La identidad de nuestra vida cristiana: la praxis del seguimiento de Jesús

Francisco Javier Fernández ChentoFormación CristianaLeave a Comment

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Author: Antonio Ruiz, C.M. .
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La evangelización, como tarea primordial de toda la Iglesia, es un ámbito muy apropiado para la realización del seguimiento de Jesucristo. Su significado se identifica en la praxis del mismo: los cristianos tratamos de imitar a Cristo y, con ello, transmitimos lo mejor que tenemos, porque lo hemos recibido y así aparece la identidad o vida cristiana en acto: una singular experiencia de amor incondicionado que conduce a la salvación universal, manifestado plenamente en Cristo como Evangelio.

Está claro, por tanto, que ello se convierte en algo que no nos deja indiferentes, por eso actuamos de esa manera y que, pensamos, también le puede ocurrir así a los demás: por este motivo se convierte en cualificada propuesta eclesial frente a la indiferencia religiosa, que campa a sus anchas en el actual panorama occidental.

De aquí se obtiene el carácter eminentemente práctico del seguimiento dentro de la Cristología. Y de esta forma se entiende mejor la crítica realizada por algún autor al mero saber cristológico contenido en el Magisterio eclesiástico, es decir, al conocimiento (tan sólo nocional) de las fórmulas cristológicas de los Concilios sin derivar del mismo (como una necesidad) una correspondiente y determinada praxis.1

El seguimiento de Jesucristo consiste, según lo que Él dijo e hizo, en lo siguiente: el anuncio y testimonio eclesial de la Buena Noticia, una Buena Nueva relacionada especialmente con los pobres, mediante palabras y obras, con la intención de originar la conversión, en la Historia presente, con su contexto cultural correspondiente.

Desarrollamos a continuación cada uno de estos elementos mencionados, para que se comprenda mejor su significado concreto.

En primer lugar, el anuncio y testimonio eclesial de la Buena Noticia. Esta Buena Noticia es la cercanía del Reino de Dios. Ahora bien, para expresar correctamente el sentido de la Buena Nueva y del Reino de Dios es necesario tener en cuenta el Evangelio de Jesús y a Jesús como Evangelio, «Jesús mismo es el Evangelio de Dios» (EN 7). Su anuncio y testimonio tienen relación con la creación, porque es buena y con la Historia, pues tiene sentido. Es afirmar que hay esperanza frente a los fracasos y la muerte. Concierne a las raíces de lo humano y de lo social; no es algo privado y accidental. Se relaciona con Jesús, muerto y resucitado, coherente en su pensar y en su obrar: supone intentar, consecuentemente, que el Evangelio sea una buena noticia para que transforme la vida de quienes lo acepten. Somos conscientes, sin embargo, que tes timoniar esta Buena Noticia no es fácil, por diferentes motivos, entre los que cabe señalar la indiferencia religiosa. Tampoco podemos olvidar, siendo autocríticos, las dificultades que provienen de la misma Iglesia, ya que no siempre da testimonio de Jesús.

Buena Noticia relacionada especialmente con los pobres. Con esta afirmación se pone de relieve que, en el seguimiento de Jesucristo, a los desfavorecidos les corresponde, justamente, la primacía (opción fundamentada cristológicamente, no sólo socialmente). Así actúo Jesús desde el principio (cf Lc 4, 16-19) hasta el final: son ellos quienes de verdad poseen una necesidad apremiante de salvación, quienes viven las expectativas de liberación y las ansias de plena realización, y esto no de forma individual, sino compartida. Jesús se convierte en pionero del Reino, y, en cuanto tal, comunica y hace efectiva la Buena Nueva: Dios va a «gobernar» el mundo, se acabó la explotación y el dominio del hombre sobre el hombre debido al pecado: para que esto suceda, es decir, sea verdad, hay que cambiar de conducta, convertirse.

Mediante palabras y obras. Jesús, y nosotros lo debemos hacer igual que Él, anuncia la venida del Reino con palabras y lo hace presente con sus acciones (cf Lc 1, 1: «sus hechos y enseñanzas»). Como consecuencia, el seguimiento tiene una doble dimensión en el terreno de la praxis: la palabra y la acción. No se trata tan sólo de predicar, sino de que lo predicado se lleve a cabo. Se necesita que la verdad se realice, que sea amor en concreto (aspecto «performativo» de la verdad). Sin hechos que demuestren la verdad, el seguimiento se convierte en pura ideología. Por esta razón, Pablo VI nos dice que Jesús evangelizó «mediante la predicación infatigable de una palabra» (EN 11) y «por medio de innumerables signos» (EN 12). O sea, «la proclamación verbal de un mensaje» (EN 42) y el «testimonio de vida» (EN 21, 41, 76, 78) al que va unida la «acción transformadora» (EN 4) o «liberación» (EN 30).

Sabemos que es el hombre, con sus aspiraciones, sus problemas, sus deseos de plenitud, el espacio donde podremos entablar un oportuno diálogo, como S. Pablo en el Areópago (cf Hch 17, 22-34), que debería tener en cuenta las posiciones de la indiferencia religiosa. Dentro de este espacio hay un aspecto por el que nuestra sociedad muestra una considerable sensibilidad y que no se nos puede pasar por alto: la defensa de los empobrecidos. Son las injusticias de los poderosos y las miserias de los desheredados de esta sociedad epulónica las que ocultan a muchos hombres el verdadero rostro de Dios. Cuando los pobres son evangelizados, Dios puede manifestarse y puede instaurarse en el mundo su Reino. Esto lo advirtió a la perfección Vicente de Paúl (158 1 – 1660), como muy pocos en su época, que, en una de sus cartas a un misionero, expresa claramente la importancia religiosa del amor hacia los pobres:

«Trabajemos humilde y respetuosamente […] Si no, Dios no bendecirá nuestro trabajo. Alejaremos a las pobres gentes de nosotros. Creerán que ha habido vanidad en nuestra conducta, y no creerán en nosotros. No se le cree a un hombre porque sea muy sabio, sino porque lo juzgamos bueno y lo apreciamos. El diablo es muy sabio, pero no creemos en nada de cuanto él nos dice, porque no lo estimamos. Fue preciso que Nuestro Señor previniese con su amor a los que quiso que creyeran en Él. Hagamos lo que hagamos nunca creerán en nosotros, si no mostramos amor y compasión hacia los que queremos que crean en nosotros [ … ] Si obran ustedes así, Dios bendecirá sus trabajos; si no, no harán más que ruido y fanfarrias, pero poco fruto».2

Vicente de Paúl vivió su fe en un clima de Cristiandad, aunque atravesado por las herejías de la época, el Jansenismo, por ejemplo. Nosotros la estamos viviendo en un clima de indiferencia, a la luz del patrimonio espiritual de los testigos que nos precedieron y de los que actúan en la actualidad.

Mientras tanto, ayudados por la recta inteligencia y vivencia de la fe, con «entrañas de misericordia» (cf Mc 8, 2), al servicio de los que más necesidad tienen, sigamos percibiendo la presencia cercana del «Dios vivo y verdadero» (cf 1 Tes 1, 9), a quien debemos comunicar precisamente al hombre de nuestro tiempo.3

Recordemos que los evangelios describen frecuentemente tres gestos de Jesús: un caminar con los pies hacia las aldeas y pueblos («recorría», «iba» … ); una mirada con sus ojos a la multitud y Dios («levantando los ojos», «viendo»…) y una donación de las manos («les dio», «le tocó»…): no se queda en la proclamación verbal sino que finaliza su misión con hechos.4

Con la intención de originar la conversión. El objetivo del seguimiento es la conversión, que entraña al mismo tiempo un cambio en el creyente, en la Iglesia y en la sociedad, es decir, no exclusivamente en el individuo. Intenta dar sentido y dirección a la totalidad de la existencia cristiana. Se circunscribe a lo que significa «ser persona», en su profunda realidad de espíritu encarnado o ser que trasciende,5 y a lo que supone «convivir socialmente», dimensión de comunión. Des graciadamente, la vertiente social del seguimiento ha sido un aspecto frecuentemente olvidado en la fe tradicional: más centrada en otras cuestiones, las prácticas religiosas, por ejemplo, olvidaba las implicaciones que lleva consigo la justicia. Debemos recuperarla urgentemente: es una orientación ineludible, fielmente acorde con el espíritu evangélico.

Por último, pero no por ello menos importante, en la Historia presente, con su contexto cultural correspondiente, el seguimiento de Jesucristo no se sitúa fuera de la Historia, sino en su interior, permanentemente conflictivo; se desarrolla teniendo en cuenta la realidad social, tal y como está estructurada; lo desempeñan hombres y mujeres concretos, dentro de su situación particular, con sus dolores y esperanzas, somos «seres en situación concreta»: contextualizados. Debemos estar particularmente atentos a esta hora que nos corresponde vivir, no como crónos, sino como kairós, en la que debemos escrutar los signos de los tiempos, es decir, aquellos elementos que relacionan la idea del seguimiento y la forma precisa que su desarrollo debe adoptar en la Historia actual, prestando suficiente interés al mundo en el que vivimos («aldea global»), diferenciado o subdividido en varios mundos, algunos de los cuales «sufren el peso intolerante de su miseria» (SRS, 13), como expresó certeramente Juan Pablo II. Sólo así podrán surgir nuevos lenguajes, formulaciones, vías de penetración y compromisos estables, dentro de los límites de los múltiples significados que la cultura posee en la actualidad.

  1. «Por tanto, no se puede decir que en los Concilios esté ya toda la Cristología, porque éstos se limitan a poner los cimientos, pero falta todo el edificio. Por eso, profesando nocionalmente las fórmulas conciliares, y sólo eso, iremos a parar a una Cristología sin seguimiento. Y de esto es de lo que, en mi opinión, habría que acusar a la Cristología anterior al Vaticano II: la Encarnación era una cosa que afectaba sólo a Jesús y que cambiaba quizá nuestro saber, pero no nuestras vidas». J. I. GONZÁLEZ FAUS, El rostro humano de Dios. De la revolución de Jesús a la divinidad de Jesús, 180.
  2. SAN VICENTE DE PAÚL, Obras Completas, I, Ed. Sígueme, Salamanca 1972, 320.
  3. La caracterización religiosa del hombre actual prácticamente coincide con la descripción que el gran narrador y premio Nobel Mario Vargas Llosa hace del personaje principal de su novela «El sueño del celta», Roger Casement, ambientada a finales del siglo XIX y principios del XX: » [… ] El trabajo era digno y altruista, pero sólo tenía sentido acompañado de esa fe que animaba a Theodore Horte y los Bentley y de la que él carecía, aunque mimara sus gestos y manifestaciones, asistiendo a las lecturas comentadas de la Biblia, a las clases de doctrina y al oficio dominical. No era un ateo, ni un agnóstico, sino algo más incierto, un indiferente que no negaba la existencia de Dios, el «principio primero», pero incapaz de sentirse cómodo en el seno de una Iglesia, solidario y hermanado con otros fieles, parte de un denominador común». Mario VARGAS LLOSA, El sueño del celta, Ed. Alfaguara, Madrid 2010, 66.
  4. «Son estos hechos los que dan credibilidad a la palabra, como anticipaciones que comunican ya vida, aunque no sean la plenitud de la vida; que liberan de la opresión, aunque no sean la liberación final y plena de todas las servidumbres; que son presencia actuante del Reino, aunque no sean la irrupción escatológica y definitiva del Reino». J. Mª MORENO, «La evangelización en el mundo contemporáneo», Revista Latinoamericana de Teología 5 (1988), 276.
  5. Como es sabido, ésta es la concepción antropológica del teólogo K. Rahner, y que nosotros suscribimos: «El hombre, a pesar de la finitud de su sistema, está siempre situado ante sí mismo como un todo. Él puede cuestionarlo todo; puede por lo menos interrogar siempre todo lo enunciable en particular mediante una anticipación de todo y de cada cosa. En cuanto pone la posibilidad de un horizonte de preguntas meramente finito, esta posibilidad está rebasada ya de nuevo y el hombre se muestra como el ser de un horizonte infinito. En cuanto experimenta radicalmente su finitud, llega más allá de esa finitud, se experimenta como ser que trasciende, como espíritu». K. RAHNER, Curso fundamental sobre la fe, Ed. Herder, Barcelona 19894, 5 1.

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