La incorporación en la Congregación de la Misión

Francisco Javier Fernández ChentoFormación VicencianaLeave a Comment

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Autor: Jacinto Fernández, C.M. · Año publicación original: 1980 · Fuente: Anales españoles, 1980.
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Excluimos el término técnico de vinculación, por no ser propio y específico en el caso. Vinculación es más genérico que incorporación (definitiva, perpetua, plena; o provisoria, temporal, no plena). Toda incorporación es vinculación, pero no viceversa. Ejemplo: un contrato permanente de orden meramente económico entre una Congregación Religiosa y un seglar vincula entre sí a los contrayentes, pero no incorpora al seglar en la Congregación.

Examinamos esta “institución” a través de todos los períodos históricos hasta nuestros días.

Primer período: desde la fundación hasta la erección pon­tificia (1625-1632).

1. La C.M. inicia su vida mediante un Contrato de fundación firmado en París (17-4-1625) por el señor Vicente y los fundadores-patronos con el único fin de servir a Cristo en los pobres.

El contrato, primera pieza legislativa del Instituto, es muy exacto y detallado al referir las principales “instituciones” y prácticas de la naciente comunidad. En un resumen normativo tan exacto no falta, ni podía faltar, la norma sobre la admisión o incorporación de los socios: ésta se efectuará mediante la mani­festación hecha por el candidato a la Compañía de su intención de servir a Dios en dicha manera de vida y de observar el Reglamento. No habla el contrato de ninguna promesa formal y expresa, verbal o escrita, ni la exige.

Aún más: el contrato ni siquiera dice expresamente que la buena intención del candidato, al ingresar, será manifestada a la Compañía. Pero aunque no lo dice, lo supone. Supone el contrato de fundación, por la misma naturaleza de las cosas, que el candidato, al ingresar, debía manifestar a los superiores su inten­ción o buena voluntad de someterse a la manera de vivir y al Réglement. La cual manifestación, conocida por los superiores, llevaba consigo, desde el momento del ingreso, y necesariamente, una promesa o contrato tácitos, que es el “mínimum” de vinculación incorporativa requerida por el mismo derecho natural en aquellas asociaciones o institutos que no exigen a los socios una incorporación formal y expresa.

En la primera etapa —un año— de este primer período, hasta obtener la aprobación eclesiástica, la Compañía no era más que una asociación (confrérie) clerical, con capacidad de ser encuadrada oficialmente entre las “Asociaciones de los fieles”, y sin otro derecho que el meramente privado, dependiente del con­sentimiento de los socios, expresado en el contrato de fundación.

Al ser aprobada (24-4-1626) por el arzobispo de París, Juan-Francisco de Gondy, la comunidad inicia una segunda etapa en este primer período: el arzobispo re­conoce y aprueba el contrato de fundación, consintiendo únicamente que los socios de la naciente Compañía se establezcan y vivan en París, para evangelizar a los campesinos de la diócesis, a tenor de dicho contrato y bajo la autoridad del arzobispo. Con esto la C.M. queda oficialmente encuadrada entre las “Asocia­ciones de los fieles”, como asociación clerical diocesana. El arzobispo no cambió para nada el fin, naturaleza, nombre, incorporación, normas apostólicas, ni demás elementos contenidos en el contrato de fundación.

Como consecuencia y ejecución del contrato de fundación y de la aproba­ción diocesana, los tres primeros socios C.M. junto con el Fundador se reúnen en París ante dos notarios, y firman el “Acta de asociación” (4-9-1626), que completa la erección o institución de la C.M. y la pone en marcha.

El Acta se sometió, y debía someterse, al contrato de fundación y a la apro­bación diocesana, de los que era una mera ejecución, repitiendo, por eso, los puntos más fundamentales del contrato y de la aprobación del arzobispo.

Hemos de estar atentos ante una posible confusión: cuando los tres primeros socios se constituyen en una asociación mediante el Acta, pública y oficialmente con el fundador y ante dos notarios, dando origen en la Iglesia a la C.M., pro­meten formal y expresamente la observancia del contrato de fundación y del futuro Réglement y obedecer al fundador y a sus sucesores.

Con este contrato de promesa formal, expresa, escrita y firmada que hicieron, y que debían hacer —dada la naturaleza de aquel acto fundacional—, los tres primeros socios junto con el fundador, daban origen, conferían la existencia ju­rídica a su Compañía. No tenía más alcance, ni podía tenerlo esta promesa.

Los socios-fundadores, de hecho, no hicieron constar en el Acta que los can­didatos, en adelante, al ser recibidos en la Compañía, también deberían hacer la misma promesa formal y expresa. Ni podían hacerlo constar. En aquel mo­mento de la firma del Acta los socios no tenían autoridad alguna para establecer dicho extremo, la forma sustancial de la incorporación; eran ellos meros ejecutores del contrato de fundación y de la aprobación diocesana, a tenor de los cuales, y sólo según ellos, la Curia Arzobispal les había autorizado para constituirse en una asociación clerical y diocesana.

Además, los mismos sacerdotes afirman en el Acta que se asocian según el Contrato de fundación y la aprobación diocesana, y prometen formal y expresa­mente la obediencia al contrato de fundación y al futuro Reglamento que se redactará según el Contrato de fundación y la aprobación diocesana. Ahora bien, el contrato y la aprobación diocesana no preceptúan, para el ingreso de los can­didatos, ninguna promesa formal y expresa.

Sería, pues, sacar las cosas de su quicio al sostener que, a tenor del Acta, de fundación, en el primer período, en los orígenes de la C.M., los candidatos se incorporaban mediante una promesa formal y expresa.

En este período se produce un hecho histórico que también debe ser cri­ticado en sus relaciones con la incorporación.

Nos refiere el mismo San Vicente que, a partir del segundo o tercer año des­pués de la fundación, se inició la práctica de emitir privada y libremente los votos de pobreza, castidad, obediencia y perseverancia (5). Bien aquilatada esta noticia con los documentos de la época, asegura Coste que tal práctica comenzó, por consejo y ejemplo del Fundador, el 9-0-1629 (según el Consuetudinario de la Parroquia de Fontainebleau) entre los doce sacerdotes que ya integraban la

C. M. (6).

Pero según los documentos citados se trataba de votos totalmente privados, como los emitidos por los simples fieles con permiso del confesor, votos de con­ciencia. No eran, pues, reconocidos ni recibidos por ningún superior del fuero externo, ni tenían valor en el orden social, y los emitía libremente el que lo deseaba. No podían, por eso, constituir el vínculo de incorporación, que es del orden social, aceptado por ambas partes (socio, instituto) y obligatorio, si se quiere pertenecer a una comunidad.

En este primer período, después del Acta de asociación y del comienzo de la praxis de los votos privados, no existe ningún otro documento o hecho histórico que dictamine o nos informe sobre la incorporación.

Los restantes documentos, o sea, los relativos a la petición de la aprobación pontificia y otros, antecedentes o posteriores a éstos en el orden cronológi­co, no cambian para nada el núcleo primitivo (“Contrato de fundación”, “Aprobación diocesana”, “Acta de asociación”), ni añaden ningún otro elemento constitucional; no tocan para nada el vínculo de incorporación, sino que con­firman de paso los elementos contenidos en el “núcleo primitivo”.

Hemos de poner alerta sobre una posición contraria, que podría contener un sofisma.

Se afirmó que “evidentemente, antes de 1655, los socios C.M. tenían que incorporarse por un vínculo que consistía, o en una promesa oral, o en una promesa escrita (documento), o en votos no reservados”.

Esta posición no es tan evidente como ella quiere presentarse. Su enumera­ción de posibilidades no es completa, ni contiene una “coartada”: los socios C.M. antes y después de 1655, podían y pueden incorporarse también mediante una mera promesa o contrato tácitos, como se incorporaron desde los siglos XVI y XVII hasta nuestros días, en sus respectivas Sociedades, los socios del Oratorio de San Felipe Neri (1575-1612) y el Oratorio de Francia (1611), fundados antes de la C.M. y los Sulpicianos (1642-1664), fundados después.

No podemos, pues afirmar, que en el primer período se efectuaba la incor­poración mediante una promesa formal y expresa, hecha a los Superiores y acep­tada por ellos. Por los datos que poseemos únicamente podemos señalar, como vinculo incorporativo, la manifestación (de palabra o por escrito) de la intención o buena voluntad en el sentido explicado, junto con la consiguiente declaración de admisión por parte de los Superiores; manifestación y declaración que, por derecho natural, llevaban consigo una promesa o contrato tácitos. Es la forma más elemental de incorporación que, al menos, deben tener los Institutos, co­munidades y asociaciones.

Segundo período: desde la erección pontificia de la C.M. o la aprobación pontificia de sus votos (1632-1655).

Se inició este período con la erección pontificia de la C.M. mediante la bula Salvatoris nostri, de Urbano VIII, 12-1-1632, que, con el “núcleo primitivo” —cfr.número 5—, constituye el “núcleo fundamental” de la C.M.; y finaliza con la aprobación pontificia de los votos con el breve Ex commissa Nobis de Alejandro VII, 22-9-1655.

6. La incorporación en este segundo período reviste la misma forma que en el anterior. Pues Urbano VIII (1632) aprueba y confirma la C.M. según ya estaba constituida en el “núcleo primitivo” y en las peticiones del fundador y socios a la Santa Sede. Documentos que no admiten otra forma de incorporación que la establecida en el primer período.

Tiene sobre todo valor decisivo este hecho: la bula Salvatoris nostri repro­duce un resumen (Capitula et Regulae) del primitivo Reglamento C.M. entonces (1632) vigente, el cual en esta bula recibe su aprobación pontificia. Pero Ur­bano VIII, mediante la bula, aprueba y confirma la C.M. y sus “Instituciones” según estaban ya perfiladas en estos Capitula et Regulae.

Ahora bien, los Capitula et Regulae describen una forma de incorporación que es la misma del primer período, es decir, sin promesa o contrato formal y ex­preso, y sin aceptación formal expresa por parte de los Superiores. Preceptúan solamente una simple manifestación a los Superiores de la intención —animus—, o propósito (Bon propos), o buena voluntad de permanecer toda la vida en la C.M. para realizar su fin, ateniéndose a sus reglas y manera de vida.

La aprobación diocesana de los votos (1641), atendiendo al texto original, no cambia la forma de incorporación contenida en la bula Salvatoris nostri (1632). Sólo establece que, al final del primer año del Seminario Interno, los candidatos (dentro de los términos de una incorporación provisoria) emitan ante el Supe­rior un propósito de perseverar de por vida en la C.M., guardando pobreza, cas­tidad y obediencia, y al final del segundo año del Seminario (en su incorpora­ción definitiva) emitan los cuatro votos simples (privados) de pobreza, castidad, obediencia y perseverancia, etc., ante el Superior que los escucha como testigo, pero que ni él ni nadie los recibe o acepta, dentro o fuera de la C.M., ni en nombre del Instituto, ni en nombre de la Iglesia.

Estos votos privados, al no ser aceptados por nadie, no pueden ser vínculos de incorporación, la cual, por su misma naturaleza, es un vínculo mutuo, aceptado por el candidato y el Instituto.

Por otra parte, los propósitos emitidos al final del primer año de Seminario, no son más que eso, lo que dice el documento original: un propósito —bonum propositum—, bon propos, un buen propósito, un piadoso y firme propósito o  voluntad, pero no una promesa, y mucho menos una promesa formal y expresa, aceptada por los Superiores.

Además, el propósito o los propósitos (como se dijo siempre en la C.M.), emi­tidos al final del primer año de Seminario desde la fecha del decreto arzobispal (1641) hasta hoy, según el mismo texto del decreto y la praxis plurisecular de la C.M., se emitieron siempre, como los votos, durante la misa —”ínter missarum solemnia”— ante el Superior que los escucha como testigo oficial, pero que no los acepta, aún más, que no responde ni una sola palabra, como en el caso de los votos, a la emisión en voz alta del candidato.

Por eso tampoco el propósito, o los propósitos, pueden ser vínculo de incor­poración, no sólo por referirse únicamente a la incorporación provisoria, sino sobre todo porque, como en el caso de los votos, no siendo aceptados por nadie, carecen de la mutua vinculación, necesaria en la incorporación.

De ahí que el decreto arzobispal de aprobación de los votos también deja intacta la forma de incorporación establecida desde los orígenes de la C.M.

Por otra parte, el decreto arzobispal no podía establecer otra forma de in­corporación; v. g.: una promesa formal y expresa; pues el arzobispo de París no tenía jurisdicción para legislar en contra de la bula Salvatoris nostri o de las “Instituciones” de la C.M..

La forma de incorporación mediante una promesa o contrato tácitos, prove­niente del primer período, por haber sido luego preceptuada en la bula Salvatoris nostri en un segundo período, se transformó en una forma incorporativa de de-, recho pontificio, que en adelante ya no podía ser modificada sin intervención de la Santa Sede.

7. Terminamos con el examen crítico de dos documentos que podrían crear alguna dificultad respecto de la incorporación.

El 16-6-1653 fue redactada en París la famosa publicación anónima que resumía los elementos institucionales de la C.M., y cuya publicación (13-12-1656), según salió de la pluma del A., tanta pena causó al señor Vicente (16). Quiere, pues, esta publicación dar cuenta de las “instituciones” de la C.M. vigentes en 1653.

Esta publicación anónima nos refiere que la incorporación a la C.M. en aquel tiempo (1653), en que ya estaban aprobados los cuatro votos por el arzobispo de París (1641), se efectuaba mediante una promesa de estabilidad hecha por el candidato a los Superiores.

Se trata de una noticia comunicada por un escrito anónimo, cuyo género lite­rario lleva consigo, por ley general, alguna sospecha.

Además de tal sospecha genérica, recaen sobre esta publicación anónima otras sospechas y razones de peso que hacen inadmisible su afirmación.

Al final del Petit Abrégé nos cuenta el anónimo las dificultades habidas, y provenientes “del Superior del Instituto”, para publicarlo, hasta que —continúa— dicho Superior “reconoció la voluntad de Dios en su publicación”.

Esta última afirmación contradice palmariamente la verdad. Pues el Fundador, al conocer el impreso anónimo, se llevó un gran disgusto y no dejó de protestar, sosteniendo, además, que nunca había permitido publicación alguna de ese gé­nero. Todo lo cual, en contra de lo referido por el anónimo, nos dice clara­mente que el Santo nunca respaldó con su consentimiento previo, ni el anónimo, ni la doctrina en él vertida. Y no sólo no lo respaldó, sino que el señor Vicente no admitía la doctrina de la incorporación como iba explicada en la publicación anónima, es decir, incorporación mediante una promesa formal y expresa.

Citando sobre todo los escritos del Fundador, el acta de la aprobación de los votos y la bula Salvatoris nostri, los documentos de este período, aquí citados y paginados, no hablan de incorporación mediante una promesa de estabilidad, y mucho menos una promesa formal y expresa, aceptada por los Superiores.

Aún más, es muy significativa, al efecto, la carta de San Vicente, 14-7-1639, a Santa Juana Chantal, si la tomamos en su contexto con los otros documentos de este período. La carta es una exposición detallada del fin, espíritu, “instituciones”, Ordo diei, y manera de vivir de la C.M., otro Petit Abrégé. Pero al detallar los dos años en Seminario, la carta ignora la incorporación mediante promesa formal y expresa de estabilidad, e ignora en absoluto la incorporación, indicando con ella que sobre ésta nada especial tenía que decir. Lo que necesariamente hubiera dicho, de existir esa forma incorporativa, dada la índole de la carta —re­sumen detallado de las “instituciones” C.M.— y la importancia de la incorporación; referencia de tal incorporación que tampoco nos hace el Santo en sus demás escritos.

Todo lo cual nos dice bien claramente que el Petit Abrégé del Fundador, en oposición al Petit Abrégé anónimo, y en conformidad con todos los documentos de este período, especialmente con el “núcleo fundamental” (cfr. introducción al se­gundo período), no admitía más forma incorporativa que la efectuada por una promesa o contrato tácitos.

Esta ausencia de la promesa de estabilidad en los documentos de este período y en los siguientes, nos hizo pensar que tal vez se trata sólo de una imprecisión Jurídica por parte del anónimo

En efecto, el escritor anónimo incurre en imprecisión jurídica al decirnos que “el fin primario de la C.M. es el trabajar los socios en su propia perfección, per­feccionándose en las ciencias y virtudes necesarias para el ejercicio de las fun­ciones de la Congregación”. El mismo se contradice: si la perfección moral y científica de los socios es un camino, un medio para ejercer rectamente los ministerios, como dice el anónimo, y siendo los ministerios C.M. el camino para conseguir su fin institucional, resulta que la perfección de los socios no es más que un medio, si se quiere el primero, y no el fin de la C.M.

Sospechamos, pues, que la forma de incorporación descrita en el anónimo con­tenga otra imprecisión: tal vez el A. sólo atribuye la incorporación a una promesa humana y tácita, no formal y expresa, aneja al mismo voto de estabilidad, el más importante y fundamental de los cuatro, por referirse directamente al fin. Si tal fuera el pensamiento del A., no merecería ninguna crítica desfavorable.

Concluyendo: si el anónimo, como parece ser el sentido obvio de sus palabras, nos habla de una promesa formal y expresa de estabilidad, tal forma de incorpo­ración, ni la refieren, ni la prueban los documentos de este período, ni de los demás períodos, especialmente del tercero en que fraguó definitivamente el “ca­risma vicenciano”. Ni mucho menos consta que tal promesa incorporativa, con­traria a la aprobación diocesana de los votos y a los documentos pontificios, fuera propuesta por el señor Vicente a la C.M., aceptada por ésta en un segundo tiempo y ratificada y luego por la Santa Sede, convirtiéndose así en una verda­dera “institución vicenciana”, parte del “carisma” del Fundador.

El segundo documento de este período, que podría suponer dificultad con res­pecto a la incorporación, es la conferencia de San Vicente del 13-8-1655, pronun­ciada un mes antes, aproximadamente, de terminar este segundo período con la publicación del breve Ex commissa Nobis (22-9-1655) de Alejandro VII.

La conferencia del 13-2-1655 es el único documento en que se apoyaba una opinión, según la cual, en tiempos del Fundador se efectuaba la incorporación mediante una promesa formal y expresa del candidato, aceptada por los Superiores.

Veamos el fundamento de esta opinión:

Notemos primeramente que la conferencia del 13-8-1655 sólo trata del voto de pobreza, no toca para nada los otros dos (castidad, obediencia), ni mucho menos el voto principal y fundamental de estabilidad (25).

San Vicente en esta conferencia distingue con toda claridad entre la promesa de pobreza hecha sólo a Dios y no aceptada por nadie (voto, vínculo sagrado) y la promesa de pobreza hecha sólo a los Superiores y aceptada por ellos (promesa humana, vínculo humano), alegando precisamente esta promesa humana como la primera razón para observar la pobreza en la C.M. (26). Pero el señor Vicente no hace la más mínima, insinuación, ni en este documento ni en ninguno otro, de que esta distinción, esta doctrina se aplique también a alguno de los otros votos, o al conjunto de los cuatro.

Es, pues, cierto, por el testimonio del Fundador, que en este período, aún después de la aprobación diocesana de los votos (1641), y al emitir éstos, emitían también los candidatos, separadamente del voto de pobreza, una promesa de pobreza, de carácter humano, por estar dirigida sólo a los Superiores y ser acep­tada por ellos. No podemos concretar los años que duró esta praxis.

¿Por qué se introdujo esta costumbre? Lo indica el mismo Fundador. Si bien es cierto que de hecho hubo grandes dificultades por parte de la Compañía para aceptar los cuatro votos, estas dificultades fueron mayores tratándose del voto de pobreza, y perduraron hasta que Alejandro VII las resolvió definitivamente por el breve Alias Nos del 12-8-1659, que promulgó el “estatuto fundamental” de la pobreza. Tales fueron estas dificultades, que se pensó en suprimir al me­nos el voto de pobreza (28). Las dificultades provenían del hecho que los sacer­dotes C.M. eran —como lo son ahora— “del cuerpo del clero secular”, y, dadas las costumbres eclesiásticas de la época, tenían, como tales, sus derechos a bene­ficios eclesiásticos simples (no residenciales), a pensiones de la Iglesia, etc..

En este ambiente, y aparte la emisión de los votos, se le exigía al candidato en su ingreso, la emisión de una promesa humana, formal, expresa y aceptada por los Superiores, de practicar la pobreza como entonces se entendía en la C.M. (30). Pero esta promesa de pobreza desapareció el desaparecer, con la pu­blicación del “estatuto fundamental” de pobreza, las dificultades que la motiva­ron. En efecto, a partir de 1659 hasta nuestros días ya no se encuentra do­cumento alguno, ni del Fundador, ni de la Compañía, que refiera semejante pro­mesa de pobreza. Sobre todo es de notar que, a partir de la promulgación del “estatuto fundamental” (12-8-1659), en el último año de la vida del Fundador (muer­to, 27-9-1660) cuando estaban ya total y definitivamente perfiladas las “institucio­nes” C.M. según el pensamiento de San Vicente, éste no dice una palabra, ni hace la más mínima alusión a ninguna promesa humana aceptada por los Supe­riores y relativa a la pobreza, o a alguno de los otros votos, o al conjunto de los cuatro.

Como esta promesa de pobreza fue temporal y transitoria, y nunca reconocida por la Iglesia, ni en el plano diocesano, ni en el pontificio, no constituía, ni podía constituir, el vínculo de incorporación que, por su misma naturaleza, es perpetuo (institución permanente), como la misma C.M. y reconocido por la Iglesia, como las demás “instituciones” fundamentales de una comunidad.

Además, repugna intrínsecamente que una promesa de pobreza sea el vínculo de incorporación que, por su misma naturaleza, debe referirse, no sólo a la po­breza, sino también a las obligaciones de los otros votos, a las Reglas y Cons­tituciones. También militan contra esta promesa, como vínculo de incorporación, las razones ya expuestas con referencia a la supuesta promesa de estabilidad.

Tercer período: desde la aprobación pontificia de los votos a la muerte del Fundador (1655-1660).

En este período el breve Ex commissa Nobis (1655, cfr. supra) de Alejan­dro VII, que aprobó los votos privados, lo mismo que el otro breve del mismo Papa, Alias Nos, 12-8-1659, no tocan para nada la forma de “incorporación”.

Con estos documentos pontificios están de acuerdo todos los textos del Fun­dador en este período; y aún textos del Santo cuya fecha no dista un año de su muerte. Aún más: unos meses antes de morir, en carta a La Fosse, 7-2-1660, tratando precisamente de la índole C.M., y poniendo ésta en parangón con las Hijas de la Caridad y los Religiosos, no hace la menor alusión a una posible modificación de su pensamiento sobre la forma de incorporación, esta­blecida por él desde los orígenes de la Compañía.

Al contrario: como el br. Ex commissa Nobis, lo mismo que el br. Alias Nos, aprueban y confirman la C.M. y sus “instituciones” en la misma forma que la bula Salvatoris nostri (1632) de fundación, en el período anterior, todas las “insti­tuciones” C.M., entre ellas la incorporación, vigentes en el período anterior, que­daron plenamente confirmadas por la Sede Apostólica en este tercer período.

Propuestas por el Fundador en el primer período las “instituciones” de la C.M., aceptadas por ésta en el primero y segundo período, confirmadas por abun­dantes documentos de la Santa Sede, este tercer período, con la muerte del Fun­dador, fija definitivamente y a perpetuidad, el “carisma” e instituciones funda­mentales de la C.M. En adelante, ni ésta ni sus Asambleas generales, Superiores o particulares podrían modificar (según la mente de la Iglesia, reiterada en el Concilio Vaticano II) ninguna de las “instituciones vicencianas”, v. gr.: la forma incorporativa.

Cuarto periodo: desde la muerte del Fundador hasta la Asamblea general posconciliar y extraordinaria (1660, 1968, 1969).

10. Para darnos cuenta de cómo quedaron las “instituciones” vicencianas en este larguísimo período, es necesario pasar revista a la legislación C.M.

La primera sección legislativa de nuestra Sociedad va integrada, aparte de los documentos pontificios relativos a las “instituciones” C.M., por las Constituciones: 1. Constitutiones Maiores, provenientes en su primera redacción del mismo Fun­dador, y luego en su segunda y definitiva redacción, de Alméras y de la II Asamblea general (1668). 2. Constitutiones Selectae, resumen de las anteriores aprobado por Clemente X. 3. Constitutiones o Regulae Comunes, de San Vicente. 4. Estos tres géneros de Constitutiones tuvieron pleno vigor jurídico en la C.M. hasta que fueron refundidas y adaptadas en las Constitutiones-1953, aprobadas por Pío XII en conformidad con el vigente codex I.C. (1917-18).

Al lado de estas piezas legislativas fundamentales existe la segunda sección legislativa, redactada de acuerdo con la primera: 1. Reglas particulares o de los oficios (Visitador, Consejeros, Superior local, Asistentes, etc.). 2. Directorios ad­ministrativos (Reglas de las Asambleas, general, provincial, local, etc.). 3. Directo­rios ministeriales (Hijas de la Caridad, Misiones, Seminarios, Confesores, Asocia­ciones, etc.).

A diferencia de la primera sección legislativa, que no cambió hasta 1953, des­pués de tres siglos, la segunda sección fue cambiando desde la muerte de San Vicente hasta hoy; cambios dirigidos por las Asambleas generales en continua adaptación.

Las piezas de la primera sección tuvieron aprobación pontificia, directa (Const. Selectae, Const. 1953), o indirecta (Const. Maiores, Const. Reg. Communes). Las piezas de la segunda sección, por su misma naturaleza, no tuvieron ninguna apro­bación pontificia (40).

Hecha esta distinción, es bien fácil determinar cómo quedaron las institucio­nes C.M. y en concreto la incorporación, desde la muerte de San Vicente hasta hoy.

Las piezas legislativas de la primera sección, desde su promulgación hasta 1953, quedaron intactas. Y por lo tanto las “instituciones” C.M. en ellas contenidas (fin, índole, naturaleza, votos, incorporación, etc.) fueron conservadas con fidelidad hasta 1953 según las recibimos del Fundador. Igual decimos de los documentos pontificios (bulas, breves) relativos a las instituciones C.M., v. gr.: los aquí citados con referencia a la incorporación; ninguno de los cuales, a partir de su pro­mulgación fue modificado por la Santa Sede.

Las piezas legislativas de la segunda sección de hecho no modificaron, ni po­dían modificar para nada, las “instituciones” C.M., recibidas de San Vicente y aprobadas por la Santa Sede.

Nuestra Asamblea general de 1968-69, postconciliar y extraordinaria, con­servó con fidelidad las “instituciones” del Fundador, haciendo, en su exposición y presentación, los oportunos retoques, si bien éstos aún no sean la última palabra. Pero tuvo una “piedra de tropiezo”, la incorporación, en la cual, creando por su cuenta una vinculación o incorporación mediante una promesa formal y expresa del candidato, recibida por los Superiores, se opuso directamente al “carisma” del Fun­dador, a los documentos pontificios y a una tradición pacífica de más de tres siglos, en los cuales el señor Vicente y su Compañía sólo conocieron y practicaron una incorporación (perpetua o temporal) mediante una promesa o contrato tácitos.

Resumen y conclusiones finales.

12. Los votos de la C.M., al no ser aceptados por nadie, ni en nombre de la Iglesia, ni en nombre del Instituto, no pueden ser vínculos de incorporación, que es una relación mutua o contrato recíproco, y como tal, debe ser aceptado por ambas partes. De hecho en la C.M. los votos, desde sus orígenes hasta hoy (tres siglos), nunca han sido vínculos de incorporación, precisamente por eso, porque no pueden serlo. De ahí que en la C.M. los votos son únicamente vínculos de con­sagración (no, de la congregación, que es apostólica), a diferencia de “Religiosos e Institutos Seculares”, en los cuales los votos son a la vez vínculos de consagra­ción y de incorporación, pues son recibidos en nombre de la Iglesia y del Instituto (votos públicos, religiosos), o sólo en nombre del Instituto (votos privados, Institutos Seculares.

2º La incorporación propiamente tal (definitiva, perpetua, plena) quedó defini­tivamente perfilada desde 1655 (aprobación pontificia de los votos), si bien desde entonces hasta nuestros días los textos legales no contenían la teoría de la incor­poración, definitiva o provisoria.

La existencia y naturaleza de la incorporación, propuesta por San Vicente, aceptada por la C.M., practicada pacíficamente por ésta durante más de tres siglos y confirmada por los documentos pontificios, sólo puede deducirse de los siguien­tes cuatro actos relativos al ingreso en la C.M., vigentes desde 1655:

Petición oral o escrita del candidato a los Superiores, manifestando su in­tención o buena voluntad de ingresar en la C.M., y solicitando el permiso de emitir los votos; pero sin formular o expresar, de palabra o por escrito, en la petición, ninguna promesa formal.

Admisión de los Superiores concediendo los votos; pero sin la aceptación expresa y formal de alguna promesa del candidato, hecha previamente y en la misma forma.

Emisión de los votos ante un testigo oficial (superior o delegado), no reci­biéndolos ni él, ni ninguno otro, en nombre de la Iglesia o del Instituto, ni respondiendo el testigo oficial palabra alguna (ni el Amén) a la recitación de la fórmula de emisión.

Documento firmado por el emitente y el testigo oficial —”Atestación de los votos”— e inscrito en el Libro de los Votos (desde los tiempos del Fundador); documento en que, escuetamente, sólo se hacen constar dos hechos: la fecha del ingreso en el Seminario Interno y la fecha de la emisión de los votos, con los nombres y firmas del emitente y del testigo oficial. Este documento es la prueba oficial y auténtica, no sólo de la emisión de los votos, sino también de la incorporación con sus mutuos derechos y obligaciones; incor­poración que, desde 1655 hasta nuestros días, tampoco tuvo más documento oficial y auténtico de constatación y prueba que éste.

Bien analizados estos cuatro actos (no existen otros) relativos a la incorpora­ción C.M., con referencia a una incorporación perpetua, en ellos no se halla, ni puede hallarse, más acto formal de incorporación que un contrato tácito o pro­mesa tácita aneja e implícita en la misma emisión de los votos, y aceptada por el Instituto en la misma forma tácita o implícita. Ambos actos (emisión de los votos e incorporación perpetua, de los cuales el primero es conditio sine qua non del segundo) y no tienen entre sí prioridad de tiempo, y constituyen un todo moral y jurídico.

3′ La otra incorporación, la no plena, previsoria o temporal, se inicia me­diante el ingreso en el Seminario Interno; ingreso que no se realiza mediante una promesa formal y expresa, sino (desde los tiempos de San Vicente hasta nuestros días) mediante la manifestación de la intención o buena voluntad del candidato, seguida por la manifestación del Superior (o Director del Seminario Interno), declarando al candidato admitido en la C.M.

Esta incorporación se ratifica con la emisión de los Propósitos, que no son ninguna promesa (promitto, coram Deo promitto, prometo), sino como lo dice su mismo nombre, un mero propósito, o piadoso propósito, el Bon Propos de los Institutos franceses (propono, coram Deo propono… me propongo), dirigído, no a los Superiores, sino a Dios, como los Votos, y a cuya emisión el testigo oficial, corno en el caso de los Votos, no responde ni una sola palabra. Por eso, tampoco los Propósitos son aceptados por nadie, ni en nombre de la Iglesia, ni del Insti­tuto (48).

Tampoco se efectúa, pues, esta segunda incorporación mediante una promesa expresa o contrato expreso. Aparte la forma de ingreso en el Seminario Interno y la fórmula de los Propósitos, avalan esta segunda incorporación los documentos del Fundador, de la Santa Sede y oficiales del Instituto, los cuales todos (como vimos en este estudio) no preceptúan, ni hacen siquiera alusión a una promesa expresa como acto formal de incorporación, definitiva o provisoria.

4. Promesa o contrato tácitos, implícitos, no significa promesa o contrato menos eficaz, más tenue que la promesa o contrato expreso de palabra o por escrito. Es una verdadera promesa o contrato con la misma validez y fuerza vinculatoria que la promesa o contrato expresos. Lo exige el mismo derecho na­tural. La diferencia entre ambas promesas o contratos radica sólo en su forma externa.

5. La incorporación tácita, establecida en la C.M., pertenece al paquete de cautelas, introducido por el Fundador y la Santa Sede, para evitar la transforma­ción en congregación religiosa de la C.M., por ser ésta, entre todas las Serviciales, la que más se aproxima (vida común, votos, organización interna, exención plena) a los religiosos). De hecho, si admitimos la incorporación expresa, aceptada en la misma forma por  los Superiores, comenzamos a poner en peligro la índole de la C.M., al dar un paso más de aproximación a los religiosos, teniendo ya la Compañía notables semejanzas con éstos.

6.° La Asamblea general 1968-69, creando por su cuenta una incorporación me­diante promesa formal, expresa y escrita —cfr. nota (43)— se opuso al “carisma” del Fundador, a los documentos pontificios y “sanas tradiciones” del Instituto (cfr. n.o 11). Debe, pues, ser restituida a la C.M. la forma incorporativa que re­cibió de manos del señor Vicente y practicó fielmente durante más de tres siglos.

7.° La desviación de esta Asamblea fue, en gran parte, debida a su preocupación económica, especialmente con referencia a los que dejan la C.M. Pero tal preocu­pación se satisface plenamente transformando la promesa expresa y escrita, por ella introducida (Const. et Statua, art. 71), en un contrato escrito y firmado por ambas partes (candidato marginal, o promesa marginal), pero sin constituir el acto formal de incorporación. En este contrato, cuyo ulterior desarrollo se dejaría a las Provincias, se pueden detallar las mutuas obligaciones económicas, especial­mente al dejar el Instituto.

8.° Por las razones aducidas, la incorporación temporal (provisoria, no plena) tampoco puede efectuarse mediante una promesa expresa. En cuanto a esta in­corporación, tampoco es preciso inventar nada. Basta el ingreso en el Seminario Interno y la emisión de los Propósitos, como se viene practicando desde San Vicente hasta nuestros días.

Si alguna provincia, excepcionalmente, admite una incorporación temporal antes del Seminario Interno, ésta podría efectuarse, como en tiempos de San Vicente, mediante la manifestación de la intención o buena voluntad del candidato, junto con la consiguiente manifestación o declaración de admisión por parte del Superior, y si se quiere, ambas por escrito.

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