La formación permanente del misionero

Francisco Javier Fernández ChentoFormación VicencianaLeave a Comment

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Author: Corpus Juan Delgado, C.M. .
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La Formación Permanente, exigencia de fidelidad al don de la vocación

Las Líneas Operativas de la provincia de Zaragoza nos recuerdan: En respuesta a la llamada de Dios, que se inició en el bautismo, nos esforzamos por seguir a Cristo evangelizador de los pobres, dando forma en nosotros a las mismas actitudes de Cristo. En este dinamismo de fidelidad y conversión, se inscribe nuestra necesidad de formación permanente (inicial y posterior).

La comprensión de la Formación Permanente como exigencia de fidelidad al don de la vocación y al carisma que se nos han confiado es la perspectiva que ofrece la Exhortación Apostólica Postsinodal «Vita Consecrata«, recordando la invitación de Pablo a Timoteo: «No hagas estéril el don que posees y que te fue conferido… Medita estas cosas, entrégate completamente a ellas para que todos puedan ver tu aprovechamiento… Persevera…» (1Tim. 4, 14-16). «Te recomiendo que reavives el carisma de Dios que está en ti» ( 2 Tim 1,6). «Bien sabéis que habéis emprendido un camino de conversión continua, de entrega exclusiva al amor de Dios y de los hermanos…» (V.C. nº 109. 2).

Expresiones similares encontramos en la Exhortación «Pastores Dabo Vobis» (PDV 70): la formación permanente es «fidelidad al ministerio sacerdotal» e implica, en consecuencia, «proceso de continua conversión». «De esta manera, la formación permanente es expresión y exigencia de la fidelidad del sacerdote a su ministerio, es más, a su propio ser. Es, pues, amor a Jesucristo y coherencia consigo mismo. Pero es también un acto de amor al pueblo de Dios, a cuyo servicio está puesto el sacerdote. Más aún: es un acto de justicia verdadera y propia… Alma y forma de la formación permanente del sacerdote es la caridad pastoral: el Espíritu Santo, que infunde la caridad pastoral, inicia y acompaña al sacerdote a conocer cada vez más profundamente el misterio de Cristo, insondable en su riqueza; la misma caridad pastoral empuja al sacerdote a conocer cada vez más las esperanzas, necesidades, problemas, sensibilidad de los destinatarios de su ministerio».

Así, el primero de los objetivos señalados por el Plan Provincial de Formación Permanente para todos los misioneros de la provincia de Zaragoza pretende: Profundizar y revitalizar la vocación de la Congregación: seguir a Cristo Evangelizador de los pobres para anunciar la buena noticia a los pobres de nuestro tiempo.

Y las mismas Constituciones de la Congregación de la Misión establecen: «Nuestra formación, en proceso continuo, debe proponerse como fin que los misioneros, animados por el espíritu de San Vicente, lleguen a ser capaces de cumplir la misión de la Congregación. Por tanto, aprendan cada día mejor que Jesucristo es el centro de nuestra vida y la regla de la Congregación» (C. 77).

La Formación Permanente, tarea de toda la vida

Las Constituciones nos recuerdan que nuestra formación supone un proceso continuo (C. 77).

«Si la vida consagrada es en sí misma una progresiva adquisición de los sentimientos de Cristo, parece evidente que tal camino no podrá sino durar toda la vida, para comprometer toda la persona, corazón, mente y fuerzas (Mt 22, 37), y hacerla semejante al Hijo que se entrega al Padre por la humanidad» (Caminar desde Cristo, 15).

Los misioneros hemos emprendido un camino, que estamos llamados a recorrer desde un «dinamismo de fidelidad» a través de las diversas etapas, «ciclos vitales» y situaciones de nuestra vida. El riesgo de la rutina nos acecha constantemente. Es la Formación Permanente la que nos permitirá dar nuevo empuje y nuevas motivaciones a la decisión que abrazamos gozosamente un día (Cf. V.C. nº 70). Señala la exhortación Vita Consecrata: «Ninguna fase de la vida puede considerarse tan segura y fervorosa como para excluir toda oportunidad de ser asistida y poder, de este modo, tener mayores garantías de perseverancia en la fidelidad, ni existe edad alguna en la que se pueda dar por concluida la completa madurez de la persona» (V.C. 69). Y la exhortación Pastores Dabo Vobis: «La formación permanente, precisamente porque es permanente, debe acompañar a los sacerdotes siempre, esto es, en cualquier periodo y situación de su vida» (PDV 76).

En este sentido, podemos afirmar que la Formación Permanente constituye todo un proceso de apoyo al crecimiento integral de la persona. Proceso ininterrumpido e irrenunciable que incluye momentos fuertes y ayudas puntuales en las distintas etapas de la vida. No es posible detener el ritmo de crecimiento que la Formación Inicial ha desencadenado en cada uno de nosotros. La Formación Permanente, propuesta como tarea que organizamos, programamos, revisamos y evaluamos, actualiza nuestra respuesta vocacional y la renueva constantemente.

Tarea de toda la vida, la Formación Permanente adquiere modalidades y acentos diversos en las distintas etapas y situaciones de la vida del misionero

La Formación Permanente, urgencia de nuestro tiempo

Para desempeñar la misión que tenemos confiada resulta imprescindible en nuestro tiempo la formación permanente que tenga en cuenta las situaciones nuevas y complejas que se nos presentan. Muchas respuestas, útiles en un tiempo, quedan desfasadas pronto ante los nuevos acontecimientos y planteamientos humanos, sociales y pastorales.

«Aquella exigencia necesaria en todo tiempo, hoy lo es particularmente urgente, no sólo por los rápidos cambios de las condiciones sociales y culturales de los hombres y de los pueblos en los que se desarrolla el ministerio presbiteral, sino también por aquella ‘nueva evangelización’ que es la tarea esencial e improrrogable de la Iglesia en este momento histórico» (PDV 70).

En este sentido, la XII Asamblea Provincial (2003) ha señalado como respuesta a las interpelaciones que hoy se plantean a nuestra identidad de misioneros: Hemos de cuidar más nuestra formación continua para estar mejor dispuestos y preparados ante las nuevas y cambiantes realidades. Y ha reiterado que uno de los tres desafíos a los que debemos responder en los próximos años, a nivel provincial, es la intensificación de la formación permanente.

Las dimensiones de la Formación Permanente del misionero

La formación «debe abarcar la persona entera, de tal modo que toda actitud y todo comportamiento manifiesten la plena y gozosa pertenencia a Dios, tanto en los momentos importantes como en las circunstancias ordinarias de la vida cotidiana… Para que sea total, debe abarcar todos los ámbitos de la vida cristiana y de la vida consagrada. Se ha de prever, por tanto, una preparación humana, cultural, espiritual y pastoral, poniendo sumo cuidado en facilitar la integración armónica de los diferentes aspectos « (VC 65).

Nuestro Plan Provincial de Formación Permanente concreta las siguientes dimensiones:

  1. Humana: Actualizarse permanentemente para afrontar las rápidas y profundas transformaciones que ocurren en nuestra sociedad y que afectan e interpelan a nuestra identidad misionera.
  2. Vicenciana: Responder en fidelidad renovada a la vocación y misión de la Congregación, personalmente y en colaboración con toda la Familia Vicenciana. Esta dimensión debe actuar como eje transversal que dé sentido a toda nuestra formación.
  3. Espiritual: Progresar en la experiencia de Cristo Evangelizador de los pobres para penetrarse de los sentimientos, de las disposiciones y mejor aún del mismo espíritu de Cristo (RR.CC. Prólogo. C. 4).
  4. Teológica: Dar respuesta a la llamada que el Señor nos dirige en el servicio al Pueblo de Dios, afrontando los desafíos de las personas y problemas de nuestro tiempo.

La Formación Permanente y la vida de misionero

La vida vivida en seguimiento de Cristo Evangelizador de los pobres, en comunidad de vida fraterna para la misión, es el lugar de la formación permanente.

«Es muy importante que toda persona consagrada sea formada en la libertad de aprender durante toda la vida, en toda edad y en todo momento, en todo ambiente y contexto humano, de toda persona y de toda cultura, para dejarse instruir por cualquier parte de verdad y belleza que encuentra junto a sí. Pero, sobre todo, deberá aprender a dejarse formar por la vida de cada día, por su propia comunidad y por sus hermanos y hermanas, por las cosas de siempre, ordinarias y extraordinarias, por la oración y por el cansancio apostólico, en la alegría y en el sufrimiento, hasta el momento de la muerte» (Caminar desde Cristo, 15).

La formación permanente presenta el mismo ritmo que la vida; su respiración es la de la existencia. En las circunstancias concretas en las que Dios nos ha situado, actúa su gracia, nos alcanza su amor que supera todas nuestras expectativas. Es ahí donde nos jugamos lo que somos y trabajamos por lo que estamos llamados a ser para «edificar el cuerpo de Cristo» (Ef. 4, 12), hasta llegar a «la medida que conviene a la plena madurez de Cristo» (Ef. 4, 13).

«Todo acontecimiento, aun el que parece negativo, y toda realidad, aún la inédita e imprevista, pueden convertirse en instrumento providencial a través del cual el Padre forma en el discípulo los sentimientos del Hijo, y éste se deja formar por él y por sus mediaciones» (Potissimum Institutioni, 67).

Comunidad y Formación Permanente

La comunidad local «es la sede y el ambiente natural del proceso de crecimiento de todos, donde cada uno se hace corresponsable del crecimiento del otro. La comunidad es, además, el lugar donde, día a día, se nos ayuda a responder, como personas consagradas portadoras de un carisma común, a las necesidades de los más postergados y a los retos de la nueva sociedad» (V.F.C. nº 43

La comunidad es el lugar privilegiado donde ha de vivirse el sosiego y la paz; se favorece el clima fraterno y se facilita la participación en encuentros, convivencias, cursos, etc; la comunidad local es de vital importancia como lugar donde se realiza el discernimiento comunitario; «es el lugar donde las grandes orientaciones se hacen operativas, gracias a la paciente y tenaz mediación cotidiana» (V.F.C nº 43); donde se encuentran los medios aptos para dicha formación: biblioteca, medios de comunicación, etc.

«Cada comunidad y Provincia tiene el derecho y el deber de pedir el máximo de dedicación a sus miembros, y el deber de ofrecer la ayuda adecuada en cada etapa de la vida para que cada uno esté en condiciones de poder dar con alegría el máximo de sí mismo» (Potissimum Institutioni, 66).

La vida fraterna en comunidad es el contexto en el que el misionero va aprendiendo cada día el arte de crecer juntos, dejándose formar y modelar por cada uno de los hermanos, que son instrumentos de la acción formadora del Padre. La Comunidad, que ha de cultivar una mentalidad favorable a la formación permanente, dispone de abundantes instrumentos para favorecerla: encuentros, cursos, convivencias, espacios y tiempos para la interiorización y el silencio…

Cada comunidad, al elaborar el Proyecto Comunitario, ha de concretar los medios y formas para la formación permanente de sus miembros.

Nuestro compromiso por la Formación Permanente

Como señala nuestro Plan Provincial de Formación Permanente, cada misionero es el principal responsable de su formación. «Puesto que el sujeto de la formación es la persona en cada fase de la vida, el término de la formación es la totalidad del ser humano, llamado a buscar y amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas y al prójimo como a sí mismo (Cf. Mt 22, 37-39). El amor a Dios y a los hermanos es un dinamismo vigoroso que puede inspirar constantemente el camino de crecimiento y de fidelidad» (VC 71).

El Proyecto Provincial 2003-2006 nos propone las siguientes líneas de acción:

  1. Asumir, personal y comunitariamente, la necesidad de la formación como expresión de nuestra fidelidad a la vocación.
  2. Cultivar la formación especializada para atender nuevos campos apostólicos relacionados con los más pobres.
  3. Responsabilizarnos de la invitación a los jóvenes y del acompañamiento en sus itinerarios.
  4. Esmerarnos en la preparación y realización de los ministerios y servicios que se nos confían.
  5. Participar en los encuentros provinciales e interprovinciales por ministerios.
  6. Sentirnos urgidos en cada una de las comunidades a ofrecer un testimonio vocacional que resulte significativo.
  7. Compartir con los demás nuestras investigaciones y trabajos (Boletín, página web…).

Sugerencias metodológicas:

Leer despacio el texto de esta ficha.

Si es posible, leer el capítulo 6 de la Exhortación Apostólica Pastores Dabo Vobis y los números 69 a 71 de la Exhortación Vita Consecrata. (Si no dispones del texto impreso, puedes encontrarlo en: http://www.conferenciaepiscopal.es/documentos/otros_documentos.

Reflexionar personalmente y dialogar en comunidad sirviéndose del cuestionario siguiente.

Para la reflexión y el intercambio

  1. ¿Cuál te parece que es la motivación última de nuestra necesidad de Formación Permanente? ¿Cómo la expresarías?
  2. ¿Por qué la Formación del misionero ha de prolongarse a lo largo de toda la vida?
  3. ¿Cómo estamos cultivando cada una de las dimensiones de nuestra Formación Permanente?
  4. ¿Qué disposiciones habremos de cultivar para hacer de nuestra vida de misioneros lugar de la formación permanente?
  5. ¿Qué pasos podemos dar en nuestra comunidad para favorecer la formación permanente de cada uno de sus miembros?
  6. ¿Cómo hemos concretado en el Proyecto Comunitario la responsabilidad de cada uno en la formación permanente?

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