Cada vez que coméis de este pan y bebéis de esa copa, proclamáis la muerte del Señor, hasta que El vuelva». (I Cor 11,26).
«Nuestra vida debe tender a la celebración diaria de la Cena del Señor como a su culmen: de ella dimana, en efecto, como de su fuente, la fuerza de nuestra actividad y de la comunión fraterna. Por la Eucaristía se hacen presentes de nuevo la muerte y la resurrección de Cristo, nos hacemos en Cristo oblación viva, se significa y realiza la comunión del pueblo de Dios». (C 45,1).
Los dos grandes Misterios de la Trinidad y de la Encarnación, fundamentos de la vida espiritual del Misionero, encuentran su expresión eximia en el «culto debido y la recepción digna de la Sagrada Eucaristía, como sacramento y como sacrificio. Pues ella encierra en sí el resumen de los otros misterios de la fe y, además, santifica y glorifica a las almas de los que la reciben bien y la celebran dignamente, con lo cual se da la gloria suprema al Dios Uno y Trino y al Verbo Encarnado». (RC X, 3).
- «Fuente y culmen de la vida cristiana».
Como cristianos que aspiran a la unión con Cristo, los Misioneros acuden a la celebración o recepción de la Eucaristía, de donde brota a raudales el don de la gracia:
«Participando del Sacrificio Eucarístico, fuente y culmen de toda vida cristiana, ofrecen a Dios la Víctima divina y a sí mismos juntamente con ella; y así, tanto por la oblación como por la sagrada comunión, todos forman parte activa en la acción litúrgica, no confusamente, sino cada uno según su condición. Pero una vez saciados con el Cuerpo de Cristo en la asamblea sagrada, manifiestan concretamente la unidad del Pueblo de Dios, aptamente significada y maravillosamente producida por este augustísimo sacramento». (LG 11).
- “Fuente y culmen de toda evangelización”
Los Misioneros ven, además, en la Eucaristía el centro de su devoción hacia el que tiende la evangelización como fuente y culmen. No sólo reciben de ella la fuerza para evangelizar, sino también la gracia para mantenerse unidos en la comunidad evangelizadora:
«Los demás sacramentos, al igual que todos los ministerios eclesiásticos y las obras de apostolado, están unidos con la Eucaristía y hacia ella se ordenan. Pues en la Sagrada Eucaristía se contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo en persona, nuestra pascua y pan vivo, que, por su carne vivificada y que vivifica por el Espíritu Santo, da vida a los hombres, que de esta forma son invitados y estimulados a ofrecerse a sí mismos, sus trabajos y todas las cosas creadas juntamente con él. Por lo cual la Eucaristía aparece como fuente y culmen de toda evangelización, al introducirse, poco a poco, los catecúmenos en la participación de la Eucaristía, y los fieles, marcados ya por el sagrado bautismo y la confrimación, se injieren cumplidamente en el Cuerpo de Cristo por la recepción de la Eucaristía». (PO 5).
- «Su celebración diaria».
San Vicente recomendaba a los sacerdotes la celebración diaria del Santo Sacrificio. La Constitución 45,1 nos ordena lo mismo. También el Decreto del Vaticano II sobre el ministerio y vida de los presbíteros nos exhorta a ello:
«En el misterio del Sacrificio Eucarístico, en que los vacerdates desempeñan su función principal, se realiza continuamente la obra de nuestra redención y, por tanto, se recomienda con todas las veras su celebración diaria, la cual, aunque no puedan estar presentes los fieles, es una acción de Cristo y de la Iglesia. Así, mientras los presbíteros se unen con la acción de Cristo sacerdote, ve ofrecen todos los días enteramente a Dios, y mientras Se nutren del Cuerpo de Cristo, participan cordialmente de la caridad de quien se da a los fieles como pan eucarístico». (PO 13).
- ¿Me preparo todos los días para celebrar la Cena del Señor?
- ¿Procuro vivir a lo largo de la jornada lo que celebro en la Eucaristía, haciendo de mi propia vida una oblación agradable a Dios?
- ¿Acudo a la Eucaristía cada vez que me faltan fuerzas para trabajar apostólicamente o para vivir la vida en común?
ORACIÓN:
«Oh Dios, que para alabanza de tu nombre y salvación del género humano quisiste constituir a Cristo Sumo y Eterno Sacerdote, te suplicamos que el pueblo redimido ron su sangre consiga por su participación en este memorial los frutos de la muerte y resurrección de tu Hijo, Jesucristo nuestro Señor. Que vive y reina contigo». (Mro, Votiva de la Santísima Eucaristía).






