La identidad de las Hijas de la Caridad

Francisco Javier Fernández ChentoHijas de la CaridadLeave a Comment

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Author: Joseph Jamet, C.M. · Year of first publication: 1975 · Source: 3ª Semana de Estudios Vicencianos.

El P. JOSEPH JAMET nació en Gouézec, diócesis de Quimper (Francia), en 1901. Hizo sus estudios secundarios en el Berceau St. Vincent-de-Paul e ingresó en la Congregación de la Misión el 18 de septiem­bre de 1918. Fue ordenado sacerdote en Funchal (Portugal), en 1924. Desde entonces su vida transcurrirá dedicada a la enseñanza en los seminarios diocesanos y de la Congre­gación. En 1956, y por espacio de seis años ocupa el puesto de rector de la iglesia de San Luis de los Franceses, en Lisboa. En 1962 fue nombrado Director Provincial de las Hermanas, en Lyon. Su rica espiritualidad bebida en las fuentes vicencianas es bien conocida por sus libros y artículos en el «Eco de la Casa Madre».


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Antes de abordar los temas de esta jornada que he intitulado: «Identidad» y «Misión» de la Hija de la Cari­dad, quisiera hacer algunas observaciones.

1. La sociedad y la Iglesia conocen hoy una crisis.

El decirlo, no es muy original, y mi finalidad no es ana­lizar las causas de esta crisis.

Esta crisis alcanza más a los ambientes juveniles, más abiertos a las corrientes del tiempo: «Universidades», «Se­minarios», etc…

También alcanza más a los ambientes cerrados, como las comunidades religiosas, porque las estructuras: re­glas, autoridad, son en ellas más estrictas.

La crisis no alcanza solamente a tal o cual punto de la vida, como la obediencia, sino a la vida consagrada en sí misma. Es una crisis de identidad.

Pero esta palabra «crisis» no debe entenderse solamente en sentido negativo. Crisis quiere decir: período difícil en la vida de una sociedad, situación tensa, que provoca males­tar y sufrimiento. No hay que ser pesimista; estamos en búsqueda entre una estabilidad que se ha perdido y un equilibrio que vendrá. En los tiempos de estabilidad, se vive sin problemas. En los tiempos de crisis, hay que pen­sar, dialogar, reflexionar personalmente y en grupo. En un tiempo pasionante, abierto ampliamente al soplo del Es­píritu Santo.

Es una de las palabras clave de san Vicente: «Busque­mos… no permanezcamos en un estado pasivo».

2. Signos positivos de esta crisis.

En las respuestas a los cuestionarios preparatorios a la Asamblea general, la inmensa mayoría de las Hermanas manifiestan su amor a la vocación. Hay un deseo, una as­piración hacia una proximidad mayor, un servicio más significativo de los pobres, una búsqueda de verdad y au­tenticidad en la vida espiritual, la pobreza, la obediencia. La Compañía se quiere misionera en respuesta a las lla­madas de la Iglesia. Hay en esto pruebas de madurez. Estas llamadas, estos deseos aparecen en toda la Compañía. De­seo de fidelidad, de unidad, de autenticidad.

3. Hay que añadir, que existe también a veces una «falta de realismo».

Se revuelven muchas ideas. Nunca se ha escrito tanto sobre la vida consagrada. Existen hoy muchos profetas. Diríase, a veces, que el Espíritu ha pasado de la Institu­ción a los carismas personales. Esto puede crear confu­siones. Se lanzan muchas preguntas: «¿Somos religiosas o seculares?» «¿Para qué los votos?».

A mi parecer, la cosa es más sencilla. Cesemos de bus­car el definirnos con relación a los demás, negativamente. El Concilio nos pide que digamos lo que somos y que lo vivamos: «Hija de la Caridad de san Vicente hoy».

Volvamos al método de san Vicente. El no ha partido de una teoría, de un plan. El no se presenta como un fun­dador. El partió del exterior, del mundo de su tiempo: «Los pobres están abandonados». Los pobres son nuestros amos, ellos son los que mandan. A partir de esta atención apasionada ante la situación creada a los pobres, es como san Vicente movido por la caridad de Jesucristo, quiso responder. Vemos nacer la familia vicenciana: seglares (Cofradías de la Caridad), sacerdotes de la Misión, Hijas de la Caridad para responder juntos a las necesidades de los pobres.

Hay en él un impulso inspirador, un carisma, por de­cirlo así: la Caridad de Jesucristo, estimulado por la visión de su tiempo. Por eso él podrá decir que no es su obra. Es la obra de Dios.

Si queremos ser fieles, ha de ser a partir de estas dos miradas, dos orientaciones: el impulso inspirador que ani­maba a san Vicente: la Caridad de Jesucristo con los po­bres y luego, la mirada sobre el mundo de hoy, donde tiene que encarnarse.

Es el pensamiento expresado por Pablo VI (Evang. Test. 12 y también 51).

«El carisma de la vida religiosa, en realidad, lejos de ser un impulso nacido de la carne y de la sangre, u origi­nado por una mentalidad que se conforma al mundo pre­sente, es el fruto del Espiritu Santo que actúa siempre en la Iglesia.

Es precisamente ahí donde encuentra su medio de sub­sistencia el dinamismo propio de cada Familia Religiosa, porque, si la llamada de Dios se renueva y se diferencia según las circunstancias mutables de lugar y de tiempo, requiere sin embargo cierta dirección uniforme. El impulso interior, propio de cada una, suscita en el seno de su exis­tencia ciertas opciones fundamentales. La fidelidad a sus exigencias es la piedra de toque de la autenticidad de una vida religiosa. No lo olvidemos: toda institución humana está asediada por la esclerosis y amenazada por el forma­lismo. La regularidad exterior no bastaría por sí misma para garantizar el valor de una vida y su íntima coherencia. Por tanto es necesario reavivar incesantemente las formas exteriores por medio de este impulso interior, sin el cual quedarían convertidas bien pronto en una excesiva car­ga» (12).

«La vida religiosa, para renovarse, debe adaptar sus formas accidentales a algunos cambios que atañen, con una rapidez y una amplitud crecientes, a las condiciones de toda existencia humana. Pero no podréis llegar a eso, manteniendo las formas estables de vida reconocidas por la Iglesia, sino mediante una renovación de la auténtica e íntegra vocación de vuestros Institutos. Para un ser que vive, la adaptación a su ambiente no consiste en abando­nar su verdadera identidad, sino más bien en robustecerse dentro de la vitalidad que le es propia.

Percibiendo más ampliamente las inclinaciones de los espíritus y las exigencias de los hombres de hoy, debéis procurar que de vuestras fuentes salte el agua con renovado vigor y frescura. Tal compromiso es apto para encender el alma en proporción de las dificultades» (51).

Textos de san Vicente

«Se dice, pues, que se busca el Reino de Dios. Que se busca, no encierra sólo una palabra; sino que implica mu­chas cosas. Quiere decir que nos da el impulso de aspirar siempre hacia lo que está mandado, de trabajar por el Reino y no permanecer en un estado lánguido y estacio­nado. Buscad, buscad; implica solicitud, implica acción; buscad, no os quedéis en un estado de flojedad y disipación, en un estado secular y profano».

¿Cuál ha sido la intención profunda de san Vicente en la institución de las Hijas de la Caridad?

Pregunta indispensable, pero compleja.

  • San Vicente es de su tiempo, un medio cultural di­ferente del nuestro. En él, no encontramos palabras que nos son familiares: consagración, carisma, etc. Otros tér­minos suenan mal a nuestros oídos: indiferencia, humil­dad, «no hacer», «vaciarse de sí mismo».
  • San Vicente hizo muchas cosas, escribió mucho.
  • Vivió mucho tiempo, evolucionó.

Por eso, cada una puede encontrar en san Vicente lo que le interese, y nos inclinamos a resumir su pensamiento en algunas expresiones muy impresionantes, por ejemplo:

«Dejar a Dios por Dios».

A través de las respuestas de las Hermanas, se ve que unas insisten sobre el polo consagración, relación a Dios, vida interior y no se preocupan por encontrar referencias: «Se necesita la vida interior; si se falta a esto, se falta a todo».

«Dadme un hombre de oración; será capaz de todo».

Otras Hermanas, se sensibilizan ante el aspecto misión, servicio, proximidad de los pobres, y no faltan los textos para justificar esta opción:

«El servicio de los pobres debe ser preferido a todo otro ejercicio corporal o espiritual».

«Servir a los pobres es hacer oración».

«Servir a los pobres, es vuestra principal ocupación».

— Tenemos en esto dos perspectivas: ¿cómo llevarlas a la unidad? Para sí mismo, él había hecho la unidad de su vida. Este hombre muy ocupado, «comido», era un hombre sencillo: «Vicente, siempre Vicente». El secreto de esta unidad: la pureza de intención: una sola finalidad en su vida; un solo enfoque: que Jesucristo continúe, que se prolongue.

El quiso unificar la vida de una Hija de la Caridad. Las dos perspectivas que aparecen paralelas se encuentran en la identificación: pobres – Jesucristo; desde ese mo­momento, consagración y misión, oración y servicio, con­templación y acción, forman un todo.

Encontramos la ficha de identidad de la Hija de la Ca­ridad en una charla del 22 de octubre de 1650, a unas Her­manas enviadas a la misión.

Habría que leer todo el texto. Voy a detenerme en el pasaje principal:

«Amadas Hermanas mías: una de las principales virtu­des que debéis poseer es la de la humildad. Consideraos las últimas de todas; acordáos de que sois siervas de los po­bres; miradlos como a vuestros amos y servidles con mucha humildad y mansedumbre.

La segunda virtud que debéis poseer, Hermanas, es la caridad; mucha caridad con todos.

La tercera, mis amadas Hermanas, y que os recomiendo sobre todas, en la mutua paciencia. Sufríos mutuamente, amadas Hermanas, cuando aconteciere alguna diferencia entre vosotras, que acontecerá.

Iréis, pues, mis amadas Hermanas, a visitar a tales y tales personas, y si os llevaren a ver al señor Obispo de la diócesis, pedidle su bendición; hacedle ver que deseáis vivir bajo su obediencia y que os ponéis a su disposición para servir a los pobres y que para esto fuisteis enviadas.

Si acaso os preguntare quién sois, si sois religiosas, le diréis que no, por la gracia de Dios, mas que esto no quiere decir que no estiméis en mucho a las religiosas, sino que si vosotras lo fuerais, tendríais que estar encerradas y no podríais servir a los pobres. Decidles que sois pobres Hijas de la Caridad que os habéis consagrado a Dios para asistir a los pobres. y que podéis dejar de servirlos cuando quisie­reis y que también pueden despediros.

Si os preguntare: «¿Hacéis voto de religión?». Decidle: «¡Oh, no, Monseñor!, nos consagramos a Dios para vivir en pobreza, castidad y obediencia, unas para siempre, otras por un año».

Daos enteramente a Dios para hacer bien lo que vais a hacer.

Es preciso situar este texto en su contexto histórico. La Compañía cuenta ya una existencia bastante larga. San Vicente habla de su experiencia.

  • En 1633, primera agrupación de algunas Hermanas en la casa de Luisa de Marillac; pero ellas dependen toda­vía de las cofradías de la Caridad.
  • En 1645, primer reglamento; la Compañía se hace autónoma; tiene su vida propia.
  • San Vicente comprende que la Compañía debe ser aprobada por la Iglesia, si no, no hay misión. La hace apro­bar por el Arzobispo de París.
  • Las Hermanas son enviadas a la misión; deben po­nerse a disposición del Obispo, pero según su carisma pro­pio: el servicio de los pobres.
  • Las Hermanas están en la Iglesia, pero como algo nuevo; no son religiosas.
  • Lo que las caracteriza, no son los votos, sino su compromiso al servicio de los pobres. No están en un «estado de perfección», sino en «un estado de caridad» que abarca todas sus relaciones: con Dios, con sus Hermanas, con los pobres. Esta caridad se basa en la humildad, pues ellas son «siervas de los pobres».
  • Se ven aparecer los votos, pero no votos de religión.

Y llegamos a la fórmula muy densa, en la que el Santo trata de compendiar su pensamiento:

«Pobres jóvenes entregadas por completo a Dios para el servicio de los pobres».

Nos vemos obligados a analizar el texto. Pero si quere­mos captar el pensamiento de san Vicente, hay que tomarlo en su unidad orgánica. San Vicente quiso unificar la voca­ción, la vida de una Hija de la Cariad. Se encuentran, desde luego, expresiones idénticas, lo que muestra que no es un pensamiento de un momento, sino una convicción fru­to de su experiencia.

El movimiento va del pobre a Dios. La preposición «para» es capital, porque da movimiento y orientación a vuestra vida.

  • No se trata de personas que se han dado a Dios y que sirven a los pobres, como si fueran dos fines, dos ejes de vuestra vida: por una parte, la consagración, y por otra, el servicio de los pobres.
  • El servicio da un fin a la consagración y la consa­gración santifica el servicio, impidiéndole ser un simple compromiso humanitario y social.

El servicio está ya presente, determinante en vuestra consagración. Esto quiere decir que la formación dada, desde el postulantado y el Seminario, debe tener una di­mensión apostólica. Dios os ha llamado para esto; por tanto, hay que prepararse para ello.

Del mismo modo, debe estar presente en la vida comu­nitaria; no se entra en la Compañía para «estar juntas», «estar muy juntas en un ambiente cerrrado y cálido». «Dios os ha reunido para el servicio de los pobres».

— No entráis en la Compañía para santificaros per­sonalmente; toda vida cristiana está llamada a la perfec­ción; para santificaros, no necesitabais ser Hija de la Ca­Caridad; podíais casaros o ser carmelita. Habéis entrado para el servicio de los pobres. Y en este servicio, es como os santificaréis.

Por tanto, puede resumirse el pensamiento de san Vi­cente diciendo: vuestra consagración no tendría su signi­ficado, si se hiciera abstracción del servicio de los pobres; vuestro servicio de los pobres sería fundamentalmente des­naturalizado, si se hiciera abstracción de la consagración.

No sería una verdadera Hija de la Caridad, sin estar entregada por completo a Dios.

No sería Hija de la Caridad si no se entregara por com­pleto al servicio de los pobres.

San Vicente quiso para las Hijas de la Caridad una verdadera consagración:

Ellas se han entregado por completo a Dios: «Hijas de la Caridad, hijas de Dios». Es la Fe que anima la Caridad, es en la fe como ama y sirve al pobre. Sin la fe, su vida no tiene sentido.

Entregadas a Dios, esto implica la idea de consagración, aunque san Vicente no emplee esa palabra. El emplea un lenguaje existencial. «Démonos a Dios… Es preciso que nos demos a Dios». Una cosa, se consagra de una vez para siem­pre. Una persona debe consagrarse continuamente. La con­sagración está presente, como una invitación permanente a realizar la caridad en su vida, del mismo modo que la consagración bautismal está en nosotros, como un ma­nantial de conversión y de progreso.

Ellas se han entregado por completo: del todo, es decir, enteramente, puramente. San Vicente ha hecho la amarga experiencia de los dones parciales. Las Damas de la Cari­dad no podían ser enteramente para los pobres. De la misma forma, muchas Hijas de la Caridad venían y luego se marchaban. El comprendió que se necesitaban personas que se entregaran por completo: «Para ser verdaderas Hijas de la Caridad, es preciso haberlo dejado todo… Ser Hijas de la Caridad, es ser hijas de Dios, hijas que perte­necen enteramente a Dios».

La consagración, cronológicamente, precedió a los vo­tos. San Vicente tuvo que pensar en hacer la distinción entre: consagración y vida religiosa; en su época, era una novedad. Hoy, la Iglesia distingue la vida consagrada, de las diversas formas que puede revestir, desde la vida reli­giosa canónica, hasta los Institutos seculares, los cuales, por los consejos evangélicos «tienden a la total dedicación de sí mismo a Dios en la caridad perfecta».

Desde el principio, la Hija de la Caridad ha sido una Hija entregada por completo a Dios. Ella se comprometía a practicar la pobreza, la castidad y la obediencia, sin que hubiera todavía la formulación del voto.

En san Vicente, hay prioridad del servicio de los pobres, pero sería traicionarle si eso se percibiera como un ate­nuante del valor de la consagración.

La consagración es la que sostiene el servicio de los pobres. Para ser totalmente de los pobres, para encontrar en ello la alegría y la felicidad, no basta «la carne y la sangre», es decir, motivos humanos. Es un paso de fe, es un encuentro de Jesucristo, es la manifestación de un amor sin reservas. «Estos dos amores —amor afectivo y amor efectivo— forman de suyo la vida de una Hija de la Cari­dad, porque ser Hija de la Caridad es amar a Nuestro Se­ñor con ternura y constancia para pasar del amor afectivo al amor efectivo, «que es el servicio de los pobres realizado con fe, valentía, constancia y amor».

El Santo comprendió que para tener Hijas entregadas a los pobres, en este servicio humilde y rudo, se necesitaba en primer lugar ligarlas a Dios por el amor del corazón. La experiencia le mostraba que si la relación a Jesucristo disminuía en intensidad, la relación al pobre se hallaba afectada y desnaturalizada, vacía de su sentido. Respecto de las que salían, él comprobaba que existía un problema de fe y de oración. «¿Y de dónde pensáis, hijas mías, que viene el que tantas hayan perdido su vocación? Es porque descuidaban la oración».

Los consejos evangélicos, las virtudes evangélicas de pobreza, de castidad y de obediencia, que eran como la forma de su donación total a Dios, son consideradas por san Vicente en la perspectiva del servicio de los pobres.

Cierto, él no olvida el motivo primero que es el amor de Cristo que nos lleva a imitar (ahí está el motivo que vale para todas las formas de vida consagrada).

Pero él subraya el aspecto que es propio a las Hijas de la Caridad.

La motivación dada para la pobreza, es la referencia a los pobres: «Ser como los pobres».

Y lo mismo en cuanto a los alimentos, y en cuanto al modo de vestir. El hábito que se daba a las Hijas de la Ca­ridad no era un hábito religioso —él combate la tendencia a vestirse como religiosas—, era un hábito de condición social, un hábito «como los más pobres». En la ciudad, las Hermanas tenían la tentación de vestirse como las señoras, al estilo de París; ellas debían conservar el hábito de las jóvenes aldeanas, de las siervas.

Encontramos la misma referencia para la castidad: por la castidad, uno se entrega por completo a Dios para dar al mundo el testimonio de un amor exclusivo, y este testimonio habla de por sí, tanto más «cuanto que la mayor parte del tiempo estáis fuera de la casa, incluso amenudo solas». La castidad no está ya protegida por las rejas; es el fruto del amor.

Lo mismo, respecto de la obediencia. Es una obediencia para el servicio de los pobres. Es la disponibilidad activa, voluntaria de la sierva que respeta su contrato de servi­cio. La Hija de la Caridad no tiene clausura visible, sino una clausura invisible, mucho más exigente: la obediencia.

«Vuestra Compañía no es una religión ni una casa de donde no hay que moverse, sino una sociedad de jóvenes que van y vienen continuamente para la asistencia de los pobres». «Ser flexible para ir a todas partes».

Se trata, por tanto, de una verdadera consagración:

Ella se entrega por completo a Dios por amor.

Este don se concreta en la práctica de la pobreza, de la castidad, de la obediencia, a fin de estar disponible para el servicio de los pobres.

La consagración ha existido en la Compañía antes de que se introdujeran los votos. La consagración era una actitud espiritual interior, que estaba comprendida en el compromiso con la Compañía. La Hermana se veía obli­gada a practicar los consejos evangélicos, en virtud de las reglas. A una Hermana que hacía esta objeción: «Pero, no hemos prometido la pobreza por voto», san Vicente res­pondió: «¿No la habéis prometido por voto? Pero es a Dios a quien habéis dado vuestra palabra, cuando se os hizo presente esta necesidad para ser admitida, y que no obs­tante, pedisteis se os recibiera en ella».

De todo ello, es preciso concluir que los votos, no son como en las religiones, constitutivos de la Compañía. Las Reglas de san Vicente tienen un capítulo sobre la pobreza, la castidad y la obediencia, pero no mencionan los votos. Oficialmente, la Compañía ha sido reconocida como una cofradía «de jóvenes que trabajan en la perfección cris­tiana, entregándose al servicio de los pobres».

A partir de aquí, se plantean muchas preguntas:

Los votos, ¿para qué? ¿Cuál es su significado, su na­turaleza?

Yo podría responder —y creo que es la verdadera res­puesta— que es una cuestión de fidelidad. La Compañía ha vivido así con los votos desde hace más de tres siglos y el resultado no ha sido malo. ¿No sería una aventura el cam­biar? ¿No se dejaría caer uno de los valores esenciales que dan su fisonomía a la Compañía?

Hay que buscar la motivación profunda que ha guiado a san Vicente a introducir los votos.

El no se situó en el punto de vista canónico. Sobre este punto, él, encontró dificultades y necesitó de toda su flexibilidad de espíritu, para que los votos no identificaran a las Hijas de la Caridad con las religiosas.

Tampoco hay que situarse en el punto de vista moral y preguntarse: los votos, ¿qué aportan de más a la dona­ción total hecha a Dios?

Esta presentación es de aspecto cuantitativo. Lo mismo que la pregunta: la consagración religiosa, ¿qué añade a la consagración bautismal? Se decía que la que hacía el voto tenía doble mérito, el mérito de la virtud y el mérito del voto. Y que, del mismo modo, el quebrantarlo llevaba consigo una doble falta. Que haya habido moralistas que hayan visto la santificación en la multiplicación de las leyes, es posible. Pero por parte de Dios, eso no cabe.

El voto es del orden del amor. El crea un vínculo entre la persona y Dios, una alianza, «un matrimonio espiritual». Cuando se ama, no se vacila en comprometerse, y el voto no se siente como una sobrecarga. Y no se pregunta una si se tiene más méritos que las demás. Se descubre a Dios como persona viva, cuyo amor nos invita a una forma de vida. La experiencia muestra que en la medida en que dis­minuye el amor personal y afectivo de Dios, y por tanto, el sentido espiritual de la misión, los votos aparecen como una sobrecarga.

Además, el voto da estabilidad y equilibrio a la vida. San Vicente comprendió que para encontrar buenas sier­vas de los pobres, totalmente comprometidas con alegría y para siempre, era preciso buscarlas inspiradas por el amor de Dios y consagradas a este amor.

Sabemos que fue en un contexto de crisis, cuando el voto, reservado primeramente a algunas que lo pedían, se hizo general, así como la renovación anual.

En 1647, parece que hay una crisis: salidas bastantes numerosas. Santa Luisa escribía a san Vicente: «Parece que nuestro buen Dios quiere destruirnos totalmente». El voto, este compromiso personal, y sagrado, le pareció el remedio.

El voto no es, pues, constitutivo de la Hija de la Caridad. En ese sentido, de que no es público como el de los religiosos, que liga a la vez a Dios y al Instituto. Lo recibe el Superior legítimo, lo que le da publicidad.

Para vosotras, cuando hacéis los votos a los 5 ó 6 años después de salir del Seminario, sois Hijas de la Caridad por entero. Después de esos años de vida, la Compañía os exi­ge que hagáis un gesto, que ratifique ante Dios vuestro compromiso total al servicio de los pobres.

Los votos en la Compañía son pues, obligatorios, es de­cir, que una Hija de la Caridad debe tener intención firme de hacer los votos cuando llegue el momento previsto.

En cuanto a la otra pregunta: ¿Por qué no solamente el voto de servicio de los pobres?, la respuesta es fácil, si hemos comprendido la unidad entre consagración y servi­cio. En la primera formulación, escrita por Luisa de Mari­llac, dice: «Yo hago voto de pobreza… «para» emplearme en el servicio de los pobres».

Este voto aparece el primero puesto que él es la finali­dad de la Compañía. ¿Y qué sería de todos esos pobres, galeotes, niños expósitos, si la Compañía flaquea? Para asegurar la continuidad y la estabilidad del servicio, él aconsejó fuertemente, y luego impuso el voto.

San Vicente añadió los 3 votos; la consagración da un sentido religioso al servicio. Correríais el riesgo de cortaros de la contemplación de Cristo, de olvidar la ecuación: «Cristo – pobres» y de no hacer sino lo social.

El problema que se nos plantea, no es en primer lugar de orden canónico e intelectual: el problema de la esencia y de la naturaleza de la Compañía.

Se trata de abordarlo a partir de la existencia y de la vida.

Soy Hija de la Caridad: ¿qué significa esto para mí? ¿Comprendo las exigencias de ser Hija de la Caridad y las vivo?

Las gentes no me preguntan mi esencia: ¿religiosas o seculares? Están en su derecho de esperar de mí el testimo­nio de una vida entregada por completo a Dios y a los pobres.

Los problemas no se plantean a nivel de las ideas, sino a nivel de mi vida personal y de la comunidad.

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