LOS POBRES VISTOS POR VICENTE DE PAÚL
Si Vicente de Paúl propone concertar todas las variantes de la dinámica vital para conseguir un solo fin: buscar y realizar el reino de Dios en sí mismo y en los demás, es para poder glorificar a Dios continuando la misión de Cristo, evangelizador de los pobres.
Esta misión de Cristo de «evangelizar a los pobres» (Lc 4, 18), se inscribe en lo más profundo de la conciencia de Vicente: ella motiva la elección de la gran diversidad de sus actividades y orienta las opciones de su vida.
En la visión, en la mística de los pobres de Vicente de Paúl hay un rasgo que se debe meditar con detalle, explotar con esmero: es el juicio acerca de los pobres.
Progresivamente los pobres van a ser para Vicente un «signo», una «presencia» y sobre todo una «llamada» de Cristo, que le proporcionan el beneficio de una toma de conciencia, le comprometen en una responsabilidad, le dan una vocación. ¿Fueron los pobres quienes re-crearon a Vicente de Paúl? Es cierto que esta re-creación es un don de Dios y los pobres eran incapaces de realizar esta transformación. Sin embargo Dios se sirvió de ellos para evangelizar la vida y garantizar esta re-creación de Vicente. Consciente de esta mediación de los pobres, utilizada por Dios, el buen padre Vicente no olvida informarnos discretamente del cometido de estos seres inicialmente insignificantes: su presencia le transmitió una orden de parte de Dios, su miseria jalonó las etapas de su caminar hacia Dios y hacia los hombres.
El ángulo de visión de Vicente de Paúl en sus comienzos
Cuando Vicente de Paúl llega a París en 1608 se encuentra en la miseria. Como otros muchos gascones, que abundan y viven agrupados en la capital, intenta buscar fortuna. El nombramiento de limosnero en el fastuoso palacio de la reina Margarita no es suficiente para enriquecerle ni para permitirle vivir según el deseo de su sueño. La pobreza, en que se encuentra envuelta su existencia, le impulsa a buscar un «honrado beneficio» que le permita deshacerse de esta envoltura molesta. La miseria en definitiva, no es para él en esta época más que el resultado de no saber defenderse en la vida.
En este París la mendicidad se organiza en grupos y una masa flotante, indeterminada, de pobres circula en sus calles, otros son encerrados en los hospitales. Estos pobres, estas miserias ambulantes, no interesan entonces a Vicente de Paúl. Sin embargo «dos pruebas purificadoras» llegan a modificar su campo de visión: ellas amplían las perspectivas de su conciencia y le hacen ver de manera distinta a los hombres y a Dios.
Este Depaul de 1608 nos interesa poco, es el fundador de 1617 quien tiene interés para nosotros. En 1617 tiene 36 años, reside en París desde hace nueve años y ha mirado a los pobres.
Cómo Vicente de Paúl vio a los pobres a partir de 1617
Una psicología golosa de sus propias lágrimas y de las lágrimas de los demás ha intentado explicar el aspecto más rico y más original de la obra y de la enseñanza de Vicente de Paúl por la compasión. Los pobres le habrían dado lástima y este sentimiento habría sido el trampolín para lanzarse hasta Dios. Enrique Brémond ha rechazado con precisión esta interpretación confeccionada en los talleres gráficos del culto revolucionario de la Enciclopedia o en las imaginaciones orquestadas en el lirismo coloreado del romanticismo religioso y popular. «No son los pobres quienes le han dado a Dios, sino Dios por el contrario, quien le ha dado a los pobres. Quien le ve más filántropo que místico, se imagina un Vicente de Paúl que jamás existió». Y concluye: «Es el misticismo quien nos ha dado al más grande de nuestros hombres de acción». Desgraciadamente Brémond no explica cómo Dios le ha dado a los pobres y olvida señalar que los pobres fueron utilizados por Dios para evangelizar la vida de Vicente.
No se puede dudar que los pobres transmitieron a Vicente de Paúl un signo, una presencia, una llamada de Cristo. Desdichadamente nunca sabremos cómo se realizó esta transmisión, pero una observación, que analiza el caminar de Vicente, permite verificar que se realizó progresivamente. «Las obras de Dios se hacen poco a poco», afirma Vicente al final de su vida. ¿Por qué no tener en cuenta esta confesión? En él la gracia, canalizada a través de los acontecimientos, se acompasó al ritmo del tiempo para hacerle pasar de prisionero de sí mismo a abrir su vida a la vida de los demás.
El paso definitivo de esta evolución se sitúa entre 1613 y 1617, cuando Vicente, agitándose en una «noche oscura» del espíritu, se re-estructura en su fe. Para ello se esfuerza en testimoniar por sus actos que cree en estas palabras de Jesús: «cuantas veces hicisteis un servicio a uno de estos pequeñuelos a mí me lo hicisteis». En esta situación se decidió un día a dar a Dios toda su vida para el servicio de los pobres. Vicente descubre el sentido de los pobres cuando se da a ellos, cuando asume su propia pobreza. El sufrimiento, que le causa su propia existencia, le lleva a percibir más profundamente el rostro de los desdichados y esta percepción le hace ser un excelente testigo y un cliente privilegiado de los pobres. A partir de ese día Vicente experimenta que no se puede conocer sin amar. Pero el conocimiento se encuentra al término de un intercambio profundo y el amor requiere dar su vida por los demás. Conocimiento y amor exigen pagar el precio de la abertura, del descubrimiento, del don al «otro». Por eso declarará sencillamente Vicente de Paúl: «Es necesario dar su corazón para obtener el corazón de los otros».
Este doble movimiento del conocimiento y del amor va a orientar la dinámica generadora del pensamiento y de la vida de Vicente. Buen alquimista de fórmulas espirituales, funde en una frase los elementos del contenido de su experiencia. A través de ella intenta comunicar su experiencia re-creadora y modelar el espíritu de los misioneros, de las Hijas de la Caridad. Por eso repetirá: «es necesario darse a Dios para amar a Jesucristo y servirle en la persona de los pobres» Este don, en definitiva, es la respuesta del hombre a Dios fiel, sorprendente y comprometido en la historia humana. Al mismo tiempo introduce al hombre en el dinamismo del espíritu de Jesús y le permite desarrollar las dos virtudes que caracterizan al hijo de Dios: «la religión en relación al Padre y la caridad en orden a los hombres» 7. Abordada en esta perspectiva se puede descubrir la riqueza y profundidad de la expresión de Vicente de Paúl: «continuar la misión de Cristo», de este Cristo que «estará en agonía» en cada hombre «hasta el fin de los días».
Su experiencia
Como todos los espirituales de su tiempo Vicente de Paúl no comprendió exactamente la visión política de Richelieu, ni de Mazarino. Pero vio a los pobres basándose en dos elementos: su experiencia y su fe.
El conoce la miseria de los campesinos por experiencia personal, sus orígenes y sus misiones. Esta miseria está provocada por causas accidentales y otras más antiguas, inherentes al Antiguo Régimen, que Vicente conoce y que intenta remediar: La coyuntura histórica provoca crisis terribles, disgrega la economía y la sociedad campesinas, aumenta el paro obrero en las ciudades, multiplica las rebeliones y hace crecer considerablemente las filas de pobres, mendigos, vagabundos y bandoleros. La ignorancia y la credulidad se unen a estas calamidades de orden físico. Esta ignorancia es la causa de una credulidad bastante general.
En 1617, Vicente de Paúl no posee la fórmula de lo que hay Llue hacer, pero tiene la intuición. Testigo de la caridad de Dios, es el servidor de los pobres. Indagador incansable de nuevas fórmulas, busca aliviar la miseria humana, profundizar y hacer profundizar el misterio de los pobres, amarlos y hacerles amar en Jesucristo. ¿Cuántas conciencias, cuántas formas de vida religiosa han vivido y viven todavía apoyadas espiritualmente en la intuición de Vicente de Paúl?
Su fe: Cristo-iglesia-pobres
Sea cual sea la realidad y el rostro de la miseria, Vicente de Paúl jamás separará Cristo-iglesia-pobres. No hay vida apostólica más que en esta religión realizada junto a los pobres, que continúa la misión de Jesús.
Vicente descubre el sentido de los pobres conjugando íntimamente el movimiento de amor, el don a Dios, y el esfuerzo del conocimiento, llevado a su término por la intuición viva de todo el ser del hombre. El encuentro con los pobres le hace descubrir el evangelio de Jesús, enviado a los pobres. En un mismo acto encuentra a Cristo, a la iglesia, a los pobres. A partir de este momento la teología de la fe de Vicente de Paúl jamás separará estas tres realidades que mutuamente se iluminan. En un mismo acto encuentra a Cristo, a la iglesia, a los pobres.
Se podría haber dejado seducir fácilmente por el aspecto jurídico y económico de la iglesia de Francia del siglo xvii. Pero un hugonote, que desea convertirse, le recuerda la realidad. Este hereje denuncia 10.000 sacerdotes que vagabundean por las calles de París y publica el abandono de la línea de fuerza del mensaje del evangelio: Cristo-iglesia-pobres. La iglesia ha abandonado a los pobres y es esto precisamente lo que impresiona a Vicente de Paúl. La línea original de construcción de la iglesia —iglesia-pobres—parece olvidada, abandonada.
La iglesia de Cristo no es, en consecuencia, para Vicente de Paúl una promesa de poderío. Está convencido de que los pobres tienen la preeminencia en la iglesia y que los ricos son sus servidores. En razón de esta doble certeza es posible para él re-crear un futuro cualitativamente nuevo.
A diferencia de sus contemporáneos, Vicente de Paúl presenta a Dios actuando «incesantemente» en el mundo y en la historia de los hombres. Situándose en esta perspectiva, Vicente exige la actividad y la competencia del hombre para no hacer fracasar el plan de Dios y continuar la misión de Jesucristo. En esta misma perspectiva descubre a la iglesia en marcha hacia su eternidad. En este caminar del «pueblo de Dios» los pobres representan a Jesucristo y apelan a la «justicia» de Dios. Su miseria recuerda el olvido de las exigencias de la creación, querida por Dios, y el desinterés, cuando no el desprecio, por las condiciones de la verdadera redención.
A esta perspectiva opone una constatación: el sacerdocio no está centrado en los pobres, se ha convertido en una situación. Vicente intenta restablecer el sacerdocio, el laicado en contacto con los pobres. Cuando se está con los pobres, se está seguro de permanecer en la iglesia de Cristo. En la época esta posición es una actitud revolucionaria. Esto es lo que Vicente querrá para los sacerdotes que él formará. En realidad Vicente piensa e intenta realizar una conversión radical de la actitud de la iglesia de su tiempo:
Que los sacerdotes se sitúen en el movimiento de la misión de Jesús y se dirijan a los pobres como presencia de Cristo. Entonces manifestarán que la relación a los pobres es una verdad iluminada por la exigencia de la fe, antes de ser un problema de caridad, de seguridad, de filantropía y de sentimiento.
Que la iglesia vuelva a ser la imagen verdadera de Cristo, la continuadora de su misión, entonces se presentará a la mirada de la sociedad como «sierva y pobre». Este servicio y esta pobreza harán cobrar conciencia al hombre de una realidad: «Los ricos no son admitidos en la iglesia más que para ser los servidores de los pobres», los administradores de las riquezas que Dios ha depositado en sus manos. «En la iglesia» de Jesucristo «los pobres son ricos y los ricos son sus servidores». La «maravillosa dignidad de los pobres», «primeros ministros de este reino», según las expresiones de Bossuet, les otorga «la gracia, la misericordia, el poder» de liberar a los ricos del peso de sus riquezas y de abrirles el camino hacia el verdadero sentido del hombre. Pobres y ricos podrán ser entonces evangelizados.
El misterio de los pobres es complejo, porque no son solamente seres insignificantes, disminuidos. Ellos son en sí mismos lugar de combate. Su indigencia no basta para salvarlos, incluso si a causa de ella la complacencia de Dios se manifiesta en su favor. Es preciso que saquen provecho de esta miseria para convertirse en los pobres de Dios, de lo contrario peligran destruirse y arriesgan no aprovechar las disposiciones favorables de su pobreza material, de su condición humillada. Su pobreza atrae sobre ellos la «misericordia» y la «justicia» de Dios: la fidelidad del reino de Dios debe beneficiar a los desdichados, a los desheredados.
Vicente de Paúl encuentra las directrices, los principios que orientan y motivan la pastoral que se opone al hundimiento de los menos dotados e impide a los pobres convertirse en miserables:
La vida del hijo de Dios, lo mismo que su eucaristía, está al servicio de los pobres.
Jesús no se contentó con predicar a los pobres, los sirvió.
El Hijo de Dios está presente en los pobres: aparentemente y a la mirada humana, los pobres aparecen toscos, ignorantes y apenas ofrecen apariencia y sensibilidad de seres racionales, sin embargo hay que reconocer que la verdadera religión se encuentra entre los pobres. Y si se «vuelve la medalla», si «se los mira a la luz de la fe», aparecerán como imágenes de Jesús «que quiso ser pobre, y que nos es representado por los pobres».
La vida del hijo de Dios fue un movimiento de empobrecimiento para enriquecernos. A fin de servir perfectamente a los pobres, Cristo dejó el cielo, se hizo pobre (Flp 2, 4-8; 2 Cor 8, 9). La verdadera vida se encuentra en este movimiento que completa la donación del hijo de Dios.
Finalmente, Jesucristo está presente en los pobres y considera hecho a su persona todo lo que se hace a los pobres. En ellos y por ellos, distribuye la gracia, la alegría, la dicha inefable. Estos seres, aparentemente despreciables, son en realidad grandes señores. Pueden condenarnos en cada minuto ante el tribunal de Dios y ante la sociedad. Pero también tienen poder para salvarnos y liberarnos. A todos los ‘que les sirven les procuran algo más que recompensas eternas. Incluso aquí, en este mundo, otorgan una dicha especial. Quienes sirven a los pobres no temen la muerte. El poder de los pobres es inconmensurable, porque pueden aclarar nuestra mirada miope. Nos invitan a ver las cosas como son en Dios, en el orden de la providencia.
Aclimatando a los demás a las exigencias evangélicas, Vicente de Paúl entregará una fórmula de vida: «Los pobres son nuestros señores y maestros», maestros de vida y de pensamiento. Junto a ellos el pensamiento se rectifica, la acción se ajusta e interiormente se modela. El nos confesará silenciosamente que en la iglesia y en la sociedad se debe comprender todo, amar todo, organizar todo a través de estas realidades verdaderas de los pobres. Sólo con este precio el dinamismo de la generosidad y de las relaciones entre los hombres tendrá una fuerza que sobrepasa al hombre.







