Objetivos catequéticos
- Descubrir a los jóvenes que caminar en al fe es aceptar el riesgo y la búsqueda como actitudes permanentes.
- Hacerles ver también que la fe es un don gratuito de Dios, que nunca se niega a quien le abre sus puertas de par en par. Y que es este mismo Dios quien penetra todos los poros del ser hasta convertir la debilidad en fuerza, el riesgo en gozo, la duda en seguridad inquebrantable.
Ambientación
Una malentendida educación religiosa nos ha incrustado la idea —que guardamos celosa y solapadamente— de que creer es resguardarse contra todas las malaventuranzas que amenazan inexorables a los pobrecitos pecadores que pululan a lo largo y a lo ancho de este podrido mundo; que creer es capacitarse para caminar con paso firme y seguro por los estrechos vericuetos de la vida. ¿Es esto así, sin más, rigurosamente cierto? Sí, pero menos. En ningún caso, afirmaciones como éstas pueden implicar concepciones infantiles y evasivas que justifiquen la huida furtiva de nuestras responsabilidades humanas. Tampoco pueden incluir, de ningún modo, la secreta seguridad de que Dios está, sin duda, de nuestra parte…, que formamos la elite de los buenos.
A dónde puede conducirnos concepciones de este tipo se ve bien claro en el cambio de situaciones sociales: la enfermedad, la prueba, la persecución, el cambio de valores o módulos sociales basta para derrumbar hasta los cimientos edificios construidos sobre estas bases. No, la seguridad de la fe es de otro estilo: asume la inseguridad y el riesgo; la búsqueda permanente que le saca de sus seguridades fáciles; rompe toda instalación cómoda; acepta el reto de un Dios siempre desconcertante para el hombre, su GRAN DESCONOCIDO, que exige como condición previa fiarse incondicionalmente de El.
Creer, en definitiva, es capacitarse para poder decir constantemente y con verdad, sin fruncir el entrecejo, «creo,• Señor, pero aumenta mi fe». Esta actitud de humildad, de total dependencia y fiabilidad de ese GRAN DESCONOCIDO es fundamental al concepto auténtico de la fe. Lo vemos en todas las grandes experiencias de fe, tanto bíblicas como de la historia de la Iglesia. Deberá quedar esto bien claro a los jóvenes.
Experiencias humanas
Alguien del grupo conoce, quizá, a personas cuyo camino de fe, entre la duda y la búsqueda, el desaliento y la lucha…, puede resultar enriquecedor para el grupo. Invitarle a exponerlo.
Es de desear que todos los integrantes del grupo cuenten su propia experiencia de fe: sus dudas y objeciones, sus alternativas y altibajos, las motivaciones personales en las que creen que se asienta su fe, el proceso general que han seguido, la situación actual en que se encuentran…
El catequista resumirá las experiencias y partirá de la realidad concreta del grupo para una catequesis en profundidad.
Experiencias bíblicas
Dos casos especialmente relevantes nos presenta la Biblia: Abraham y María.
Abraham, padre de los creyentes, se fía de Dios en tres momentos que marcarán su vida:
- Salida de Ur para ir hacia lo desconocido, guiado sólo por la confianza en la palabra de Dios (cf. Gn. 22, Iss.).
- Concepción excepcional de su hijo Isaac: para Dios es posible lo imposible (cf. Gn. 15, 2 ss.; 17, 15 ss.).
- Sacrificio de su hijo: fidelidad a Dios hasta las últimas consecuencias (cf. Gn. 22, lss.).
María es, con mucha más razón que Abraham, Madre de los creyentes, el camino de nuestra búsqueda.
- En su «fiat» se fía plenamente de la palabra de Dios, se abandona a su voluntad. «Bienaventurada Tú que has creído…» (cf. Lc. I, 45).
- Acepta que Dios puede realizar lo imposible: Madre y Virgen. «He aquí la esclava del Señor…» (Lc. I, 38).
- Consuma en su corazón el sacrificio de su Hijo en la cruz (cf. Jn. 19, 25 ss.).
- Su vida entera es el exponente de su fe: fidelidad, abnegación, colaboración con Cristo, entrega, servicio…
- Es más Madre por su fidelidad (fe en Dios) que por ser su Madre físicamente (cf. Lc. 2, 27 ss.).
La fe de María es, sin embargo, peregrinante: sigue un proceso de maduración que va de la penumbra a la luz esplendorosa, del comprender a medias a la plena lucidez y total inmolación a Dios (cf. Lc. 2, 50).
De algún modo, también Cristo, como hombre, aceptó esta nueva identificación con nosotros: pasó por la noche oscura de la total sumisión al Padre —exigencia radicalde la fe—, más allá de los límites de la comprensión humana: «pase de mí este cáliz, mas no como yo quiero, sino como quieres Tú» (Mt. 26, 39). Acepta, incluso, el indecible tormento de sentirse abandonado de Dios: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Mt. 27, 46).
El riesgo de la Fe
a) Lo que no es la fe
- Seguridad total, al amparo de mi propia razón; instalación, pasividad, amorfia o insensibilidad hacia las realidades terrestres.
- Visión de Dios, evidencia o clarividencia, ni siquiera pura razón: Dios no cabe en nuestras categorías mentales.
- Un tranquilizante que me encierra en mí mismo, como en una concha de cristal y que me hace permanecer inaccesible a los vaivenes de la vida.
- Un puro sentimiento que, como el péndulo del reloj, hace depender la existencia de Dios de mis diferentes estados de ánimo.
- Alienación, huida…, ni mucho menos aún desprecio del mundo y de sus realidades terrenas.
b) Aproximación al sentido de la fe. La fe es…
- Luz interior que desborda los estrechos límites de mi propia razón. Puro don gratuito.
- Combate, lucha entre el sí y el no, entre la duda y la seguridad, entre la ansiedad y la confianza, entre la aventura y la tranquilidad: búsqueda, ansiedad, riesgo, aventura… se hermanan en la fe con la alegría, paz, seguridad y confianza. Dios que invade y penetra todo el ser del creyente hace posible esta aparente contradicción.
- Visión nueva del mundo, proyección de mi yo en el otro, entrega al mundo con amor: es necesario amar para creer; el que cree lo hace por amor.
- Respuesta del hombre a Dios: Adhesión libre y creadora del hombre a Dios que se revela.
Por otra parte
- La fe está en la línea del amor existencial: anima toda la vida del creyente hasta la total identificación con Cristo.
- No podemos reducir la fe a un conjunto de ritos, normas y creencias: tiene un sentido dinámico-creador.
- La fe compromete toda nuestra vida y la transforma: es «metanoia», transformación, conversión total. «La fe es una interpelación que se dirige a todas las dimensiones del hombre y las ordena hacia Dios, cuya plenitud es el amor» (K. Rahner).
- La fe se expresa por el testimonio: «Testigo es el hombre que vive de tal manera que su vida es un absurdo si Dios no existe» (card. Suhard).
Hacia unas actitudes nuevas
Ver, juzgar y actuar, todo en una pieza.
Criterios de fe (cf. A. Alaiz, «Cristianos adultos», pp. 14-15).
- ¿Es auténtica mi fe? ¿Es verdaderamente viva, o se reduce a un simple proceso de imitación de los actos piadosos de los demás?
- ¿Es espontánea? ¿Es fresca mi fe? ¿Ha conservado un sentimiento de curiosidad, de admiración?
- Mi fe, ¿tiene sentido crítico? ¿Soy capaz de reconocer las debilidades de los que la profesan, sin ser infiel a la misma fe?
- ¿Está exenta de superstición y de magia? ¿Se trata de una fe auténtica o de un simple sustituto mágico empleado como medio de asegurarme la protección y los favores de la divinidad?
- Mi fe, ¿tiene sentido verdaderamente dinámico? ¿Da a mi vida una significación capaz de enrolar y motivar todas mis energías hasta dejarme profundamente satisfecho?
- Mi fe, ¿está bien integrada? ¿Está unida a la totalidad de mi experiencia, poniendo así unidad en mi vida?
- Mi fe, ¿es eficaz socialmente? ¿Contribuye a fortalecer mi sentido comunitario para ayudar a la construcción de una sociedad más perfecta?
- Mi fe, ¿es humilde? ¿Es capaz de comprensión y de tolerancia con los que tienen opiniones diferentes?
- Mi fe, ¿está en crecimiento? ¿Se desarrolla constantemente por la profundización de las verdades y por su extensión? ¿Trata de armonizar cada vez mejor los intereses ajenos con los míos?
Mi fe, ¿es creadora? ¿Mi vida de fe muestra aspectos verdaderamente personales o se reduce a una simple repetición de actos religiosos ajenos?







