2.4. La formación de los formadores
San Vicente considera la formación de los sacerdotes como un ministerio muy elevado, por lo que insistirá en la importancia de la preparación o formación de los formadores. «Dedicarse a la formación de buenos sacerdotes… es desempeñar la misión de Jesucristo que… asumió la tarea de hacer doce buenos sacerdotes, que son sus apóstoles, deseando para ello vivir durante varios años con ellos para instruirlos y formarlos en este divino ministerio”.
Formar sacerdotes es servir de instrumento a Jesucristo y al Espíritu Santo:
¡Qué feliz es usted, padre, por servir de instrumento en manos de Nuestro Señor para formar buenos sacerdotes, y un instrumento tal como es usted, que los ilumina y los entusiasma al mismo tiempo! Con eso desempeña usted el oficio del Espíritu Santo, que es el único al que pertenece iluminar y encender los corazones; o mejor dicho, es ese Espíritu Santo y santificador el que actúa por medio de usted, ya que mora y obra en usted mismo, no sólo para hacerle vivir de su vida divina, sino también para restablecer su misma vida y sus operaciones en esos señores, llamados al ministerio más alto que existe en la tierra, por el que tienen que ejercer las dos grandes virtudes de Jesucristo, a saber, la religión para con su Padre y la caridad para con los hombres».
Por tanto, los responsables de la formación de los eclesiásticos deben utilizar los mismos medios de Jesucristo:
Doy gracias a Dios por el número de eclesiásticos que les envía el señor obispo de…
… sería casi inútil darles la instrucción y no el ejemplo. Hemos de ser embalses llenos de virtud para hacer que se derrame nuestra agua sin agotamos jamás, poseyendo ese espíritu que queremos que anime a los demás; pues nadie puede dar lo que no tiene. Pidámoselo, pues, a Nuestro Señor y entreguémonos a él para esforzarnos en conformar nuestra conducta y nuestras acciones con las suyas; entonces su seminario derramará una gran suavidad dentro y fuera de su diócesis y hará que se multipliquen en número y bendiciones…
Hay que ser firmes sin ser duros en nuestra actuación y evitar una mansedumbre fofa que no sirve para nada. Es de Nuestro Señor de quien podremos aprender cómo hemos de proceder siempre con humildad y con gracia, para atraerle los corazones sin cansar a nadie.
Para que todos los misioneros puedan trabajar en la formación de los eclesiásticos, san Vicente ideó un modo de preparación en San Lázaro, según propone en la conferencia del 5 de agosto de 1659 sobre la teología moral, la predicación, el catecismo y la administración de los sacramentos:
Lo que tengo que decirles, hermanos míos, es que, lo mismo que sabéis que hay un seminario en san Sulpicio, en san Nicolás y en Buenos Hijos, también hay que procurar que se haga en San Lázaro un seminario, esto es, practicar aquí lo mismo que allí se hace, para que todos se formen en la manera de actuar en los seminarios, para que cuando se les destine a ellos, sepan cómo han de comportarse para tener éxito en su dirección. Creo que la mayor parte de los que están aquí no han visto nunca estos ejercicios; por eso, como nos queda algún tiempo todavía desde ahora hasta la ordenación, lo emplearemos útilmente en esta práctica.
… Esto nos ha decidido a destinar el tiempo que nos queda hasta la ordenación para hacer los ejercicios que se hacen en los seminarios. Así pues, nos dedicaremos a la teología moral, a la predicación familiar, al catecismo y a la administración de los sacramentos…
… Decíamos que estudiaríamos también el método de predicar y de dar la catequesis; pero esto sería insuficiente, si no lo practicásemos; y ciertamente tenernos obligación de hacerlo así, ya que se están presentando ocasiones muy favorables a la compañía, que nos obligarán a utilizar no solamente a los sacerdotes que ya están formados, sino incluso a los que todavía no tienen experiencia en estas obras. Por tanto, hemos de hacernos capaces de enseñar estas cosas a las personas que nos encomienden los señores obispos.
La preparación inmediata para acoger y acompañar a los eclesiásticos consistirá en tomar conciencia de la misión confiada y proponerse vivir lo que se quiere comunicar:
Bien, padres y hermanos míos, estamos a punto de empezar esta gran obra que Dios ha puesto en nuestras manos; mañana, Dios mío, hemos de recibir a los que tu providencia ha resuelto enviarnos, para que contribuyamos contigo a hacerlos mejores. ¡Qué gran palabra ésta, hermanos míos! ¡Hacer mejores a los eclesiásticos! ¿Quién podrá comprender la altura de esta misión?… Pero, puesto que Dios le ha hecho a esta compañía, la última y la más pobre de todas, el honor de dedicarla a ello, es menester que, de nuestra parte, pongamos todo el interés en hacer que tenga éxito este trabajo apostólico, que tiende a disponer a los eclesiásticos a recibir las órdenes mayores y a cumplir bien sus funciones; porque unos serán párrocos, otros canónigos, otros prebostes, abades, obispos, sí, obispos. Esas son las personas que recibiremos mañana.
Ya está cerca la ordenación; le pediremos a Dios que dé su espíritu a los que tengan que hablar a esos señores en las charlas y en los conferencias. Que cada uno intente sobre todo edificarles con su humildad y su modestia. Pues no se les ganará por ciencia ni por las cosas bonitas que se les digan; son más sabios que nosotros: muchos son bachilleres y algunos licenciados en teología, otros doctores en derecho, y hay pocos que no sepan la filosofía y parte de la teología; todos los días se ejercitan en la discusión. Casi nada de lo que se les diga aquí es nuevo para ellos; ya lo han leído u oído; ellos mismos dicen que no es esto lo que les impresiona, sino las virtudes que aquí ven practicar.
Los Reglamentos redactados para los seminarios dirigidos por la Congregación de la Misión recogerán con detalle, no sólo las obligaciones de los formadores, sino también sus relaciones con la diócesis, el Obispo y el Cabildo; los medios para que puedan estudiar los eclesiásticos que no pueden pagar su pensión; la participación de formadores y seminaristas en las misiones…
CEME
Corpus Juan Delgado







