La Figura Del Asesor Religioso En Los Movimientos Laicos Vicencianos

Francisco Javier Fernández ChentoFormación VicencianaLeave a Comment

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Author: Teodoro Barquín, C.M. · Year of first publication: 2001 · Source: Anales, 2001, número 3.
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1. Introducción

Cuando hace unos años los Consejos Nacionales de España pensaron en la preparación de un programa serio de Revitalización de los Movimientos Laicos Vicencianos, uno de los temas que se estudia­ron con más empeño y en profundidad fue la figura del asesor religioso en las distintas ramas de la Familia Vicenciana. El clamor por una figura nítida, re­levante y bien definida del asesor religioso procedía de los miembros y con­sejos de las asociaciones de dicha familia a todos los niveles. Entonces, como ahora, somos conscientes de que en una familia con un carisma de espiritua­lidad enraizado en la práctica de la caridad organizada como medio de santi­ficación y renovación social y espiritual, la presencia del asesor religioso es sumamente importante. Lo decía no hace mucho el presidente de una Confe­rencia en la Sociedad de San Vicente de Paúl con estas palabras textuales: «Queremos que los Asesores Religiosos nos ayuden a ser testigos de Amor a Cristo en la vida diaria. Vuestra presencia en nuestro entorno es necesaria para poder llegar a identificarnos con Cristo en el amor al pobre».

En este trabajo trataré de exponer de manera concisa la Asesoría Religio­sa en los Movimientos Laicos Vicencianos. En concreto dividiré el tema en los siguientes puntos:

  1. Entronque del asesor religioso en los Movimientos Laicos Vicencianos.
  2. Clase de Asesoría que hoy nos piden los laicos vicencianos.
  3. Funciones y cualidades del asesor religioso en los Movimientos Laicos Vicencianos.
  4. Realidad actual de la Asesoría Religiosa en las ramas de la Familia Vi­cenciana y expectativas para el futuro.
  5. Epílogo.

2. Entronque del asesor religioso en los Movimientos Laicos Vicencianos

El entronque de la figura del asesor religioso en los Movimientos Laicos Vicencianos radica en la realidad de la espiritualidad vicenciana profunda­mente influenciada por los laicos. Laicos y sociedades de vida apostólica constituyen un binomio con vivencias existenciales similares en lo tocante a la mediación del pobre para llegar a Dios, sobre todo si este binomio está constituido por instituciones vicencianas. «Para las órdenes religiosas, la existencia de esa relación puede deberse a nuevas situaciones históricas. Para la Congregación de la Misión y para la Compañía de las Hijas de la Ca­ridad la relación con los laicos pertenece a sus mismas raíces históricas y ca­rismáticas. La ausencia de relación y colaboración con los laicos sería un síntoma seguro de falta de fidelidad al carisma propio. No deben, pues, mi­sioneros y hermanas cultivar ese aspecto de su ser por razones de estrategia pastoral o de modernidad (por razones, por ejemplo de nueva evangeliza­ción), sino por fidelidad a sus fundadores y al plan de Dios entre ambas Compañías» (P. JAIME CORERA, Compartir el Carisma con los Laicos).

Esta relación enraizada en la participación de un mismo carisma existen­cial engendra otra relación de influencia mutua en actitudes y conductas. Di­ríamos que los dos elementos del binomio se constituyen en asesores en ambas direcciones. Ejemplo de esta mutua asesoría religiosa lo encontramos en San Vicente de Paúl. La visión espiritual de Vicente de Paúl en toda su obra, visión que Federico Ozanam adoptó totalmente para las Conferencias de caridad, se resume en las siguientes palabras: «Honrar el amor que nues­tro Señor tiene a los pobres, asistiendoles corporal y espiritualmente» (X 569. X en citas debe leerse por «Obras Completas de San Vicente»). Ésta es la razón de ser de todas las cofradías de caridad que funda y de las dos so­ciedades de vida apostólica, Congregación de la Misión e Hijas de la Cari­dad. Todo lo que añadirá a esto Vicente de Paúl a lo largo de 43 años en sus enseñanzas a clérigos, laicos y laicas no será más que comentario y amplifi­cación de estas ideas (P. J. CORERA, Ozanam, feb. 1998, p. 18). Por otra parte, la raíz de la secularidad propia del «carisma vicenciano», matiz que tanto atrajo a Federico Ozanam para vivir su catolicismo y que elaboró hasta el punto de que algún historiador ha dicho «que las Conferencias de Caridad fueron, en el siglo XIX, la versión laical de la propia Congregación de la Mi­sión» («La Familia Vicenciana», P. J. M. ROMÁN, C.M.), se basa en el hecho de que el camino propio de la santidad-espiritualidad-misionera pasa de lleno por su actividad en el mundo (en concreto, en el mundo de los pobres). «La espiritualidad vicenciana es secular precisamente porque exige la presencia en el mundo para realizarse» («Diccionario Espiritualidad Vicenciana», artí­culo Secularidad, p. 554).

Este carácter esencialmente laico del carisma vicenciano por exigir la presencia en el mundo para su realización pide de alguna manera la figura de un asesor religioso que sepa engarzar el carisma particular de la Asocia­ción con el general de la Iglesia. Esta es la razón por la que Vicente de Paúl se constituye como el primer asesor de todas sus fundaciones de cofradías de caridad, y define en los reglamentos que él mismo compuso con toda clari­dad el papel del buen asesor. Vicente de Paúl, dentro del mundo y junto a los laicos, vive la definición de verdadera asesoría: El es el fundador e iniciador pero nunca el director ni el presidente. «La cofradía es laica, pero autóno­ma. Sus dirigentes son elegidos por todos sus miembros y nunca nombrados a dedo por ninguna autoridad clerical, ni siquiera por la del mismo funda­dor» (X 571). La organización y dirección de los trabajos de la cofradía es competencia de sus socios. «Los oficiales llevarán la dirección total de dicha cofradía» (X 571).

El asesor que Vicente de Paúl presenta en el primer reglamento de las Vo­luntarias de Caridad y en los reglamentos que siguieron a éste es de un sim­ple «animador». Pero un animador solícito por la preservación del espíritu primitivo de la fundación. Un animador que sin interferir en los aspectos de organización, ni de la ejecución de los trabajos propios de la cofradía toma como su único cometido el dar «una pequeña exhortación espiritual para tra­tar del bien de los pobres y del mantenimiento de la cofradía» (X 580), «una breve exhortación con vistas al progreso espiritual de toda la compañía» (X 581). En sus intervenciones con relación a asuntos que se refieren a la aten­ción a los enfermos pobres, lo hace en condiciones de igualdad, «como si fuera uno de dichos sirvientes de los pobres» (X 581); y en asuntos de su­pervisión de la administración actúa también como «uno cualquiera del grupo» (X 581-582). Vicente de Paúl como asesor de los movimientos de ca­ridad que él funda, influye, evalúa, despierta, frena, acelera, pero nunca por el camino de la autoridad jerárquica ni del prestigio del dirigente.

Hemos presentado a Vicente de Paúl como modelo de asesor de los movi­mientos de caridad que él mismo fundó. Pero en aquella asesoría de los pri­meros movimientos de laicos vicencianos hay que destacar un rasgo sumamente interesante. Y es que no es una asesoría de dirección única. La aseso­ría de los primeros movimientos de laicos vicencianos va en ambas direccio­nes: de Vicente de Paúl hacia los pobres y dirigentes laicos, y de los pobres mismos y miembros de los movimientos laicos hacia Vicente de Paúl. Si en aquella asesoría Vicente de Paúl era un «animador que planeaba, que reco­mendaba, que asistía y ayudaba sin coartar la creatividad de los socios pre­sentándoles una línea auténticamente evangélica para hacer frente a los pro­blemas de su tiempo», los pobres, a su vez, le propinaban las lecciones más significativas de espiritualidad evangélica. De esta asesoría mutua en línea de evangelización brotó, como resultado, la espiritualidad del movimiento cari­tativo vicenciano que constituye el carisma de la gran familia vicenciana. Aquel «los pobres son nuestros maestros», aquel «dejar a Dios por Dios», aquel. «ver a Cristo en el pobre y al pobre en Cristo», aquel «tuve hambre y me disteis de comer… porque cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis (Mt. 25,40) fue todo una asesoría para Vi­cente de Paúl en línea de evangelización.

Esta espiritualidad de la caridad, que fue fruto de una influencia recípro­ca de Vicente de Paúl y los laicos, es algo que no sólo recorre el camino del vicenciano al pobre, sino también del pobre al vicenciano. «Yo evangelizo al pobre corporalmente con los cuidados que le prodigo y espiritualmente con la palabra y los consejos que le doy; y el pobre me evangeliza con su capa­cidad sacramental de significarme a Cristo y con su testimonio de hombre libre y en camino de plena liberación. La gratitud del pobre es otro bello ca­pítulo de esa evangelización que los pobres nos hacen a nosotros» (ALVARO PANQUEVA, C.M. Clapvi, n.° 96, p. 211).

Si Vicente de Paúl fue modelo de asesores de los movimientos laicos en el siglo XVII rompiendo barreras y niveles jerárquicos en la dirección de los movimientos laicales, Federico °zariana quiso dar un paso más en la comu­nión y armonía de iglesia entre el laicado y la jerarquía al fundar la Sociedad de San Vicente de Paúl. La asesoría en las Conferencias debe estar en sinto­nía con la versión más laical de la espiritualidad vicenciana que es la Socie­dad de San Vicente de Paúl. Lo contrario seria traicionar el legado de su fun­dador para quien el «Evangelio no es patrimonio de frailes, curas y monjas, sino el tesoro de todos los cristianos y la inspiración de toda vida auténtica-mente humana. Por eso la Sociedad de San Vicente de Paúl es un modelo para la Iglesia; es una llamada para los jerarcas para que valoremos, promova­mos y apoyemos al laicado en sus iniciativas y empresas cristianas, y es una invitación a todo el laicado cristiano a que viva su fe y su amor al prójimo en la realidad de esta sociedad tan cargado de miseria y de injusticia. ¡Es un Evangelio vivo y eficacísimo! » (Clapvi, n.° 96 p. 215).

3. Clase de asesoría que hoy nos piden los laicos vicencianos

El significado etimológico de asesor nos pone en pista de lo que hoy de­bemos entender por asesorar a los laicos. Asesorar viene de latín «sedere-ad» sentarse al lado de alguien. Hablando del asesor de los movimientos laicos vi­cencianos, sentarse al lado de los laicos significaría compartir con ellos una asesoría de evangelización y no limitarla a una línea sacramental ni mucho menos jurisdiccional o de autoridad. Es decir, los asesores sacerdotes ni somos sólo capellanes para decirles misa y administrarles los sacramentos, ni mucho menos somos autoridad jerárquica sobre los movimientos laicales vi­cencianos. Somos asesores en línea de evangelización. Somos o, más bien, debemos ser inspiración o iluminación doctrinal, animadores espirituales de la acción caritativa del seglar, y todo esto en forma dialogante y en actitud de un constante intercambio de ideas. La naturaleza de nuestra identidad, pen­sando en Vicente de Paúl como asesor de los movimientos laicales que él fundó y en el carácter de Iglesia que Federico Ozanam deseó para su tiempo, exige un análisis de las distintas tendencias que han existido y aún existen hoy día sobre tipos de asesoría. Todo ello con el fin de evitar estridencias di­sonantes en la dirección y asesoramiento de nuestros movimientos laicales.

En la revista Ozanam, de junio de 1998, se puede encontrar unos concep­tos sobre Asesoría en las Conferencias que se tomaron al pie de la letra de un artículo del P. Alvaro Quevedo, C.M., y que sirvieron de meditación para una de las reuniones de la Permanente del Consejo Nacional de España. Son con­ceptos muy reveladores que nos ayudarán a entender la clase de asesoría que debemos promocionar hoy en los Movimientos Laicos Vicencianos. Transcri­bo a continuación algunos párrafos de dicho artículo.

«La acción de asesorar es sin duda una «acción de Iglesia» y es una proyección de la propia fe y del propio carisma. Me atrevo a decir que según sea nuestra eclesiología, así será también la aseso­ría. Si en el asesor predomina una eclesiología «clerical», también será «clerical» la asesoría. Por el contrario, si predomina una ecle­siología de «Pueblo de Dios » la asesoría será en la línea de servicio.

Fruto de una «eclesiología clerical y piramidal» es el asesor-di­rector, con énfasis en transmitir conocimientos porque él, el asesor, es el que sabe y el grupo de laicos son «los que no saben» y hay que enseñar al que no sabe… En este caso se convierte la asesoría en algo verticalista, piramidal, autoritario, que se disfraza de paternalismo y maternalismo, pero que en realidad termina «domesticando» a la persona, es decir, «despersonalizando». En este modelo es el asesor siempre el que habla, es «la palabra de Dios» que no se puede discustir, es él quien da normas. En cambio los laicos serán siempre los que escuchan, los que no saben, los que obedecen. En esta asesoría que podemos llamar «domesticadora» se da muy poca importancia al diálogo y a la participación, pues hay una sola verdad, la del asesor. Se trata de ocultar el conflicto y no se hacen evaluaciones claras. La libertad, la conciencia, molestan y hacen perder tiempo. Se procura que la persona no piense, y menos discuta, hay que hacer lo posible para persuadirla, condicionarla y que acepte lo que se le presenta desde arriba».

Este tipo de asesoría directiva está en total desconformidad con el tipo de Iglesia que nos presenta el Vaticano II y con el carácter de Iglesia que prota­gonizó Vicente de Paúl en el siglo XVII y más tarde Federico Ozanam. El asesor directivo termina por fomentar la pasividad, cae en el autoritarismo, estimula el individualismo y traiciona las raíces existenciales del carisma vi­cenciano que Vicente de Paúl y Federico Ozanam protagonizaron admirable­mente en el asesoramiento que ofrecieron a los laicos.

«Por el contrario, fruto de una «Eclesiología de Pueblo de Dios» es el asesor de servicio que practica una «asesoría liberadora». Gra­cias al Vaticano II, hoy tratamos de vivir y proyectar una «Eclesiolo­gía de Pueblo de Dios «, donde todos somos iguales aunque tengamos tareas diferentes. Iglesia servidora, una Iglesia donde se toma en serio las palabras de Jesús: «Todos somos hermanos» (Mt 28,3), donde se privilegia al laico. Al seglar se le considera como un cris­tiano adulto y responsable, donde se renuncia a privilegios y donde impulsados por la fuerza del amor, la única actitud evangélica es la del servicio; en esta «Eclesiología Eclesial» se da asesoría entre her­manos. Como Jesucristo y como la Iglesia, la asesoría liberadora pri­vilegia a la persona y la quiere hacer sujeto de su propio destino. Los rasgos principales de esta asesoría los encontramos en la «Pedago­gía del Oprimido» que toma al pobre no como objeto sino como su­jeto de evangelización. «Los pobres nos evangelizan», pero debemos tener actitudes humildes para dejarnos evangelizar por ellos que en decir de San Vicente son «nuestros amos y señores «».

En la asesoría así entendida, el asesor es un compañero, un amigo que se sienta al lado de sus hermanos amigos para acompañarlos a discernir la vo­luntad de Dios y una vez encontrada cumplirla solidariamente. El asesor «está al lado de, no va adelante, ni atrás, acompaña dando instrumentos para pensar, para inter-relacionar un hecho con otro, para elaborar síntesis, con­clusiones y consecuencias».

Alberto Camus sintetiza poéticamente lo maravilloso de esta clase de ase­soría «liberadora»:

  • No camines delante de mí, porque quizás no puedo seguirte…
  • No camines detrás de mí, porque quizás no puedo guiarte…
  • Camina junto a mí y avancemos como hermanos…

4. Funciones y cualidades del asesor religioso en los Movimientos Laicos Vicencianos

La función principal del asesor religioso es compartir el carisma de la es­piritualidad vicenciana con los laicos. Compartir es una verbo de uso muy común en la actualidad para significar solidaridad, acompañamiento, anima­ción, interrelación etc.., ideas y sentimientos muy en sintonía con la Iglesia del Pueblo de Dios. El asesor debe de ser maestro en el arte de compartir, como lo fue Vicente de Paúl en su relación con los laicos, con los que supo compartir magistralmente el carisma de su espiritualidad que consistía en «un caminar hacia Diós exclusivamente por los pobres».

Condición indispensable para compartir algo con el amigo o con el veci­no es poseer lo que se intenta compartir. Y hablando de compartir con los lai­cos el carisma de la espiritualidad por parte del asesor religioso, lo deseable sería que el asesor actualizase el carisma del vicenciano en sus vivencias per­sonales y en sus relaciones con los socios. El sacerdote y el religioso deben de tomar como elemento integrante propio de su sacerdocio y de su compro­miso religioso, y el simple laico por razón de su bautismo la mediación del pobre como camino para llegar a Dios. Este convencimiento sería suficiente para hacer apto a cualquier sacerdote, religioso o laico para desempeñar el papel de asesor de los Movimientos Laicos Vicencianos y saber compartir el carisma de la espiritualidad vicenciana con los socios. Ahora bien, si a esto pudíesemos añadir en el asesor la vocación por la que centra exclusivamente en el servicio de los pobres su peculiar camino hacia la santidad, su ir a Dios, sea miembro de la Congregación, Hija de la Caridad o laico vicenciano, en­tonces en teoría la Asesoría de los Movimientos Vicencianos estaría en con­diciones inmejorables de servicio y de animación a los vicencianos. Digo en teoría, porque aunque por pertenecer a una de las compañías fundadas por San Vicente o por vivir su espiritualidad se supone que se conoce bien su es­píritu, en muchos casos puede que esa suposición sea excesivamente genero­sa por parte de los laicos. Lo cierto y real es que el asesor debe conocer la verdadera espiritualidad vicenciana, de lo contrario sería un asesor deficien­te. Por esa razón los Movimientos Laicos Vicencianos han pedido insistentemente en el pasado y piden en la actualidad que los miembros de la Congre­gación de la Misión y las Hijas de la Caridad sean los primeros en ofrecer su ayuda a los socios para formarles en la espiritualidad vicenciana. Reciente­mente lo han expresado de una manera contundente los delegados de las dis­tintas ramas de la Familia Vicenciana presentes en la Asamblea General de la Congregación de la Misión. EL P. General concretaba de la siguiente manera estas llamadas de las diversas ramas de la Familia Vicenciana en su alocución de clausura de la XXXIX Asamblea General:

  1. He escuchado una fuerte llamada a la ayuda mutua en la forma­ción. Los miembros de nuestra familia quieren profundizar su es­piritualidad. Quieren comprender mejor a San Vicente y su visión de Cristo y del mundo. Creen que ésta es una de las mayores ne­cesidades de nuestra familia y reconocen que podemos ayudarnos unos a otros a satisfacer esta necesidad
  2. He escuchado la llamada a la coordinación a nivel local, regio­nal, nacional e internacional. Se usan diferentes palabras para describir la estructura de coordinación. A veces se le llama equi­po, otras comité, a veces un secretariado. Pero existe una clara llamada a crear instrumentos de coordinación para canalizar nuestras energías comunes.
  3. He escuchado la llamada a una mayor comunicación entre la fa­milia, compartiendo publicaciones que ya existen quizás creando otras nuevas, con el uso de los medios de comunicación como In­ternet.
  4. He escuchado una clamorosa llamada, incluso un grito, para rea­lizar proyectos en colaboración, para discernir juntos cuáles son las mayores necesidades de los pobres en las diversas partes del mundo, para formular proyectos concretos para abordar esas ne­cesidades, para trabajar juntos como una familia en misión ad gentes.

Respondiendo a todas estas llamadas insistentes de los laicos vicencianos, los miembros de la Congregación de la Misión y las Hijas de la Caridad han declarado sus convicciones y han formulado unos compromisos. De nuevo cito las palabras del P. General en la clausura de la XXXIX Asamblea:

«Me parece que los compromisos que hemos hecho son una buena respuesta inicial a las llamadas de los miembros de nuestra gran fa­milia. Nuestros compromisos hablan explícitamente de la formación de nuestra Familia Vicenciana. Hablan de la necesidad de coordina­ción a nivel local, regional, nacional e internacional. Nos impulsa al uso de los medios modernos de comunicación para fomentar la mejor comunicación entre nuestra familia al servicio de los pobres, y ha­blan de proyectos concretos en colaboración, en los que podemos ca­nalizar nuestras enormes energías en favor de los más abandonados en nuestras provincias y en la misión ad gentes».

El mismo P. General especifica a continuación cuál es nuestra función en proporcionar nuestras respuestas a todas estas llamadas de los laicos. Lo hace para aclarar la función de los miembros de la Congregación de la Misión y de las Hijas de la Caridad como asesores de las distintas ramas de la Familia Vicenciana. La palabra clave es «animar». Ese es nuestro rol y cometido. Y para evitar interpretaciones erróneas, el mismo P. General nos da el signifi­cado de la palabra «animar», tal y como la entendió San Vicente en su papel de asesor de las cofradías de caridad que él fundó: «Animar es una tarea de­licada en la que compartimos con el grupo nuestra fe, nuestro carisma vi­cenciano, nuestro amor a los pobres, y el consejo prudente. Es importante que recordemos que, en nuestros grupos laicos, no somos quienes tomamos las decisiones. Ellos tienen sus autoridades jurídicas. Es crucial que noso­tros promovamos, las decisiones de esas autoridades y que de ningún modo debemos interferirnos».

La Congregación de la Misión y la Compañía de las Hijas de la Caridad tienen mandato constitucional para interesarse por las instituciones laicales vicencianas. No pueden evadirse de estas exigencias del laicado si desean ser fieles al mandato de su fundador. El estatuto 7 de la Congregación de la Mi­sión dice: «Los misioneros tendrán especial cuidado de las Asociaciones de laicos fundadas por San Vicente o que dimanan de su espíritu, pues como tales tienen derecho a que las asistamos y fomentemos. Si bien todos los mi­sioneros deben estar preparados para prestar dichos servicios, es necesario, sin embargo, que haya algunos más versados en este cometido. Procúrese que esta animación tenga una dimensión espiritual, eclesial, social y cívica».

Las Constituciones de las Hijas de la Caridad dicen algo semejante en esta misma línea de acción: «hagan todo lo posible por proporcionar y alentar a laicos responsables, pero más en particular a los movimientos vicencianos, y eso precisamente por fidelidad a sus orígenes, o sea, por fidelidad a sus fun­dadores» (Est. 5).

Aquí tenemos dos realidades complementarias: los laicos tienen un dere­cho a exigir de los misioneros y de las Hijas de la Caridad atención, cuidado y ayuda para llevar a cabo los fines de su pertenencia a las diversas ramas de las Familia Vicenciana. Y los misioneros y hermanas, a su vez, tienen un deber al que no pueden negarse por fidelidad a sus compromisos de Congre­gación y a sus fundadores.

El estatuto citado arriba incluye otras dos prescripciones para nosotros los Misioneros: «Algunos deben especializarse como asesores de los movimien­tos laicos y todos deben darles su ayuda con una orientación vicenciana que tenga una dimensión espiritual , eclesial, social y cívica».

A pesar de todo lo expuesto arriba, el asesor de los movimientos vicen­cianos no tiene por qué ser un sacerdote de la Cogregación de la Misión, o una Hija de la Caridad. Lo que sí es de suma necesidad en el asesor es un co­nocimiento y mejor todavía una vivencia de la espiritualidad que constituye el carisma vicenciano. Por eso las diversas ramas de la Familia Vicenciana prefieren a los miembros de la Congregación de la Misión o a las Hijas de la Caridad como sus asesores propios por suponer que por ser miembros de una de las dos compañías fundadas por San Vicente conocen en profundidad la espiritualidad del carisma vicenciano y lo traducen en vivencias. Tal vez sea ésta una suposición demasiado generosa en muchos casos. Lo que es cierto y cuenta como cualidad necesaria para ser asesor es conocer la espiritualidad vicenciana y saber traducirla en vivencias de amor afectivo y efectivo al pobre. Cualquier persona en posesión de lo indicado será un buen asesor. De lo contrario seria un asesor deficiente. En el último punto de mi exposición al hablar de la realidad actual de la asesoría de los Movimientos Laicos Vi­cencianos expondré que en algunos casos podrían ser laicos los que desem­peñasen este cargo en las asociaciones vicencianas.

Sería conveniente que además del conocimiento teórico del carisma de las asociaciones vicencianas tuviese el asesor un conocimiento práctico de los sufrimientos y carencias espirituales y materiales del pobre. El trabajo pasto­ral en alguna obra social en favor de los pobres sería para el asesor una pra­xis evangelizadora que le proporcionaría la sensibilidad necesaria para orien­tar a laicos comprometidos con los pobres.

Dentro del conocimiento teórico, imprescindible en el asesor, está el co­nocer las características específicas de la asociación que anima y orienta. Ca­racterísticas que la diferencian del resto de las ramas de la Familia Vicencia­na, que enriquecen a la familia y que perjudicaría el amalgamarlas en mani­festaciones similares. Responsabilidad del asesor es el mantener esta riqueza de diferentes estilos en el trabajo por los pobres.

Todo lo dicho hasta ahora no produciría mucho fruto en la labor anima­dora del asesor, si todo ello no fuese orientado por un amor sincero y una de­dicación comprometida, clara versión del verdadero celo por la evangeliza­ción de los pobres. «Pero el papel fundamental del asesor, el suyo propio, es cuidar de que la asociación viva de y se rija por el espíritu vicenciano, y no por otras corrientes de espiritualidad tradicionales o modernas… que son poco compatibles con el verdadero espíritu vicenciano. El asesor encontrará en estos aspectos que venimos señalando su papel fundamental, como decíamos arriba. Pero para cumplirlo bien deberá él mismo tener un conocimien­to suficiente de cómo es en su origen y de cómo debe manifestarse hoy el au­téntico espíritu vicenciano» (P. JAIME CORERA, C.M., El Asesor de los Movi­mientos Laicos Vicencianos).

5. Realidad actual de la asesoría religiosa en los Movimientos Laicos Vicencianos. Expectativas para el futuro

Una vez expuestos los principios fundamentales de la asesoría religiosa en nuestros Movimientos Laicos Vicencianos, creemos que sería útil hacer un examen crítico de la realidad actual de todo lo expuesto anteriormente en el mundo de la Familia Vicenciana. Al principio de la exposición hemos indica­do las presiones procedentes de los mismos laicos exigiendo la presencia y la actuación adecuada de los asesores religiosos en el asesoramiento de los miembros y consejos. Los matices son algo distintos dependiendo de la iden­tidad propia de cada rama de la gran Familia Vicenciana, pero esencialmente la aplicación de esos principios a la vida actual de cada asociación es básica­mente la misma. El Beato Federico Ozanam, católico enamorado del carácter laical de la Iglesia, quiso tener siempre al sacerdote a su lado; no como diri­gente sino como asesor, como animador y como punto de engarce entre el ca­risma particular de la SSVP y la Iglesia como comunidad universal. La So­ciedad de San Vicente de Paúl ha recogido el sentir de su fundador al formu­lar los Estatutos que rigen el gobierno de la Sociedad. La presencia del ase­sor religioso es una exigencia en todos los Consejos a todos los niveles. Y es una exigencia que debe ser reconocida por la junta directiva de las Conferen­cias y Consejos. En ocasiones puede que la naturaleza de la Sociedad de San Vicente al ser una sociedad civil y no eclesiástica influya para minimizar la relevancia de la asesoría religiosa en las Conferencias. Pero situado en su lugar, el asesor religioso debe defender su puesto de animador en las Confe­rencias y Consejos con papel de formador espiritual, de guía que con su peso moral influya, evalúe, despierte, frene, acelere, pero nunca por el camino de la autoridad jerárquica sino por el camino de compartir la fe, el carisma vi­cenciano, el amor a los pobres y el consejo prudente. El carácter eminente­mente laico de las Conferencias ha sensibilizado en gran escala la responsa­bilidad de los laicos en la dirección de la Sociedad de Caridad, y ha relegado el papel del asesor a su puesto de animador. Repitiendo la recomendación del Superior General de la Congregación de la Misión, «es crucial que nosotros promovamos las decisiones de los que tienen la autoridad jurídica en los Mo­vimientos Vicencianos y que de ningún modo debemos interferirnos». Nunca debemos olvidar que ellos son los tienen la autoridad jurídica y que no somos nosotros quienes tomamos las decisiones.

Todo lo dicho referente al papel del asesor en las Conferencias de Caridad tiene aplicación al Consiliario de las Voluntarias de la Caridad, si bien bajo conceptos distintos. «Ni las Voluntarias de la Caridad ni las Conferencias de San Vicente de Paúl reciben originariamente nada de la Congregación de la Misión ni de la Compañía de las Hijas de la Caridad. Las dos instituciones laicas recibieron su espíritu y su misión propia bien de San Vicente directa­mente como es el caso de la Voluntarias de la Caridad o bien de un laico no perteneciente a la Congregación de la Misión como en el caso de las Confe­rencias» (E J. CORERA, Compartir el Carisma con los Laicos). Aunque estas dos asociaciones tienen distinta estructura jurídica al ser una eclesial y la otra civil, las dos gozan de autonomía. Vicente de Paul aunque fundador se pre­senta así mismo en el reglamento de Chatillon con la figura de lo que hoy ca­lificaríamos como «animador». Vicente de Paúl ni es director ni presidente. Es todo y solamente lo que dos siglos después Federico Ozanam pensó del papel del asesor religioso en las Conferencias.

«Los casos de la Asociación de la Medalla Milagrosa y de Juventudes Ma­rianas Vicencianas presentarían en este aspecto alguna pequeña dificultad, pues ambas son por derecho establecido dependientes de la autoridad de la Congregación de la Misión» (P. J. Corera). Los consiliarios sacerdotes, dele­gados del director general, son al mismo tiempo los directores de la Asocia­ción con todos los poderes jurídicos que esto conlleva. Pero aunque esto así sea, la relación con sus miembros por parte de misioneros y hermanas debe ser de carácter fraternal y participativo, como se lo indican a misioneros y hermanas sus Constituciones, y no de tipo impositivo y autoritario (P. J. Co­rera). Aquel espíritu de asesor de servicio que practica una asesoría «libera­dora», fruto de una eclesiología de Pueblo de Dios de que hemos hablado an­teriormente, debe ser el que también impere en estas dos Asociaciones Vi­cencianas.

Desafortunadamente en algunas de nuestras asociaciones la función del asesor se limita a su presencia en las reuniones de turno para dirigir las ora­ciones de apertura y, en los mejores de los casos, a dirigir a los socios unas palabras de aliento. Hay también casos en los que el asesor no aparece en nin­guna de las ocasiones. Sin embargo, es justo admitir que en la mayoría de los casos los Movimientos Laicos Vicencianos cuentan con el asesoramiento de celosos y cualificados sacerdotes que les atienden con solicitud y con gran entusiasmo apostólico. A veces la escasez de sacerdotes y las muchas ocupa­ciones de los párrocos son impedimento para poder disponer del sacerdote al servicio de estos grupos de laicos. Poder disponer hoy día de sacerdotes como asesores de todos estos movimientos laicos puede considerarse como un verdadero lujo. Esta necesidad se irá acentuando en los países del Este Europeo y de Norte América con el devenir de los años. La carestía de vocaciones para el sacerdocio nos reafirma en esta apreciación. Pero esta realidad no debe asustarnos. Lo único que debe preocuparnos es la fidelidad a nuestro caris­ma de vicencianos y nuestro empeño en la inmersión del carisma vicenciano en todos los sectores, social, institucional, diocesano y parroquial. San Vi­cente de Paúl al pensar en la continuidad de la Congregación no se angustia­ba ante el posible suceso de su desaparición. De ahí su dicho: «Pido a Dios todos los días que nos aniquile —refiriéndose a la Congregación de la Mi­sión— si no somos fieles a lo que Él quiere de nosotros». El sacerdocio ha de continuar en la Iglesia, lo que no será tan fácil será poder disponer de su ca­rácter ministerial y de su misión evangelizadora para todas las necesidades de los movimientos laicos. Tendremos que ir pensando en personas consagradas en la vida religiosa, pero sin el sacerdocio ministerial, y en laicos bien for­mados y fieles al espíritu vicenciano. Ellos pueden sustituir al sacerdote en este trabajo de animar, hasta ahora confiado a ministros del altar. Así como la manera vicenciana de vivir la opción por los pobres no es patrimonio ex­clusivo de los miembros de la Congregación de la Misión ni de la Compañía de las Hijas de la.Caridad, tampoco el animar a los laicos en la línea de evan­gelización es misión exclusiva del sacerdote. Todo esto no es obstáculo para insistir en lo deseable, o sea, en el asesor sacerdote por su función insustitui­ble ministerial en su doble vertiente litúrgica y sacramental, y en el sacerdo­te de la Misión por razones expuestas anteriormente de carisma vivencial.

Epilogo

Como conclusión de todo lo expuesto, me gustaría resaltar de forma es­quemática cuatro puntos. El primero está relacionado con la naturaleza de los Movimientos Laicos Vicencianos, eminentemente eclesiales pero también su­mamente laicos. El más laico de todos ellos es la Sociedad de San Vicente de Paúl, no solamente porque exige la presencia en el mundo para realizarse sino por su constitución fundacional. Si Vicente de Paúl quiso que el asesor de aquellas cofradías de caridad que él fundó estuviese en el lugar que él se man­tuvo cediendo el protagonismo, la dirección y la responsabilidad personal y organizativa a los laicos y quedándose él únicamente con el rol de animador e inspirador del carisma fundacional y del servicio a los pobres, Federico Ozanam pide al sacerdote asesor de las Conferencias que siguiendo el ejem­plo de nuestro patrón y mentor sepa respetar el rol del laico en la Iglesia man­teniendose en su puesto de animador, de inspirador y de santificador de los socios. El respeto, fidelidad y amor a la Iglesia que los fundadores de los Movimientos Laicos Vicencianos legaron a sus obras de caridad deberían verlo reflejado los vicencianos en la persona y en el actuar del asesor religioso.

En segundo lugar desearía resaltar como cualidad indispensable del ase­sor religioso el conocimiento de la verdadera espiritualidad vicenciana. Es esta espiritualidad la que constituye el carisma y la que nos identifica como vicencianos. Y este carisma ni es patrimonio exclusivo de los miembros de la Congregación de la Misión ni de la Compañía de las Hijas de la Caridad, lo cual significa que el que lo tenga o, aún mejor, el que lo viva puede ser un asesor cualificado, de lo contrario aunque sea un miembro de la Congrega­ción de la Misión o una Hija de la Caridad será un asesor deficiente. Mala­mente podrá cumplir el asesor con su función de formador en vivencias de identidad si las desconoce.

Como tercer punto y va dirigido de una manera especial a las dos socie­dades de vida apostólica, miembros de la Congregación de la Misión e Hijas de la Caridad, recojo el sentir y el significado de nuestras constituciones al hablar de nuestra tarea de ayudar a los laicos vicencianos. En el estatuto 7 de nuestras constituciones y en las constituciones de las Hijas de la Caridad está bien claro nuestro deber constitucional de atender a nuestros laicos vicencia­nos, al que no podemos negarnos precisamente por fidelidad a nuestros com­promisos de Congregación y a nuestros fundadores. Los laicos, a su vez tie­nen derecho a exigir de los miembros de la Congregación de la Misión y de las Hijas de la Caridad atención, cuidado y ayuda para llevar a cabo los fines de su pertenencia a las diversas ramas de la Familia Vicenciana. Es vuestro derecho y es nuestro deber.

Finalmente quiero expresar un deseo basado en el amor y en la fe que te­nemos en los Movimientos Laicos Vicencianos. Desde la plataforma del lai­cado hemos de trabajar incansablemente y hemos de agotar todos los recur­sos para lograr que las Asociaciones Vicencianas continúen siendo una he­rramienta eficaz de renovación social en todo el mundo. El pasado del laica-do vicenciano ha sido glorioso. El presente tiene «algunos» tonos sombríos que hemos de esclarecer con nuestro empeño de renovación y de revitaliza­ción. La labor no es fácil, pero tampoco imposible. Y aquí es donde el asesor sacerdote y la Hija de la Caridad pueden desempeñar un papel decisivo con su influencia y poder organizativo. Ambos pueden ser una gran fuerza para que los laicos se revitalicen y amplíen su campo de acción en el trabajo pas­toral de la acción caritativa.

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