro decidió dedicar aquellas sumas a la fundación de un establecimiento docente a  cargo de las Hijas de la Caridad. Con este objeto, que entonces no desveló, el 24 de marzo de 1782 compró al maestro tejedor Vicente Talón unas casas y huertas.

Un año más tarde, el 10 de marzo de 1783, el canónigo de Barbastro D. Antonio Jiménez, conocedor de los propósitos del P. Durán, redactaba su testamento. En él, remitiéndose a una declaración suya posterior que lleva la fecha del 25 de junio, dejaba a disposición del mismo P. Durán varios inmuebles de su propiedad destinados a servir de sede a un establecimiento de enseñanza regido por las Hijas de la Caridad. Formulaba además la promesa de entregar a éstas la suma anual de 50 libras jaquesas.

Una vez en posesión de estos recursos, el P. Durán se puso en acción. El 2 de julio de 1783 dirigía al Ayuntamiento una exposición solicitando su intervención para obtener del Rey la licencia necesaria. Lo mismo hizo ante el Obispo y el Cabildo catedralicio. Por otra parte, el día 9 firmaba con el nuevo Superior de la casa, P. Rafael Pi’, una declaración conjunta haciendo constar que tanto las casas compradas a D. Vicente Talón como las recibidas del Canónigo D. Antonio Jiménez se destinaban a las Hermanas y el día 13 hacía cesión formal de todo ello en favor de la proyectada fundación.

Las cosas se resolvieron con prontitud. En los días inmediatos las tres autoridades dieron su conformidad y el 15 del mismo mes cada cual por su parte elevaba sendas representaciones al Primer Secretario de Estado, Conde de Floridablanca, no sin acompañarlas de una cartita particular al Consejero D. Benito Puente para que interpusiera en el asunto sus buenos oficios. De momento, ahí acabó todo, pues al parecer, las súplicas se extra­viaron en las laberínticas covachuelas de Palacio. En todo caso, no hubo respuesta de las altas autoridades de la Nación.

Las primeras aspirantes

Faltaba, además lo principal. Faltaban las Hermanas. En agosto de 1781, el P. Nualart, recién nombrado Visitador, pasaba la visita canónica a la casa de Barbastro, de donde era Superior el P. Durán. Sin duda, trataron de los proyectos que éste traía entre manos. No sabremos nunca quién interesó a quién en la traída de Hermanas a España. Lo cierto es que por entonces, bien personalmente, bien por escrito, el P. Nualart gestionó la au­torización para fundar en España Hijas de la Caridad ante el Superior General P. Jacquier, Este contestó afirmativamente con la única condición de que, para ello, se enviasen a Francia jóvenes españolas que manifestasen deseo de ingresar en la comunidad y que, una vez formadas en los deberes de su vocación, regre­sarían a su país. Ante esa respuesta, Durán y Nualart, cada uno por su parte, se dedicaron a buscar candidatas. Reunieron pronto un grupito de seis, destinadas a ser semilla de la familia española de San Vicente de Paúl. Repitamos sus nombres en esta solemne fecha del comienzo del tercer siglo de historia de las Hijas de la Caridad en nuestra patria.

Josefa Esperanza Antonia Miguel, nacida en Barcelona el 4 de marzo de 1753. (Sor Josefa Miguel)

María Esperanza Ignacia Blanc Ranzón, nacida en Barbastro el 18 de diciembre de 1756, hija de Jorge y María. (Sor María Blanc)

María Teresa Manuela Aguas, nacida en Besiáns, lugar de Perrarúa, Barbastro, el 6 de agosto de 1760, hija de José y Teresa. (Sor Manuela Lecina)

Ana María Antonia Andreu 011er, nacida en Palau Tordera, Barcelona, el 1 de diciembre de 1762, hija del boticario de Palau. (Sor Antonia Andreu)

Catalina María Reventós o Raventós Rosell, nacida en Vi-lanova de Cubellas, Barcelona, el 11 de diciembre de 1762, hija de Magí, payés, y María. (Sor Lucía Reventós)

Teresa Antonia Francisca Cortés Baró, nacida en La Pobla de Segur, Lérida, el 21 de diciembre de 1762, hija de Benedicto, cirujano, y Elisabeth. (Sor Teresa Cortés)lo.

Los años de formación en Francia

Las seis se pusieron incondicionalmente a la disposición del P. Nualart y éste, tras las oportunas gestiones, organizó su viaje a Francia. El destino inmediato era la ciudad de Narbona, donde deberían hacer su postulantado o período de prueba. Acompañadas por el P. Nualart en persona emprendieron el viaje el 18 de marzo de 1782. Consta que los gastos de desplazamiento de las dos aragonesas corrieron a cuenta de la casa de San Vicente de Paúl de Barbastro: «a sus expensas». Al cabo de cinco días llegaron a Narbona y fueron distribuidas del siguiente modo: Josefa Miguel, María de Blanc y Manuela Lecina al Hospital; Teresa Cortés a la Parroquia, dependiente también del Hospital; Antonia Andreu y Lucía Reventós a la Misericordia. «Repartidas en dos casas», dice simplemente el manuscrito de 1830. Permanecieron en Narbona cinco meses. A mediados del siguiente mes de agosto se trasladaron a París para ingresar en el Seminario, lo que hicieron el día 25 del mismo mes, fiesta de San Luis Rey de Francia. Al cabo de seis meses «poco más o menos» recibieron el hábito y fueron destinadas a diversas casas: Sor Miguel, sucesivamente, al hospital de Incurables de París, a Liesse y Chauny, en Aisne, y a la sacristía de la Casa Madre; Sor María Blanc y Sor Lucía Reventós, a la enfermería de la Escuela Militar de Gros Caillou; Sor Lecina, al hospicio des Petites Maisons de París; Sor An­tonia Andreu a Fontainebleau, en la Real Casa de Caridad y Sor Teresa Cortés primero al hospicio del Niño Jesús de París y más tarde a la parroquia de Notre Dame de Versalles’.

Sabemos poco de la vida interior de las seis jóvenes se­minaristas durante los años de su permanencia en Francia, que tan decisivos debieron ser para la formación de su personalidad. El Seminario seguía la pauta rutinaria señalada en los Estatutos, consuetudinarios y tradiciones de la Compañía. Del ambiente comunitario que allí les tocó vivir tenemos testimonios con­temporáneos en la biografía de una seminarista ingresada en él cuatro años después de las españolas, Sor Juana Antida Thouret. Era un ambiente de sana y gozosa fraternidad sazo­nada a veces con lances de buen humor, de severidad más aparente que real, dominado por la bondadosa personalidad de las Superioras Generales Madres Magdalena Drouet (1778­1784) y Renata Dubois (1784-1790). Director de Hermanas era, al menos nominalmente, pues en los últimos años la en­fermedad le impedía moverse, el P. Bourgeat. Las conferencias espirituales de éste, cuidadosamente copiadas a mano en un grueso volumen, serían uno de los pocos libros que ellas se traerían como equipaje espiritual a su regreso de Francia. Un análisis pormenorizado de esas conferencias revelaría sin duda las claves de la formación que recibieron y que, como no podía menos de ser, respondía a la venerable tradición vicenciana amorosamente conservada en la comunidad aún en aquellos años de relativa relajación’.

Las seis Hijas de la Caridad españolas presenciaron, unas más directamente que otras, los primeros episodios de la Re­volución francesa. Sor Teresa Cortés sería testigo ocular en la parroquia de Notre Dame de Versalles de la sesión constitutiva de los Estados Generales, que se iniciaron con una procesión desde aquella iglesia a la de San Luis, ambas regidas por los Paúles, y de las agitadas jornadas del juramento del Juego de la Pelota y de la proclamación de la Asamblea Constituyente. Desde su oficio en la sacristía de la Casa Madre, Sor Josefa participaría en la zozobra de toda la comunidad en la madrugada del 13 de julio de 1789, marcada por el saqueo de San Lázaro y el doble registro de la Casa Madre de las Hermanas por grupos revolucionarios. Las otras cuatro, más alejadas del escenario principal de los hechos, sobre todo Sor Antonia Andreu, que se encontraba en Fontainebleau, seguirían con preocupación los acontecimientos.

El regreso

El estallido de la revolución iba a ser la ocasión del regreso a la patria de las Hermanas españolas. Para que ese regreso se realizara del modo que conocemos y se concretara en la entrada de las Hermanas en el Hospital de Santa Cruz de Barcelona fue necesaria una larga serie de circunstancias.

Los Padres de la Misión estaban desde bastante antes rela­cionados con el Hospital. Del 19 al 24 de marzo de 1784, el Visitador P. Nualart había dirigido precisamente en la Casa-Misión los ejercicios espirituales con que se prepararon a iniciar su caritativo servicio en el Hospital los diez primeros Hermanos de la Santa Cruz. El intervino en la redacción de sus Constitu­ciones, les prescribió los mismos actos de piedad usados en la Congregación de la Misión, les dio como guía para su oración su propio manual de meditaciones y él les impuso el hábito. Y dos misioneros, los PP. Tost y Rebolleda, les acompañaron en la solemne procesión con que en la tarde del 24 de marzo se trasladaron de la casa-misión al hospital’. Surgía así, en la estela de la caridad y el espíritu vicencianos, la primera de las asocia­ciones hospitalarias catalanas que tanto iban a proliferar en aque­lla vertiente de siglo que era también la vertiente de una edad de la historia.

La fundación en Barcelona

El caso es que cuando a finales de 1789 la Junta de admi­nistradores del Hospital de Santa Cruz decide destinar el legado Llupiá a la creación de una hermandad femenina análoga a la de los Hermanos, que atendiese a las salas de mujeres como ésta atendía a las de hombres, un haz de diversas fuerzas converge sobre el proyecto y hace que éste se concrete en la venida de las Hijas de la Caridad. Ante todo, las Hermanas españolas —y quizá también sus Superiores franceses— deseaban repatriarse bien por realizar los propósitos que las habían llevado a Francia, bien por temor a los desmanes revolucionarios; por su parte, el Embajador de España en París, Conde de Fernán-Núñez», quería reexpedir a España no sólo a las Hermanas sino también a otros españoles residentes en Francia tanto para librarlos de peligros como para preservarlos del contagio de las ideas revolucionarias y al efecto empieza a buscarles ocupación en España, primero en el Hospital de la Pasión de Madrid y luego en el de Barcelona; los admi­nistradores del Hospital, como acabamos de ver, buscaban cómo emplear la fundación Llupiá en beneficio de los acogidos y, de paso, en alivio de los gastos de la Institución; por fin, los Paúles españoles no habían renunciado nunca al proyecto inicial de hacer volver a las jóvenes que con tanta ilusión habían enviado a París siete años antes. Ciertamente que no vivía ya el P. Durán, fa­llecido en 1784, y que el P. Nualart, alejado en su destino de Palma de Mallorca, moriría aquel mismo año de 1790. Pero al frente de la Provincia se encontraba como Visitador el mismo P. Rafael Pi que había firmado con el P. Durán la cesión de los bienes de Barbastro a favor de la futura fundación de Hermanas. Cerrado al parecer por el silencio administrativo el camino de aquel establecimiento, el P. Pi debió pensar que debía aprove­charse la ocasión que se ofrecía en Barcelona. Desde luego, sólo a través de los Padres de la Misión podían conocer los adminis­tradores del Hospital la existencia en Francia del grupito de as­pirantes españolas partidas siete años antes.

No voy a detenerme en relatar las vicisitudes de la negociación entre los administradores del Hospital y los Superiores de la Compañía, P. Félix Cayla de la Garde y la Madre Renata Dubois, con el Conde de Fernán Núñez como mediador entre las partes. Lo que sí me interesa es aclarar las circunstancias que llevarían al fracaso de la fundación. Los puntos de partida no podían ser más distantes. Los administradores del Hospital bus­caban una comunidad nueva y sometida por entero a su autoridad. Las Hijas de la Caridad pensaban en una fundación más, al servicio del establecimiento, desde luego, pero formando ínte­gramente parte de la Compañía y regulada por su legislación interna. La distancia parecía insalvable. Un problema análogo había hecho fracasar un año antes las tentativas de instalar a las Hermanas en el Hospital de la Pasión de Madrid. Pero ahora las negociaciones se hacían bajo el signo de la urgencia. El Emba­jador tenía prisa por ver fuera de Francia a las Hermanas espa­ñolas. Los superiores parecían acuciados por la misma preocu­pación. Sobre uno y otros pesaban las circunstancias políticas. De ahí las imprecisiones del acuerdo final. Las consecuencias no tardarían en sentirse.

Pero de momento todo parecía felizmente concluido. En París la Madre Dubois despidió cariñosamente a las cinco Her­manas españolas. A última hora se había decidido que una de ellas, Sor Antonia Andreu, fuera sustituida por una francesa más experimentada cuya compañía se consideraba necesaria para dar solera y veteranía al grupito de iniciadoras. Fue elegida para el caso la Asistente General, Sor Juana David. Sor Dubois renunciaba generosamente a ella en favor de la nueva funda­ción. Junto con su asistente les hizo otro regalo acaso más valioso: el 6 de mayo de 1790 les entregaba, fielmente copiado del original y firmado y sellado por ella misma y sus asistentes, el ejemplar de las Reglas Comunes que debería servirles de norma de vida y gobierno. Constituye un volumen manuscrito de 198 pp. y 24 x 18 cm. En el reverso de la p. 193 figura la certificación de su entrega a las Hermanas españolas, que dice textualmente: «Ce livre de Regle a eté donné a Nos Soeurs Jeanne David, Josephe Esperance Michel, Marie Esperance Blanc, Marie Therése Lecine, Frangoise Antoniette Therese Cortes, et Marie Catherine Rebentos allant commencer l’Es-tablissement de Barcellonne Le 6 May 1790./ Siguen las firmas en renglones distintos: Renée Dubois superieure— Soeur Jeanne David assistente— Genevieve Silloy econome— Sebastien-ne Tonnellier officiére. Debajo, en relieve seco, lleva el sello de las Superiora General’. Es la partida oficial de nacimiento de las Hijas de la Caridad españolas. Iban a necesitarla. Veinte días más tarde, el 26 de mayo de 1790, miércoles de Pente­costés, las Hermanas hacían su solemne entrada en el hospital de Barcelona. Las condujo hasta él en sus propios coches el Capitán General de Cataluña, Conde de Lacy, a quien ellas se habían presentado nada más llegar, con las cartas de recomen­dación del Embajador Fernán Núñez. Simbólicamente, dos días antes, en París, había cesado en su oficio la Madre Dubois y en su lugar había sido elegida Sor Antonieta Deleau. La fun­dación de España había sido el último acto de gobierno de la última superiora anterior a la Revolución.

Los problemas

Por debajo de las apariencias, sin embargo, seguían latiendo los problemas irresueltos. Por de pronto, las Hermanas no pudieron iniciar sus trabajos hasta tres meses más tarde. Las señoras que hasta entonces los habían desempeñado —un grupo de devotas subvencionado por la Causa Pía Darder y que por eso eran llamadas «Darderas»— alegaban los derechos adqui­ridos y no se resignaban a las disposiciones de la Junta. Por fin se llegó a un acuerdo por el que las Darderas se limitarían a atender el departamento de dementes y dejarían las salas de mujeres enfermas y de expósitos en manos de las Hijas de la Caridad, aunque podrían seguir asistiendo a las enfermas a las horas de comida y cena. Así se hizo el 22 de agosto de aquel mismo año. Las Darderas «se retiraron a la casa de su habi­tación desconsoladísimas y penetradas del más vivo dolor por tener que dejar a sus enfermas». Las Hermanas pueden empezar por fin a prestar los servicios caritativos para los que habían sido contratadas. Y lo hicieron con la dedicación, la compe­tencia y el acierto que de ellas podía esperarse: bajo su dirección —anota el Manuscrito— «mejoró notablemente así el servicio de las enfermas como el cuidado de los Niños Expósitos, con universal contento y aplauso de toda la ciudad de Barcelona por espacio de un año y ocho o nueve meses, esto es, mientras que las Hermanas tuvieron libertad para dirigir dichos estable­cimientos según sus reglas y prácticas de su Instituto». Muy pronto se intentó quitarles tal libertad.

Los administradores del Hospital no habían renunciado a la idea expresada durante las negociaciones de admitir a las Hijas de la Caridad no a título de comunidad autónoma que prestaba sus servicios al Hospital conservando su propia per­sonalidad y su régimen interno, sino para crear con ellas una corporación nueva enteramente sometida a su autoridad. Y el 6 de noviembre de 1790 intentan lo que en política se llamaría un golpe de Estado. Lo hacen presentando a las Hermanas un largo documento, avalado con todos los títulos y representa­ciones, por el cual «instituyen y fundan una Hermandad y Obra pía de un competente número de Viudas y Doncellas honestas hijas de Padres honrados, aprobadas en caridad, de costumbres irreprensibles, de suficiente instrucción y conocida probidad con el nombre de Hijas de la Caridad». Siguen a esa declaración de intenciones diecisiete artículos que constituyen las Cons­tituciones de la nueva corporación. Naturalmente, las Hijas de la Caridad se negaron a aceptar la propuesta. A partir de ese momento, los administradores inician una serie de movimientos tácticos orientados a dividir entre sí a las Hermanas y a que­brantar su resistencia. La historia del año 1791 y el primer semestre de 1792 está salpicada de esos pequeños choques, entre los que no faltan tampoco los inevitables roces con las Darderas. Anecdóticos en otras circunstancias, tales choques se cargan de graves consecuencias en aquéllas. La Junta con­sigue éxitos parciales, como el de distanciar del resto de la comunidad a una de las Hermanas, Sor Teresa Cortés. Así, poco a poco, se llega a la ruptura, que se produce en la pri­mavera de 1792. El 29 de abril la Junta hace un último esfuerzo por reducir a las Hermanas a la aceptación de su proyecto, ligeramente suavizado en las formas. Las Hermanas se niegan de nuevo a apartarse de sus Reglas y Constituciones. Para ello dirigen a los administradores una carta que resplandece como un luminoso testimonio de su fidelidad a la vocación, su ad­hesión a los superiores y su amor a los pobres: «En nada… solicitamos ventajas para nosotros y sólo pretendemos la fiel observancia de nuestras Reglas, la del solemne contrato de París y el mejor servicio de los Pobres enfermos y del mismo Santo Hospital». Sobre esa tríada de sentimientos nunca des­mentidos a lo largo de doscientos años, crecerá hasta conver­tirse en la más vigorosa rama del árbol de la caridad vicenciana la sección española de las Hijas de la Caridad. De momento, sin embargo, ese empeño de fidelidad iba a provocar la supresión de su primera y hasta entonces única fundación. En efecto, dos meses más tarde, el 24 de junio de 1792, tienen que abandonar el hospital de Barcelona. Sólo se queda en él Sor Teresa Cortés con dos de las postulantes admitidas en los meses anteriores, a quienes los administradores han logrado atraer a su causa. Con ellas empieza la Junta a poner en ejecución su designio de crear una nueva corporación caritativa.

Las demás Hermanas con la mayoría de las postulantes se separan momentáneamente, dirigiéndose cada cual a su pueblo respectivo. El risueño horizonte que sólo dos años antes se había abierto a las hijas españolas del Señor Vicente parecía cerrarse para siempre. Sin embargo, era entonces cuando iba a brindar al mermado pero valeroso grupito de Hermanas la inmensidad de sus posibilidades. Muy pronto, en vez de una fundación, tendrían tres.

Las fundaciones definitivas

La historia posterior es conocida. La dispersión de la co­munidad dará origen aquel mismo año de 1792 a las fundacio­nes de Barbastro, Lérida y Reus y, más adelante, a las de Madrid (1800) y Pamplona (1805) que no hubieran sido po­sibles sin aquélla. En Reus fallecería el 17 de julio, de 1793, doblemente alejada de su patria por la geografía y la revolución, la Asistente General Sor Juana David, sin ver cumplido su propósito de regresar a su país una vez encauzada la fundación española. La parábola evangélica del grano de trigo, que sólo muriendo es capaz de dar fruto, encontraba en ella asombroso y literal cumplimiento. Barbastro por su parte verá cumplida y recompensada su aspiración de ser la primera fundación es­table de las Hijas de la Caridad en España. Será más aún: será la cuna de un nuevo nacimiento de la Compañía, porque —sim­bólica coincidencia— el mismo día que Sor Manuela Lecina llegaba a Barbastro para poner en marcha la escuelita proyec­tada diez años antes, las autoridades revolucionarias francesas cerraban por la fuerza en París la Casa Madre de las Hijas de la Caridad. Pero, otra vez, en la persona de Manuela Lecina, Margarita Naseau recomenzaba la historia de la Compañía en­señando a leer a las pobres niñas campesinas. Se diría que, de la vieja colmena vicenciana, la Providencia había separado un pequeño enjambre de Hermanas españolas para trasplantar su obra a la nueva era histórica que por aquellos mismos días Goethe veía alborear en el campo de batalla de Valmy.

José Mª Román

CEME

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *