La Federación de las Hermanas de la Caridad y el Carisma Vicenciano en Norteamérica

Francisco Javier Fernández ChentoHijas de la CaridadLeave a Comment

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Author: Regina Bechtle, H.C., Mary Ann Daly, H.C. y Mary McCormick, H.C. · Translator: Máximo Agustín, C.M.. · Year of first publication: 2007 · Source: Vincentiana, Noviembre-Diciembre 2007.

Extendiendo el alcance de la Caridad


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Primera parte: El Carisma Vicenciano de la Caridad echa raíces en el Nuevo Mundo

Santa Elizabeth Ana Bayley Seton

Santa Elizabeth Ana Bayley Seton

En las últimas décadas del siglo XVIII y comienzos del XIX, tuvieron lugar una serie de eventos que cambiarían dramáticamente el curso del Catolicismo en los Estados Unidos y que le permitirían echar raíces y florecer. En efecto, con el tiempo, la histo­ria de la nueva república ven­dría a estar entremezclada in­separablemente no sólo con la Iglesia americana, sino tam­bién con la expresión ameri­cana de una congregación de Caridad fundada en Francia siglos antes.

Los comienzos, no obs­tante, fueron lentos. La nueva república se formó en 1783, en las condiciones que resultaron de una revolución larga y sangrienta. Sus fundadores idearon los Estados Unidos como un ensayo de un nuevo estilo radical de ser democracia, con «libertad y justicia para todos». Pero defectos en el proyecto original llevaron a serias conse­cuencias que persisten aún hoy.

Para muchos grupos, incluidos los católicos, judíos, ateos, y hasta sectas protestantes, la libertad religiosa no quedó garantizada como un derecho fundamental hasta que fue integrada en la Decla­ración de Derechos en 1791. Y aún así, los estados establecieron Igle­sias hasta 1820.

Si bien la libertad de religión daba por sentado la separación de Iglesia y Estado, esta seguridad no facilitó ciertamente a la minoría Católica la práctica de su fe. Abundaron la intolerancia, la discrimi­nación y el fanatismo — a menudo sutiles, a veces violentos. Pero la joven iglesia estaba muy bien servida por líderes visionarios cuya presencia, valor y talentos especiales la hicieron florecer y crecer.

Sin duda alguna el mayor de estos primeros clérigos fue John Carroll, ordenado primer Obispo, luego Arzobispo de los Estados Unidos. Cuando fue consagrado obispo en 1789, Carroll se convirtió en la cabeza de una diócesis que abarcaba todo el país. Tenía 22 clé­rigos, muchos de Europa; unas pocas iglesias o propiedades de la Iglesia, y sin ninguna comunidad de mujeres religiosas para ayudar en el trabajo de asistencia a las necesidades espirituales y materiales de la población en su mayor parte de inmigrantes y de Católicos pobres.

Entre sus primeras ocupaciones, la primera fue la fundación de un seminario para formar a hombres americanos para el sacerdocio. Pidió ayuda a los Sulpicianos franceses. Cuando llegaron en 1791, comenzaron lo que llegaría a ser el Seminario de Santa María en Bal­timore. Serían también un factor importante de la formación de la comunidad americana de mujeres religiosas en los EE.UU. En la visión de largo alcance de Carroll, la educación de las jóvenes era la clave para la supervivencia del Catolicismo en un entorno a menudo hostil. Como esposas y madres, las mujeres constituyeron la base moral y espiritual de sus familias. Una comunidad de religiosas cuyos ministerios incluían la educación, entre otros trabajos de cari­dad, era esencial en la visión de Carroll.

La fundación de las Hermanas de la Caridad de San José, Emmitsburg, en 1809, lanzó una asombrosa — si bien no siempre fácil — colaboración entre el clero y las religiosas, que formaban el núcleo del sistema parroquial de educación en los EE.UU. Otros tra­bajos, incluido el cuidado sanitario y el cuidado de huérfanos y de ancianos, llegaron después. En algunos lugares, el cuidado de los huérfanos se adelantó a la fundación de escuelas parroquiales.

El catalizador de esta empresa fue una joven viuda conversa, Eli­zabeth Ana Bayley Seton. Su historia es bien conocida. Nacida en Nueva York, en 1774, sus padres fueron el Dr. Richard Bayley, pro­minente médico y Catherine Charlton Bayley, que murió cuando Eli­zabeth tenía tres años.

Isabel se casó con William Magee Seton en 1749: juntos tuvieron cinco niños. Hacia 1801, la salud de Seton se había deteriorado — «el mal de Seton» era la tuberculosis — y su considerable compañía marítima se fue a pique, debido en parte a la piratería en alta mar y a los efectos del embargo Británico durante las guerras Napoleóni­cas. Él, Elizabeth, y su pequeña hija viajaron a Italia, en un intento de salvar su salud. A pesar de todo, después de pasar treinta días en cuarentena en el lazareto de Livorno, William murió el 27 de diciem­bre de 1803.

La nueva viuda se quedó con los amigos de su marido, los Filic­chis, por un periodo prolongado de tiempo, quienes la introdujeron en la fe Católica. A su regreso a los EE.UU., y después de un largo periodo de discernimiento, fue recibida en la Iglesia Católica de San Pedro, Barclay Street, el 14 de marzo de 1805.

Su decisión de dejar la iglesia Episcopaliana la convirtió en una virtual extraña entre muchos de su familia y amigos. Obligada a ganarse la vida para mantener a sus hijos, contó con la incondicional ayuda de los Filicchis y los nuevos amigos, laicos y clérigos, en la comunidad Católica. En sus reuniones con los que la apoyaban y con ella misma, el Obispo Carroll reconoció en la Sra. Seton los talentos y capacidades, espirituales e intelectuales para llevar a cabo su idea de una Hermandad americana, dedicada al servicio de los pobres. De una manera que se puede decir obra de la providencia, esta idea tuvo también eco en el corazón de Elizabeth y aunque sin experiencia de la vida religiosa, tenía una honda y firme confianza de que la volun­tad de Dios la llevaría a un lugar que pudiera llamar su casa.

Isabel se llevó a su familia a Baltimore y comenzó la primera escuela en una casita en Paca Street. Pronto se le juntaron un número de mujeres que con ella echarían los cimientos de la primera Hermandad Americana, y en 1808, se trasladó con la incipiente comunidad y unas pocas estudiantes a Emmitsburg, a cincuenta millas al oeste de Baltimore. Samuel Cooper, un acomodado con­verso y seminarista, dio el dinero para comprar la propiedad y comenzar las bases de lo que sería la primera Casa Madre de las Her­manas de la Caridad. Los Sulpicianos se encargaron de las tareas de dirección de la nueva comunidad, una circunstancia que el Arzobispo Carroll no veía con tan buenos ojos. Sin embargo, viéndose escaso de clero, accedió cuando le presentaron el «hecho consumado».

La nueva comunidad siguió el modelo de las Hijas de la Caridad, fundadas en 1633 por los Santos Vicente de Paúl y Luisa de Marillac.

Con todo cuidado para señalar su radical salida del claustro, única norma de la vida religiosa disponible entonces, los fundadores habían trazado la Regla, los votos, su oración en común, así como su vestido y su cometido apostólico de manera que quedara bien claro que las Hijas de la Caridad nunca serían una orden de religiosas cerradas. Los Sulpicianos emigrados a los EE.UU. habían trabajado con las Hijas en Francia, estaban familiarizados con su regla y su espíritu, y convencidos de que, con algunas modificaciones se acomo­daría a las necesidades de la Iglesia americana y de su pueblo. En 1810, el Obispo Benedict Joseph Flaget pudo hacerse con una copia de la regla y se la trajo consigo a través del Atlántico. Elizabeth la tradujo al inglés y con algunas modificaciones para acomodarla a la situación americana, las Hermanas que habían vivido su espíritu pudieron sintonizar también con sus palabras llenas de su espíritu.

Desde un principio hubo diferencias de opinión sobre la relación entre la comunidad americana y su homóloga francesa. Muchos Sul­picianos estaban convencidos de que debería haber una unión con las Hijas en París, y estaban realmente dispuestos a entregar las res­ponsabilidades de dirección de la comunidad a otros. El Obispo Carroll y otros clérigos creían que la comunidad debía seguir siendo, como hasta entonces, una comunidad distinta, enteramente ameri­cana. Estas diferencias volverían con toda su fuerza a cambiar la fun­dación original y a provocar una división de la congregación en tres direcciones. Para 1850, la comunidad de Emmitsburg se había con­vertido en una provincia de las Hijas de la Caridad de Francia. Antes de esta unión había nacido, en 1846, una comunidad independiente en Nueva York y en 1852, una segunda en Cincinnati.

Cada comunidad, bajo la dirección de mujeres que habían sido compañeras de Elizabeth Seton desde el principio, sentía firmemente que las acciones que llevaban a cabo en pro de la misión que habían abrazado era la correcta, en realidad el único modo de ser fieles al legado de los fundadores, y de su madre espiritual.

Con el tiempo, se establecieron en los EE.UU. cinco provincias de Hijas de la Caridad. De las dos ramas de la fundación original, Nueva York y Cincinnati, brotaron otros grupos, que florecieron y llegaron a madurez. Los ordinarios del lugar, sintiendo la urgencia de mujeres religiosas que vinieran en ayuda de las necesidades del gran número de inmigrantes Católicos que llegaban a sus diócesis, persuadieron a la dirección de las comunidades ya formadas para que enviaran hermanas que realizaran las obras de caridad por las que ya eran bien conocidas.

En 1849, a invitación del Obispo William Walsh, tres Hermanas de Nueva York viajaron a Halifax, Nueva Escocia, y formaron una comunidad que en poco tiempo se hizo internacional, con provincias en Canda y en los EE.UU. Otro grupo de religiosas, las Hermanas de Santa Marta, comenzaron como una orden auxiliar de las Hermanas de la Caridad, y en 1894 aceptaron a mujeres de Antigonish, Nueva Escocia. Su ministerio habría de ser, servir las necesidades domésti­cas del seminario local. En 1900, ante la urgencia del obispo de Anti­gonish, quince de estas Hermanas formaron una comunidad inde­pendiente, conservando el nombre de la comunidad a la que se habían unido, pero formulando sus propias constituciones y reglas.

En 1859, persuadida por el Obispo James Roosevelt Bayley de Newark, sobrino de Isabel Seton, la comunidad de Nueva York tam­bién proporcionó Hermanas que, junto con un pequeño número de mujeres formadas en el noviciado en Cincinnati, comenzaron las Hermanas de la Caridad de Santa Elisabeth, Convent Station, New Jersey.

La congregación de Cincinnati también envió Hermanas a Greensburg, Pennsylvania, en 1870, para iniciar la comunidad co­nocida como las Hermanas de la Caridad de Seton Hill. Una de las primeras postulantes de la comunidad independiente de Cincinnati fue la primera Madre de la comunidad de Seton Hill.

Así, desde la comunidad original localizada en las colinas ondu­ladas de Maryland, se crearon cinco congregaciones más, fieles al espíritu del carisma original, pero ciertamente originales en sí mis­mas, con una única perspectiva sobre lo que significaba ser Caridad.

Pero la expresión Caridad de la vida religiosa en los EE.UU. y en Canadá es más amplia que la de las fundaciones que remontan su linaje hasta la Madre Seton. Es interesante destacar que por lo gene­ral, la regla utilizada por estas otras congregaciones fue la que Eliza­beth había traducido y adaptado para las necesidades de la experien­cia americana.

Remontándonos a 1812, vemos surgir otras fundaciones por el estilo. En ese año, la Madre Catalina Spalding y sus compañeras die­ron origen a las Hermanas de la Caridad de Nazaret, Kentucky, bajo el ímpetu y dirección del Padre Juan Bautista David, Sulpiciano y segundo superior de la comunidad de Emmitsburg, quien se había ido al «oeste» con el Obispo Flaget. Aunque se habló de una alianza con Emmitsburg, la comunidad retuvo su independencia. Las Her­manas de la Caridad de Leavenworth, Kansas, fueron fundadas en 1851 por una componente de la comunidad de Nazaret, la Madre Javier Ross, para servir las necesidades del pueblo de Kansas, Mon­tana y otros estados occidentales.

En 1829, el Obispo John England de Charleston, Carolina del sur, acudió a Emmitsburg a por una copia de la regla, y animó a cuatro mujeres, incluida Teresa Barry, a comenzar una comunidad para la educación y cuidado de los huérfanos como primer objetivo. Siempre comunidad reducida, las Hermanas de la Caridad de Nues­tra Señora de la Misericordia, Cherleston, fueron únicas en un aspecto: operaban en un terreno que era por lo general sospechoso y hostil a la Iglesia Católica. Con su labor educativa y el cuidado de los niños de toda calse, lograron disipar los temores de sus vecinos pro­testantes y merecerse el apoyo para sus obras.

El Obispo Thomas Connolly de Saint John, New Brunswick, viajó a Nueva York en distintas ocasiones en 1850 para pedir ayuda con el fin de vencer el eterno problema de los recién llegados, sobre todo inmigrantes irlandeses, incluyendo los brotes devastadores de cólera. En 1654, en un momento en el que el número de Hermanas a su disposición se habían visto reducido a la mitad de lo que habían sido antes de la separación de Emmitsburg, la Madre Jerome Ely pidió voluntarias al noviciado de Nueva York para ir con el Obispo Connolly y formar una nueva comunidad. De esta manera las Her­manas de la Caridad de la Inmaculada Concepción fueron una de las primeras comunidades de mujeres en atender las necesidades de los canadienses de habla Inglesa. En 1924, un número de hermanas de habla francesa crearon una comunidad propia. Las Religiosas de Nuestra Señora del Sagrado Corazón, con una casa madre en Monc­ton, New Brunswick. Su intención era establecer un noviciado de habla francesa para servir a las mujeres acadias que trataban de entrar en la comunidad. Una vez más, la inculturación del carisma para atender a las necesidades de la gente era evidente.

En 1902, las Hermanas Vicencianas de la Caridad, una comuni­dad Europea formada en el espíritu Vicenciano, llegaron como misio­neras para los inmigrantes Eslovacos en el área minera de Pittsburg, Pennsylvania. Su historia añadiría otro capítulo a la historia de la Caridad en Norteamérica.

Segunda parte: Historia de la Federación

A mediados del siglo veinte, el periodo histórico de expansión y separación dio lugar al de cooperación gradual. En 1947, el delegado Apostólico en los Estados Unidos, Amleto Giovanni Cardenal Cico­gnani, sugirió que las superioras de aquellas congregaciones que pre­tendían ser Hijas de Isabel Seton trabajaran juntas para su canoni­zación. Para ello, se celebró la primera reunión de la Conferencia de las Hijas de la Madre Seton, en Emmitsburg, Maryland, del 28 al 29 de octubre de 1947. La Hermana Isabel Toobey, D.C., Visitadora de la Provincia de Emmitsburg, fue la anfitriona de la reunión. Eepresentantes de las Hermanas de la Caridad de San Vicente de Paúl de Nueva York; Hermanas de la Caridad de Santa Isabel, Con­vent Station; Hermanas de la Caridad de Mont. St. Joseph, Cincin­nati; Hermanas de a Caridad de Seton Hill, Greensburg; y Hermanas de la Caridad de San Vicente de Paúl, Halifax, fueron reunidas por una representante de la Provincia de St. Louis de las Hijas y el obispo auxiliar de Baltimore. Había necesidad de curación de algunos recuerdos de las rupturas anteriores y del dolor que llevaban consigo. Cada congregación comunicaba la historia de su fundación y las raí­ces históricas, y el grupo comenzó a trabajar unido hacia la canoni­zación de Isabel Seton. A las reuniones siguientes, además de la Superiora General de cada congregación, asistieron miembros del consejo así como las vicepostuladoras de la causa.

En estas reuniones se desarrollaron planes concretos y estrate­gias para promover la causa. Cada congregación encargó oraciones especiales a sus miembros y sacrificios en cada día diferente de la semana. Cada una de ellas trabajó con diligencia para fomentar la devoción a Isabel Seton entre sus estudiantes, colegas y pacientes. Se seleccionó un retrato oficial; se produjeron obras y espectáculos en su honor. En el proceso de estos esfuerzos bien orientados, las miem­bros de la Conferencia colaboraron en todo.

Más tarde, en respuesta a la llamada del Vaticano II, el foco de atencion se amplió. El decreto sobre la renovación de la vida reli­giosa, Perfectae Caritatis, orientó a las congregaciones con los mismos o similares carismas a unirse o federarse. En 1965 se cambió el nom­bre de Conferencia por el de Federación de las Hijas de la Beata (más tarde Santa) Isabel Ana Seton. El objetivo establecido, ahora incluía el mutuo apoyo y desarrollo. Lo que antes era algo secundario en su trabajo conjunto, se convertía ahora en una de las razones de la exis­tencia de la Federación. En 1966 se acordaron las directoras (maes­tras) de la formación inicial. También buscaron apoyo mutuo y asistencia práctica para desarrollar métodos de formar a las nuevas en el carisma.

Con la canonización de Isabel Ana Seton el 14 de septiembre de 1975, el objetivo inicial de la reunión de las congregaciones se había cumplido. Los miembros ahora podían emplear sus energías en pro­yectos relacionados con su carisma y herencia propios y en un esfuerzo para trabajar de común acuerdo en aliviar la injusticia. Comenzaron por explorar nuevos lugares de encuentro para la cola­boración y nuevos análisis de lo que significa ser Hermana de la Cari­dad en el siglo XX.

También comenzaron a revisar sus estatutos y estructura. Este nuevo examen de quiénes eran y para qué estaban fue urgido por una serie de requerimientos de otras congregaciones religiosas para unirse al grupo. Las Hermanas de la Caridad de la Inmaculada Con­cepción de New Brunswick, Canadá, buscaron la admisión en la Federación en 1979. Compartían el espíritu del carisma y estaban unidas a otras congregaciones por su fundadora, que había dejado el noviciado de las Hermanas de la Caridad de Nueva York para empe­zar la congregación Canadiense. Le llevó a la Federación tres años revisar sus estatutos y escribir un manual, por eso la comunidad de New Brunswick no fue admitida hasta 1982. Las Religiosas de Nues­tra Señora del Sagrado Corazón siguieron el ejemplo en 1986.

En 1989 la Federación recibió una solicitud de una congregación cuya historia era radicalmente diferente a la de los demás miembros. Ésta no era una congregación de origen americano y no remontaba su herencia en manera alguna a Isabel Seton y a la americanización del siglo XIX de la regla de las Hijas de la Caridad. Las Hermanas Vicencianas de la Caridad de Pittsburg, originalmente fundadas en Austria Hungría, llegaron a los Estados Unidos en 1902 [para servir a la comunidad de inmigrantes Eslovacos en el área minera de Pitts­burg, Pennsylvania]. El espíritu Vicenciano era evidente no sólo en el nombre sino en sus vidas y documentos. Fueron aceptadas como miembros de la Federación en 1989. Su aceptación fue seguida in­mediatamente por una petición de las Hermanas Vicencianas de la Caridad de Bedford, Ohio. Algunas hermanas de la congregación de Pittsburg se habían trasladado a Ohio en 1928, ante la invitación del Obispo local para servir al pobre inmigrante; formaron una con­gregación independiente en 1939. También ellas fueron aceptadas. Una nueva era había comenzado en la vida de la Federación de Isa­bel Seton.

Entre tanto, las Directoras de Formación se reunían y trazaban un programa compartido llamado «Raíces». En este programa, las novicias pasaban juntas dos semanas de intenso estudio sobre el carisma. Junto a ellas, con vistas a este programa, estaban las Di­rectoras de Formación de las Hermanas de la Caridad de Nazaret y las Hermanas de la Caridad de Leavenworth. Ninguna de estas congregaciones estaba aún en la Federación. Pero durante el tiempo que pasaron juntas, las novicias y directoras experimentaron el va­lor de compartir su experiencia del carisma con otras de la misma tradición.

En 1991 las Hermanas de la Caridad de Nazaret se unieron a la Federación. Comenzada en 1812, la congregación había seguido la misma regla que Isabel Seton adaptó de las Hijas de la Caridad, y más adelante la ajustó para que conviniera a la vida de vanguardia en Kentucky. Las siguieron en la Federación, en 1994 las Hermanas de la Caridad de Nuestra Señora de la Misericordia. Esta congregación, iniciada en Charleston, Carolina del Sur, había recibido también la adaptación americana de la regla. Aunque sin haber tenido ninguna «hermana» de la congregación de Isabel Seton, llevaban el hábito negro y la capucha de la viuda.

En 1995 las Hermanas de la Caridad de Leavenworth, Kansas, entraron en la Federación. Procedían de las Hermanas de la Caridad de Nazaret, y llevaban el mismo espíritu Vicenciano y tradición así como la influencia pionera de sus antecesoras.

Al tiempo que la Federación iba progresando en número de con­gregaciones miembros, iba también proporcionando programas para los miembros de base, con el fin de ayudarlas a profundizar su expe­riencia del carisma y la visión común entre las congregaciones. Entre 1988 y 1925, más de 500 hermanas tomaron parte en la Caridad: una Visión Compartida, un programa de una semana entera para comu­nicación y crecimiento espiritual de las hermanas. Entre 1992 y 2000 la Federación patrocinó el Legado Seton, forums eruditos sobre la contribución de Isabel Seton a la Iglesia y a la Sociedad. Para sus bodas de oro en 1997, la Federación nombró una comisión para escribir una historia. Una Visión de Servicio por Sor Geraldine Anthony, S.C., la publicación escogida, sigue no sólo la historia de la Federación, sino el legado de las congregaciones individuales que la componen.

También en 1997, la Federación cambió de nombre por el de Federación de Hermanas de la Caridad en la tradición Vicenciana/ Setoniana. El nuevo nombre describía mejor la composición de los miembros.

La Federación quedó así incorporada como una organización sin lucro, en el Estado de Nueva York. La Federación necesitaba esta incorporación para recibir el status de ONG (organización no guber­namental) en las Naciones Unidas. Las congregaciones miembros venían deseando tener una voz en pro de los pobres y oprimidos no sólo en Norteamérica, sino tmbién en el escenario del mundo. Tenían misiones en América Central y Américadel Sur, las Islas del Caribe, Asia y África. Con un representante de la ONG de la Federación en la ONU, las congregaciones podrían expresar sus intereses y trabajar juntas por la justicia y por poner fin a la pobreza. La dimensión internacional de los miembros de la Federación era una realidad que resultaba cada vez más clara. Eran sin duda tiempos nuevos para las congregaciones.

Los criterios para alistarse en la Federación quedaron clarifica­dos en 1996. Cualquier congregación que buscara de ser admitida necesitaría o bien constatar su espíritu característico y carisma en consonancia con la tradición de la Caridad de Vicente de Paúl, Luisa de Marillac e Isabel Seton, y/o constatar la influencia de la Regla Vicenciana (Reglas Comunes de las Hijas de la Caridad) en sus docu­mentos y en su estilo de vida. Los nuevos criterios se usaron al dar la bienvenida al miembro más reciente, la Congregación de Sta. Marta, en 2004. Esta congregación, en un principio formada por las Herma­nas de la Caridad de Halifax, se había separado para formar una nueva congregación en Antigonish. El carisma de caridad había sido obvio en sus vidas y ministerio.

También en 2004, las Hermanas Vicencianas de Caridad de Bed­ford, Ohio, se juntaron a las Hermanas de la Caridad de Cincinnati, aportando nuevas ideas sobre cómo se puede expresar el carisma de la caridad. Poco a poco, ese carisma fue plasmándose en la fuente de la unidad de la Federación.

Tercera parte: Los miembros de la Federación, hoy

¿Cuál es la realidad viva de la Federación de las Hermanas de la Caridad hoy? El espíritu de Caridad continúa fuerte y vibrante en las congregaciones de los trece miembros. Aproximadamente, 4.000 miembros con votos y 700 seglares asociadas/afiliadas sirven de costa a costa en los Estados Unidos y Canadá, y en más de otros 30 países.

Como la mayoría de las congregaciones de mujeres en Nortea­mérica, los miembros de la Federación experimentan el reto de man­tenerse bien orientadas a la misión en el futuro, mientras disminuyen los recursos y las finanzas de la organización. Con todo la energía en la misión se manifiesta puesto que surgen nuevos campos para el servicio, los servicios permanentes encuentran ideas creativas para florecer, y mujeres con talento y generosas siguen la llamada del Espíritu para servir a los pobres como Hermanas o Hijas de la Caridad.

Aunque fuertemente inculturizada en la realidad norteameri­cana, con todas sus dotes y desafíos, unas cuantas congregaciones de la Federación se han extendido internacionalmente. Algunas mantie­nen una pequeña, pero significativa presencia en América Central y Latinoamérica, el Caribe, y África. Otras claman por una presencia extensa y prolongada en Corea (Hermanas de la Caridad de Seton Hill, Pennsylvania), en la India y en Belice (Hermanas de la Caridad de Nazaret, Kentucky). Todas experimentan la riqueza de ser evange­lizadas por los pobres de diferentes culturas.

Una de las metas de la Federación es «difundir el entendimiento y expresión de nuestra común herencia enraizada en Vicente, Luisa e Isabel que se expresa en la tradición de las distintas congregaciones miembros». Esto ha sucedido de muchas maneras.

En su «Camino de Isabel» gira por Nueva York, Baltimore y Emmitsburg, tras las huellas de Santa Isabel Seton, las hermanas y novicias del seminario conocen sus raíces comunes Vicencianas, la historias de las demás comunidades, y la marcha los servicios que desarrollan. Las mujeres que entraron en una congregación de la Federación en los últimos treinta años, encuentran apoyo e inspira­ción en la reunión «de los 70 y más». Las responsables de la for­mación inicial y permanente de las profesas y seglares asociadas comparten ideas y programas en las reuniones anuales, llenas de espíritu, de la Compañía del Personal de Formación de la Caridad (CCFP).

En 1996 la Federación empezó un proyecto de mayor alcance, autorizando a un grupo de estudiantes a trabajar en la recogida y publicación de los escritos de Santa Isabel Ana Seton. Fueron nom­bradas coeditoras, las Hermanas Regina Bechtle, S.C. (Nueva York), y Judit Metz, S.C. (Cincinnati); Ellin M. Kelly, D.C., trabajó como editora del manuscrito. Las archivistas de la Federación y su equipo, especialmente la Hermana Betty Ann McNeil, D.C., archivista de la provincia de Emmitsburg, fueron una ayuda valiosa. Representantes de la Federación formaron un comité editorial asesor para la obra de cuatro volúmenes: Isabel Bayley Seton: Escritos Coleccionados (New City Press, 2000-20006). Los volúmenes están comercializados y dis­tribuidos por el Instituto de Estudios Vicencianos en DePaul Univer­sity, Chicago.

Las congregaciones miembros, en sus esfuerzos por la formación permanente, patrocinan con regularidad retiros sobre el carisma de la Caridad. Con frecuencia invitan a miembros de otras comunidades de la Federación como conferenciantes y directores de los retiros. Varios miembros del nordeste americano han lanzado un único tipo de retiro «Vicenciano» dirigido, que incluye dirección espiritual de grupo y reflexión sobre el ministerio con los pobres.

Con el tiempo la conciencia de una extensa Familia Vicenciana ha ido creciendo a una con el deseo de la Federación, robusteciendo la red y la colaboración intercongregacional. Este deseo es eco de la encomienda de la 39ª Asamblea General de la congregación de la Misión (1969) «de colaborar con otros miembros de la Familia Vicen­ciana». Los miembros de la Federación forjaron lazos con las Seño­ras de la Caridad de los Estados Unidos (LCUSA) nombrando (1969) a la Hermana Matilde Comstock, D.C., para trabalar en la mesa nacional de LCUSA. Actualmente ocupa este puesto de Directora Eje­cutiva de la Federación la Hermana Mary Ann Daly, D.C. (New York). La Hermana Theresa Capria, D.C. (New York), representó a la Federación en la Asamblea General de la Congregación de la Mi­sión en Roma, por invitación del entonces Superior General Robert P. Maloney. Miembros de la Federación han actuado como presenta­doras, planificadoras o participantes en las reuniones de la Familia Vicenciana celebradas en Belleville, Illinois (2005), Princeton, New Jersey (2006), y San Francisco, California (2007).

Los miembros trabajan también como guías en el Capilla Seton en Emmitsburg. Un servicio especial de oración señala el Día de la Federación, celebrado anualmente el 15 de marzo, fiesta de Santa Luisa. Desde 1988, representantes de varias congregaciones de la Federación forman un grupo de Conexiones de Caridad para com­partir reflexiones y escribir ensayos ocasionales sobre el carisma. Un primer volumen se publicó en formato de folleto Viviendo el Carisma de la Caridad; todos los ensayos están colgados en la página de la Federación, www.sisters-of-charity.org, vía enlace las «Reflexiones del Carisma».

En el 2009 señalará el 200º aniversario de la fundación de las Hermanas de la Caridad en EE.UU. Para honrar la implantación del carisma de la Caridad en Norteamérica por Santa Isabel Seton, ten­drán lugar celebraciones en Emmitsburg y dondequiera que trabajen las Hermanas y las Hijas. Se programarán en colaboración conme­moraciones de este acontecimiento en la iglesia de Norteamérica, donde se pueda.

Otras celebraciones están a la vista. El bicentenario de las Her­manas de la Caridad de Nazaret, Kentucky en 2012, y el 150º aniver­sario de las Hermanas de la Caridad de Leavenworth, Kansas (2008) y de las Hermanas de la Caridad de Sta. Isabel, Convente Station, New Jersey (2009) proporcionarán más oportunidades para difundir la historia de una herencia compartida.

Otro hito de la Federación es el «trabajo en colaboración, com­partiendo nuestras tradiciones y dotes en bien del Evangelio». El espíritu Vicenciano que «inventa hasta el infinito» en la misión, se manifiesta de innumerables modos.

En una de las regiones más pobres de la Pennsylvania rural, tra­bajan juntos tres grupos de la Federación al servicio de los pobres. Los Servicios Rendu proporcionan una despensa de alimentos, pro­gramas extraescolares en proyectos de vivienda cercanos, un servicio de salud móvil, y muchos otros servicios. Por invitación de la provin­cia Nordeste de las Hijas de la Caridad, que comenzaron el servicio en el 2000, las Hermanas de la Caridad de Seton Hill y las Hermanas Vicencianas de la Caridad han patrocinan en colaboración, los Servi­cios Rendu desde noviembre, 2006.

En agosto, 2007, las directoras de vocaciones de siete grupos de la Federación de HC acompañaron a 23 jóvenes voluntarias a la Gulf Coast a limpiar, fregar y pintar viviendas abandonadas a consecuen­cia del Huracán Katrina. Este proyecto de servicio en colaboración se extendió al primer viaje de grupo en enero, 2007.

La estructura de nuevo cuño de la Federación favorece una rápida comunicación para conservar la solidaridad en la misión. Su status como una ONG en las Naciones Unidas permite a los miem­bros introducir en el forum global su sentido de la situación de los pobres en el mundo. La Hermana Caroljean Willie, S.C. (Cincinnati) sirve en la actualidad como representante de la ONG de la Federa­ción, un trabajo que comenzó y desarrolló la Hermana Marie Elena Dio, S.C. (Halifax).

Los miembros pueden también hacer circular, desde los prime­ros momentos, noticias actualizadas sobre desastres naturales como el tsunami de 2004 en el sureste de Asia, los huracanes de 2006 en Nueva Orleáns y el Caribe, o el terremoto de 2007 en Perú, y su impacto en los pobres, y los medios concretos de ayuda. Los infor­mes nos hablan de una rápida respuesta en dinero, auxilios, y abun­dante oración.

En muchas comunidades de la Federación S.C., crecen y florecen programas crecen de asociados seglares. Aunque se les llame asocia­dos, asociados en la misión o trabajadores voluntarios, las asociadas Seton, la familia Seton, o las afiliadas, más de 700 mujeres y hom­bres encarnan el espíritu Vicenciano de Caridad y realizan la misión en sus propios modos de vida. La espiritualidad, el entusiasmo y el compromiso de estas personas dedicadas enriquecen a las profesas y actúan como levadura en la Iglesia. Las Asociadas de la Caridad han patrocinado retiros del carisma en Emmitsburg y han actuado en las conferencias nacionales de los asociados seglares.

Muchas congregaciones de la Federación de S.C. patrocinan o colaboran en instituciones que ofrecen cuidados sanitarios, servicios sociales y de familia, educación y desarrollo espiritual. En estos luga­res de servicio, la integración en la misión es un objetivo prioritario. Los programas para empleados, a todos los niveles, desde servicios de apoyo hasta alta dirección, tratan de fomentar la idea de que los empleados son nuestros colegas y compañeros de misión; sirven a la misión por el modo como mantienen el fuego Vicenciano de la Cari­dad, y se responsabilizan de la difusión de esa llama.

Históricamente, las comunidades tendían a orientarse hacia uno o más de los servicios sanitarios Vicencianos, la educación, o los ser­vicios sociales, en boga. Hoy, los miembros atienden una variedad de ministerios que imprimen un nuevo sentido a la fórmula de «todo servicio que esté a su alcance». Un vistazo a la página de cada con­gregación (accesible en la página de la Federación, www.sisters-of­charity.org/, vía el enlace «Members») demostrará esta realidad mejor que lo pueda documentar este breve ensayo.

La actual Declaración de la Dirección de las Hermanas de la Federación de la Caridad invita a sus miembros a:

«Abrazar la realidad internacional de nuestras vidas en contexto de pertenencia y de nuestra misión.
Y en solidaridad con el pobre,
para emplear con decisión nuestra energíacorporativa
como Federación
y testimonio, defensa y cambio sistémico,
a nivel global y local».

Como Federación enraizada en la herencia de Vicente, Luisa, Isabel Seton, Federico Ozanam, Rosalía Rendu y demás pioneros Vicencianos, miramos hacia un futuro lleno de esperanza, fértil en nuevas ideas para llevar el espíritu de Caridad a nuestra iglesia y nuestro mundo.

Santa Cecilia, el 22 de noviembre de 2007

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