La estima mutua en comunidad

Francisco Javier Fernández ChentoFormación CristianaLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: J. Galot · Año publicación original: 1981 · Fuente: Ecos de la Compañía.
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Al tratar de la vida comunitaria, el Concilio ha llamado la atención sobre una condición importante para el desenvolvimiento de ésta. En el Decreto Perfectae Caritatis (n. 15), el único aspecto particular de la caridad fraterna que se señala es el de la estima mutua. «Los religiosos, corno miembros de Cristo, han de adelantarse unos a otros en el trato fraterno con muestras de deferencia (cf. Rom. 12, 10), llevando unos las cargas de los demás (cf. Gal. 6, 2).»

La expresión «adelantarse unos a otros… con muestras de deferencia» es una traducción solamente aproximada del texto de la epístola a los Ro­manos; podemos ver que la Biblia de Jerusalén no recoge esa expresión sino en una nota y prefiere acudir, en el texto, a una paráfrasis: «estimando en más cada uno a los demás». San Pablo exhorta a los cristianos a que «se estimen mutuamente, poniendo cada uno a los demás por delante de sí…». Así es que no se trata sólo de deferencia, sino de estima. Las deferencias son gestos exteriores, mientras que la estima es una disposición interior. No se trata tampoco sólo de adelantarse, sino de la actitud que consiste en mirar a los demás como mejores que uno mismo.

La cita de la epístola a los Gálatas tiende a favorecer una actitud que supera las reivindicaciones y las rivalidades del amor propio. Cuando al­guien ha sido sorprendido en falta, no es cuestión de acusarle ni de despre­ciarle, sino de llevar su carga con él, siendo consciente de que uno mismo podría verse sometido a la misma tentación. Llevar las cargas unos de otros es un corolario de la estima mutua, en el contexto de los defectos que parecen duros de tolerar. El Concilio nos ofrece también otras considera­ciones sobre la caridad fraterna, en el número 15 de Perfectae Caritatis, pero son consideraciones de orden más general. Si no menciona más que una aplicación concreta de la caridad fraterna, razón de más para que se la tenga en cuenta cuidadosamente: Parece como si el Espíritu Santo hubie­ra querido llamar nuestra atención sobre esa ‘aplicación y promocionar de manera particular las relaciones mutuas de estima: La experiencia de la vida comunitaria nos revela de sobra la.dificultad de mantener esta estima. Frente a un ideal que consiste en poner a los demás por encima de nosotros mismos, a causa de la estima que se les tiene, ¿puede ignorarse la tenta­ción que nos induce a hacer juicios sobre los demás, colocándonos por encima de ellos? No se puede negar que el gran escollo en ciertas  comunidades es la opinión demasiado desfavorable que cada uno tiene de su hermano; a veces, la crítica mutua amenaza con acabar con la mutua estima. Indudablemente, serán necesarios muchos esfuerzos para llegar a la prác­tica en la que, sinceramente, se considere a los demás superiores a uno mismo.

Merece, pues, la pena profundizar en el sentido de esta práctica y es­clarecer más el papel que ha de desempeñar la estima en la caridad fra­terna. Para mejor afrontar o superar los obstáculos con que se tropieza, conviene que se explore su fundamento y se defina con más exactitud su alcance.

Caridad y estima

Lo que constituye la excelencia de la estima es que es la caridad del espíritu. Es el don de un pensamiento benévolo, favorable, y cuando ese don se propone ser sincero, compromete profundamente a la persona. Otros aspectos de la caridad pueden aparecer más importantes porque son más eficaces o más demostrativos: por ejemplo, la servicialidad, la buena aco­gida, la abnegación ante las necesidades de los demás. Pero en realidad, no pueden adquirir su pleno valor si no van acompañados por la estima. Prestar un servicio a alguien, es demostrar con un gesto el amor que se le tiene; pero servir sin estima es negar a esa persona el don más profundo y tornar el servicio en algo puramente exterior. Acoger con bondad y dis­ponibilidad es igualmente un rasgo esencial del amor, pero cuando falta la estima no se acoge al otro en su persona puesto que no se le mira como merecedor de la acogida que se le ofrece. La abnegación puede mejorar la suerte de los otros, puede implicar muchos esfuerzos de actividad; pero si van desprovistos de estima, no llevan consigo la generosidad más fun­damental. Hay incluso abnegaciones que se acompañan de desprecio hacia la persona por la que uno se sacrifica. Cierto, no es cuestión de hablar de­masiado aprisa de engaño o hipocresía; pero sí se debe reconocer que detrás de una fachada de amor, los que se sacrifican contradicen de cierta ma­nera su actitud exterior, poniéndose por encima del otro y juzgándole con severidad.

La misma contradicción se halla en los que manifiestan deferencias que no corresponden a una verdadera estima y se deben únicamente a un hábito de cortesía, a reglas de urbanidad o a la intención de granjearse la bene­volencia o el favor del otro. Es manifiesto que en esas condiciones se adju­dica uno lo que debería dar o lo que parece se quiere dar.

La Caridad exige un don completo de la persona a los demás y no es, por lo tanto, compatible con reservas en el terreno del pensamiento. El don del propio espíritu no puede suplirse con ningún otro don y no hay nada que pueda justificar la ausencia de un pensamiento benévolo o favorable. Tampoco puede satisfacerse la caridad con sentimientos de afecto o simpatía puestos como pretexto para dispensarse de la estima y para tener derecho a formular apreciaciones severas. Además, no basta, para que exista la es­tima, abstenerse de hablar mal del prójimo. Ni siquiera basta abstenerse de pensar mal de él. Hace falta, también, pensar bien, pensarlo realmente mediante un juicio firme y convencido.

Creemos, pues, que en ese don de un pensamiento favorable o benévolo va implicado todo un trabajo interior; se trata de descubrir en el otro todo lo que motiva la estima, porque para ser sinceros, ésta debe responder a una verdad, No se trata de «pensar bien» artificialmente de los demás cerrando los ojos o cegándonos voluntariamente. No se puede, en aras de una buena intención ni mentir a los demás ni mentirse a uno mismo. La estima requiere que se reconozca en el otro un valor real, que se sepa dis­cernir en los demás la verdad de su persona de su comportamiento, verdad que impone no sólo el respeto sino una apreciación favorable, elogiosa.

Ante esta exigencia, quizá se sentiría uno tentado a decir: «¡imposible!», o por lo menos a exponer la impotencia de modificar unos juicios que han recogido evidencias y no pueden negarse. Antes de enfocar concretamente esta dificultad, tenemos que fijar la mirada en la actitud de Cristo que nos indica el camino y abre la posibilidad de estimar al prójimo. El precepto de la Caridad enunciado por Jesús: «Amaos los unos a los otros como yo os he amado» (Jn. 13, 14; 15, 12), nos invita, en efecto, a buscar ante todo la referencia al ejemplo primordial de Cristo. Este ejemplo es lo que cons­tituye la regla, el principio del amor mutuo, precisa que escrutemos los textos evangélicos para desprender, aunque sea rápidamente, lo que fue la estima que el Salvador manifestó a los hombres.

Estima de Cristo por los hombres

Para explicar y hacer comprender su negativa de condenar a los pe­cadores, Jesús hace referencia a la misión que ha recibido del Padre: «Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para que juzgue al inundo, sino para que el mundo sea salvo por él» (Jn. 3, 17). Esta naturaleza de la misión del Hijo es la resultante del amor del Padre al mundo: «Tanto amó Dios al mundo, que le dio su unigénito Hijo, para que todo el que crea en El no perezca, sino que tenga la vida eterna» (Ja. 3, 16). A pesar de afirmar la culpabilidad del mundo, hay ahí una indicación de la estima de Dios hacia la humanidad: el Padre ha juzgado a los hombres dignos de ser salvados al precio de enviar a su Hijo único. Aun cuando los mira como a pecadores, los ha juzgado ca­paces de llegar por la gracia a la Fe en Cristo y a la salvación.

Se comprende mejor así la importancia soberana de la estima del pró­jimo, ya que tiene su origen en la estima divina del Padre implicada en el amor que está en la base de toda la obra de la Salvación. Por lo tanto, frente a todas las condenas que los hombres se apresuran a dictar contra sus hermanos por su pensamiento sin indulgencia, se alza la negativa por parte del Padre a condenar, unida al gesto de amor y de estima que supone enviar al Hijo para salvar a la humanidad. Aquí tenernos ya una respuesta decisiva a todas las objeciones que puedan sugerir las exigencias de la verdad, la cual a nuestro juicio, reclamaría una actitud de firme reprobación, un cri­terio personal de condena a todos los que vemos cometer el mal. El Padre, que ve toda la verdad de la conducta humana, nos advierte que la negativa de la condenación y la estima están más de acuerdo con la verdad que el juicio severo.

La intención fundamental del Padre es una explicación a la nota carac­terística más sobresaliente de la actitud pública de Jesús: la benevolencia manifestada a los pecadores. Mientras que a los ojos de los fariseos los pe­cadores constituían una categoría aparte con la que había que evitar todo contacto por temor a ser contaminados, Jesús no teme el trato con ellos, hasta el punto de hacerse tachar por los adversarios de «amigo de publi­canos y pecadores» (Mt. 11, 19; Lc. 7, 34). Su reacción contra el desprecio y la reprobación de que eran objeto los publicanos se afirma de modo par­ticular en sus relaciones con Zaqueo. Jesús no vacila en interpelar públicamente al jefe de los publicanos y en anunciarle su intención de ir a su casa. ‘tenemos en este detalle un testimonio no sólo de simpatía sino de estima: es un honor que Jesús dispensa al que oficialmente se consideraba como un pecador. La iniciativa de Jesús provoca murmuraciones entre la multitud lo que contribuye a mostrar la oposición de Jesús a todo juicio popular de condena. Además, la estima demostrada a Zaqueo recibe la confirmación de su por qué con la profunda conversión del publicano y con las generosas resoluciones que comunica a Jesús (Lc. 19, 1-10).

Una reacción análoga de estima es la que adopta ante la prostituta arre­pentida. Hablando consigo mismo, Simón el fariseo había condenado a la mujer y su acción: «Si éste fuera profeta, conocería quién y cuál es la mujer que le toca, porque es una pecadora» (Lc. 7, 39). Jesús responde al pensamiento de Simón haciendo el elogio de la mujer, cuyo comportamiento compara ventajosamente con el del fariseo y le demuestra que no debe mirar ya en ella un pasado culpable sino una pureza reencontrada por el perdón. Justifica así la estima que merece la que equivocadamente estaba catalogada sin vuelta de hoja entre las pecadoras.

No menos significativa es la protección que concede a la mujer adúltera. Indica cómo reacciona Jesús ante la presentación de un caso de flagrante delito. Es un caso en que la condenación parece imponerse con evidencia. Ahora bien, Jesús rechaza las pretensiones de todos los que la reclamaban; y pone, por otra parte, una condición que excluye todo derecho a condenar: «El que de vosotros esté sin pecado, arrójele la piedra el primero» (Jn. 8, 7). Tal declaración prohíbe definitivamente toda actitud de condena. El mismo, el único que por estar sin pecado tendría derecho a condenar, se abstiene de hacerlo. No quiere identificar a la mujer con el acto que ha cometido y la juzga capaz de portarse mejor en adelante. En las palabras: «Vete y no peques más» (Jn. 8, 11), se oculta la estima que mantiene hacia la que todos hubieran querido apedrear.

Entre los ejemplos evangélicos, detengámonos también en la estima de­mostrada a la Samaritana. Cuando Jesús se dirige a una mujer cuya falsa situación matrimonial conoce y la escoge como primera mensajera de la Fe en territorio samaritano, da pruebas evidentes de la estima que tiene hacia ella. Estima que se manifiesta de manera particular durante la conver­sación, cuando la mujer le responde: «No tengo marido» (Jn. 4, 17). La res­puesta es una escapatoria poco sincera que hubiera podido provocar se­rios reproches por parte de Jesús, al igual que la conducta moral que quería disimular. Queda uno sorprendido al comprobar la manera en que Jesús se limita a subrayar lo que hay de verdad en la respuesta, pero mostrando que no se llama a engaño y que conoce de sobra la verdadera situación. «Bien dices: no tengo marido; porque cinco tuviste y el que ahora tienes no es tu marido: en eso has dicho verdad» (Jn. 4, 17-18). En virtud de su pensa­miento benévolo, favorable, Jesús mira y pone de relieve el lado bueno de su interlocutora; lo que hay de verdad en una respuesta por lo menos am­bigua. Su estima no se deja, pues, desconcertar por apariencias poco favo­rables; va hasta el final, cuando hace comprender a la mujer que en adelante habrá que adorar al Padre en espíritu y en verdad: la juzga capaz de esa adoración que llevará consigo una modificación de su conducta.

Otros rasgos contados por el Evangelio podrían confirmar la actitud fundamental de Jesús; la estima profunda que manifiesta aun en casos mula espinosos o delicados y su reacción contra los juicios de ciertas personas. Y puesto que los que le ven a Él ven al Padre, está mostrando en su comportamiento humano la estima y el rechazo de toda condena que inspiran al actuar del Padre para con la humanidad pecadora.

Verdad y derecho a juzgar

A la luz de esta actitud de Cristo, la estima mutua que la caridad fra­terna implica, se nos aparece más como una actitud esencial y necesaria para el cristiano. El amor a la verdad no podría justificar una falta de estima, puesto que El que se ha llamado a Sí mismo la Verdad ha dado ejemplo de estima en circunstancias en que hubiera podido pensarse que la verdad tenía que dictar una condena. Del mismo modo, no se puede pretender que se tiene una clarividencia tal que es capaz de descubrir las evidencias del mal y puede juzgar inevitablemente a los individuos culpables: Cristo poseía una clarividencia superior a la de cualquier hombre y, para El, ver claro en los hombres era estimarlos.

Examinemos más de cerca todavía el problema. El que observa con sus propios ojos o llega a saber por un testimonio seguro un comportamiento que viola la ley moral o que está inspirado por el egoísmo, el orgullo, el odio, ¿puede abstenerse de juzgar lo que ve o lo que oye referir? ¿No está obligado a condenar lo que es condenable, y puede seguir estimando al qué con toda evidencia ha obrado mal?

Conviene concretar en qué consiste la evidencia que llega hasta nosotros por nuestros contactos sociales. Aun lo que se comprueba personalmente de una manera indudable no puede ser nunca otra cosa que una evidencia exterior, palabras, gestos, una conducta que implica, sí, sentimientos íntimos pero que no los descubre necesariamente. Hay un riesgo en sacar como conclusión de hechos externos disposiciones interiores, porque se puede uno equivocar sobre las verdaderas intenciones de alguien, y gestos o ademanes en apariencias iguales pueden cubrir intenciones o sentimientos completa­mente distintos. Hay, pues, que reconocer que la evidencia invocada no existe más que en la fachada para el que quiere limitarse a la capa super­ficial del comportamiento. Ahora bien, en la medida en que el fondo de las disposiciones se nos escapa, todo juicio carece de base y no es sino el resultado de una interpretación subjetiva.

Además, debe añadirse una observación más decisiva a la indicación de esta primera incertidumbre. Aun en el caso en que no se pudiera dudar de las disposiciones interiores, que el mismo autor confesara o proclamara, quedaría el problema de la medida de la responsabilidad que, a pesar de las apariencias puede ser reducida. Sin duda, es legítimo afirmar que lo que desde el punto de vista moral es malo, sigue siendo malo; pero la afir­mación no se refiere más que al hecho tomado objetivamente en sí, y no puede extenderse a la posición íntima de la conciencia del individuo en cuestión. La conciencia ajena permanece un misterio para cada uno de nosotros; aun nuestra propia conciencia contiene oscuridades que a veces es difícil esclarecer… Sólo Dios ve el fondo de las conciencias.

Para juzgar a alguien de una manera válida sería necesario conocer perfectamente su estado de conciencia. La pretensión de juzgar sería, pues, la de poseer una mirada divina que sondea lo más recóndito de la persona

La usurpación de una prerrogativa divina muestra a las claras  la aberración de ludo juicio flecho por un hombre acerca de otro. Sería erróneo suponer que de ordinario el interior de la conciencia corresponde a la conducta exterior. Muchos actos aparentemente malos se llevan a cabo de buena fe, a veces incluso con excelentes intenciones.

Una palabra de Jesús nos advierte que muchos hombres son notable­mente menos culpables que lo que parecen. Es la primera palabra que pro­nunció en la Cruz: «Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen» (Lc. 23, 34). Es impresionante por el hecho de que se aplica a los que aparente­mente sabían lo que estaban haciendo: Caifás, que había recurrido a ma­niobras para provocar la condena a muerte de Jesús y Pilato que, después de haber declarado expresamente que el reo era inocente, le había sin em­bargo mandado al suplicio. En lugar de adoptar una .actitud análoga a la de algunos salmistas que en su oración ponían de relieve la culpabilidad de sus enemigos, la gravedad de sus crímenes y reclamaban un castigo ejemplar de la justicia vengadora de Dios, Jesús implora el perdón llamando la aten­ción de su Padre sobre las circunstancias atenuantes. Al afirmar que sus enemigos no sabían lo que hacían, muestra que con toda verdad la respon­sabilidad era más reducida que lo que hubieran podido sugerir las eviden­cias inmediatas. Es una invitación a que pensemos que así sucede en otros muchos de los casos en que las apariencias no son tan desfavorables como las del drama de la Pasión.

Fundamento de la estima

Tenemos que llevar más adelante nuestra reflexión, porque podría ob­jetarse que el misterio impenetrable de la conciencia demuestra sólo la im­posibilidad de juzgar con rectitud al otro, pero no así el fundamento de la estima que debe tenérsele. La negativa a condenar suprime un obstáculo para esta estima, pero no se identifica con ella, ya que la estima es una actitud más positiva.

Cristo no se limitó a protestar contra toda condenación, sino que es­timó a los hombres con quienes se encontraba. Para llegar a esta estima, necesitamos descubrir en los demás lo que tienen realmente como estimable, sus cualidades, sus talentos, sus buenas disposiciones. Este descubrimiento se realiza en virtud del amor que se les tiene: el amor sincero lleva consigo una simpatía que se interesa por los demás y se complace en mirar en ellos todo lo bueno que tienen. En este sentido, es la caridad la que hace des­cubrir la verdad; abre los ojos sobre lo que los demás tienen digno de amor.

Podemos, por lo demás, hacer un llamamiento a nuestra propia experien­cia: cuanto más amamos a los demás, tanta más facilidad tenemos en apreciarlos. Una madre ve en su hijo lo bueno que tiene mucho más que cualquiera otra persona: aun cuando este hijo llegue a ser un criminal, ella persiste en mirar lo positivo que hay en él, y tiene razón. El papel del juez que tiene que defender a la sociedad contra las acciones de los que la amenazan o la perjudican es de un orden muy diferente; las decisiones de la justicia humana son legítimas en tanto en cuanto tienen como objetivo esa protección a la sociedad, pero no pueden pretender juzgar el fondo de la persona. La madre que sigue mirando en su hijo delincuente a un hombre que tiene cualidades y buenas disposiciones no se engaña en su estima. Tam­bién aquí podemos citar el ejemplo de Jesús que, al prometer el cielo aquel mismo día a uno de los ladrones crucificados con él, reveló la santidad que en el último instante había llegado a apoderarse de una vida hasta entonces dedicada a robos y muertes.

La mirada de bondad propia del amor, lleva a la buena interpretación de los hechos que se comprueban. Al interpretar en un sentido favorable la respuesta de la Samaritana, Jesús mostró que es necesario buscar, aun en los comportamientos que parecen reprensibles, una interpretación favorable. Al contrario de lo que hacen el odio y la envidia que tienden a atribuir al otro males intenciones de forma que su culpabilidad quede agravada, el amor busca el lado bueno de la conducta que permite presuponer una intención laudable. Se complace en destacar lo positivo más que lo negativo, las cua­lidades más que los defectos. Ante palabras o gestos ambiguos, se inclina por la interpretación más favorable a la conducta del otro.

Si se quiere esclarecer el motivo más profundo de esta estima, fuerza es recordar que, en la humanidad, la gracia del Salvador supera al pecado El principio de que todos los hombres han sido salvados por la Cruz de Cristo no es una simple verdad abstracta; se traduce concretamente por la victoria de la gracia en los comportamientos humanos. Es verdad que permanece intacta la libertad de cada uno de los hombres con su poder de rechazar la gracia; pero de manera prevalente es la gracia la que anima las inten­ciones y la conducta de los hombres. Esta acción de la gracia justifica de la forma más decisiva la mirada benévola y la estima que merecen las per­sonas humanas. Aun cuando cometan el pecado, se hallan bajo la influen­cia de una gracia que permite todas las esperanzas.

Es posible que cierta concepción del mundo dominado por el pecado, haya sido causa de una actitud de juicio severo acerca de la conducta de los demás. Pero ese concepto pesimista del mundo no responde a la doc­trina revelada. Dios creó el mundo en un estado de bondad, lo que tiene como consecuencia que las cualidades de los hombres son superiores a sus defectos; además, este mundo que ha sufrido los daños considerables del pecado ha sido restaurado a un nivel más alto por el Redentor. Es lo que expresaba San Pablo, consciente sin duda de los estragos universales del pecado, pero más atento todavía a la obra superior de la gracia: «Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia» (Rom. 5, 20). No es el pecado lo que orienta el desarrollo del destino del mundo, sino la vida sobreabundante de Cristo.

El optimismo fundamental del cristianismo es base para la estima de los demás. No se trata de una estima ingenuamente optimista, ciega acerca del mal, sino de una estima que no se hace ilusiones. Esta estima no deja de reconocer la fuerza del pecado, pero está convencida de la potencia de la gracia. Para estimar a otro no es que haya que hacerse ilusiones acerca de él, como por ejemplo, negando los defectos visibles de su conducta. La estima se apoya en el bien que por la influencia salvadora de Cristo domina las imperfecciones y la fuerza del mal. La estima forma parte de la actitud esencial de caridad que mira en el otro el bien que hay en él, y se justifica por la obra de la Salvación, por la que todos los hombres se benefician de la gracia del Salvador.

Estima en comunidad

La vida de comunidad implica para los religiosos exigencias de caridad más radicales que las que se imponen a toda vida cristiana. Por eso implica un esfuerzo más generoso en el sentido de la estima mutua. Una de sus dificultades resulta de la convivencia diaria, de que viven juntos a lo largo del día. Al rozarse inevitablemente unos con otros, los miembros de la comunidad sufren de los defectos de sus hermanos y hermanas, y al com­probar tales defectos, podrían sentirse inclinados a concentrar su atención en ellos, tanto más que la molestia o impaciencia causadas podría llegar a la obsesión. De ahí vendrían los juicios poco favorables sobre los demás.

Contra el peligro de reducir al otro a lo más desfavorable que hay en él, tenemos que mantener un esfuerzo constante de estima. ¡Es tan injusto, tan poco conforme a la verdad el no ver en el otro más que sus defectos, cuando, habiendo sido llamado por el Señor, tiene la vida noble y grande de su vocación y el mérito de haber entregado su existencia a Cristo! Los que son hermanos en Comunidad corren el riesgo, viviendo tan cercanos unos a otros, de desconocer la generosidad y la grandeza de sus compañeros y de no otorgarles más que una muy menguada estima.

La fe en la gracia de la vocación y en la belleza de la consagración ayuda a los religiosos a descubrir la verdad de la vida de los demás y a reaccionar contra toda tentación de depreciación mediante una estima más clarividente, más sólida. Lo mismo ocurre si se echa mano de la esperanza, que ante las faltas, incluso reiteradas, renueva su convicción de que la gracia nos hace a todos capaces de corregimos gradualmente, de mejorar. La estima resulta de una actitud que reúne, por decirlo así, las virtudes teologales: la Caridad, la Fe, la Esperanza. Cuando se ha conseguido esta estima tiene que tradu­cirse o encontrar su expresión en las palabras y en las obras. Como lo hemos subrayado, es esencialmente una actitud interior de pensamiento. Pero debe manifestarse en las relaciones comunitarias.

Las palabras afables no son un lujo en la vida comunitaria. La experien­cia muestra qué daño pueden causar las conversaciones poco caritativas, las críticas que sirven de desahogo a las susceptibilidades heridas, a las acti­tudes que perduran. En efecto, esas palabras causan como resultado la divi­sión, en lugar de contribuir al buen entendimiento. A veces son penosas para los que se encuentran metidos en la conversación, les molestan esas palabras poco caritativas; pero llega a ocurrir que si se niegan a compartir las opiniones emitidas, se convierten ellos mismos en objeto de reprobación.

Ahora bien, si hubiera una actitud profunda y radical de estima, las pa­labras malévolas desaparecerían, puesto que si aparecen es precisamente por esa falta de estima interior. Es la disposición de pensamiento positivamente benévola la que debe desarrollarse y afianzarse. Las palabras bondadosas traducirán entonces espontáneamente el pensamiento profundo. Constitui­rán un testimonio elocuente de caridad.

No hay necesidad de añadir que no se trata de una promoción de pa­labras aduladoras respecto a los demás: Esas palabras no corresponderían a una verdadera estima. Las posibilidades de crear y desarrollar una estima sincera son muy amplias, tanto como las posibilidades de descubrir lo bueno que hay en los demás. Por la estima mutua, la vida fraterna alcanzará la profundidad que le es necesaria. Allí donde, sinceramente, los miembros de una comunidad piensan bien unos de otros, se unen en el compartir la mirada bondadosa de Cristo dirigida a cada uno de ellos, y su estima recíproca contribuye a su alegría de vivir juntos.

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