La fe como experiencia de san Vicente (III)

Mitxel OlabuénagaSin categoríaLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: .
Tiempo de lectura estimado:

FE Y SEGUIMIENTO DE VICENTE DE PAUL

Tal y como decíamos, para comprender la fe y la experiencia de Vicente de Paúl, a las que él alude con alguna frecuencia en sus cartas y conferencias, es preciso investigar los orígenes y los primeros pasos de su existencia hasta que el encuentro definiti­vo con Jesucristo hagan de él el Vicente de Paúl que más cono­cemos y más gratamente nos sorprende. Para ello tenemos que echar mano de su biografía. La biografía de una persona es el mejor archivo al que podemos acudir para estudiarla bien y com­prenderla mejor. Para que exista verdadera fe y existencia autén­tica como cristiano es necesario que en cada persona se produz­ca el paso decisivo del hombre viejo al hombre nuevo, de morir a nosotros mismos para vivir para Cristo, con Cristo y como Jesucristo.

Pero, antes de entrar en ese mundo primero de Vicente de Paúl conviene que nos hagamos algunas preguntas previas. Éstas no son originales. Otros se las han hecho ya antes. Y se las han respondido, como en nuestro caso, estudiando y analizando los documentos que han llegado hasta nosotros. ¿Cuáles son esas preguntas? No necesitamos inventarlas, pues ya están hechas; traigámoslas, pues, a la memoria. Para ello acudimos a un estu­dio antiguo en su nacimiento pero nuevo en el mundo de habla hispana para los que sólo pueden acercarse hasta él en la lengua de Cervantes. Este autor nos dice al respecto:

(Vicente de Paúl) no tuvo desde un principio el gusto exclu­sivo de la «voluntad de Dios»: ¿cuándo lo adquirió? Para entrar en el «espíritu de Jesucristo» necesitó un largo aprendizaje: ¿quiénes fueron sus guías? ¿Qué iniciativas de la Providencia se brindaron las primeras a su buena voluntad y le impelieron a la magna vida de hombre de acción? Lo dijimos: todo el secreto de su vida está en la respuesta a esas preguntas, preguntas apasio­nantes, si se piensa que inquieran, por una triple vía, la única fuerza motriz de una admirable actividad humana: la gracia.

En concreto, el principio que movió a Vicente de Paúl en su gran actividad fue la gracia. Dejarse conducir por la gracia, requiere una conversión previa, pues dicha gracia supone la ora­ción y el encuentro con la Palabra de Dios y, después, la fe. Es decir, un encuentro decisivo con la persona de Jesucristo. Vicen­te de Paúl vivió su encuentro con Cristo, y dicho encuentro cam­bió su vida de fe, la fortaleció, la maduró. ¿Pudo ser un encuen­tro como el del ciego Bartimeo en el evangelio de Marcos? Me atrevo a responder a esa pregunta diciendo que algo parecido le aconteció a Vicente de Paúl, pues entre el encuentro del ciego Bartimeo del pasaje evangélico de Marcos y Vicente de Paúl hay un cierto paralelismo. Por eso mismo voy a realizar entre ambos un breve estudio comparativo. Sólo de esa manera, pienso, se puede llegar a comprender la fe y el seguimiento de Jesucristo que manifestó después el mismo Vicente de Paúl.

3.1. Infancia I Ceguera

De Bartimeo se nos dice que estaba ciego y que era mendigo. Que como tal era un marginado social y religioso; un incapacitado con fuertes limitaciones físicas en su vida. Como todo ciego, además, se vuelve, hasta cierto punto, individualista, muy meti­do en sí mismo y, hasta cierto punto, cenado a las necesidades de los demás pues las propias son muy fuertes. Como ciego y mendigo, se veía obligado a vivir a la vera del camino de los peregrinos para ganarse la vida. Era creyente, pues pertenecía al pueblo de Israel; pero no podía vivir plenamente su fe, pues era tenido por proscrito y maldito. Por su situación no podía más que malvivir y, aunque lo pretendiera, nunca podría llegar a ser muy rico. Era, por lo tanto, consciente de sus limitaciones y posibili­dades. Por eso, soñaba y deseaba ser más y vivir mejor. Como mendigo, tenía una dependencia muy fuerte de los demás. Sus necesidades básicas se las tenían que satisfacer otros, ya que vivía en una sociedad con una dependencia muy fuerte al consu­mo y al tener; y no al ser, al realizarse como persona.

Vicente de Paúl, por su parte, nace en el seno de una familia labradora, cristiana. Ésta era propietaria de terrenos y de anima­les para el trabajo del campo. Pero necesitaba que alguno de sus hijos hiera carrera para elevar un poco más el rango familiar. Esa exigencia recayó sobre Vicente de Paúl, un chico despierto y avispado. Sus orígenes no son aristocráticos, sino humildes por­que pertenece al mundo del campo. Él mismo lo recordará algu­na que otra vez: «Soy hijo de un pobre labrador y he vivido en el campo hasta la edad de quince años». Aunque en su adolescen­cia llevaba su condición muy mal, en su madurez, no le hará ascos reconocer públicamente su condición social humilde: «¡Ay, señor! ¡Cómo confunde usted al hijo de un pobre labrador, que ha guardado ovejas y puercos, que todavía permanece en la ignorancia cuando le pide sus consejos!». Con estos términos se dirigía Vicente de Paúl a Luis Abelly, Vicario General de Bayona, en carta del 14 de enero de 1640. Con el correr de los años, Luis Abelly llegará a ser su primer biógrafo.

Hablando social y cristianamente Vicente de Paúl es ciego y mendigo, conforme a los rasgos anteriormente descritos. Ciego y mendigo porque, por sí mismo, no podrá medrar mucho, y dependerá de otros para conseguirlo. Propiamente hablando, carecerá de medios económicos y prestigio social para sobresa­lir en el mundo social, político y económico de entonces. Vicen­te descubrirá mucho más tarde esta ceguera suya. Ahora vive ins­talado en su ceguera como algo normal. En la primera etapa de su vida, no podía tener conciencia de ello; le faltaba el encuen­tro con Jesucristo.

En pocas palabras, Bartimeo no se cuestiona su situación, Vicente de Paúl tampoco. A Bartimeo lo arropa la familia, y podemos decir que hasta lo explota; a Vicente de Paúl también: tiene que contribuir al sustento de todos los miembros de la familia cuidando los rebaños, labrando las fincas, etc.; o hacer estudios para contribuir a la mejora de las condiciones económi­cas y sociales de su familia logrando escapar a la fatalidad del medio en el que vive, consiguiendo, por influencias de terceros, permiso de su padre para estudiar en la ciudad cercana de Dax. Padre y familia, se sacrificarán ahora por los estudios de Vicen­te, pero con la esperanza de que, más adelante, podrán sacar alguna ventaja de tales estudios. Era el único camino posible para los hombres del mundo del campo si querían salir se su pos­tración. Y eso no es cuestionable, en principio; ceguera socioló­gica e involuntaria de la sociedad y de las personas. El mundo en el que Vicente de Paúl vive es así, y tales postulados forman parte de su idiosincrasia. Y esto se acepta o se rechaza, pero no hay posibilidad de combatirlo por el momento.

3.2. Búsqueda de un «honroso retiro» / A la «vera del camino»

El camino que va de Jericó a Jerusalén es el camino que reco­rren los peregrinos que vienen de Galilea y que pretenden llegar a la Ciudad Santa. A la vera de ese camino de peregrinos colo­can todas las mañanas a Bartimeo para que se gane el pan de cada día pidiendo limosna. Pero el que está a la vera del camino

o se encuentra dentro del mismo; se sirve del camino, pero no pertenece al camino. Estar a la vera del camino equivale a encon­trarse en la cuneta de la vida, viviendo a medias e instalado en su medio, en su sitio. En dicha cuneta, uno se encuentra, relativa­mente, bien. En tales circunstancias, uno se dice a sí mismo: estoy muy bien como estoy, no vaya a empeorar mi situación, y venga ésta a ser peor; por eso, no necesito cambiar. Bartimeo, como ciego y mendigo y a la vera del camino, no es un caminate, sino un parado y, quizás, un parásito. Al vivir así, uno termi­na por aprovecharse de la buena disposición, natural o religiosa, de los que transitan por el camino. Con lo que consigue en limos­nas, puede vivir; simplemente vivir.

La familia de Vicente de Paúl, después de haber cumplido los quince años, o a punto de cumplirlos —tal y como ya hemos dicho— lleva al todavía adolescente Vicente de Paúl a la ciudad cercana de Dax para que estudie, para que haga carrera. En la cabeza del muchacho comienzan a entretejerse una serie de ambiciones y de búsquedas que con el tiempo él mismo designa­rá como la adquisición de un «honroso retiro», una forma de huir de la pobreza y vivir con cierta holgura. Con esa ambición en su interior estudia, se hace preceptor de niños, entra en el mundo clerical y viaja. Vicente de Paúl y su entorno trapichean, inclu­so, con el mundo de lo religioso: ordenación irregular, por ejemplo, pleitos por un curato apetecible, etc. En definitiva, Vicente de Paúl no busca vivir una vocación, un proyecto de vida; sino un medio para vivir, a ser posible, sin trabajar. Pero no se contenta con lo que ya tiene. Ambiciona algo más grande, algo cuya temeridad no le es permitido nombrar por ahora. Se trata, muy probablemente, de la adquisición del beneficio de un obispado. Es esto último lo que sugiere uno de sus biógrafos:

Vicente vuelve a soñar, y sus sueños son cada vez más ambi­ciosos. No se trata ahora de una parroquia rural, por muy impor­tante que fuese. Vicente aspira a un obispado.

Añadiendo a renglón seguido:

Ese parece haber sido el asunto «cuya temeridad no le per­mite nombrar» en una carta…

Vicente de Paúl, pues, aunque ya es sacerdote, no está en el camino del seguimiento de Jesús, sino a la vera de dicho cami­no; está buscando oportunidades mundanas y materiales única­mente, no caminando por él. Se encuentra instalado en la menta­lidad de su época. Malvive alimentando esos deseos vacíos y afanándose permanentemente por alcanzarlos. ¿Era posible otra mentalidad, otro proyecto de vida? Pronto se esfumará todo este castillo de naipes: «Este segundo proyecto suyo se desvanecerá con mayor estrépito que el primero a impulsos de un violento torbellino de imprevistos sucesos».

Según el evangelio de Marcos, ¿los discípulos de Jesús no vivían con proyectos semejantes, no aspiraban a realidades pare­cidas? Lo que Marcos critica de los discípulos de Jesús en el pasaje de Bartimeo es aplicable a Vicente de Paúl ante los prime­ros pasos que estaba dando en la vida. Y si allí los acompañan­tes de Jesús recorrían físicamente el mismo camino de Jesús, pero no le acompañaban en él, también Vicente de Paúl, ya sacerdote, estaba físicamente en el camino de Jesús, pero no era todavía su camino de viaje. Estaba, por lo tanto, a la vera del camino, lejos de donde se cuecen los proyectos de Dios y el que­rer de Dios.

3.3. Cautividad en Túnez I Deseo de «conocer a Jesús»

El ser humano suele empeñarse en construir caminos en el humo o en el viento de manera inconsciente. Pero pone toda la energía de la que es capaz para llevarlo a cabo. Y, aunque descu­bre que todo eso resulta inútil, falaz, etéreo, no cede en el empeño fácilmente. Sin embargo, Dios va a consentirle que se estre­lle una y otra vez hasta que un día caiga en la cuenta de que está equivocado, de que ha malgastado infructuosamente su vida. Por caminos desconocidos, va a llevarle, suavemente, hacia la madu­rez y la conversión. Vicente de Paúl va a ser conducido por ese camino ignoto de Dios al encuentro consigo mismo, al encuen­tro con el auténtico Jesucristo a quien debe servir como sacerdo­te. En un primer momento, de manera suave; más tarde, de manera dura, brusca, violenta interiormente.

En primer lugar, el camino que denomino suave, aunque apa­rentemente resulte doloroso, desgarrador. Aplico este término al camino de la cautividad40. Sabemos que un cautiverio es siem­pre duro, rompe las relaciones habituales de varias vidas; viene a ser como una existencia en un infierno existencial y, muchas veces, también real. Vicente de Paúl va a vivir ese infierno y esa existencia desgarradora en Túnez, donde fue llevado cautivo. Pero también va a servirle de recuerdo y nostalgia de una fe, de experiencia de una añoranza, de deseo de iniciar un nuevo rumbo en la vida. En los campos de Túnez, Vicente de Paúl rememora­rá su fe, no se dejará atrapar por la amargura, hablará de su expe­riencia religiosa, de su Dios, de sus maneras de rezar, etc. Pasó, como esclavo, de amo en amo: un pescador, un médico alquimis­ta, un sobrino de éste, un renegado. Con este último huyó a Fran­cia en la primera ocasión que se presentó41. Dos cartas, enviadas por Vicente de Paúl desde Aviñón y Roma al señor De Comet, serán testigos de esas desventuras y sinsabores.

Las conversaciones con las mujeres del renegado, las oracio­nes en privado y en voz alta, el canto de la Salve, etc., serán ecos de su fe familiar y religiosa, avivarán los fuegos de vida piadosa ocultos, se convertirán en el poso de algo que servirá a Dios para iniciar la reconducción de una vida desorientada, cegada por las ambiciones. ¿Todo eso no podría relacionarse con los ecos que al ciego y mendigo Bartimeo le llegaban todos los días cuando los peregrinos hacia Jerusalén pasaban a su lado y dejaban caer algunas monedas sobre su manto y le contaban cosas sobre Jesús? José María Román, en su biografía sobre Vicente de Paúl, nos deja retazos de esas añoranzas, ecos y deseos de recobrar la libertad y la ilusión perdida en un primer momento. Leemos, en ese sentido, lo siguiente:

Desprovisto de socorros humanos, Vicente se volvía a los celestiales y encomendaba su causa a la intercesión de la Santí­sima Virgen. Por ella obtendría, sin duda, la ansiada liberación.

Estando Vicente de Paúl trabajando en los campos de su últi­mo amo, sus cantos y oraciones produjeron admiración y conmo­ción en una de las mujeres del renegado. En esos momentos, su fe y la colaboración humana van a hacer posible que la etapa de esclavitud tenga un final feliz y, a su vez, van a contribuir a que el proyecto oculto de Dios vaya conduciéndole hacia la meta a la que Dios le iba llevando en silencio:

El renegado tenía tres mujeres. Dos de ellas mostraron inte­rés y afecto por el cautivo. Una era cristiana, greco-cismática; la otra, musulmana. Esta gustaba de ir al campo en que trabajaba Vicente y le invitaba a cantar. Vicente, llena el alma de recuer­dos de su breviario, rezado cada noche en su aposento de pobre­tón, recuerdos de las lecturas del Antiguo Testamento en las aulas tolosanas, entonó con nostalgia y sentimiento el salmo de la cautividad: Super Ilumina Babylonis; luego la salve, luego otros himnos más. Las melodías gregorianas se elevaban puras en el silencio del campo inundado de sol. La turca quedó con­movida y maravillada: ¡qué sublime religión era aquella que inspiraba tan bellas y sugerentes canciones! Su esposo había hecho mal en abandonarla. Se lo dijo aquella misma noche. El renegado asintió. Harto pesaroso estaba él. Las palabras de su mujer —»otro Caifás o burra de Balaam», dice Vicente— hicieron desbordar el vaso de su secreto arrepentimiento. Al día siguien­te le comunicaba a Vicente su propósito de huir a Francia en la primera ocasión.

Esa primera ocasión tardó en llegar; hubo de esperar unos diez meses. Pero la libertad llegó. Dios se deja insinuar en el corazón de quienes necesitan oírle a través de personas descono­cidas e, incluso, de aquellas que uno menos lo espera. La mujer musulmana del renegado fue, para Vicente de Paúl, ese instru­mento de Dios. Ella, al invitarle a cantar, encendió el fuego de su le y de su condición de sacerdote; ella, al intentar convencer a su esposo del error que un día cometiera, fue el móvil de la fuga y de la liberación. Una vez más, entre estos hechos de la vida de Vicente de Paúl y los caminos que condujeron al ciego Bartimeo al encuentro con Jesús existe una relación; y, en dicho encuen­tro, ambos van a encontrar su liberación.

Bartimeo no conocía a Jesús más que de oídas. Según Mar­cos, Jesús no se había acercado a Jerusalén hasta entonces. Por lo tanto, no había pasado por Jericó. Es ésta su primera vez. Pero, ¿por qué, entonces, el ciego se pone a gritar: Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí? ¿Se inventa Bartimeo ese grito que conmueve al mismo Jesús’? Ciertamente no. Bartimeo es ciego, pero se encuentra junto al camino. Por él van y vienen los que se acercan a Jerusalén o vuelven de ella. Los que transitan por ese camino son, en su inmensa mayoría, galileos. Y Jesús ha enseña­do y sanado en Galilea. Sin duda alguna, la gente hablaría de ello por el camino, y el ciego tuvo que escucharlo. Por eso mismo, cuando se entera de que es Jesús el que pasa por el camino, grita. Le viene a la memoria lo que le han contado de ese tal Jesús. Y piensa que, quizás, a él también lo pueda curar. Y eso lo desea vehementemente. ¿No le han hablado de ciegos que han vuelto a ver? Si Jesús da luz a los ojos de los ciegos, es porque él mismo es luz. Y si es luz, merece la pena acercarse a esa luz y recobrar la vista. Y, aunque se lo impiden, él grita cada vez con más fuer­za; aviva más el deseo, e insiste confiado. Su grito confiado, lo mismo que los cantos y oraciones de Vicente, encontrará la res­puesta adecuada.

3.4. Crisis de fe I Invitación a encontrarse con Jesús

A pesar de todo, Vicente de Paúl todavía no está en el cami­no de Jesús. Es, como los discípulos de Jesús, un ciego que no quiere ver. Sigue buscando ese tesoro fácil que le arregle la vida, que le brinde seguridad y comodidad. Pero el ciego es ciego hasta que descubre que lo es y, entonces, deseará con toda el alma dejar de serlo. Vicente de Paúl tomará conciencia de su pro­pia ceguera a través de una crisis de fe que le va a tener intran­quilo durante unos años: entre 1610 y 1616, aproximadamente.

Fracasado en su nuevo intento de búsqueda de un honroso retiro en Roma, Vicente de Paúl se encamina a la ciudad de París. Abandona los lugares que anteriormente había frecuentado y en los que había ido configurando su vida. Se aleja de su tierra y, también, de los suyos. Pero aún sigue pensando en que la fortuna puede concederle lo que tanto anda buscando. Pero la fortuna, una vez más, le resulta esquiva; en vez de fortuna, va a tener grandes y graves problemas. Pero de ellos saldrá sanado.

En París comparte habitación con un juez de aldea, gascón nano él. Estando enfermo Vicente de Paúl, un mozo de botica sustrae una bolsa con dineros propiedad del juez. Éste, cuando vuelve y no la encuentra, acusará a Vicente de Paúl de ladrón. Pero la conciencia de Vicente de Paúl estaba limpia, por eso se limitó a decir: «Dios sabe la verdad». Y se abandonó en las manos de ese Dios. Los hombres tardarían en conocerla seis años». Vicente de Paúl supo afrontar este revés con paciencia49. Corría el año del Señor de 1609.

En 1610 Vicente de Paúl entró, como capellán, al servicio de la que había sido primera esposa del rey Enrique IV, Margarita de Valois. Dicho matrimonio había sido declarado nulo, y ella vivía en un palacete suyo junto al Sena. En dicha casa Vicente de Paúl ejerció de capellán y limosnero, junto a otros sacerdotes. Su actividad, pues, consistía en celebrar la eucaristía y repartir limosnas. Gracias a este ministerio, Vicente de Paúl entró en contacto con los Hermanos de San Juan de Dios y el Hospital de la Caridad54. Paso a paso, Dios iba conduciendo o convocando a Vicente de Paúl por los caminos de un cambio en su vida, por los caminos de la conversión.

Entre 1611 y 1616, Vicente de Paúl padeció una fuerte crisis de fe. Fue su travesía por el desierto o, si se prefiere, su noche oscura55. Pero este tiempo de oscuridad le sirvió a Vicente de Paúl para purificar sus ambiciones terrenas56. Dio comienzo cuando, asistiendo y aliviando a un compañero de servicio que sufría fuertes tentaciones contra la fe, él se vio sacudido por fuer­tes tentaciones contra la fe, y su compañero, en cambio, se fue encontrando aliviado de las mismas. Es Vicente de Paúl mismo quien se lo cuenta a los misioneros. He aquí un resumen:

Un célebre doctor, que por «no predicar ni catequizar, se vio asaltado, en medio de la ociosidad en que vivía, por una fuerte tentación contra la fe». El doctor experimentaba impulsos vio­lentos de blasfemar contra Jesucristo y se sentía inclinado a poner término a su vida. Vicente lo escucha y le aconseja. Cum­plidas las orientaciones del capellán, «Dios tuvo piedad al fin de este desdichado doctor, quien, estando enfermo, fue liberado en su momento de todas sus tentaciones».

Vicente de Paúl no establece una relación entre la noche oscura del doctor ocioso y la suya, ni cuenta a sus hermanos el motivo del desenlace feliz. Así lo reconocen sus biógrafos. José María Román, siguiendo de cerca de L. Abelly, nos lo cuen­ta con estas palabras: «Vicente, temiendo que el doctor acabase por sucumbir a la fuerza de las tentaciones, pidió a Dios que, si lo tenía a bien, traspasase a su propia alma las tribulaciones del doctor». Y, en ese preciso instante, comenzó su noche oscura, su calvario, su tribulación. O dicho con más precisión:

La oscuridad envolvió su alma. Le resultaba imposible hacer actos de fe. Sentía desmoronarse en tomo suyo el mundo de cre­encias y certezas que le había envuelto desde la infancia. Sólo conservaba, en medio de las tinieblas, la convicción de que todo era una prueba de Dios y de que éste acabaría por compadecer­se de él. Redobló la oración y la penitencia y puso en práctica los medios que creyó más apropiados.

Vicente de Paúl escribió en un papel el credo con la intención de que, al tocar dicho papel, le sirviera como un acto expreso y voluntario de fe, y se entregó con más ahínco al ejercicio de la caridad. La confianza en Dios, la oración, el recurso para actos de fe y el ejercicio de la caridad harán posible, al correr de los años, la superación de la crisis. Ésta «duró tres o cuatro años». Salió de la crisis poniéndose totalmente a disposición de Dios mediante la entrega a los pobres. Pero de esto hablaremos en el próximo apartado.

La crisis de fe que sufrió Vicente de Paúl fue el medio más directo del que se sirvió Dios para atraer hacia sí al futuro hombre de la caridad o de los pobres, y el instrumento más adecuado

para sacarlo de su ceguera y colocarlo convenientemente en el buen camino y en la dirección adecuada. Algo así vivió el ciego

Bartimeo. Como ya sabemos, éste se encontraba a la vera del camino; es decir, se encontraba fuera de él. Pero en su interior se agitaban deseos de cambio, y florecían ilusiones más o menos posibles. Ensimismado en esos deseos nebulosos, percibe voces de una multitud de gente que cada vez suena más cerca. Le extra­ña un poco el número de las mismas y el alboroto con el que se acercan los peregrinos. Y pregunta. Y le contestan que es Jesús quien se acerca, y que va camino de Jerusalén. ¿Qué hacer? ¿Podría ese Jesús curarle su ceguera? ¿Por qué no intentarlo? Y se decide. Y grita con toda su fuerza: ¡Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí! En esos momentos, algunos le reprenden por gritar lo que dice y piensa. No era políticamente correcto gritar de esa manera, ni arrojar a los cuatro vientos afirmaciones seme­jantes.

Pero, estando en la tensión de su grito, de sus pensamientos y de sus deseos, alguien se le acerca y le dice: ¡Ánimo! Levántate, que te llama. Bartimeo se ha encontrado con la incomprensión de la gente, de la gente que acompaña a Jesús. Ésta le ha manda­do callar. Muchas personas, en el mundo en el que vivimos, no entienden que los que no tienen vista reclamen poder tenerla; que los que carecen de lo indispensable deseen poseer algo para vivir con cierta dignidad y poder valerse por sí mismos; que los pobres y necesitados, —sea la necesidad que sea—, quieran con toda la fuerza de su voluntad salir del estado de postración en el que se encuentran. Bartimeo no oculta su miseria y, además, implora misericordia y salvación; no actúa siguiendo las reglas de lo políticamente correcto y reivindica sus derechos, el dere­cho a vivir libre de trabas, el derecho a sanar de su enfermedad, el derecho a poder valerse por sí mismo, el derecho a poder tomar las decisiones más convenientes para su vida… Y ahora ese Jesús a quien él ha implorado compasión y misericordia lo llama, le invita a ir donde él se encuentra. Ten confianza, ten ánimo, le dicen los mensajeros de Jesús. Y él también se lo dice así mismo. Puede que la insipidez de su vida, —vida de oscuridad, sufrimiento y marginación—, haya tocado a su fin. Siente en su interior una esperanza de luz, de vida, de plenitud. Y se deja ani­mar y conducir por el grupo que sigue a Jesús. ¡Cuán necesario es que los cristianos nos animemos los unos a los otros y nos facilitemos los unos a los otros el acceso confiado a Jesús!

Bartimeo se encontró con algunas personas que le facilitaron el acceso a Jesús. Ellas hicieron posible que tuviera un encuentro con él. El doctor del que habla Vicente de Paúl, y que sufría horri­blemente por sus tentaciones contra la fe, encontró en el propio Vicente de Paúl no sólo un consejero y un guía, sino también un cirineo que cargó con su cruz. También Vicente de Paúl tuvo esos cireneos y proveedores en su encuentro definitivo con Jesús. Esos cirineos o proveedores de Vicente de Paúl fueron su oración, sus servicios de caridad sus mañas para combatir la tentación, su director espiritual… Todos ellos facilitaron su encuentro con Jesús e hicieron posible su curación. En ese preciso momento emergie­ron en el corazón de Vicente de Paúl el compromiso decisivo, la conversión de su vida, la vocación definitiva.

3.5. Compromiso / Súplica: «quisiera ver»

El doctor del que habla Vicente de Paúl salió de su noche oscura gracias al ofrecimiento que había hecho el propio Vicen­te de Paúl de aceptar y abrazar dicha cruz». Bartimeo, al recibir la llamada, se levantó y soltó su manto. Ya no iba a necesi­tar más el manto para pedir limosna; confiaba plenamente en que Jesús le otorgará lo que necesitaba y anhelaba. Y Vicente de Paúl, ¿qué hizo? ¿Cómo pudo salir de sus tribulaciones y de su ceguera? También arrojó al suelo su manto y se fue con Jesús. Es decir, renunció a sus pretensiones y anhelos humanos, y se ofre­ció a Dios para vivir gastando su vida en el servicio de los pobres. Sus biógrafos nos lo relatan minuciosamente:

La tentación duró tres o cuatro años. Se vio libre de ella cuando, bajo la inspiración de la gracia, tomó la firme e irrevo­cable resolución de consagrar toda su vida, por amor a Jesucris­to, al servicio de los pobres.

La tentación contra la fe ha acercado a Vicente de Paúl a Dios, y Dios mismo le ha inspirado la forma de destruir su cas­tillo de naipes y de humo. El nuevo contacto con Dios le ha hecho ver que consumir la vida en el servicio a los pobres es fuente de vida y garantía de un tesoro mucho mejor y menos esquivo que el que él mismo había buscado con tanto trabajo y ahínco, y nunca había sido capaz de encontrarlo satisfactoria­mente.

La prueba ha madurado a Vicente de Paúl y le ha facilitado el giro copernicano que él necesitaba en su vida como hombre, como cristiano y como sacerdote. Lo podemos deducir de sus testimonios posteriores. Tal y como en ocasiones habla, descu­brimos que lo hace a través del prisma de su propia experiencia. Lo que ha vivido, padecido; el trabajo realizado inútilmente, las prisas, los desastres, las cruces y las tentaciones, felizmente superadas, le han servido para dar consejos, tomar decisiones, realizar la voluntad de Dios». José María Román nos ofrece este testimonio al respecto:

Todo indica que nos encontramos aquí ante la coyuntura decisiva de su vida. Bajo el peso de la prueba, su espíritu se fue acrisolando lentamente. Salió de ella purificado y transformado. Todavía habría de vivir otras experiencias y recibir otras luces. Pero el cambio radical ya se había producido. Había encontrado a Dios y se había encontrado a sí mismo, aunque su vocación no se había concretado aún en una determinada forma de vida ni en una actividad específica. Por eso va a seguir durante unos años tanteando un poco a ciegas todavía. La conversión radical vivi­da por Vicente pasaría por un largo proceso de maduración, hasta convertirse en un árbol cargado de frutos.

Paso a paso, poco a poco, todavía llevado de la mano por otros, Vicente de Paúl va acercándose a Jesús. Y, como Bartimeo, escucha la palabra de Jesús que le dice: ¿Qué quieres que haga por ti?. Y él contesta: Maestro, que vuelva a ver. Vicente de Paúl fue abriendo sus ojos a la nueva vida que se le ofrece, y que acoge y acepta. Su fe, su confianza, le han salvado. Bartimeo y Vicente de Paúl han encontrado, en Jesús, la luz y la vida. Y las han encontrado porque se han fiado de él, porque han suplicado con confianza y, porque han sabido hacer bien la petición, han descubierto sus cegueras, en primer lugar. Ahora, gracias a Jesús, pueden ver. Tanto Bartimeo como Vicente de Paúl son, después de sus encuentros con Jesús, personas con los ojos abiertos; tie­nen los ojos abiertos para sí y para los demás. A partir de ahora se sentirán solidarios con los demás, y entenderán la vida como un don de Dios, y no como una batalla en la que hay que dirimir quiénes son los más fuertes y quiénes son los que deben vivir mejor aunque sea a costa de los demás. Por desgracia, éste últi­mo estilo de vida egoísta había constituido, hasta el momento del encuentro con Jesús, la forma de vida de Bartimeo y de Vicente de Paúl. Bartimeo y Vicente de Paúl tuvieron existencias parale­las antes del encuentro con Jesús y, también, después de dicho encuentro.

3.6. Obediencia y servicio en fidelidad / Seguimiento de Jesús

El encuentro con Jesús sirvió, tanto a Bartimeo como a Vicente de Paúl, para cambiar el rumbo de su existencia. Los dos recobraron la vista, la vida conforme el querer de Dios. Y los dos optaron correctamente por ponerse tras Jesús y acompañarlo hasta Jerusalén. Es decir, hasta sacrificar sus propias vidas en aras del bien común y, principalmente, de los que más lo necesi­taban. Se hicieron, pues, auténticos seguidores de Jesús, discípu­los totalmente entregados a la misión realizada por Jesús y traspasada a los suyos.

Cuando el evangelista Marcos nos dice que Bartimeo, después del encuentro personal con Jesús, lo seguía por el camino os está mostrando que Bartimeo había comprendido lo que Jesús quería y pedía a los suyos, y que aceptaba dicho proyecto hasta el final. Bartimeo, a partir de ese encuentro, ya no se encontrará más a la vera del camino ni tan siquiera en el cami­no; Bartimeo estará caminando con Jesús, pues se puso en cami­no siguiendo a Jesús. Bartimeo supo cumplir, sin haber recibido una invitación expresa, con lo que Jesús había mandado hacer a Pedro7I al comenzar su camino hacia Jerusalén: seguirlo por el camino. El ciego Bartimeo no estaba ciego en su interior. Pedro, los Zebedeos, y todos los discípulos que acompañaban a Jesús veían por fuera pero estaban ciegos interiormente. Ellos busca­ban lo superfluo, lo que no construye el reino de Dios: primeros puestos, honores, privilegios, riquezas, dominio, poder sobre otros; Bartimeo, en cambio, sólo pide recobrar la vista. Marcos, pues, nos ha ofrecido este relato para que nosotros sepamos dis­cernir bien que la ceguera que nos impide estar con Jesús y seguirlo es la de la ambición, y que la visión correcta es la que nos pone, de verdad, en camino de seguimiento.

Vicente de Paúl, después del encuentro con Jesús a través de su noche oscura, también se ha puesto en camino convirtiéndose

en su discípulo auténtico. Cuando buscaba un beneficio que le proporcionase un honesto retiro, estaba ciego y no quería ver. Pero, tan pronto se ha dado cuenta de la realidad doliente de la vida y del verdadero seguimiento de Cristo en el ejercicio de su ministerio como sacerdote, ha comenzado a ver, se ha metido en el camino de Cristo, y lo acompaña en la buena dirección. Eso es lo que él mismo nos transmite al afirmar, en su noche oscura de tentaciones contra la fe, que de ahora en adelante desea consa­grar toda su vida, por amor a Jesucristo, al servicio de los pobres. Desde ese instante, los pobres serán, para él, lo mismo que la ciudad de Jerusalén para Jesús: su cruz, su pasión, su muerte y su resurrección. La ceguera de Vicente de Paúl quedó, pues, superada cuando tomó esta resolución.

En este cambio de rumbo, Vicente de Paul no se encontró solo. Había sabido acertar en la búsqueda de directores espirituales ade­cuados: Benito de Canfield, Pedro de Bérulle, Andrés Duval. Éstos le supieron orientar y aconsejar. Pedro de Bérulle, además, le ayudará a dar los primeros pasos en el nuevo nimbo otorgado a su vida, ofreciéndole el curato de Clichy, haciéndole capellán de los Gondi y, también, proporcionándole el curato de Chátillon-les-Dombes. Todos estos lugares y vivencias se convirtieron para él en experiencias muy útiles cuando estaba renaciendo como seguidor de Jesucristo. Es más, fueron verdaderas experiencias que termi­naron por configurar toda su vida y su obra posterior.

Vicente de Paúl ha obtenido de Dios el regalo de la visión correcta, se ha convertido y ha encontrado sentido a su vocación.

Nélio Pereira nos lo describe con precisión, con naturalidad. Transcribo sus palabras:

Como ocurre en la vida de la gran mayoría de los santos, también en la de Vicente podemos verificar cómo se halla frac­cionada en dos mitades. En la primera, anteriormente descrita, Vicente espera que Dios le ayude a hacer lo que él ha planeado por su cuenta y riesgo, sin preocuparse por saber de antemano si es eso lo que Dios quiere o no. Durante esta etapa, Dios no era la fuerza motriz que, como veremos más adelante, condicionará todas sus actitudes.

Recordemos aún, antes de adentramos en la fase clave de su vida, que la «conversión» y «vocación» son realidades correlati­vas. La conversión, entendida como irrupción de la gracia divi­na que gradualmente transforma el corazón del hombre, exige una ruptura con el pasado y postula un nuevo modo de vivir y pensar. Bajo la acción del Espíritu Santo, el sujeto es llamado a un «nuevo comienzo», para lo cual su voluntad debe estar ani­mada por el deseo de descubrir y cumplir la voluntad de Dios en la vida.

Con el pasar de los años, Vicente de Paúl aprenderá a escu­char la llamada al seguimiento en los acontecimientos concretos de su vida. Comprenderá que seguir a Jesús significa, sobre todo, someterse a la divina voluntad. En la segunda etapa, una vez superado el umbral del egoísmo, su deseo. de vivir en con­formidad con los planes de Dios o, como él tantas veces repite, vivir en «actitud de confianza en la Providencia», se traducirá fundamentalmente en un amor incondicional al prójimo, parti­cularmente a los más necesitados.

Nélio Pereira, decíamos, ha entendido de maravilla el proce­so operado en Vicente de Paúl. Y lo ha reflejado magníficamen­te. En primer lugar, precisa que existen dos etapas en la vida de Vicente de Paul. La primera está marcada por el egoísmo huma­no, por la profesión de una fe en un Dios tapa agujeros creado por el ser humano en provecho propio: esperar que Dios le ayude a hacer lo que Vicente de Paúl mismo ha planeado por su cuenta y riesgo y, además, sin haberse parado a pensar antes si ese era el querer de Dios o no era. Se caracteriza, también, por la ausencia de Dios: entonces Dios no era la fuerza motriz que condicionará después todas sus actitudes. La segunda etapa, en cambio, se significará por vivir y actuar en conformidad con los planes de Dios o, dicho con otras palabras, por vivir y actuar al dictado de la providencia divina.

En medio de ambas etapas, Vicente de Paúl cambia, se con­vierte, encuentra la misión que le será propia. Los aconteci­mientos que uno a uno han ido frustrando sus planes, las circuns­tancias que lo llevaron a Túnez como prisionero y cautivo, el contacto con la caridad y la atención a los enfermos, las tentacio­nes contra la fe, el encuentro con sus maestros de espirituali­dad… han sido medios de los que Dios se fue sirviendo para hacer reflexionar a Vicente de Paúl, y para hacerle descubrir que estaba ciego, que era egoísta y que esa no era la misión de un buen sacerdote. Y Vicente de Paúl, como el Bartimeo del evan­gelio, ha sabido escuchar y acoger la llamada a encontrarse con Jesús, le ha abierto las puertas de su interior de par en par y se ha dejado convencer de que los planes de Dios son mejores y obtienen la felicidad mucho mejor que los programados por los humanos. De ese encuentro, —cambio y conversión—, Vicente de Paúl salió convencido de que en la vida era imprescindible des­cubrir, en primer lugar, la voluntad de Dios y, después, seguirla o cumplirla o hacerla realidad. De esto, y no de otra cosa, es de lo que nos habla cuando afirma, sostiene y pone como testimo­nio «su fe y su experiencia». Por esa razón, Vicente de Paúl reco­mendará y exigirá siempre a los suyos acompasar cada uno de los pasos al querer o no querer de Dios, buscar la voluntad de Dios en todo y practicarla después. Y eso, cueste lo que cueste; y aunque haya que esperar el tiempo que Dios quiera. El éxito en sus trabajos y en sus obras posteriores avala fielmente la trans­formación realizada en su vida, en su persona y en sus acciones; muestra el trabajo de Dios, trabajo callado que muchos saben descubrir y agradecer. Así pues, su compromiso, su vocación, será siempre consumir todos los días de su vida en el servicio incondicional a los más necesitados. Antes de su conversión, se amaba a sí mismo o, a la sumo, a sus parientes; después, amará a su prójimo, amará a los necesitados y se consumará por ellos en el altar del servicio. Vicente de Paúl fue capaz de abrir las puertas de su persona al amor de Dios y, por eso mismo, fue consciente de que ya sólo podía vivir amando incondicionalmen­te a todos pero, de manera muy especial y radical, a los pobres.

Santiago Barquín

CEME 2010

 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *