La liturgia en la época barroca

Francisco Javier Fernández ChentoEn tiempos de Vicente de Paúl1 Comment

CRÉDITOS
Autor: Jesús María Muneta, C.M. · Año publicación original: 1974 · Fuente: Libro "Vicente de Paúl, animador del culto".
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1. Trento

Antes de presentar las características litúrgicas del mundo barroco conviene subrayar el ambiente litúrgico que pisó el concilio de Trento. El Renacimiento, con su mirada retrospec­tiva al pasado grecorromano y su afán de modernismo, no puede olvidar, aunque lo intenta, el pensamiento y la actua­ción del mundo medieval. El Renacimiento es sentido por un grupo minúsculo, el más capacitado desde luego, el humanista, el político y el artista, el pueblo y la Iglesia heredan el pasado con sus costumbres, su actitud religiosa y social, la liturgia y el culto. Esta herencia es poco a poco mermada por el resur­gir del mundo pagano que crea una nueva mentalidad que en­salza al hombre y relega la intervención de Dios en la historia. Este nuevo sentir deteriora y envejece rápidamente aquellos patrones que habían sostenido en otro tiempo la fe y la vida cristiana. El desorden y la indisciplina se hacen patentes con el cisma de Occidente. En el campo litúrgico hay que señalar que la imposición de la liturgia romana con Gregorio VII no fue siempre del agrado de las naciones, regiones o diócesis. Permanecieron muchos ritos y costumbres de las liturgias abo­lidas, que se mantuvieron a través de toda la «Edad Media», a pesar del papel unificador de las órdenes monásticas y men­dicantes, en particular los Benedictinos y Franciscanos. El cul­to, en la «Baja Edad Media», se caracteriza por una superabun­dante proliferación de fiestas y devociones, unas semilitúrgicas y otras paralitúrgicas, regionales y gremiales. La diversidad del «ordo missae», las reminiscencias de las viejas liturgias, las devociones de origen dudoso o, lo que es peor, fundamentadas en la leyenda o la superstición, la ignorancia del bajo clero, la poca participación de los fieles en la verdadera liturgia, con­fieren al culto una sensación de decadencia y de falta de con­tenido. Para remediar un mal tan grave se abusa de la devo­ción: a la poca participación eucarística, mucha exposición del sacramento. Nadie comulga en la misa, pero todos estarán atentos para ver la «hostia» en la elevación, adorarla y mar­charse. Se va perdiendo el auténtico sentido de la celebración, y no sólo por parte del pueblo, hasta los mismos sacerdotes quedan insatisfechos de la misa, por lo que la adornan de ora­ciones privadas para antes de la celebración, en la misma cele­bración y al final del rito. El mismo rito es «enriquecido» con abundantes genuflexiones, inclinaciones, bendiciones. Aparece lo mágico del gesto o del rito. Se llega no sólo a la «misa pri­vada», sin asamblea, sino a la «misa seca», esto es: a la misa sin eucaristía. La desintegración de la asamblea litúrgica que participa activamente en los misterios de la muerte y resurrec­ción de Cristo es un hecho consumado. A las puertas del con­cilio de Trento así estaban las cosas. La anarquía en el campo litúrgico motivará el cambio que la Reforma protestante rea­lizará en el culto, centrándolo, no en el Sacramento, sino en la Palabra y en la participación de la asamblea.1

«Los ataques de Lutero y Zwinglio contra la misa, a la vez que el general descontento por parte de los católicos ante la incoherente situación tanto de la praxis litúrgica como de los correspondientes libros litúrgicos; la evidencia de los muchos e innumerables abusos; la convicción de que los obispos por sí solos no podían solucionar tales problemas, movió al con­cilio de Trento a considerar la reforma del misal y del brevia­rio, así como la praxis litúrgica codificada en ellos».2

El grito de reforma «in capite et in membris» y la fisura abierta en la Iglesia por los protestantes, obliga a la jerarquía y a los príncipes a acelerar el Concilio. Lo que no pudo lograr el Concilio Lateranense V, lo obtiene Trento con sus numero­sas jornadas de trabajo. Del concilio salía fijada la doctrina del sacrificio de la misa y el ruego para que la reforma litúr­gica fuera puesta en marcha urgentemente por los Papas.3

Lutero, separado de la unidad eclesial, organiza su liturgia sin ningún respeto a la tradición. Aunque en un principio pro­testó contra las innovaciones de Karstadt, luego las acepta: fuera el latín, el canon, el Pater Noster… La misa ya no es sacri­ficio eucarístico, es la «cena» con sentido de recuerdo. Lo que importa en el culto es la participación de la asamblea, que es­cucha la «Palabra» bíblica en lengua vulgar y que canta como respuesta: nace la llamada «misa alemana» y el «coral protes­tante».4

La sesión XXII, del 7 de septiembre de 1562, constituye el punto de partida para la reforma de la vida litúrgica: valor sacrificial de la Misa y legitimidad de los ritos que la celebran. La liturgia eucarístico-sacrificial viene dividida en sus dos ele­mentos tradicionales: Liturgia de la Palabra y liturgia del Sa­crificio. Aquélla para que «no falte a los fieles el alimento de la Palabra»,5 ésta para que no les falte el sacramento.6

A esta orientación pastoral se unía el decreto disciplinar que intentaba sanar de raíz todo abuso e improvisación en la celebración eucarística y administración sacramental: «De ob­servandis et vitandis in celebratione missae».7

S. Pío V lleva a término el mandato conciliar con respecto al Breviario y al Misal. Apenas cuatro años de clausurarse el Concilio aparece la edición típica del Breviario Romano, en 1568; dos años más tarde, en 1570, el Misal Romano. Ambas obras se imponen a la Iglesia de Occidente, y anulan tanto el proyectado y discutido «Breviario del cardenal Quiñones», co­mo multitud de fiestas y gran parte de la floresta del santoral. Las secuencias, antes tan abundantes, se reducen a cinco, mien­tras que los tropos del Kyrie y del Gloria desaparecen. Las adi­ciones y cambios quedarán en el futuro reservados a la Santa Sede. El centralismo se acentúa aún más con la erección, en 1588, de la Congregación de Ritos por Sixto V, con la misión de velar por la fiel observancia de las rúbricas y de promulgar en el futuro las que fueran necesarias. Clemente VIII promul­ga, en el año 1600, el Ceremoniale Episcoporum, con las nor­mas y ritos de los sacramentos reservados a los obispos. Esta obra quedará completada con el Rituale Romanum, publicado en 1614 por Paulo V.8

El abundante material de tales publicaciones tenían en cuenta, además de la tradición romana, las obras litúrgicas anteriores al concilio y en boga en aquellos años, como la de Patrizi (t 1496), Burcardo (t 1506), Cristóbal Marcello, que es­tampa la suya en 1516, así como el Directorium de Ciconiolano y el Rubricarium de Frisco.9

El Missale Romanum señala el triunfo de la Iglesia romana sobre las viejas liturgias occidentales, en particular sobre la influencia galicana, y marca, con su imposición, la uniformi­dad litúrgica querida por el Concilio como medio de mantener la unidad de la Iglesia. Pero había una ventana abierta en el Missale, que permitía el mantener aquellos ritos y fiestas con una tradición de doscientos años.10 ¿Qué rito de las viejas li­turgias no tenía una existencia superior a doscientos años?

Según Jedin «el centralismo litúrgico era una necesidad histórica».11 Con el nuevo misal desaparecen todas aquellas fiestas que no gozan de popularidad en Roma, fiestas que eran regionales o de gremios, tropos del Kyrie y del Gloria…, en favor de una mayor claridad del texto y aún del Año Litúrgico.

Los obispos y el pueblo aceptaron la «reforma» con entu­siasmo, y no tanto como reacción «contrarreformista», sino más bien por la seguridad que encontraban en los nuevos tex­tos uniformes, lengua y ritos comunes. Martimort enjuicia el éxito conseguido por la reforma litúrgica del Concilio Vati­cano II y lo compara con aquel que obtuvo el Concilio de Tren­to en sentido inverso: el primero por su apertura al sentir de las culturas de los diversos pueblos y por la participación de la asamblea en la liturgia, el segundo por la uniformidad lo­grada. Y dice: «No podemos engañarnos, los fieles sentirán dentro de poco tiempo el mismo cansancio que aquéllos de los siglos xv y xvI hacia la gran diversidad de celebrar la Misa».12

2. La época del ritualismo

Los liturgistas llaman a la época barroca con el sobrenom­bre de «ritualista», «uniformista», «individualista», «pietista»… «Ritualista y Uniformista» por aquello de que se prescribe el rito, la lengua y la ceremonia en toda la Iglesia y, además, la recién estrenada Congregación de Ritos vela celosamente por su fiel cumplimiento. «Individualista» porque se ha revalori­zado o fijado la «misa privada», sin asistencia de asamblea, y por las numerosas oraciones privadas que debe recitar el sacer­dote, en deterioro de la oración pública y litúrgica. «Pietista» en el sentido de que la devoción particular ahoga la verdadera participación en la liturgia.13

El arte barroco se caracteriza por la ampulosidad de for­mas, ricos efectos de luz, gusto por lo curvilíneo, tensión en el modelado de las figuras…, recordemos: el templo «jesuítico», las obras de Bernini, de Caravagio, de la imaginería españo­la…, etc. Características que invaden el comportamiento reli­gioso y social. El gusto por lo fastuoso se mima en las cortes y en las grandes iglesias; el ceremonial de la corte francesa de Luis XIV y el de la misa «papal». Daniel Rops trae en las pri­meras páginas a huecograbado del volumen VIII de su Histo­ria de la Iglesia dos reproducciones de lienzos de Felipe de Champaigne y de Antoine de la Nain que ilustran el ambiente civil y religioso en el que gusta vivir el hombre del Barroco. El lienzo de Felipe de Champaigne representa a Luis XIII de Francia recibiendo en la Orden del Santo Espíritu al conde de Longueville y le hace la entrega de insignias con fastuoso y espectacular ceremonial. Antoine de la Nain ha pintado «La procesión», en la que obispo y diáconos caminan conscientes de la majestad divina que representan. En uno y otro cuadro la riqueza de las vestiduras se pone en juego con los sutiles y tenues colores que las componen.

La celebración como espectáculo hace peligrar la partici­pación de los fieles, que por otra parte no entienden el latín ni pueden unirse al canto de la «schola». Para remediar en parte el vacío que deja la liturgia surgen los «oratorios» con sus de­vociones y catequesis moralizantes. Los fieles asisten a misa con sus devociones, pero no participan y apenas comulgan: van porque están obligados, no porque sientan la necesidad. Algunos santos tienen este mismo sentir: S. Francisco de Sa­les gustaba de recitar el rosario durante la misa solemne del domingo y días de fiesta.14

Las devociones, en su manifestación externa, se nutrían de procesiones, romerías, autos sacramentales u otra forma tea­tral, y abundante imaginería de la Pasión de Nuestro Señor: baste recordar las procesiones del «Corpus» y las de la Sema­na Santa. La devoción, en su sentir íntimo, consistía en una multiplicidad de oraciones, actos de piedad, triduos, novenas, exposición solemne del Sacramento en el tabernáculo, «trono de la majestad divina»…15

El concilio exigía el latín como lengua litúrgica, por lo que se prohibía la lengua vulgar en la celebración, pero al mismo tiempo se pedía a los que tenían el cuidado pastoral a que ex­plicaran a los fieles los misterios divinos, en particular, el mis­terio del «santo sacrificio», al menos los domingos y días fes­tivos.16

Los frutos de la reforma tridentina fueron sin duda muy positivos, y más si los miramos con respecto a los años ante­riores a Trento. Junto a la uniformidad lograda y a la correc­ción de abundante material litúrgico de procedencia dudosa, hay que sumar la inestimable creación de un «cuerpo litúrgico» orgánico y seguro, y que ha sido la lex orandi de la Iglesia du­rante cuatro siglos.

Algunos autores han subrayado los puntos débiles de aque­lla reforma. Neunheuser trae estas líneas de Mayer: «La litur­gia no consideraba la participación de los fieles en la celebra­ción del misterio de Cristo como su fin principal, sino la re­presentación casi «teatral», visual-auditiva, para crear un am­biente en que fuera posible la oración personal. La comunión era un asunto moral-ascético».17

El sentido devocional orienta la construcción del templo barroco, en particular el llamado «jesuítico», donde se multi­plican los altares en las capillas laterales. Hallamos en el pres­biterio el «gran altar», fachada de columnas salomónicas con floresta y racimos de uva, hornacinas de santos y angelotes lu­cidos que hacen pedestal al misterio de la crucifixión, y for­man la aureola del «trono» de la exposición solemne, mientras que la mesa del sacrificio parece empequeñecerse y como esfu­marse ante la grandiosidad del conjunto. Se someten los sen­tidos no a la celebración sino a la devoción eucarística: missa coram SS. Sacramento. También sufre la liturgia de la «Pala­bra»: el púlpito se alza en el centro de la nave, lejos del pres­biterio, se pierde la conexión entre Palabra y Eucaristía. Se predica mucho, pero fuera de la misa, para satisfacer la devo­ción privada. La predicación ampulosa, a lo Vieira, con orien­tación moralizante o panegirística, sofoca por su vaciedad la sencilla palabra evangélica.18

Louis Bouyer, tras una desenfadada crítica de los concep­tos que rigieron la religiosidad barroca, señala este punto po­sitivo: «el tradicionalismo rígido y falto de inteligencia…, fue el medio providencial que permitió a la Iglesia salvar sus teso­ros litúrgicos».19

Al cerrar este capítulo no se pueden olvidar las palabras de Pablo VI con las que abre la constitución apostólica Missale Romanum, que promulga el Misal restaurado según los decre­tos del Concilio Vaticano II: «El Misal Romano, promulgado en 1570 por Nuestro Predecesor San Pío V, en conformidad con los decretos del Concilio de Trento, ha sido siempre conside­rado como uno de los numerosos y admirables frutos que aquel sacrosanto Concilio diseminó por toda la Iglesia de Cristo. Du­rante cuatro siglos constituyó la norma de la celebración del Sacrificio eucarístico para los sacerdotes de rito latino… No se debe olvidar que innumerables santos alimentaron su pie­dad y su amor a Dios con las lecturas bíblicas y las oraciones del Misal…, cuya ordenación general remonta en lo esencial a San Gregorio Magno».20

  1. Cf. KLAUSER, T., Breve historia de la liturgia occidental, 78-92.
  2. Ibid., 93.
  3. Cf. HEFELE-LECREC, Histoire des Conciles 8/1, 309 ss.
  4. Cf. JUNGMANN, Missarum Solemnis, 113.
  5. DENZINGER, Enchiridion Symbolorum, n. 1749: «ne oyes Christi esuriant».
  6. Ibid. n. 1747: «Ut in singulis Missis fideles adstantes non solum spirituali affectu, sed sacramentali etiam Eucaristiae perceptione commu­nicarent, quo ad eos sactissimi huius sacrificii fructus uberior proveniret».
  7. Cf. MARTIMORT, L’Eglise en priére, 43-44.
  8. Cf. KLAUSER, op. cit., 98-102.
  9. Cf. BRAGA, C., La genesi storica delle rubriche, en Liturgica 1, 58 ss.
  10. Pío V, Bula «Quo primum» que promulga el Misal en la Natividad del Señor de 1570.
  11. JEDIN, cit. por Klauser en op. cit., 101.
  12. MARTIMORT, Il Nuovo Messale, 68-72.
  13. Cf. JUNGMANN, op. cit., 121. SCHMIDT, Liturgiam occidentalem, 142. MARSILI, Teología Litúrgica, 16-102. KLAUSER, op. cit., 98-107.
  14. Cf. CATTANEO, L’ Insegnamento della Stork, en Liturgica 3, 330.
  15. Cf. JUNOMANN, op. cit., 121-136.
  16. DENZ., nn. 1747 y 1749. Sesión XXII, cap. 8, can. 9.
  17. Cit. NEUNHEUSER, Storia della Liturgia secondo le époche cultu­rali, 67.
  18. Cf. KLAUSER, op. cit., 107-120.
  19. OUYER, L., Piedad Litúrgica.
  20. PABLO VI, Const. Apst. Missale Romanum, primer párrafo, ed. tip. vaticana.

One Comment on “La liturgia en la época barroca”

  1. Ya que hablamos de la liturgia Sr Fernandez Chento ?Para cuando uno de sus articulos sobre la obra litúrgica del padre ANIBAL BUGNINI En el concilio Vaticano II. Los años han demostrado que todo fuè una insidia. Era un gran PAUL. Por cierto figura admirada por el Padre Perez Flores en su tiempo.

    ii

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