Introducción
Supongo que nunca ha sido fácil ni deseable ser Hermana Sirviente. Hoy ciertamente no lo es. La prueba es que muchas Hermanas a quienes se les ha confiado ese servicio preferirían dejarlo, y otras a quienes se les ofrece les cuesta aceptarlo. Y, si a veces ocurre lo contrario, la excepción confirma la regla. Y ello es así porque cada vez son más conscientes tanto de la importancia de ese oficio como de las dificultades que se presentan hoy para realizarlo bien.
Conocemos la importancia que daban los fundadores de la Compañía al oficio de Hermana Sirviente. San Vicente llegó a decir que «todo el bien y todo el mal de la casa depende de la Hermana Sirviente». Y las comparaba a «los pilotos que llevan el barco a puerto» y «al alma que anima al cuerpo».
Actualmente, y con razón, se insiste en la corresponsabilidad de todas las Hermanas para que la Compañía y las comunidades permanezcan fieles al espíritu y al fin heredado de los fundadores. Y sin embargo, los superiores generales y provinciales siguen dando una gran importancia al oficio de Hermana Sirviente. Bastaría consultar los índices de los Ecos de la Compañía y los programas de formación de las Provincias para comprobar que ellas han sido las destinatarias del mayor número de circulares, escritos y jornadas de formación. Y es que cuando se confía a alguien una misión importante y difícil, hay que tratar de capacitarle para que pueda desempeñar lo mejor posible lo que se le pide. A San Vicente le preocupaba «el que las Hermanas Sirvientes tuviesen mucho cuidado en saber bien lo que se refiere a su oficio». La intención de este artículo y el modo de tratar el tema van orientados a colaborar en esa formación.
Las Constituciones confían a la Hermana Sirviente (a los superiores) la misión de estimular la fidelidad al carisma de los fundadores, garantizar el cumplimiento de la misión confiada a cada comunidad e impulsar la vida fraterna en común’. Las mismas Constituciones ofrecen algunos dinamismos encaminados a la animación de la vida espiritual, apostólica y comunitaria.
La manera de tratar el tema —ya he dicho que intenta ser una colaboración en la formación— se sitúa en un paso previo a esa triple animación. Si el servicio que se le confía a la Hermana Sirviente es la animación de la vida espiritual, apostólica y comunitaria, tendrá que tener claro en qué consisten y qué es lo fundamental en esas tres dimensiones de la vida de las Hijas de la Caridad. Estos serán los tres puntos centrales de este artículo. Las Constituciones destacan la íntima relación que hay entre ellas:. El servicio «alimenta su contemplación y da sentido a su vida comunitaria, del mismo modo que su trato con Dios y su vida fraterna en comunidad reaniman sin cesar su compromiso apostólico». Si las presentamos separadas es sólo por metodología. En cada uno de esos tres aspectos destacaré algunos de los dinamismos para lograr esa triple animación, especialmente los que hoy me parecen más necesarios y que, quizás, necesitan una renovación.
La Compañía tiene unas excelentes Constituciones. De ellas se puede afirmar lo que San Vicente decía refiriéndose a las Reglas: «son como un resumen del Evangelio, acomodado al uso que más necesitamos para unirnos a Jesucristo y responder a sus designios». Por eso serán la fuente de inspiración de todo lo que sigue.
Pero antes de entrar en el tema, permítanme expresar algunas convicciones personales con relación a las Hermanas Sirvientes.
Convicciones
El espíritu de la Compañía se vive y se realiza en cada comunidad local. Una comunidad es la presencia viva de la Compañía en un lugar concreto para que ahí se encarne y se cumpla el espíritu y el fin que tiene en la Iglesia. Es en la comunidad local donde «cada Hija de la Caridad, unida a sus compañeras, realiza su vocación». Las Constituciones confían a la Hermana Sirviente —nada más ni nada menos— la misión de animar y dirigir la comunidad local, mantener su cohesión interna y su unión con la Compañía, impulsar la fidelidad al carisma y garantizar el cumplimiento de la misión confiada.
En sintonía con las afirmaciones de San Vicente, también yo estoy convencido que el servicio u oficio más importante y difícil que se puede pedir a una Hija de la Caridad es el de ser Hermana Sirviente.
Sin duda que es a la asamblea y a los superiores generales y provinciales a quienes se ha confiado la principal responsabilidad, a la hora de mantener y animar en las Hermanas la fidelidad al espíritu y al fin de la Compañía. Y lo hacen a través del ejercicio del gobierno, documentos, elecciones y nombramientos, visitas, circulares, directivas, cursos de formación etc. Pero todo esto resultaría ineficaz si no llega a cada comunidad y a cada Hermana. El instrumento imprescindible y más eficaz para que todo eso descienda y se viva en la Compañía es la Hermana Sirviente. Sin esa colaboración indispensable, probablemente todo quedaría en documentos no digeridos, en orientaciones teóricas y en programas ineficaces.
La Hermana Sirviente está llamada a ser sierva por un doble motivo: por su vocación de Hija de la Caridad Sierva de los Pobres, y por el oficio que se le ha confiado: servir a la comunidad. La decisión que tomó San Vicente de que se le llamase Hermana Sirviente y no superiora es simplemente la traducción de la afirmación evangélica «el mayor entre vosotros que sea servidor».
Hoy, más aún que en tiempos pasados, las Hermanas Sirvientes necesitan y reclaman una formación adecuada. En los programas de formación dirigidos a ellas no puede faltar el aspecto que más les preocupa y necesitan: cómo integrar los valores de la nueva cultura en la comprensión y en el ejercicio de la autoridad que se les ha confiado en una comunidad concreta.
Soy consciente de la importancia y de las especiales dificultades que entraña hoy el oficio de Hermana Sirviente. Por eso, cuando en nombre del Superior General firmo la «patente» por la que se les confiere la autoridad, procuro no hacerlo rutinariamente. Sé que la destinataria de ese documento es una persona con temores y esperanzas ante la responsabilidad que se le ha confiado; que hay una comunidad con expectativas y necesidades; y unos pobres que esperan y reclaman un servicio de calidad al que tienen derecho. Por todo esto, al firmar cada «patente», hago una breve oración de súplica, a la vez que le doy gracias a Dios porque sigue habiendo Hermanas disponibles, incluso ante lo difícil.
Animar la vida espiritual
La obra de santificación la realiza el Espíritu Santo. La Hermana Sirviente está llamada a ser un instrumento al servicio de la acción que el Espíritu realiza en la comunidad y en cada Hermana. Por eso tiene que pedir su ayuda y confiar en El.
Fue el mismo Espíritu Santo quien inspiró a los fundadores una nueva manera de seguir a Cristo, la propia de la Compañía. Para San Vicente, las Hijas de la Caridad son, ante todo, unas buenas cristianas. Una vida cristiana auténtica es aquella que está cimentada en las tres virtudes teologales: la fe, la esperanza y la caridad. Sin esa base sólida, el edificio de la vida espiritual se derrumbará cuando le azotan las tempestades.
Vida espiritual equivale a vida interior. De ésta decía San Vicente: «se necesita la vida interior, hay que procurarla; si falta eso, falta todo». Lo que la Hermana
Sirviente tiene que procurar es que tanto su vida espiritual como la de sus Hermanas estén inspiradas y cimentadas en convicciones evangélicas sólidas.
Cuando la última Asamblea General insistió en la necesidad de cimentar sólidamente la vida y la misión de las Hermanas, lo expresó en esta convicción: «que Cristo y los pobres son los dos polos inseparables que deben orientar, hoy y siempre, el ser y la misión de la Compañía». La vocación de las Hijas de la Caridad es la respuesta total, firme y gozosa a la llamada de Dios para seguir a Cristo fuente de amor humillado, evangelizador y servidor de los pobres. Todo parte, pues, de un amor apasionado por Cristo que se expresa en el servicio corporal y espiritual a los pobres, inspirado y realizado por y a través de un espíritu propio: en humildad, sencillez y caridad. Estas tres virtudes son el «alma de la Compañía», «la vida de las Hijas de la Caridad», «el camino por el que han de dejarse conducir por el Espíritu Santo». Estas son las convicciones profundas sobre las que tiene que sustentarse la vocación. Como parecería que no siempre existen, la Compañía reunida en Asamblea las percibió como una fuerte llamada a la conversión.
La principal misión que la vida consagrada tiene hoy en el mundo y en la Iglesia es testimoniar a Cristo con la vida, las obras y las palabras, ser testigos del Dios vivo a partir de una experiencia de fe y de un amor afectivo y efectivo a ese Dios y a ese Cristo, según los diversos carismas inspirados por el Espíritu Santo a los distintos fundadores.
Si estamos hablando de vida espiritual, de vida interior, es para insistir en que la preocupación de la Hermana Sirviente, con respecto a las Hermanas y a sí misma, va mucho más allá de una fidelidad material a la celebración de los Sacramentos y a los actos de piedad que establecen las Constituciones: Eucaristía y Penitencia, Liturgia de las Horas, meditación, Ejercicios espirituales, retiro mensual, lectura espiritual etc. La experiencia nos dice que puede cumplirse todo eso sin tener una auténtica vida espiritual. (También es cierto que tampoco existirá sin ello).
La preocupación de la Hermana Sirviente, como animadora de la vida espiritual de las Hermanas, se centrará en impulsar la autenticidad y la calidad de esos actos. Es decir, que sean expresión y cultivo de una vida interior. Dirigiéndose a las Hermanas Sirvientes decía la Madre Guillemin: «Cuando un acto usual se convierte en un mero gesto de rutina, hay que encontrar el medio de devolverle el vigor y la vida». Las Constituciones confían a la Hermana Sirviente la tarea de «crear, en unión con sus Hermanas, una atmósfera de fe y oración.
Las Constituciones ofrecen y enumeran algunos dinamismos orientados a expresar y cultivar la vida espiritual. En primer lugar la Eucaristía. La Hermana Sirviente tendrá que favorecer algunos intercambios comunitarios, a modo de revisión de vida, sobre cómo se celebra y vive ese sacramento. ¿Hasta qué grado son verdad estas afirmaciones de las Constituciones sobre la Eucaristía?: «Es el eje de su vida espiritual» «testimonio evangélico de que la fe es referencia a Alguien cercano». ¿Cómo hacer realidad lo que esas expresiones significan? A partir también del texto de las Constituciones, se podrían hacer parecidas preguntas sobre el Sacramento de la Penitencia y la Liturgia de las Horas.
La oración de meditación es también expresión y cultivo de la vida espiritual. Con frecuencia se percibe una mayor preocupación por encontrar nuevos métodos que por la oración misma. Si de verdad es Dios el centro de nuestra vida y si el Espíritu nos hace experimentarlo como Padre, la oración brotará espontáneamente. Sentiríamos la necesidad de un encuentro con El para escucharle, experimentar su amor, descubrir su voluntad. Si vivimos la vocación como opción por un Cristo que nos amó hasta el extremo, sentiríamos la necesidad de dialogar con El y de que nos vaya haciendo dóciles a su proyecto de vida. La oración es una consecuencia de la fe, la esperanza y la caridad. Los métodos vienen después.
A la Hermana Sirviente, en tanto que animadora de la vida espiritual, tendría que preocuparle más si ella y su comunidad sienten necesidad de orar que de la obligación de hacer oración. Por eso, una revisión comunitaria sobre la oración de meditación podría partir de preguntas como estas: ¿por qué oramos? ¿qué obstáculos encontramos? ¿cómo ayudarnos a orar mejor? (métodos, materiales …) ¿cuál sería la hora más adecuada? ¿cómo y cuándo compartir la oración?
La última Asamblea General aprobó unas proposiciones que se refieren a dos dinamismos de la vida espiritual: el retiro anual y la lectura espiritual. Cada Provincia y cada comunidad respectivamente buscarán la manera de revitalizarlos; están abiertos a la creatividad, lo mismo que el día de retiro mensual, en búsqueda de la revitalización de todos ellos.
Las Constituciones señalan otro dinamismo de la vida espiritual más individualizado. Es la mutua comunicación con motivo de la petición de la Renovación anual de los votos: «Juntas, en un intento leal de discernimiento, la Hermana Sirviente y la compañera se interrogan acerca de su esfuerzo de fidelidad a las exigencias de la vida y de la misión de Hija de la Caridad». Son muchas las Hermanas que reclaman esa disponibilidad de la Hermana Sirviente para un acompañamiento personalizado y un diálogo a nivel más profundo. La Hermana Sirviente es también formadora. En relación con la vida espiritual, las Constituciones presentan la formación como «recorrido de toda la vida», «respuesta siempre nueva a las continuas llamadas de Dios», medio para adquirir unas convicciones sólidas que afiancen a las Hermanas en la entrega total y gozosa a Dios. La responsabilidad de adquirir una buena formación recae sobre cada Hermana. Pero si «la Compañía está a su lado para ayudarla», esa cercanía se hace más palpable y eficaz en la persona de la Hermana Sirviente.
Las Directivas de su oficio le recuerdan dos presupuestos básicos e infaltables: «de su profunda relación con el Señor sacará la fuerza y el dinamismo para cumplir su misión», «de la calidad de su encuentro con Cristo dimanará la calidad del encuentro con los demás». Y es que un principio pedagógico elemental dice que el maestro forma y enseña más con su vida y experiencia que por la simple transmisión de conocimientos.
Animar la misión
Las Hijas de la Caridad no separan el don a Dios del servicio a los pobres. Ambos aspectos de su consagración los expresan en una «unidad dinámica de vida».
Para las Hijas de la Caridad, la misión apostólica que realizan a través de los diversos servicios que prestan a los pobres, es más que una tarea pastoral o social. «El servicio es para ellas la expresión de su consagración a Dios en la Compañía y comunica a esa consagración su pleno significado». La suya es una espiritualidad de encarnación: «Contemplan a Cristo en el anonadamiento de su Encarnación Redentora … Del Hijo de Dios aprenden a revelar a sus hermanos el amor de Dios por el mundo». La suya es una espiritualidad de sierva, que consiste en la práctica de la humildad, la sencillez y la caridad. «En Cristo contemplan (esas tres virtudes) para traducir en la propia vida esas disposiciones que les acercan a los más desheredados».
Aunque no es lo mismo entrega a Dios que servicio a los pobres, sin embargo, para las Hijas de la Caridad son dos realidades inseparables. De ahí se desprende la íntima relación con que tienen que vivir la vida espiritual y apostólica. Encuentran a Dios en la oración y los sacramentos, y también en el servicio a los pobres. En este contexto se comprende correctamente el «dejar a Dios por Dios».
Para que el servicio a los pobres sea también un modo de encuentro con Dios, hay que mirar a los pobres con los ojos de la fe: «Con una mirada de fe ven a Cristo en los pobres y a los pobres en Cristo». Porque los pobres les representan a Cristo que ha dicho: «lo que hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis». La Hija de la Caridad no es sólo una buena profesional. Tiene que ofrecer a los pobres un servicio de calidad, sin duda. Pero San Vicente decía a las Hermanas que eso ya lo hacen otras muchas personas. Ser Hija de la Caridad es distinto a dama de la Caridad. La Hija de la Caridad les da un «algo más» que brota de su opción vocacional. Se da ella misma en una actitud de sierva, expresada en las tres virtudes específicas de la Compañía, y concretadas en un modo de tratar y servir a los pobres del que brotan la «dulzura, la comprensión, la cordialidad, el respeto y la devoción». Es una manera de colaborar en la humanización de la técnica, utilizándola como una buena profesional, pero haciendo de ella el vehículo de la ternura de Dios.
Gracias a este modo de comprender la misión y su realización a través de los diversos servicios a los pobres que realizan las Hermanas, la Hermana Sirviente descubrirá lo que significa e implica la animación apostólica de la comunidad. Va mucho más allá que ser una buena gerente de una empresa de servicios. La complejidad y exigencias del servicio confiado a la comunidad exponen a ese riesgo a la Hermana Sirviente cuando al mismo tiempo es directora de la obra. La Hermana Sirviente intentará motivar a las Hermanas para que comprendan y vivan la misión según el espíritu de la Compañía, con una visión vicenciana del pobre y del servicio, como expresión de su don total a Dios. Así vencerán el riesgo del profesionalismo.
Como animadora de la misión apostólica, a la Hermana Sirviente le debería preocupar igualmente tanto la escasa generosidad con que se viva el don a Dios o la vida espiritual en su comunidad como la falta de espíritu y calidad en el servicio a los pobres.
La reflexión apostólica es uno de los dinamismos más apropiados para la animación de la misión. Las Constituciones piden a la Hermana Sirviente que favorezca y «suscite la reflexión común para llegar al discernimiento preciso ante las necesidades, las llamadas y los compromisos». Así mismo recuerdan a todas las Hermanas que «cualquiera que sean su edad, su función, la forma de su apostolado, son responsables de contribuir, con todas las riquezas de su personalidad, a la misión común». Los Estatutos piden «revisiones periódicas a todos los niveles que permitan evaluar y adaptar la acción a las condiciones de tiempo y lugar». Todo esto se puede llevar a cabo con lo que se conoce como «reflexión apostólica».
Se trata de un intercambio comunitario sobre el servicio a los pobres, entendido en su sentido más amplio: nuevas leyes o acontecimientos que repercuten en los pobres, qué postura tomar ante hechos o situaciones que les afectan, cómo se realiza y cómo mejorar el servicio etc. También pueden tomar como tema para la reflexión apostólica los números de las Constituciones 1. 7 a 1. 11; 2. 1, 2. 9 y 2. 10, todos ellos referidos a la comprensión y realización de la misión apostólica de la Compañía. O los compromisos tomados por la última Asamblea General y el capítulo del proyecto provincial o comunitario que trate del servicio a los pobres.
A la Hermana Sirviente le corresponde motivar a las Hermanas para que aprecien este dinamismo de la reflexión apostólica, enseñarles cómo hacerlo, prepararlo bien ella u otra compañera, ofrecer materiales, buscar el tiempo más conveniente… La frecuencia se establece en el proyecto comunitario.
Otro dinamismo directamente relacionado con la misión es el proyecto comunitario. Las Constituciones y Estatutos precisan la finalidad y contenido de dicho proyecto: «Para asegurar la vitalidad de su servicio a Cristo en los pobres … cada comunidad establece su proyecto de vida». «Abarca todas las modalidades de la vida comunitaria. Se vive bajo la responsabilidad de cada una y se revisa periódicamente; así es como llega a ser aceptación de la voluntad de Dios y apoyo a la vida fraterna».
A la Hermana Sirviente le corresponde motivar a sus compañeras sobre la importancia, finalidad y necesidad de este dinamismo, así como sobre su contenido y modo de elaborarlo y revisarlo comunitariamente.
Animar la vida fraterna
Se puede afirmar que, en general, la animación de la vida fraterna en común es lo que más preocupa a las Hermanas Sirvientes y donde encuentran las mayores dificultades. Una de las causas está, sin duda, en la necesaria y nada fácil tarea de la inculturación de la autoridad y la obediencia, según quedó ya expuesto en la colaboración publicada en el mes de noviembre.
La Hermana Sirviente tiene que comenzar aceptando la realidad sociológica y psicológica de su comunidad: la diversidad de edades, mentalidades, caracteres, formación y ritmos diferentes de las Hermanas. Pero, al mismo tiempo, tiene que tener presente que la comunidad es una realidad a mirar con los ojos de la fe.
Las Hermanas que forman la comunidad han sido llamadas y reunidas por Dios. No elegimos nosotros a los compañeros de camino. Nos los da Dios, y con ellos hemos de construir una comunidad para la misión. La animación de la vida fraterna en común, hoy más que nunca, requiere recuperar una mística que la motive y sustente. Como a los discípulos, Jesús nos llama a estar con El y a continuar su misión. El amor de unos a otros será la señal que nos identifique ante los demás. San Vicente proponía el misterio de la Santísima Trinidad como imagen de la unidad y del amor en la diversidad que debe reinar en la comunidad. Sin estos fundamentos teológicos y evangélicos no es posible construir sólidamente el edificio de la comunidad.
Para ejecutar un programa de servicio a los pobres bastaría un equipo de trabajo. Para continuar la misión de Cristo se requieren motivaciones evangélicas: ser testigos del amor preferencial de Dios a los pobres a través de un amor fraterno, impulsado por el celo apostólico que es el fruto de la caridad. Así lo expresó la Asamblea General al asumir el siguiente compromiso: «recrear unas comunidades enraizadas en Jesucristo, que comparten la experiencia de Dios; que viven la comunión en el diálogo y el discernimiento, en mutua actitud de siervas».
Mirar a la comunidad con los ojos de la fe y tratar de recuperar y profundizar los valores evangélicos en los que se sustenta no elimina los obstáculos que hoy se presentan a la hora de construir la vida fraterna en común. Permanecen los que proceden de la realidad psicológica y sociológica de los distintos miembros. Pero si la Hermana Sirviente se sitúa ante esa realidad desde el plano de la fe, sus actitudes hacia las Hermanas serán de caridad, de comprensión, de paciencia y fortaleza. Tales actitudes darán fruto, sin duda.
Para animar la vida fraterna, la Hermana sirviente tendrá que utilizar los dinamismos que con tal finalidad señalan las Constituciones. Entre otros: fomentar y favorecer la corresponsabilidad y participación de las Hermanas en la tarea de experiencias, se disciernen los acontecimientos y se preparan las decisiones; el clima de confianza, de libertad y alegría.
Otro dinamismo orientado a construir la comunidad (o re-construirla, a veces) es lo que en la Compañía se conoció como «la conferencia de culpas», y, que con expresiones más actuales, las Constituciones llaman «revisión comunitaria», «corrección fraterna» y «caridad espiritual». Este dinamismo está orientado a expresar e impulsar algunas actitudes evangélicas fundamentales para todo cristiano: reconocernos pecadores y necesitados de conversión, la ayuda a y ah los hermanos, la reconciliación y el perdón.
Entre algunas Hermanas se percibe una cierta insatisfacción ante la manera de comprender y de practicar este dinamismo. Por eso se está descuidando o perdiendo en bastantes comunidades. Habrá que buscar y encontrar el modo más adecuado de realizarlo para que de verdad sea expresión de los valores evangélicos que quiere salvaguardar. Podría ser un acto del día de retiro mensual comunitario, especialmente en el de fin de año y en el preparatorio a la Renovación de los votos. El reconocimiento de culpas, el aviso fraterno y el pedir y dar perdón se facilita cuando se hace en un tiempo y en un clima adecuados.
La vida comunitaria se favorece también cuando existe una buena información, de abajo a arriba y viceversa. Eso contribuye a crear clima de familia, solidaridad entre las Hermanas y corresponsabilidad en la misión común. La Hermana Sirviente no tendrá que contentarse con informar de las decisiones que ella ya ha tomado. Es toda la comunidad la que tendrá que participar en el proceso de discernimiento de las decisiones más convenientes, salvaguardando el derecho que las Constituciones reservan a la autoridad.
Pero hay algo previo y más importante que todos esos dinamismos. La Hermana Sirviente tiene que amar sinceramente a todas las Hermanas que forman la comunidad. Igualmente reconocer sus valores y el servicio que están prestando a los pobres. Experimentar que somos amados, reconocidos y valorizados es la mejor manera de sentirse miembro de la comunidad y de favorecer la autoestima.
Conclusión
Las Constituciones contienen el proyecto de la Compañía, son «la Regla de vida», la manera de seguir a Cristo hoy tras las huellas de los fundadores. A la Hermana Sirviente se le confía la misión de animar e impulsar la comunidad hacia una fidelidad dinámica a la vocación y misión que libremente han abrazado sus miembros. Ese proyecto de vida comprende la dimensión espiritual, apostólica y comunitaria. Las Constituciones contienen la manera específica y propia de la Compañía de comprender y vivir esas tres dimensiones. La Hermana Sirviente no inventa el proyecto de vida de las Hijas de la Caridad. Eso le ha sido dado; son las Constituciones o «Regla de vida» de la Compañía. Eso es lo que tiene que animar en sus Hermanas. Para ello, las mismas Constituciones y Estatutos ofrecen unos dinamismos apropiados que la Hermana Sirviente intentará utilizar, revitalizar y renovar.
La misión que se le confía no es nada fácil. Pero esa tarea no se le confía sólo a ella. Por eso las Constituciones utilizan el adverbio «principalmente». El carisma ha sido confiado a todas las Hijas de la Caridad, y todas son corresponsables de conservarlo y actualizarlo con una fidelidad dinámica. La responsabilidad especial que compete a la Hermana Sirviente no puede reemplazar ni sustituir la que compete a cada Hermana.
La «patente» le pide a ella «mantener el espíritu de la Compañía y la observación de las Constituciones y Estatutos». Y a las Hermanas «secundar sus esfuerzos por medio de una colaboración leal y de una obediencia responsable».
En las primeras páginas de este artículo he expresado algunas de mis convicciones respecto a la misión de la Hermana Sirviente. Lo finalizo con otras dos, esta vez de San Vicente: «lo mucho que cuesta gobernar (la comunidad)…» «pero que lo hacen lo mejor que pueden».






