La fe recuperada al servicio de los pobres

Mitxel OlabuénagaEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

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En adelante el camino es claro, el Señor Vicente sabe que no tiene que hacer más que ponerse a disposición de Dios para continuar la misión de Jesucristo: llevar la Bue­na Nueva a los pobres. No puede soportar la situación que había de reprocharle un día un protestante como obstáculo al reconocimiento de la Iglesia católica: «Se ve de un lado a los católicos del campo abandonados a pastores viciosos e ignorantes que no han sido instruidos sobre sus deberes, sin que sepa la mayoría de ellos siquiera lo que es la religión cristiana; y del otro se ven ciudades llenas de sacerdotes que no hacen nada».

Mucho hace el Señor Vicente por no ser uno de esos sacerdotes ociosos en peligro de perderse, mientras que el pobre pueblo perece en la ignorancia de las verdades nece­sarias para la salvación, y en la privación de los bienes más necesarios para la subsistencia, pobre pueblo, siempre vícti­ma de las guerras que entre sí se declaran sin cesar los grandes: «Debemos correr en auxilio de las necesidades de nues­tros prójimos como a un incendio».

Ese giro decisivo de su existencia, lo toma él a su mane­ra: «firme e invariable en el fin, suave y humilde en los medios». No rompe brutalmente todo lazo con los grandes de este mundo. De 1613 a 1625, le hallamos en la familia de los Gondi como preceptor de los niños; pero en 1616 renuncia a la abadía de San Leonardo, y en 1617, con oca­sión de desplazarse al campo la familia de los Gondi, predica en Folleville su primer sermón de misión popular. Luego, adscribiéndose algunos buenos sacerdotes, multiplica las mi­siones estableciendo, por dondequiera que pasa, «Caridades» que agrupan a algunas personas dispuestas a aliviar de for­ma duradera las necesidades de los más pobres. Desde 1625 multiplica las iniciativas; funda los Sacerdotes de la Misión, establece las Hijas de la Caridad, crea obras en pro de los niños abandonados, de los galeotes, de las regiones devasta­das por la guerra. En 1649 incluso, en plena Fronda, viaja a Saint-Germain-en-Laye, ve a la reina y a Mazarino, y pide a este último abandone Francia por el bien de la paz.

Aunque está del todo consagrado a los pobres, no des­precia por eso a las «personas de calidad» que la primera etapa de su existencia sacerdotal le ha permitido conocer; según la capacidad y recursos de éstas, pónelas consigo al servicio de los pobres; su torpeza es a menudo grande para los humildes servicios que estos últimos precisan en su indi­gencia o en sus enfermedades; por eso establece las Hijas de la Caridad, comenzando con «una pobre chica de Suresnes que se dedicaba a instruir a los pobres, y que había aprendi­do a leer mientras guardaba las vacas»; pero no descarta por eso a las grandes señoras de las «Caridades» de París; ha­ciendo que sus Hijas ayuden a éstas, las forma y emplea de acuerdo con lo que pueden; una viuda de la buena burgue­sía, Luisa de Marillac, llegará a ser la primera responsable de las Hijas de la Caridad.

En lo que a él toca, pese a la multiplicidad de sus em­presas, pese a sus enfermedades y a su edad, considera se­guir siendo su primer deber «ocuparse sin tregua en la ins­trucción del pobre pueblo». Cuando se desplaza instruye, al hacer alto, a los que encuentra en las posadas. Cuando se ve imposibilitado, no intenta descargarse de esa misión: «En cuanto a mí, pese a mi edad, ante Dios, no me siento excusado de la obligación que tengo de trabajar en la salvación de la pobre gente; ¿pues quién podría impedírmelo? Que no puedo predicar todos los días, ¡pues bien! lo hago dos veces por semana; si no puedo subir a los grandes púlpitos, intentaré subir a los pe­queños; y si ni siquiera se me oye desde los pequeños, ¿quién me impedirá hablar buena y familiarmente a esas buenas personas como os hablo ahora a vosotros, poniéndoles en torno a mí, como vosotros estáis?».

En el transcurso de este largo y fecundo período que termina su existencia, nada parece ya conmocionar la fe recuperada que comparte en toda ocasión con quienes la Providencia pone en su ruta, quienesquiera que sean.

Queda, sin embargo, marcado por el recuerdo de las dolorosas horas de tinieblas. Es lo que explica sin duda su cuidado riguroso por una fe justa y su desconfianza de una «ciencia» teológica más o menos aventurada. El mismo nos ayuda a comprenderle: «Toda mi vida he temido encontrarme en el foco de alguna herejía. Siempre he tenido este miedo de hallar­me envuelto en los errores de alguna nueva doctrina, antes de percatarme de ello. Sí, toda mi vida he temido eso».

Pero conserva la paz hasta sus postreros instantes. En 1660 le resulta imposible celebrar y debe contentarse con oír misa. Muy pronto aumentan sus sufrimientos y el menor movimiento se le hace penoso. Óyesele entonces suspirar: «Ay ¡Salvador mío! ¡mi buen Salvador!».

Conserva, sin embargo, el control de la comunidad, y prosigue la misma vida de todos los días, según que se lo permita su salud; en torno a él comienza a decirse que no le queda mucho tiempo de vida y que va a morir muy pron­to; dice entonces por qué no varía en nada sus hábitos, para que nadie se escandalice de no verle hacer preparación ex­traordinaria: «Hace dieciocho años que no me acuesto, sin antes ponerme en disposición de morir esa misma noche».

El 25 de septiembre, hacia mediodía, cae en un pesado sopor; cunde la inquietud y se le pregunta por ese sueño extraordinario del que se le saca; responde sonriendo: «Es el hermano que va a esperar a su hermana».

Aludía así a la muerte.

La agonía comienza la noche del 26 al 27; se le sugie­ren piadosas invocaciones que comienza por repetir; pero se fatiga: «Basta», dice, y luego continúa: «Credo, Spero. Creo, espero. Jesús».

Hacia las cuatro y media de la mañana, muere en su sillón, junto al fuego, vestido, sin esfuerzo ni convulsión, con el rostro pleno de calma.

Dios mío, lo bueno que sois

El Señor Vicente no escribió largos tratados ni disertó prolijamente sobre Dios. Pero hablaba de él continuamente y sobre todo, no cesaba de hablarle. Aun cuando conversa con los hombres, está siempre en conversación con Dios. Le interpela. Le toma por testigo. Se admira: «Dios mío, ¡lo bueno que sois! Dios mío, ¡lo bueno que sois, si Monseñor Francisco de Sales, criatura vuestra, tan lleno está de bondad!».

Tales propósitos son característicos del sesgo de su fe. El conocimiento de Dios creador no es para él una noción abstracta; sino que toma ocasión de todo lo que descubre de bueno para remontarse a la fuente de toda bondad. Es para él un descubrimiento nunca terminado, al paso de los acon­tecimientos y de las situaciones, y no cesa de admirarse.

Ese mismo movimiento se encuentra en su manera de ce­lebrar la hermosura de Dios: «¿Qué hay de comparable a la hermosura de Dios, que es el principio de la belleza y per­fección de las criaturas? ¿No es de él de quien reciben su brillo y su belleza las flores, los pájaros, los astros, la luna y el sol?».

Cuando evoca el misterio de la Santísima Trinidad, es sobre todo para recordar la importancia de darlo a conocer, pues sabe cómo afirman ciertos doctores que su conoci­miento explícito es necesario para la salvación. Esa es la recomendación que él hace con calor: «Debemos aficionar­nos todos mucho a no dejar pasar ocasión alguna de enseñar este misterio». Pero él mismo no da una enseñanza explícita sobre esa materia que no sea, por ejemplo, figurándose una comparación, de paso, para animar a las Hijas de la Caridad a que vivan en la unidad.

Una relación habitual con Dios

No se reduce para el Señor Vicente el conocimiento de Dios a un conjunto de nociones exactas; aun cuando estime esa exactitud, lo vive. Aquel a quien así conoce no es para él un extraño, sino Alguien con el que está constante­mente en relación personal y cuyo conocimiento ilumina todo lo que hace. Si un hermano, por ejemplo, le interrumpe en una conversación con un asunto temporal; al reanudar luego la plática: «Veis, Señor, dice, cómo de las cosas de Dios de las que ahora hablábamos, tengo que pasar a los asuntos temporales; y eso a ejemplo de Dios que, estando toda la eternidad ocupado en engendrar a su Hijo, y el Hijo y el Padre en producir al Espíritu Santo, además de eso, digo, de esas acciones divinas ad intra, creó el mundo ad extra y se ocupa continuamente de conservarlo con todas sus dependencias».

Encuentra uno aquí las formulaciones tradicionales de la teología; pero si se quiere en realidad saber qué era para él la Trinidad, hay que oirle hablarnos del Padre, decirnos quién es para él Jesucristo, enseñarnos el discernimiento de espíritus que permite reconocer al Espíritu de Dios. Y nos lo dice a la manera misma de Dios, descubierta en la ora­ción y en el Evangelio: «Dios es una fuente inagotable de sabiduría, de luz y de amor; hay que salir de sí mismo para entrar en Dios; hay que consultarle para aprender su lengua. Cuando Nuestro Señor trataba con los hombres, no ha­blaba por propia iniciativa; Mi ciencia, decía, no es mía, sino de mi Padre; las palabras que os digo no son mías, sino que son de Dios. Eso nos enseña que hemos de recurrir a Dios, para que no seamos nosotros quie­nes hablemos ni obremos, sino que sea Dios».

Vicente mismo dio ejemplo de lo que aquí recomienda; y es este conocimiento sabroso de Dios lo que nos transmite en palabras sencillísimas cuando nos habla de la bondad del Padre y de su Providencia.

Estimar a Dios

«Dejemos hacer a Dios, recomienda a las Hijas de la Caridad, pues nos ama con mayor ternura que un pa­dre a su hijo. Además, ¿qué haremos, qué ganaremos con no tener confianza en Dios? ¡Ay! No somos capa­ces de guiamos a nosotros mismos. Hay que dejar ha­cer a Dios, pues es nuestro Padre. Y así, mientras ten­gamos confianza en Dios, tendrá él cuidado de noso­tros. Ay, hijas mías, si os abandonáis a la guía de la Providencia, Dios tendrá cuidado de vosotras; os lle­vará como de la mano en las situaciones más enojosas; si estáis enfermas, os consolará; si estáis presas, estará a vuestro lado para defenderos; si sois flacas, él será vuestra fortaleza. Y así no tenéis más que dejar que os guíe Nuestro Señor. Estad listas para hacer cuanto él quiere que hagáis. No temáis ir adonde os envíe. Creed que en todas partes Dios tendrá cuidado de vosotras».

Y se refiere, según su hábito, al Evangelio: «Así es como se inició la Iglesia. Los apóstoles eran todos gente pobre, no sabían nada, iban descalzos, no llevaban cayado. Y sin embargo ¡qué no hicieron con la gracia que Nuestro Señor les dio! Convirtieron a to­do el mundo».

El Señor Vicente se admira ante lo que descubre de la acción de Dios a través de los hombres que se dejan guiar por él; ese reconocimiento le estimula a crecer siempre más en lo que llama la estima de Dios: «Apliquémonos, hermanos míos, a concebir una muy grande estima por la majestad y por la santidad de Dios. ¡Oh! si tuviésemos una mirada tan sutil, que pe­netrase un poco en lo infinito de su excelencia, ¡oh Dios mío, oh hermanos míos, qué sentimientos tan grandes tendríamos! Diríamos que los ojos jamás vieron, ni los oídos oyeron, ni los espíritus comprendieron nada se­mejante. Es un abismo de dulzura, un ser soberano y eternamente glorioso, un bien infinito que comprende todos los bienes; todo es allí incomprensible. Ahora, la certeza que tenemos de que está por encima de todo entendimiento debe bastarse a hacérnoslo estimar in­finitamente…, y en la medida en que lo estimemos, le amaremos también y este amor producirá en nosotros un deseo insaciable de reconocer sus beneficios y de procurarle verdaderos adoradores».

La mirada de fe que el santo dirige a los hombres y a los acontecimientos le provoca continuamente a la contem­plación y a la acción de gracias, y esta mirada a Dios le re­mite a los hombres para compartir con ellos el amor infinito así descubierto; no puede guardarlo para sí; encuentra acen­tos chocantes para evocar la ternura benévola de esta bon­dad cuya experiencia realiza constantemente: «Animo, ¡Dios sea loado! Dios sea loado y glorificado por siempre. ¡Oh! Sí, hermanos míos, una vez que Dios toma afecto a un alma, haga ésta lo que haga, la sufre. ¿Nunca visteis a un padre con un niño pequeño al que ama mucho? Sufre a este pequeño todo lo que le ha­ce, y hasta le dice a veces: Muérdeme, hijo mío. ¿De dónde proviene eso? Es que ama a su hijito. Lo mismo hace Dios con nosotros, hermanos míos».

Esta experiencia de Dios nos indica el camino que lleva a él y por el que no cesa de encaminar a los hombres: el abandono y el amor. Es, en boca del Señor Vicente, un verdadero estribillo: «Creedme, Señores y hermanos míos, es una máxima infalible de Jesucristo, que de parte suya os he anun­ciado a menudo, que una vez vaciado de sí mismo un corazón, Dios lo llena; es Dios quien mora y obra allí dentro; y no seremos entonces nosotros quienes obremos, sino Dios en nosotros, y todo irá bien». «La caridad hace ir a Dios, repite a las Hijas de la Caridad; ella hace que le amemos con cuanto dan de sí nuestros afectos, que deseemos le ame y sirva todo el mundo, que se conozca y ame esta eterna verdad, esta inmensidad, esta pureza, esta bondad, esta sabi­duría, esta providencia divina, esta eternidad en la que comunica su gloria a los bienaventurados y que hace se eleven a Dios continuas oraciones por todo el mundo».

Como siempre, no sabría separar amor de Dios y amor al prójimo, y eso es para él ocasión de comparaciones ines­peradas: «Ese es nuestro espíritu; pero sobre todo la caridad para con Dios y el prójimo. Esas son las máximas a que debéis ateneros, declara a las Hermanas, sin acu­dir a otras, en apariencia buenas y aun mejores. Bue­no sería ver a las Hijas de la Caridad tomar las máxi­mas de las Carmelitas, que tienen un espíritu muy austero; y el vuestro es un espíritu de caridad, que os obliga a consumiros por el servicio del prójimo. Bueno sería ver a un obispo entrar en la cartuja, hacerse car­tujo; no haría lo que Dios le pide, sino otra cosa. Esas prácticas son buenas para ellos, pero no para nosotros».

 

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