La Iglesia Católica y los Hispanos en los Estados Unidos

Francisco Javier Fernández ChentoFormación Cristiana1 Comment

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Author: Mario J. Paredes .
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La Comunidad Hispana presente en los Estados Unidos es fruto de distintas oleadas y épocas de inmigración y, al mismo tiempo, de circunstancias históricas distintas vividas en los distintos países de donde procedemos. Y aún cuando nos une un substrato histórico, lingüístico, cultural y religioso católico común, una cosmovisión y puntos de vista comunes cuando de ver la vida, la muerte, el tiempo, las relaciones humanas… se trata, también nos diferencian las distintas tradiciones, costumbres, niveles culturales y sociales y gestas histórico- políticas distintas que han ido conformando a cada país hispanoparlante como naciones con su propio carácter, su propia identidad, sus propias formas de gobierno, sus propias líneas programáticas, su propio pasado, presente y porvenir. Sin olvidar, además, que incluso al interior de nuestros propios países de origen hay regiones culturales distintas, distinta topografía, distintos climas, distintas tradiciones, distintas comidas, distintas expresiones sociales, religiosas y culturales. Bien podríamos afirmar, entonces, que la Comunidad Hispana presente en los Estados Unidos es una en la diversidad pero diversa en la unidad.

La presencia de la Comunidad Hispana en esta Nación se remonta a los propios orígenes de lo que hoy conocemos como Estados Unidos de Norteamérica y, últimamente, la segunda guerra mundial, las décadas de militarismo y dictaduras, la revolución cubana y la depresión económica de nuestros pueblos debida a las más diversas causas han empujado oleadas enormes de migración hispana a esta Nación. Población que se fue extendiendo comenzando por las regiones del sur hasta alcanzar presencia a lo largo y ancho de los Estados que conforman esta Nación.

Pero, ciertamente, el perfil de las más recientes masas migratorias de población hispana ha ido cambiando respecto de nuestros pioneros. Son cada vez más los hispanos con altos niveles de vida académica, social, cultural y económica y, por tanto,con altas cualificaciones para acceder a los centros con poder de decisión política y de inversión económica los que están llegando a radicarse entre nosotros. Este nuevo perfil de la migración hispana no oculta ni niega el de la gran masa migratoria al que pertenece la inmensa mayoría poco o nada cualificada profesionalmente y que, de cualquier forma, ha buscado instalarse aquí en búsqueda de mejores condiciones de vida y huyendo a formas de vida precarias y, casi siempre, indignas del ser humano.

Unos y otros sumamos hoy cuarenta y cinco millones de hispanos viviendo en esta Nación y el análisis del fenómemo migratorio hispano en los Estados Unidos, que se haga desde los estamentos gubernamentales, desde los medios de comunicación o desde instancias académicas e instituciones religiosas, si bien no puede olvidar nuestros substratos comunes que contribuyen a que todos podamos presentarnos bajo el rótulo de «Comunidad de origen Hispano o Latino», tampoco puede olvidar algunas de las diversidades señaladas arriba. Es decir, estamos ante un fenómeno migratorio novedoso, creciente, multitudinario, multifacético, etc… y cualquier análisis que olvide la complejidad étnica, histórica, social y cultural del mismo caerá, inevitablemente, en rótulos simplistas o en conclusiones abstractas, etéreas, inútiles, facilistas.

El substrato o común denominador histórico-religioso al que pertenece la mayoría de la población hispana tanto en nuestros países como aquí y que nos une e identifica es la Iglesia Católica. Por lo que cabe preguntarse siempre sobre los retos que la población hispana presente en los Estados Unidos lanzó y lanza a la Iglesia Católica en esta Nación y las respuestas y acciones pastorales concretas que ella ha dado para ser, en su misión evangelizadora, indefectiblememnte y para todos sus hijos: Madre y Maestra, Sacramento de Cristo.

En los años 1971, 1978, 1985 y 2000, la Iglesia Católica en los Estados Unidos convocó a sendos Encuentros Nacionales del Ministerio Hispano en las Ciudades de Washington y Los Angeles. Encuentros que quisieron ser momentos privilegiados para revisar y delinear los espacios de comunión y participación de la Comunidad Hispana en la vida de la Católica en esta Nación. De estos eventos, además de las recomendaciones y líneas pastorales a seguir en el presente y futuro próximo, recordamos como los mejores frutos: el nombramiento del primer obispo hispano (hoy hay más de treinta obispos de origen hispano en la Conferencia Nacional de Obispos Católicos en los Estados Unidos), la fundación y puesta en marcha de seis oficinas regionales dedicadas por entero al apostolado hispano, más de sesetna oficinas diocesanas con el mismo fín y se contaba, entonces, con más de tres mil sacerdotes y seminaristas hispanos.

Pero, después de más de treinta años de sesudos análisis, los números cambiaron vertiginosamente y las respuestas pastorales de la Iglesia Católica a las grandes urgencias de la ingente masa de población hispana que viene a engrosar las estadísticas de membresía católica en esta Nación parecen hoy, por decir lo menos, inadecuadas e insuficientes, si no por falta de buena voluntad de la jerarquía católica, sí por muchas y muy variadas razones y limitaciones que hoy deben alertar, preocupar y remover nuestro sentido de pertenencia a la Igesia Católica.

El decrecimiento en número de vocaciones a la vida sacerdotal y religiosa en general y la falta de agentes evangelizadores idóneos, es decir, con la formación suficiente para dedicarse por entero al Ministerio Hispano, el enorme volúmen de las continuas oleadas de migración hispana que desbordan los cálculos de planes pastorales miopes y cortoplacistas, la penetración creciente, masiva y con grandes recursos materiales y humanos de las iglesias protestantes en ámbitos hispanos, la pérdida de relevancia o la clausura que en muchas áreas de la Nación sufren las oficinas dedicadas al Ministerio Hispano, bien por ineficacia pastoral, por desconocimiento del fenómeno migratorio hispano, de su ethos cultural etc… o, peor aún, por continuas y reiteradas improvisaciones en la tarea evangelizadora, pero – sobre todo – porque la jerarquía eclesiástica – a nivel nacional, regional, diocesano y parroquial – para responder pastoralmente a los retos que le lanza la Comunidad Hispana – pretende asumir estrategias y soluciones importadas del moderno mundo de la gerencia empresarial, financiera y comercial .

Todo ésto, so pretexto facilista del respeto cierto que se le debe al multiculturalismo étnico y a la forma pluridiversa como histórica, social y culturalmente se ha integrado y construido esta Nación. Respeto que no puede darse uniformando, atropellando, olvidando, negando o descuidando la atención pastoral debida a las tantas y tan variadas diversidades, particularidades e individualidades… como que éstas son las partes del todo y enriquecen la diversidad eclesial y nacional. Estas estrategias de tipo gerencial no dan en el blanco de las acciones y servicios pastorales reclamados y, en el peor de los casos, riñen con principios evangélicos fundamentales como el de la opción preferencial por los más pobres y desvalidos.

Porque respuestas pastorales que, por facilismo gerencial, uniforman y menoscaban la riqueza de las individualidades y diversidades en nombre del «melting pot» logran, finalmente, el objetivo opuesto al que se pretendía: mayor suma de marginación de los grupos étnicos que se aíslan y distancian tratando de defender sus orígenes, de preservar aquello que les es más propio, más querido y más extrañado. De tal manera que modelos de Iglesia que supongan mayor cercanía con las bases de nuestra sociedad, mayor personalización en los servicios pastorales, mayor proximidad con cada comunidad y con cada hijo de Dios y miembro de la Iglesia, mayor comunión y participación en una unidad que respeta la diversidad, siguen siendo tan válidos hoy, como en el tiempo de las primitivas comunidades cristianas.

Una vez más hay que repetir que el fenómeno migratorio hispano cambió y que hoy es distinto de lo que fue en las pasadas décadas; que algunas de las respuestas pastorales provenientes de la católica seguramente muy meritorias ayer parecen obsoletas hoy. Por tanto, la Iglesia Católica, si quiere responder de manera evangélica, eficiente y adecuada, ha de ser y estar más sensible a los nuevos retos pastorales que dicho fenómeno plantea, dando prioridad a lo pneumático y carismático sobre lo institucional y pragmático.

Dado que existe la ya mencionada diversidad en la unidad «hispana», la Iglesia Católica en esta Nación, más acorde con las actuales circunstancias, ha de ser facilitadora – no por decreto sino con la paciencia que se construye el Reinado de Dios – de la integración de «lo hispano» y de los hispanos en un nuevo concepto de «hispanidad» y ser, al mismo tiempo, consciente de que el llamado Apostolado o Ministerio Hispano enfrenta hoy retos que van más allá de las puras necesidades litúrgicas, cultuales, sacramentales…. Por ello, por ejemplo, el silencio en los últimos años y no en todos los casos de la Jerarquía Católica en general y/o del Ministerio Hispano en particular y posturas prudentes en temas tan importantes como el de las reformas sociales, políticas y en las leyes inmigratorias requeridas con suma urgencia en beneficio de las grandes masas de inmigrantes hispanos, terminan siendo complicidad con la injusticia y prueba fehaciente de inautenticidad cristiana.

En la Nación que se autoproclama como pregonera de la democracia y de las libertades individuales y sociales, la Iglesia ha de vigilar y profetizar (anunciando y denunciando con hechos que respalden sus palabras) para que la hipocresía política y la doble moral que tanto daño ha causado alrededor del planeta no termine oprimiendo, atropellando, hiriendo, lastimando, explotando y pisoteando en el propio seno de los Estados Unidos a los más pobres de entre los pobres y aniquilando, silenciando y matando la justicia que se les debe.

La Iglesia Católica está llamada a ser, aquí y ahora, más que nunca, protectora, defensora y «voz de los sin voz» y, simultáneamente, promotora de una integración (no asimilación) autocrítica, sana y razonable que preserve lo bueno, verdadero, noble, bello y legítimo de nuestras culturas de orígen junto a todo lo bueno de la cultura dominante y rechace lo negativo de nuestras culturas y de la sociedad que nos acoge.

Por otra parte, los recientes escándalos en los que se han visto involucrados miembros del clero católico, el decrecimiento en el número de vocaciones y de fieles que participan activamente en la vida de la Iglesia, el letargo en la vida espiritual y litúrgica, el no protagonismo de la Iglesia en centros y temas álgidos de la vida de la Nación, el cierre de templos y sitios de culto, además de la clausura de importantes centros de servicios pastorales para nuestras comunidades tales como escuelas y hospitales, etc… muestran la urgente necesidad de volver siempre, individual y comunitariamente, a las fuentes fundacionales de la católica: el evangelio de Jesucristo y al espíritu de oración y testimonio cristiano vivido en las primeras comunidades para discernir más y mejor lo que el Señor quiere hoy para su Iglesia en el Mundo y en los Estados Unidos y, particularmente, para la Comunidad Hispana y Catolica presente en esta Nación.

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