La formación seminarística en tiempos de san Vicente y según san Vicente (X)

Mitxel OlabuénagaFormación VicencianaLeave a Comment

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  1. PROPUESTA VICENCIANA DE SANTIDAD SACERDOTAL

Hemos aludido a los Entretiens des Ordinands, propuestos por san Vicente de Paúl para el estudio de la teología moral. Y nos hemos referido a los Ejercicios para los Ordenandos como prime­ra respuesta vicenciana para la formación de los eclesiásticos.

La reciente publicación de la investigación realizada por G. Carroll nos permite hoy conocer el texto de estos Entretiens des Ordinands y, lo que es más importante, descubrir los princi­pales acentos de la formación necesaria a los sacerdotes de su tiempo, propuestos por san Vicente de Paúl.

Quienes van a dar las conferencias a los ordenandos, han de procurar:

  • Inspirar a estos señores el espíritu de su condición, el celo de la gloria de Dios, la humildad, la pureza, y otras virtu­des eclesiásticas…, así como la importancia de apoyarse en la gracia de Dios.
  • Hacer suyo lo que dirán a los otros.
  • Hablar desde la sencillez del Evangelio.
  • Apoyarse en maestros seguros, y no hablar nunca contra la Iglesia o sus ministros.
  • Escuchar las conferencias de los que intervienen el mismo día.
  • Organizar la conferencia en tres puntos, distribuyendo el tiempo de forma que puedan tratarse los tres: motivos; actos; medios.
  • Cuidar la presentación externa: bien vestido, pero sin ostentación, como clérigo.
  • Recomendar la práctica del silencio, la oración y la modestia eclesiástica.

La Conferencia del segundo día por la tarde estará centrada en la vocación al ministerio. Insistirá en la importancia de ser llamado al estado eclesiástico. Después de exponer en qué consiste esta vocación y las señales para reconocerla, se centrará en los medios para disponerse adecuadamente a la gracia de la voca­ción: los ejercicios espirituales, la oración, tomar consejo de un hombre sabio, piadoso y desinteresado, las virtudes necesarias… y la actitud de indiferencia: ¿qué quieres, Señor, que haga?

La Conferencia del tercer día por la tarde estará dedicada al espíritu eclesiástico. Presentará las razones para adquirir este espíritu. Describirá el espíritu eclesiástico como participación del Espíritu de Dios. Y resumirá los medios para adquirirlo en el vaciamiento del espíritu del mundo: la codicia de los bienes, de la carne, de la soberbia de la vida.

Estos planteamientos, que constituyen una verdadera pro­puesta de santidad sacerdotal, se enmarcan en el amplio movi­miento de renovación desencadenado en la Iglesia en los años que siguen a la celebración del Concilio de Trento.

Bien podríamos atrevemos a formular, en unas pocas afirma­ciones, la propuesta vicenciana: ser sacerdote según san Vicen­te de Paúl.

Sólo puede ser sacerdote quien ha sido llamado por Dios, quien ha recibido este don que es la vocación al ministerio. No puede pretenderse llegar a ser sacerdote por ninguna otra motivación o interés; se equivocan en esta forma de vida «las personas que se atreven a entrar en ella sin haber sido llamados». «Son desgraciados aquellos que entran en el sacerdocio por la ventana de su propia elección y no por la puerta de una vocación legítima..

La santidad necesaria en la vida del sacerdote, como Jesucristo Sacerdote. San Vicente de Paúl no duda en referirse al sacerdocio como a «la más sublime condición que hay en la tierra, pues es la misma que Nuestro Señor quiso aceptar y practicar». La grandeza de la vocación del sacerdote, de la que se deriva la exigencia de una vida santa, arranca del hecho de la participación del sacerdo­cio de Jesucristo. «El carácter de los sacerdotes es una participación del sacerdocio del Hijo de Dios, que les ha dado el poder de sacrificar su propio cuerpo y de darlo en alimento, para que los que coman de él vivan eternamen­te. Es un carácter enteramente divino e incomparable, un poder sobre el cuerpo de Jesucristo que admiran los ángeles, y la facultad de perdonar los pecados de los hom­bres, que es para ellos un gran motivo de admiración y de gratitud. ¿Hay alguna cosa más grande y digna de admi­ración? ¡Ay, padres, qué gran cosa es un buen sacerdote!».

La vida del sacerdote, como la de Cristo: «Religión hacia el Padre, caridad con el prójimo». Partícipes del sacerdocio de Cristo, los sacerdotes prolongan la Misión de Cristo. Vicente de Paúl no duda en llamar a los sacer­dotes «instrumentos de Dios para salvar a otros muchos»; «continuadores de la misión de Cristo, instru­mentos por quienes el Hijo de Dios continúa haciendo desde el cielo lo que Él hizo en la tierra». Vicente de Paúl subraya en el sacerdote el rasgo de continuador, a tra­vés de los tiempos, de la misión histórica de Jesucristo para la salvación de los hombres, sobre todo de los pobres. Instrumentos de Jesucristo y continuadores de su Misión, los sacerdotes son llamados «al ministerio más alto que existe en la tierra, por el que tienen que ejercer las dos grandes virtudes de Jesucristo, a saber, la religión para con su Padre y la caridad para con los hombres”.

Como Jesucristo, los sacerdotes al servicio de la Pala­bra de Dios, de la evangelización. «¡Ay!, la Iglesia tiene bastantes personas solitarias, gracias a Dios, y demasia­das inútiles, y otras muchas más que la desgarran. Lo que necesita es tener hombres evangélicos, que se esfuercen en purgarla, en iluminarla y en unirla a su divino esposo; y es lo que usted hace, por su divina bondad… para ir a anunciar a Jesucristo al pobre pueblo y a trabajar por la formación de los sacerdotes. Trabajemos en ello, padre, con todas nuestras fuerzas, confiando en que nuestro Señor, que nos ha llamado a su manera de vivir, nos hará partícipes de su espíritu y finalmente de su gloria». Como Jesucristo, los sacerdotes al servicio de los pobres, para socorrer sus necesidades. «Si los sacerdo­tes se dedican al cuidado de los pobres, ¿no fue también éste el oficio de nuestro Señor y de muchos grandes san­tos, que no sólo recomendaron el cuidado de los pobres, sino que los consolaron, animaron y cuidaron ellos mis­mos? ¿No son los pobres los miembros afligidos de nues­tro Señor? ¿No son hermanos nuestros? Y si los sacerdo­tes los abandonan, ¿quién queréis que les asista?».

La participación de los laicos en el ministerio de los apóstoles. Sin la activa participación de los laicos no se podría entender ni explicar el ministerio sacerdotal de Vicente de Paúl. Misión fundamental del sacerdote es la promoción de los laicos como protagonistas del ministerio apostólico. «Entre los que se mantuvieron firmes en seguir a nuestro Señor había tanto mujeres como hombres, que le siguieron hasta la cruz. Ellas no eran apóstoles, pero formaban un estado cuyo oficio consistía en contribuir al ministerio de los apóstoles, atender a sus necesidades y a las de los fieles necesitados».

CONCLUSIÓN

«Vicente de Paúl, un gran innovador» es el lema de la presen­te XXXVII Semana Vicenciana. ¿Dónde radica la gran innova­ción vicenciana en relación con la formación de los seminaristas y en los seminarios? Sin duda ninguna, en que Vicente de Paúl comprendió qué sacerdotes necesitaba la Iglesia de Francia en su tiempo y acertó a poner en marcha los medios más adecuados para su formación.

El Concilio de Trento había propuesto la creación de una ins­titución que, desde la adolescencia, procurara cultivar en los posibles candidatos al sacerdocio una formación humanística y clerical.

Sin descuidar este camino, Vicente de Paúl emprendió otros: la atención a los que estaban próximos a recibir las Ordenes, pri­mero en diez días de Ejercicios y enseguida en un tiempo más prolongado; y la dedicación a los candidatos adultos, clérigos e incluso sacerdotes, en una nueva forma de seminario que pron­to se propagó por Francia y por otros países.

La atención a la autenticidad de la vocación y el cultivo de una verdadera espiritualidad sacerdotal diocesana fructificó en numerosos ministros de la Iglesia verdaderamente apostólicos. La pregunta tantas veces planteada en los diversos programas de formación —¿Qué sacerdote para qué Iglesia?—, encontró su res­puesta en la acción vicenciana: lo que se necesitan son hombres apostólicos. Y su gran innovación contribuyó a la configura­ción del nuevo rostro de la Iglesia.

En estos días, con ocasión de la próxima apertura del Año de la Fe y del Sínodo de los Obispos sobre «la nueva evangeliza­ción para la transmisión de la fe cristiana», se vuelve a plantear el tema de «¿qué sacerdotes para la nueva evangelización?»: qué espiritualidad ha de animar a los sacerdotes para que puedan afrontar los desafíos de la nueva evangelización. Y en el deba­te teológico, así como en los movimientos eclesiales, surgen pro­puestas de renovación del ministerio sacerdotal. También la Congregación de la Misión se pregunta hoy cómo contribuir a la formación de los sacerdotes y laicos para ser fieles al fin queri­do por san Vicente.

La insistencia vicenciana en el testimonio de nuestra vida y en el trabajo misionero de nuestras comunidades sigue sugirién­donos nuestra especial aportación a la formación de eclesiásticos y laicos: la Iglesia y los pobres siguen necesitando hoy «hom­bres apostólicos». No por casualidad nos recuerda la Iglesia que «nueva evangelización significa reavivar en nosotros el impulso de los orígenes, dejándonos impregnar por el ardor de la predi­cación apostólica después de Pentecostés».

CEME

Corpus Juan Delgado

 

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