Introducción
El Concilio Vaticano II afirma que la Eucaristía constituye «la fuente y la cumbre de toda la vida de la Iglesia». Las Constituciones de la Compañía dicen: «En torno a la Eucaristía, centro de la vida y la misión (de las Hijas de la Caridad), se realiza todos los días su principal asamblea». Y en la Exhortación «Vita Consecrata» leemos: «La Eucaristía ocupa el centro de la vida consagrada personal y comunitaria». La intención de esta conferencia es impulsar a las Hijas de la Caridad para que estas afirmaciones sean, cada dia más, una realidad que ellas están viviendo.
La Eucaristía se puede enfocar desde ángulos muy diversos., En la conferencia de hoy reflexionaremos sobre algunos aspectos que pueden ayudar a comprender y valorar mejor este sacramento: como memorial, como sacrificio y como banquete. También trataremos sobre algunas consecuencias que se deducen de la celebración de este sacramento, especialmente en relación con la vida fraterna y con la misión de servicio a los pobres. Y, por fin, recordaremos brevemente las enseñanzas de los fundadores, más en concreto las que se refieren a la devoción Eucarística que inculcaron a las primeras Hermanas.
1. La institución de la Eucaristía en la Última Cena
El relato más antiguo que nos ha llegado sobre la institución de la Eucaristía es de San Pablo en su primera carta a los cristianos de Corinto: «Yo recibí del Señor lo que os he transmitido: que el Señor Jesús, en la noche en que iba a ser entregado tomó pan, y dando gracias, lo partió y dijo: este es mi cuerpo que se entrega por vosotros; haced esto en memoria de mi. Y asimismo tomó el cáliz después de cenar diciendo: este cáliz es la nueva alianza en mi sangre; cuantas veces lo bebiereis, haced esto en memoria de mi. Pues cuantas veces comáis este pan y bebáis este cáliz anunciáis la muerte del Señor hasta que vuelva».
La última cena de Jesús con sus discípulos tuvo lugar en el contexto de la cena pascual que anualmente celebraban los judíos. En ella recordaban las maravillas obradas por Yavé para sacar a su pueblo de la esclavitud de Egipto: la sangre del cordero con que el ángel marcó las tiendas de los judíos para liberarles de la plaga del exterminio de los primogénitos; la ofrenda de los panes ácimos como acción de gracias por los frutos de la tierra; el paso de la esclavitud a la libertad cruzando las aguas del mar Rojo. En este contexto celebrativo instituyó Jesús la Eucaristía.
El evangelista San Juan ve en la muerte de Cristo el cumplimiento de lo enunciado en la antigua pascua judía. La nueva Pascua nace en el Calvario donde Jesús es inmolado como cordero. Al crucificado no se le quebraron ningún hueso porque así lo prohibían las Escrituras respecto al cordero que los judíos comían en esa cena pascual. San Pablo dirá: «Nuestra Pascua o cordero pascual es Cristo». Antes de la comunión la iglesia repite las palabras de Juan el Bautista: «Éste es el cordero de Dios que quita el pecado del mundo». La Iglesia representa la nueva humanidad con la que Dios, por la sangre del nuevo Cordero, sella una nueva y eterna alianza, sacándola de la esclavitud del pecado para pasar a la libertad de los hijos de Dios.
En los ritos de la última cena de aquel jueves, Jesús anuncia y anticipa lo que sucedería el viernes sobre el Calvario. El sacrificio cruento de la cruz se prefigura incruenta y sacramentalmente en la institución de la Eucaristía. El pan y el vino que el Señor Jesús tomó, bendijo y dio como alimento y bebida a sus discípulos son el signo sacramental de su cuerpo y sangre entregados por la salvación del mundo. El mismo Jesús nos dejó el mandato de «haced esto en memoria de mí».
Al celebrar la Eucaristía, la Iglesia actualiza sacramentalmente el «paso» de Cristo al Padre a través de la pasión-muerte-resurrección. La Eucaristía es el memorial por el que la Iglesia representa el sacrificio del Calvario y la última cena como signos eficaces de la salvación realizada por Cristo.
El Concilio Vaticano II describe perfectamente lo que la Iglesia celebra en el Sacramento de la Eucaristía: «Nuestro Salvador, en la última cena, la noche que le traicionaban, instituyó el Sacrificio Eucarístico de su cuerpo y de su sangre, con el cual iba a perpetuar por los siglos, hasta su vuelta, el sacrificio de la cruz, y a confiar así a su Iglesia el memorial de su muerte y resurrección: sacramento de piedad, signo de unidad, vínculo de caridad, banquete pascual, en el cual se recibe como alimento a Cristo, el alma se llena de gracia y se nos da una prenda de la gloria venidera».
Entre las múltiples y posibles maneras de enfocar la Eucaristía que nos ofrece este texto conciliar, vamos a seguir nuestra reflexión a partir de dos expresiones: sacrificio y banquete, no como dimensiones separadas sino interdependientes.
2. La Eucaristía como sacrificio
La muerte de Cristo en la cruz es la máxima expresión del amor de Dios al hombre: «Tanto amó Dios al mundo que nos dio a su propio Hijo»; «No hay prueba más grande de amor que dar la vida por aquellos que se ama». Más allá de los conflictos políticos y religiosos que confluyeron en la muerte de Cristo, él entregó voluntariamente su vida al Padre por la salvación del mundo. Por su muerte fuimos reconciliados con Dios. Cristo muere por nosotros entregando su vida «en rescate por muchos». Como cordero pascual ha sido inmolado en el altar de la cruz por los pecados del mundo. El evangelista Lucas hace notar que en la cena judía se sacrificaba el cordero pascual, sustituido en la última cena de Jesús por su cuerpo y su sangre. La carta a los Hebreos presenta a Cristo ofreciendo su cuerpo a Dios como sacrificio en sustitución de los antiguos: «Jesucristo ofreció por los pecados un sólo sacrificio para siempre», más agradable ante los ojos de Dios que los ofrecidos por el justo Abel, por nuestro padre Abraham y por el sumo sacerdote Melquisedec.
En la Eucaristía se actualiza el sacrificio del Calvario. En el pan y en el vino consagrados Cristo se ofrece al Padre como lo hizo en la cruz. «En este divino sacrificio que se ofrece en la misa, este mismo Cristo que se ofreció a sí mismo una vez y de manera cruenta sobre el altar de la cruz, es contenido e inmolado de manera incruenta».
La Eucaristía es sacrificio, no porque se repite sino porque se re-presenta (=hace presente) el acontecido una vez para siempre en la cruz. Fue el mismo Cristo, en la última cena, quien nos mandó: «Haced esto en memoria de mí». La Eucaristía es una celebración representativa y actualizadora del acontecimiento cumbre de la historia de la salvación: la muerte redentora de Cristo en la cruz y la respuesta del Padre resucitando a su Hijo de la muerte. San Pablo nos recuerda que «cada vez que, coméis de este pan y bebéis este cáliz proclamáis la muerte del Señor hasta que vuelva».
La Eucaristía no es una acción simplemente evocadora del sacrificio de Cristo en la cruz; es el memorial que representa ese mismo sacrificio y actualiza hoy su gracia salvadora.
3. La Eucaristía como banquete
Jesucristo instituyó la Eucaristía dentro de la celebración de la pascua judía. Él nos mandó seguir comiendo y bebiendo el pan y el vino consagrados en memoria suya. Después de resucitado se apareció en repetidas ocasiones a sus discípulos y comió con ellos: «nosotros comimos y bebimos con Él después de resucitado de la muerte». Las reuniones de las primeras comunidades cristianas incluían la «fracción del pan», evocando así la presencia del resucitado. Esa «fracción del pan» tenía lugar en el contexto de una comida fraterna o ágape.
El capítulo sexto del evangelio de San Juan incluye el milagro de la multiplicación de los panes y los peces con los que Cristo dio de comer a la multitud y el discurso sobre el pan de vida. En el contenido de dicho capítulo se percibe una progresión que va desde la fe en Jesucristo hasta el anuncio de la Eucaristía. A quienes le buscan porque les ha dado de comer, Jesús les dice: «no trabajéis por el alimento que se acaba, sino por el que da la vida eterna, el que os dará el Hijo del Hombre… Es mi Padre quien os da el verdadero pan del cielo para la vida del mundo. Entonces le dijeron: Señor, danos siempre de ese pan. Jesús contestó: Yo soy el pan de vida. Vuestros padres comieron el maná en el desierto, pero murieron; aquí está el pan que baja del cielo para comerlo y no morir. Yo soy el pan vivo bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. El pan que yo voy a dar es mi carne para la vida del mundo … Si no coméis la carne y no bebéis la sangre del Hijo del Hombre no tendréis vida en vosotros… Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida».
En el banquete de la Eucaristía se actualiza la última cena de Jesús con sus discípulos y lo que en ella aconteció: que Él se entregó como pan de vida y bebida de salvación: «Tomad y comed, este pan es mi cuerpo; tomad y bebed, esta copa es mi sangre, haced esto en memoria de mí». El concilio Vaticano II dice: «El Señor dejó a los suyos aquel sacramento de la fe en el que los elementos de la naturaleza, cultivados por el hombre, se convierten en el cuerpo y la sangre gloriosos en la cena de la comunión fraterna y la degustación del banquete celestial».
En la celebración eucarística se va desarrollando el ritual de una cena: reunión de los invitados, escucha de la palabra, presentación del pan y del vino, plegaria de alabanza y consagración, participación en la mesa y acción de gracias. «En el signo del pan y del vino consagrados, Jesucristo… manifiesta la continuación de su Encarnación. Permanece vivo y verdadero en medio de nosotros para alimentar a los creyentes con su cuerpo y con su sangre».
Como la comida y bebida son vida y alimento para el cuerpo, las especies sacramentales del pan y del vino consagrados son vida y alimento espiritual. «Si no coméis mi carne y bebéis mi sangre no tendréis vida en vosotros; el que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré en el último día».
4. La Eucaristía y su relación con la comunidad
El libro de los Hechos de los Apóstoles resalta la vinculación de la Eucaristía con la comunidad. Los que se reunían para celebrar la «fracción del pan» tenían un sólo corazón y un alma sola y compartían sus bienes.
San Pablo escribe a los Corintios: «Cuando bebemos de la copa bendecida por la cual damos gracias a Dios, participamos de la sangre de Cristo; cuando comemos del pan que partimos, participamos del cuerpo de Cristo. Aunque somos muchos, todos comemos de un mismo pan, y por eso somos un sólo cuerpo». Si Pablo recrimina la conducta de los cristianos de Corinto es porque sus asambleas eucarísticas ya no eran para unir y compartir los bienes que llevaban para el ágape, sino que fomentaban la división porque unos se hartaban y otros pasaban hambre. Inmediatamente después San Pablo nos narra la institución de la Eucaristía. Y añade: «El que come del pan o bebe de la copa del Señor indignamente, comete un pecado contra el cuerpo y la sangre del Señor. Por tanto, cada uno debe examinar su conciencia antes de comer el pan y beber la copa». Como de lo que les ha reprendido inmediatamente antes es de la división y del no compartir, de lo que tienen que examinarse antes de comulgar es precisamente de esas dos actitudes que son opuestas a la comunión con el cuerpo y la sangre de Cristo.
La reconciliación y el perdón mutuos son previos y preferibles a la ofrenda. «Si al acercarte al altar para presentar la ofrenda te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja tu ofrenda junto al altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano. Después vuelve a presentar tu ofrenda»
La Eucaristía reclama la comunidad. La comunión con Cristo, cabeza del Cuerpo de la Iglesia, requiere la común-unión con los otros miembros que forman ese cuerpo. «Fortalecidos con el cuerpo y la sangre de Cristo, formamos un solo cuerpo y un solo espíritu». Comer el cuerpo de Cristo sin la unión con los miembros que forman su cuerpo místico es, sin duda, una contradicción. Tanto el acto penitencial del comienzo de la celebración eucarística como la oración del Padre nuestro («perdónanos como nosotros perdonamos») y el signo de la paz están orientados a la necesaria y previa reconciliación con los hermanos que reclama la posterior comunión con Cristo. Cristo es nuestra paz; «el que de los dos pueblos hizo un sólo pueblo derribando por medio de la cruz el muro de la enemistad que los separaba».
La Eucaristía no sólo reclama la comunidad sino que la construye y fomenta. «Ninguna comunidad cristiana puede edificarse si no tiene como raíz y quicio la celebración de la Eucaristía. La educación del espíritu comunitario debe comenzar a partir de la Eucaristía». Las Constituciones afirman: «La comunidad obtiene su fuerza en una fe compartida, en la Eucaristía y en la alabanza divina»; y «Vita Consecrata»: «En la celebración del misterio del Cuerpo y Sangre del Señor se afianza e incrementa la unidad y la caridad de quienes han consagrado su existencia al Señor».
5. La Eucaristía y su relación con el servicio
El evangelista San Juan no narra la institución de la Eucaristía, quizá porque ya nos había transmitido el discurso del pan de vida y por haberla narrado antes los tres sinópticos. En su lugar narra la escena del lavatorio de los pies que Jesús realizó con sus discípulos antes de la cena. Pedro se resiste a aceptar ese gesto porque lo considera más propio de un esclavo que del Señor. La enseñanza que Jesús les da con ese gesto es precisamente que Él había venido a servir y no a ser servido, que está entre ellos como servidor. Esa misma debe ser la actitud de sus discípulos: «Ejemplo os he dado para que vosotros hagáis lo mismo que yo he hecho, porque ningún siervo es más que su amo y ningún enviado más que el que lo envía». Y en el mismo capítulo, después de contar la traición de Judas, el evangelista Juan incluye el mandato nuevo: «Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros. Así como yo os amo, vosotros debéis amaros los unos a los otros. Si os amáis unos a otros, todo el mundo se dará cuenta de que sois discípulos míos».
La Eucaristía es inseparable del amor y del servicio a los hermanos. El mandato de Jesús de «haced esto en memoria mía» deberíamos extenderlo no sólo referido a la consagración del pan y del vino, sino a todo lo que rodeó a la institución de la Eucaristía: lavatorio de los pies (servicio) y mandamiento del amor fraterno.
Las primeras comunidades cristianas unían la Eucaristía con el compartir los bienes y con el servicio a los pobres. Para esto se creó el oficio de los diáconos.
Si en la Eucaristía anunciamos la muerte y la resurrección del Señor, al celebrarla tendríamos que recordar el porqué murió y resucitó. Jesús se presentó en la sinagoga de Nazaret como el Mesías anunciado por el profeta Isaías. Vino para dar buenas noticias a los pobres, sanar a los afligidos de corazón, anunciar la libertad a los cautivos, dar vista a los ciegos etc. Vino a anunciar e instaurar el Reino de Dios que es vida y verdad, gracia y santidad, justicia, amor y paz.
El culto se vacía de contenido si no va acompañado de un compromiso por la causa del Reino de Dios, un Reino que Jesús anunció y prometió preferentemente a los pobres. La despedida del final de la Eucaristía es un envío al mundo para seguir construyendo ese Reino.
Hablando del servicio corporal y espiritual a los pobres, San Vicente dice a las Hermanas: Dios «espera de vosotras que miréis por las necesidades espirituales tanto como por las corporales. Los pobres necesitan el maná espiritual, necesitan el espíritu de Dios, y ¿dónde lo tomaréis vosotras para comunicárselo a ellos? Hijas mías, en la sagrada comunión».
Las Constituciones presentan la liturgia como «eje de la vida espiritual» de las Hijas de la Caridad. Al celebrar la Eucaristía «son portadoras de los gozos y esperanzas, las tristezas y angustias de toda la humanidad. Se ofrecen a sí mismas con Cristo en el sacrificio Pascual».
6. Cómo revitalizar en nosotros la celebración de la Eucaristía
La tentación que nos asalta en los actos repetitivos es la rutina. La mejor manera de superar esa tentación la sugiere San Vicente cuando dice a las primeras Hermanas: «Estoy seguro que cuando estéis bien instruidas sobre este tema (la Eucaristía) tendréis gran devoción».
Colaborar a esa instrucción sobre la Eucaristía es lo que pretende también esta conferencia. Pero además de comprender lo que es la Eucaristía, hay que superar otras comprensiones parciales que pueden empobrecerla. Tales serían comprenderla sólo como un acto de culto, externamente bien realizado, pero sin incidencia en nuestra vida. Y esto acontece cuando comulgamos a Cristo sin comunión con los hermanos; cuando celebramos el sacramento del amor sin esforzarnos por superar nuestro egoísmo; cuando es más un tranquilizante de nuestra conciencia que un revulsivo para construir un mundo más justo y fraterno; cuando separamos.
A vencer la tentación de la rutina nos ayudará también la comprensión de cada una de las partes que componen la celebración eucarística. Que cada una de ellas sean para nosotros lo que de verdad son: el acto penitencial como expresión de humilde conversión y reconciliación para entrar en la celebración con un corazón purificado; la lectura de la Palabra como proclamación y actualización de las maravillas de Dios en la historia de la salvación; la presentación de las ofrendas del pan y del vino como nuestra aportación de los dones que van a ser consagrados; la plegaria eucarística como memorial de la última cena y de la muerte y resurrección de Cristo, como acción de gracias que la Iglesia presenta al Padre por la obra salvadora de su Hijo bajo la acción transformante del Espíritu Santo; la comunión como participación en los dones presentados y que el Padre nos devuelve transformados; la conclusión como acción de gracias, bendición final y envío. Sintonizar con lo que significan cada una de las partes que integran la celebración eucarística es la mejor manera de vencer la rutina y la banalización que amenazan a la Eucaristía diaria.
Y cuando por la escasez de sacerdotes, u otras causas, no es posible participar en ella, las Hermanas podrán recibir la comunión dentro de una celebración de la Palabra, tal como lo establece el «Ritual de la sagrada comunión y el culto eucarístico fuera de la misa». Porque necesitamos ese alimento espiritual para no desfallecer en el camino de la fe, para recuperar la esperanza y sentir que el corazón nos arde de nuevo como a los discípulos de Emaús. Porque creemos que Él es el pan vivo bajado del cielo para la vida del mundo le decimos como la multitud: «Señor, danos siempre de ese pan».
7. La Eucaristía según los Fundadores
Conservamos dos conferencias de San Vicente a las Hermanas «sobre la comunión». Son catequesis sencillas en las que distintas Hermanas van exponiendo los motivos y medios para hacer una buena comunión y los buenos frutos que produce. San Vicente va destacando y comentando aquellos puntos que juzga más importantes: «Acerquémonos a este fuego para vernos invadidos, primeramente nosotros, y luego, por nuestra caridad y buen ejemplo, atraer a Él a los demás. Sabed, hijas mías, que la virtud capital de las Hijas de la Caridad es comulgar bien»; «La persona que ha comulgado bien lo hace todo bien porque las acciones que haga serán acciones de Jesucristo que habita en ella». Casi al final de la segunda conferencia «sobre la comunión», Santa Luisa lee los pensamientos que ella llevaba anotados sobre el tema y que, con pequeñas variantes, nos ha llegado como uno de los Escritos de la Santa. En ese escrito resalta el amor de Dios en la Eucaristía, la estima y frecuencia de la comunión y la necesaria preparación.
En contra de algunas corrientes espirituales de su época, tanto San Vicente como Santa Luisa aconsejan a las Hermanas la comunión frecuente.
El fruto de la comunión bien hecha se expresará en el esfuerzo por asemejarse a Jesucristo y en la práctica de las virtudes. «Otra señal infalible de una comunión bien hecha es, hijas mías… cuando nos esforzamos valientemente en hacernos semejantes a Jesucristo en nuestro trato y en nuestras costumbres». Santa Luisa piensa que algunos comportamientos poco ejemplares de las Hermanas se deben a no recibir los sacramentos con las disposiciones requeridas.
Otros pensamientos de San Vicente sobre la Eucaristía los encontramos dispersos en distintas conferencias. Exhortando a las Hermanas a que se pongan en la presencia de Dios desde que se levantan, les pone como medio imaginarse que están en la presencia del Santísimo Sacramento: «Allí es, mis queridas Hermanas, donde recibimos el más hermoso testimonio de su amor»; «Id todos los días a la Santa Misa, pero id con una gran devoción. ¿Qué pensáis hacer durante ella? No es solamente el sacerdote quien ofrece el Santo Sacrificio, sino todos los que asisten a él; estoy seguro de que, cuando estéis bien instruidas sobre este punto, tendréis gran devoción; porque (la Eucaristía) es el centro de la devoción». «Es preciso hacer todo lo posible por ir a misa todos los días» si las obligaciones de la casa o el servicio a los pobres no os lo impiden. El Santo sacrificio de la Misa es la obra más excelente que hay en el cristianismo».
«El amor es infinitamente inventivo». He aquí una de las frases de San Vicente que más frecuentemente repetimos. Pues el Santo la pronunció precisamente al hablar sobre la Eucaristía y en el siguiente contexto: Cristo se encarnó y murió por el amor que nos tenía y, como quiso permanecer siempre con nosotros, antes de volver al Padre inventó la Eucaristía porque «el amor es infinitamente inventivo». Y el invento consiste en que el ausente sigue presente; el que volvía al Padre se quedaba con nosotros.
De Santa Luisa conservamos un Escrito en el que desarrolla una idea similar. El amor del Hijo de Dios hacia nosotros no se contentó con la Encarnación, sino que realizó la admirable invención del Santísimo Sacramento del altar, porque «sus delicias son estar siempre con los hijos de los hombres». La doble promesas de Jesús: «No os dejaré huérfanos» 66, «estaré con vosotros hasta el fin de los tiempos» 66 se hace realidad también en la Eucaristía.
8. Devoción al Santísimo Sacramento
La devoción a la Eucaristía expresada fuera de la Misa es una consecuencia lógica de nuestra fe en la presencia sacramental de Cristo en el pan y en el vino consagrados. En la primitiva Iglesia, al acabar la celebración de la Eucaristía, se guardaba el pan consagrado para llevárselo a los enfermos. A partir de esa práctica surgieron y se desarrollaron a través de los siglos distintos actos de devoción al Santísimo Sacramento: Procesiones, Exposición, bendición, visita, etc.
El concilio de Trento afirmó que «la Eucaristía fue instituida para ser comida antes que para ser adorada». No se la guarda para ser adorada, sino que se la adora porque se la guarda. Comulgar y adorar a Cristo son dos actos íntimamente relacionados.
Los Fundadores recomendaban a las Hermanas la recepción frecuente de este sacramento, y también la comunión espiritual y la visita al Santísimo antes de salir de viaje, durante las paradas o al llegar al lugar de destino. San Vicente se alegraba cuando las Hermanas enumeraban como virtud de alguna compañera difunta la devoción que tenía al Santísimo Sacramento’. Santa Luisa exhortaba a las Hermanas a que invitaran a los laicos a orar con ellas ante el Santísimo Sacramento.
Cuando no hay sacerdote, las Hermanas tienen la posibilidad de exponer ellas mismas el Santísimo Sacramento. Puede ser un tiempo fuerte de oración personal y comunitaria en el día de retiro mensual, por ejemplo, o en otras ocasiones.
Y tanto en la Exposición como en las Visitas al Santísimo hay que superar ciertas concepciones erróneas. Cristo sacramentado no es el divino prisionero y solitario al que vamos a acompañar. Es el resucitado glorioso que nos envía a continuar su misión; es una presencia dinamizadora que nos remite al sacramento del pobre y nos invita a renovar la ofrenda de nuestra vida. La Exposición y la Visita al Santísimo Sacramento son, también, una prolongación de la acción de gracias de la Eucaristía.
Conclusión
Las Hijas de la Caridad renuevan anualmente sus votos durante la celebración de la Eucaristía. Este acto está llamado a ser una renovación, en línea de profundización, de la consagración bautismal y vocacional. En esa Eucaristía, las Hijas de la Caridad unen su vida a la ofrenda de Cristo para continuar su misión entre los pobres.
En la Eucaristía reciben el Cuerpo y la Sangre de Cristo como alimento para no desfallecer en la entrega a Dios y en la misión. Como los discípulos de Emaús, escuchan la Palabra y comen con el resucitado para sentir que el corazón les arde de nuevo y les impulsa a ser sus testigos. Ahí experimentan la exigencia de compartir con los pobres y con sus Hermanas de comunidad el gozo del encuentro con Cristo resucitado. El que les reúne en la principal asamblea de cada jornada, les envía a vivir la caridad, el servicio y la fraternidad de lo que la Eucaristía es signo, cumbre y fuente inagotable.
El Verbo de Dios se unió a la humanidad en el misterio de la Encarnación. En la Eucaristía prolonga esa presencia hasta el final de los tiempos. La unión de Dios con la humanidad, «admirable intercambio», se significa también en la Eucaristía donde «compartimos la vida Divina de Aquel que se ha dignado compartir con el hombre la condición humana».






