La Iglesia y la mujer en nuestros días

Francisco Javier Fernández ChentoFormación CristianaLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Elisabeth Germain · Año publicación original: 1982 · Fuente: Ecos de la Compañía, 1982.
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Nacimiento del feminismo

El feminismo, en el sentido de esfuerzos, de luchas inclusive, para promocionar los derechos de la mujer y mejorar su suerte, no puede con­tar a su favor, antes de 1789, más que con algunas unidades aisladas. Algunas mujeres militaron bajo la Revolución, pero fracasaron ante cabe­cillas imbuidos por la doctrina de Rousseau y posteriormente ante la bur­guesía vencedora.

La corriente feminista crece, a partir de 1830, en las filas del roman­ticismo y de los socialismos: Flora Tristan reclama reformas concretas, mientras que las novelas de George Sand difunden las ideas del derecho a la felicidad, derecho al amor, al divorcio, a la unión libre. Sin embargo, nada de todo ello queda afianzado ni conquistado en aquella época.

En los Estados Unidos, la Convención sobre los derechos de la mujer redacta, en 1848, una «Declaración de sentimientos» que enumera toda la serie de quejas, por ofensas, que la mujer dirige al hombre:

«La obliga a obedecer a leyes dictadas sin su participación. De la mujer casada, ha hecho, civilmente hablando, un cadáver. Le ha retirado todo derecho a la propiedad, no posee como suyo ni siquiera lo que gana… Según los términos del matrimonio, debe obediencia a su marido que se convierte en su amo… le ha negado las posibilidades de una instrucción completa puesto que las universidades están cerradas para ella. Ha per­vertido la conciencia pública instituyendo un código de moral diferente para los hombres y para las mujeres, según el cual faltas que excluyen a la mujer de la sociedad son consideradas veniales cuando se trata de los hombres… Se ha esforzado por todos los medios en arrebatarle la con­fianza en’sí misma, en humillar su amor propio y finalmente la ha hecho convencerse de que es ella quien desea llevar una vida dependiente y abyecta» (Citado por Betty Friedan, «La mujer mitificada», 1964, t. 1, pá­ginas 90-91).

Primeros movimientos feministas

El primer grupo feminista se crea en Estados Unidos en 1869, y a él siguen un número bastante considerable de organizaciones.

Después de un tiempo de estancamiento, bajo el segundo Imperio, el movimiento vuelve a lanzarse, en Francia. La revolución industrial, genera­dora de una revolución cultural, trastorna los papeles tradicionalmente reconocidos a la mujer en la familia y la sociedad.

En el momento en que la influencia marxista logra abrirse paso y uni­ficar el movimiento obrero (hacia 1880), las reivindicaciones feministas se concretan e institucionalizan, paralelamente a las reivindicaciones obreras, sin llegar a confundirse con ellas. «Existen dieciocho grupos feministas, todos ellos librepensadores», afirma María Maugeret al lanzar un grupo cristiano en 1896. De hecho, ese pequeño grupo tardío es más criticado que seguido por las filas católicas.

Con la guerra de 1914-1918 y unas circunstancias económicas y sociales que requieren la entrada masiva de las mujeres en el mercado del trabajo, la emancipación femenina va extendiéndose gradualmente a todo el mundo occidental.

El feminismo católico se pone en marcha efectivamente en 1925, con la fundación, por Andrea Butillard, de «La unión femenina cívica y social». Como su nombre lo indica, dicha Unión se propone conjuntar acción política y acción social.

El impacto del feminismo en las filas cristianas aparece, pues, tardío y limitado. Tratemos de ver los puntos candentes que fueron apareciendo en los siglos xix y xx y cuáles fueron las tomas de posición de las Iglesias.

«El Movimiento ‘Mujeres Jóvenes’, vinculado al protestantismo, agrupa hoy a unas 5.000 mujeres. Manifiesta una gran independencia de espíritu con relación a todos los prejuicios tradicionales que se oponían a la emancipa­ción femenina. Da su apoyo a la Planificación Familiar» (M. Albistur, o.p., página 449).

Por primera vez, 45 mujeres ortodoxas, que representan a las Iglesias de 18 países, se reúnen en Rumanía del 11 al 17 de septiembre de 1976, bajo la égida de la sección «Mujeres» del Consejo Ecuménico de las Igle­sias (cf. al artículo del metropolita de Calabria en «La Croix», del 23-11-19761.

 

A FAVOR O EN CONTRA DE LA INSTRUCCION

La herencia del pasado: la Iglesia y la educación de las jóvenes

«El anticlericalismo cree que está innovando al instruir a la mujer, pero en realidad lleva retraso. Hace veinte siglos que la Iglesia trabaja en ello'»: Así es como, en 1908, el P. Sertillanges evoca el clima polémico en el que se ha institucionalizado la instrucción femenina.

Sin duda alguna, la Iglesia ha hecho mucho por la instrucción de las jóvenes. Hasta puede decirse que durante mucho tiempo lo ha hecho todo, puesto que ha tenido por completo a su cargo la enseñanza públi­ca de la infancia: en la Edad Media, en las escuelas parroquiales; en los conventos de las congregaciones de enseñanza, a partir del siglo xvi: Ursu­linas, Agustinas, RR. de la Visitación, Damás de la Instrucción cristiana. En esos conventos se educan, con frecuencia internas, las jóvenes de la buena sociedad, y en ellos permanecen hasta el momento de contraer matrimonio; las de la burguesía sé limitan a frecuentarlos durante un año o dos, para hacer la primera comunión; en cuanto a las pobres, tienen a su disposición los externados gratuitos y las «escuelitas» de caridad en las parroquias, como es el caso, por ejemplo, de las regentadas por las Hijas de la Caridad.

¿Qué educación?

En dichas escuelas, la educación es ante todo moral y religiosa. En ellas se aprende también costura y formación de hogar; las pensionistas de los conventos reciben enseñanza artística. A lo largo de los siglos, poco o nada varían los programas. Mientras transforman radicalmente los es­tudios masculinos, los humanistas permanecen con ciertas reservas por lo que se refiere a la instrucción femenina.

Es cierto que, en Francia, el siglo XVII produjo «mujeres sabias», que todas ellas, terminaron su formación antes de 1672, año en que se representó la obra de Moliere. Pero la postura del francés medio no cambia, ni el nivel de conjunto ni el carácter de la educación femenina. ¿De qué sirve dar a las mujeres una instrucción sólida y extensa? Lo más que hay que con­cederles es «alguna luz o claridad sobre todo».

Tampoco el siglo XVIII pone el acento en los estudios. Es que el destino de la mujer no ha cambiado durante esos siglos. ¿No habrá de partir de ahí la gran revolución occidental?

Dominantes e impulsos nuevos para formar buenas madres de familia

Al suprimir los conventos, la Revolución francesa desorganizó la en­señanza. En 1806, Napoleón instituye la Universidad Imperial como un cuerpo encargado exclusivamente de la enseñanza y de la educación pú­blicas (Decreto Imperial del 10 de mayo de 1806 que anunciaba la crea­ción de la Universidad Imperial). Con diferencia de las Universidades medie­vales, había de comprender todos los establecimientos y formar, como en un regimiento, un cuerpo de docentes laicos que se constituían como en una orden rival del clero. En realidad Napoleón se interesa poco por el nivel primaría y mucho, en cambio, por la secundaria. Los liceos —o ins­titutos— tendrían que formar a los, mandos o dirigentes del Ejército y de la Administración. Los católicos liábían de luchar durante todo el siglo contra este monopolio del Estado. En 1850, obtienen la libertad de abrir escuelas secundarias, y en 1875, libertad para la enseñanza superior. Con esto, sin embargo, la rivalidad continuó y aun fue más fuerte. De hecho, los obispos fueron libres de organizar seminarios menores y mayores; y, prácticamente, el gobierno cerró los ojos sobre lo que se hacía a nivel de la enseñanza primaria.

Por ese lado, se multiplican, bajo la Restauración, iniciativas y obras escolares sobre todo para chicas. Por lo demás, si bien la opinión no deja de mostrarse reticente ante la reanudación de las actividades docentes por parte de las congregaciones masculinas, se muestra por completo favorable a las religiosas: «Es de la mayor importancia preparar remotamente bue­nas madres de familia, formarlas por adelantado a hábitos de piedad, dul­zura, modestia, que constituyen el encanto y la felicidad de la vida do­méstica», declara el ministro de la Instrucción Pública, en Francia.

El rey de España suplica al Papa que autorice a las monjas de clausura a que abran escuelas en sus conventos. El Santo Padre accede a su deseo y recomienda al episcopado español: «exhórtese a las vírgenes consagradas a emprender esta gran obra que comprende los misterios de la fe, las buenas costumbres y la enseñanza de las labores propias de su sexo».

A lo largo del siglo XIX, el burgués envía a su hijo a estudiar al liceo y a la universidad, pero confía a su hija al convento. El, por su parte, es anticlerical. Pero «considera que la religión debe liminar parte de la edu­cación femenina, lo mismo que las artes de adorno: es la garantía segura de su moralidad y, por consiguiente, de la estabilidad del hogar, por la que tiene el mayor interés» (Regina Pernoud, Historia de la burguesía en Francia, t. 1, 1962, p. 492).

Un obispo protesta…

¡Cuántos de esos talentos de adorno he visto y oído, pero cuán pocos verdaderamente logrados! Las jóvenes suelen no interesarse por nada, com­prenden poco, no sienten… Durante la época de su educación, se les en­seña multitud de cosas… Pero nada en serio, nada en profundidad. Con demasiada frecuencia, la educación no confiere gravedad al espíritu, ni gusto por los estudios serios, ni el hábito de la reflexión… El defecto ca­pital que encuentro en la educación de las jóvenes es que no pone remedio a lo que es vicio capital de su naturaleza: la ligereza. Por todas partes, se deja su inteligencia desprovista de verdadera cultura. Sin embargo, esa inteligencia que existe naturalmente, es apta para elevarse y fortalecerse.

El que así protesta es Mons. Dupanloup uno de los más eximios entre los obispos del siglo XIX. Pedagogo por temperamento y por experiencia alienta muchas veces a las mujeres y a las jóvenes a que se instruyan. Y deplora «las consecuencias funestas de la ignorancia y la frivolidad en las mujeres», la moda del piano, en la burguesía, sea como sea, con aptitudes o sin ellas. Preconiza una enseñanza adaptada, que invite al trabajo, aun al trabajo intelectual:

«La educación de la mujer no debe dejar sin cultivar ninguna de las fa­cultadas de que está dotada… Estoy profundamente convencido de que es apartarse de las vías de la Providencia y poner a la mujer fuera de la posibilidad de cumplir su destino, el anular mediante una educación tímida, no inteligente y perezosa, las fuerzas que Dios ha puesto en ella» (Monse­ñor Dupanloup, Cartas sobre la educación de las jóvenes, 6.a edición, pá­ginas 124-27).

… pero se queda en la línea tradicional

Contrariamente a lo que piensa tantos clérigos, tantos hombres, Dupan­ulop está, persuadido de que el desarrollo de la instrucción —instrucción para todos, ricos y pobres, hombres y mujeres, no puede sino favorecer el desarrollo de la religión. Sin embargo, sigue haciendo distinciones entre categorías sociales y entre sexo: «Entiéndase bien: repito que lo que deseo no son mujeres sabias sino como lo necesitan sus marido sus hijos y sus hogares— mujeres inteligentes, juiciosas, atentas, instruidas en todo lo que es útil que sepan como madres, amas de casa y mujeres del mundo». Du­panloup renueva los métodos, los contenidos de la educación femenina, de cuya importancia está convencido. Pero, ¿renueva el objetivo de esta? Uno se lo pregunta.

Enfrentamiento Dupanloup-Duruy

Si el obispo de Orléans es partidario resuelto de la escuela primaria pública, tal y como la ley la organiza, tratándose de los muchachos, tiene, en cambio, enorme empeño en que las escuelas de niñas estén encomen­dadas exclusivamente a Religiosas. Es por lo que apuesta en su contienda contra Víctor Duruy, el gran maestro de la Universidad. En 1867, Duruy instituye cursos de enseñanza secundaria para las muchachas, a cargo de profesores de Institutos (Liceos) masculinos. La protesta de Dupanloup llega inmediata, vehemente:

La enseñanza secundaria para las muchachas debe estar en manos de mujeres; pido que no pase a manos de hombres. A las muchachas se las educa para la vida privada; pido que no se las lleve a aulas ni exámenes públicos… en los que los hombres se preparan para la vida pública. La enseñanza secundaria de las muchachas ha ‘sido, hasta ahora, religiosa: pido que no formen para el futuro mujeres librepensadoras. Me resisto a la fundación de una universidad para muchachas dirigida por hombres. Apelo al Episcopado». (La carta fue enviada a cada uno de los obispos y publicada el 16-11-1867. Todos los obispos de Francia se hicieron eco de ella. Pío IX envió una carta personal de aprobación el 211-12-1867. El expediente completo de este asunto se encuentra en «Nuevas obras esco­gidas» de Mons. Dupanloup, 1874).

Lo que el obispo de Orléans reprueba es una educación pública: a las jóvenes se las educa para la vida privada; sus deberes de hijas, esposas y madres, las vinculan a esa vida privada; reprueba también el hecho de que sean hombres los educadores de las muchachas, el que hermanos y hermanas tengan los mismos maestros, el mismo espíritu, el mismo len­guaje; y quizá de manera especial lo que tiene en vista es la maniobra anticlerical que subyace, porque, en realidad, se trata de arranca a la mujer a la influencia de la Iglesia.

La curva decisiva

«Reclamar la igualdad de educación para todas las clases sociales, es quedarse en la mitad de la labor; yo reivindico esa igualdad para los dos sexos… Hoy existe una lucha, sorda pero persistente, entre la sociedad de ayer, el Antiguo Régimen con su edificio de lamentos, de creencias, de instituciones, que no acepta la democracia moderna, y la sociedad que procede de la Revolución francesa… Ahora bien, en esa lucha, la mujer no puede permanecer neutra… Bien lo saben los Obispos quien tiene en su mano a la mujer, lo tiene todo; lo primero porque tiene también al hijo, y después tiene al Marido quizá no al marido joven que se deja llevar por la tormenta de las pasiones, pero sí al marido ya cansado y decepcionado por la vida… Por eso la Iglesia quiere conservar a la mujer, y por eso también la democracia quiere arrebatársela. Es menester que la democracia escoja, bajo pena de muerte; hay que escoger, ciudadanos; o que la mujer pertenezca a la ciencia, o que pertenezca a la Iglesia» (Julio Ferry, discursó del 18-4-1870).

Hacia una educación total

Julio Ferry que así se expresaba en 1870, consiguió llegado a ministro, la aprobación de las leyes escolares de la III República, las que insti­tuyen la enseñanza primaria gratuita, obligatoria, laica. La ley que creaba los Institutos (Liceos) de segunda enseñanza para las jóvenes la precedió con poca distancia. Revolución escolar en verdad capital para la vida y el destino de la mujer ‘en la sociedad: por una parte, todas las niñas de Francia, de 6 a 14 años, van a la escuela y reciben en ella una enseñanza idéntica a la que se imparte a los muchachos; por olla parte, la segunda enseñanza femenina del Estado va también abriéndose camino: 6.000 alum­nas en 42 Liceos femeninos, ya en 1.888. El programa, diferente del de los muchachos en 1881, va homologándose a él a partir de 1924 (Los primeros liceos femeninos preparaban a un diploma de fin de estudios y no al bachillerato, por el que sólo excepcionalmente se decidían las jóvenes). Pese a las dificultades, las mujeres irán conquistando, uno por uno, todos los diplomas o títulos. En 1910, de 100 bachilleres, había 2 muchachas; en 1940, 33; en 19510, 50. En 1875 se doctoró en medicina la primera mujer: en 1888, la primera en ciencias; en 1914, la primera en letras. Y desde que la Escuela politécnica está abierta a las mujeres (1971), puede decirse que no hay concurso, oposición o diploma que no les sea accesible. La misma Iglesia les ofrece sus doctorados canónicos (cf. Documentación Católica del 5-3-1967): los últimos reductos han quedado conquistados.

Reacción de los católicos

Los católicos de Francia reacciona fundando, multiplicando, a costa de enorme generosidad, escuelas libres. 3.000 se crearon sólo a nivel de primaria, de 1887 a 1895. «Por una parte, los cursos laicos, liceos y colegios del Estado; por otro, cursos religiosos y conventos», observa un universi­tario católico. En adelante, va a establecerse entre enseñanza del Estado y enseñanza libre una emulación y hasta una competición. Métodos de ense­ñanza, pedagogía tradicional, objetivos… todo va a revisarse. La reflexión sigue adelante, alimentada por muchas fuentes nueva:

«La finalidad primaria de la educación no es la de formar a una buena esposa, o una buena madre de familia, ni tampoco a un buen esposo o un buen padre. El ideal de la educación es la perfección humana, una per­fecta virilidad, una perfecta femineidad… Envilecemos a la mujer cuando no vemos en ella más que a un candidato para el matrimonio». ‘De Mons. Spalding, obispo de Peoría —Illinois—. EE.UU., en un opúsculo sobre la educación de las mujeres —Traducido al francés en EPQL, por el abate Félis Klein).

Parece que una de las grandes equivocaciones de la educación moderna procede de una idea pagana que lleva a formar a la mujer como si no fuera un ser completo en sí, quiero decir, responsable de su vida ante los hombres y ante Dios. No se la educa bastante para su finalidad divina; lo que preo­cupa ante todo es su finalidad humana: se ve en ella a la futura esposa, y aun esa esposa sugiere la idea de un ser jurídica y moralmente inferior, de una perpetua minoría de edad.

Por eso la educación implica cierta concepción de la mujer. Las cues­tiones pedagógicas se implican en otras no menos candentes en cada época, unidas como aquéllas a la corriente de emancipación femenina.

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