La espiritualidad vicentina en el siglo XXI

Francisco Javier Fernández ChentoEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

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Autor: Jaime Corera, C.M. .
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Espiritualidad de los laicos

famvin1Todo ser humano tiene grabada en el fondo del alma una vocación fundamental: hacer que su vida sobre la tierra sea un camino para llegar a Dios. San Agustín expresó esta realidad de un modo insuperable en un texto bien conocido de sus Confesiones: «Nos has hecho para Ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti». Todas las religiones ofrecen una gran variedad de formas, más o menos erróneas, más o menos acertadas, para caminar hacia Dios. Sólo el Evangelio ofrece el único camino seguro e infalible: el seguimiento de Jesucristo, camino, verdad y vida (Jn 14,6) para todo hombre o mujer que viene a este mundo (Jn 1,9). El camino hacia Dios siguiendo a Jesucristo es lo que se conoce como espiritualidad o vida espiritual cristiana.

Ahora bien, este único camino se recorre de muchas maneras diferentes, lo que quiere decir que hay muchas formas de espiritualidad cristiana. Ya advertía san Francisco de Sales, amigo y contemporáneo de san Vicente de Paúl, que «diferentemente han de ejercer la devoción (la vida espiritual) el hidalgo y el labrador, el vasallo y el soberano, la viuda y la doncella, la soltera y la casada. Es necesario acomodar la práctica de la devoción a las fuerzas y a las obligaciones de cada uno» (Introducción a la vida devota, BAC, Madrid, 1991, pp. 25-26; traducción de Francisco de Quevedo). Los laicos, que son y han sido siempre la inmensa mayoría de los seguidores de Jesucristo, tienen también su propio estilo de vida espiritual, su vocación, que el Derecho Canónico describe así en el canon 225:

«En virtud del bautismo y de la confirmación, los laicos tienen la vocación peculiar, cada uno según su propia condición, de impregnar y perfeccionar el orden temporal con el espíritu evangélico, y de dar así testimonio de Cristo, especialmente en la realización de esas mismas cosas temporales y en el ejercicio de las tareas seculares.»

Lo cual quiere decir que el camino espiritual propio de los laicos se vive y se encarna en su actividad en el mundo de la familia, del trabajo, de las relaciones sociales, de la política, del deporte, del ocio… Se trata de una vocación plenamente secular, pues se desarrolla en el mundo (en latín: saeculum). De esta manera lo expresó hace ya muchos años una gran seglar bien conocida, Lilí Álvarez: «Éste es el cometido de la espiritualidad seglar, poner en actividad espiritual el sentido divino escondido en todas las dimensiones terrenales, pues los seglares hacen descender a Cristo a la tierra, y por ello alzamos la tierra a Dios. El laico es el que encarna a Cristo en los días fugitivos de la vida histórica. Es el sacerdote y el oferente de la vida natural. La ‘salva’ en Dios. La ofrece y la salva. En esta actuación redentora del mundo halla el seglar su propia redención» (En tierra extraña, Taurus, Madrid, 3ª ed., 1957, pp. 96,88,93), o sea, su propio camino espiritual para llegar a Dios.

Porque se trata de una vocación, de una forma de vida espiritual definida y querida por Dios mismo, el cristiano laico debe hacer esfuerzos por ser fiel al plan de Dios, por mantener su identidad propia. Y esto deberá hacerlo en dos dimensiones: mantener la identidad laica dentro de la Iglesia, y mantener la identidad cristiana dentro del mundo. En una Iglesia en que los ministros ordenados y los religiosos ocupan un lugar y una preeminencia que a casi todo el mundo parecen excesivos también en la Iglesia de hoy, el laico se podría ver tentado a adoptar ideas y formas de vida propias de esos dos estados, el clerical y el religioso, o a dejarse dominar por ellos. Pero no lo debería hacer, pues ninguno de esos dos estados tiene como visión y misión propia el «impregnar el orden temporal con el espíritu evangélico» en la vida diaria de trabajo, de familia, de relaciones sociales. Pero ése es precisamente el núcleo de toda espiritualidad laica secular.

En segundo lugar, mantener la identidad cristiana en relación al mundo. No es lo mismo vivir y trabajar en el mundo que tener un espíritu mundano. La identidad del laico cristiano no es mundana, sino cristiana. Lo que quiere decir que deberá estar siempre vigilante para no dejarse contagiar por los criterios del mundo, por sus modos y por sus modas. También para el laico cristiano valen aquellas palabras del Señor: «No sois del mundo, porque yo al elegiros os he sacado del mundo» (Jn 15,19). Así expresaba esta misma idea Santiago Masarnau: «El socio de la Sociedad de San Vicente de Paúl no vive en el claustro; está en el mundo y al mismo tiempo no debe vivir como los mundanos. Difícil es esto, muy difícil, pero a esto se ve obligado» (Discurso a las Conferencias, enero de 1878).

Los laicos en la Iglesia del siglo XXI

Como todos los siglos, el siglo XXI va a durar cien años. Estamos justamente en los comienzos, y ninguno de los aquí presentes verá su final. No vamos a intentar aquí una espece de pronóstico sobre cuál va a ser el papel de los laicos a lo largo de este siglo. La mejor manera de equivocarse sobre el futuro es aventurar pronósticos sobre él. En realidad no se puede asegurar ni siquiera que el siglo XXI cumplirá sus cien años. Hace tiempo que la humanidad tiene en sus manos la capacidad terrible de destruir la vida sobre el planeta Tierra.

De manera que no vamos a pronosticar sobre el futuro papel de los laicos en la Iglesia y en el mundo a lo largo del siglo XXI. Sólo podemos señalar algunas ideas más o menos recientes que parece están actuando ya con eficacia y que razonablemente se puede esperar van a ir aumentado cada vez más el papel de los laicos en la Iglesia para la redención del mundo, para llevar al mundo hacia Dios.

La primera idea es una sólida visión teológica que insiste en la radical igualdad de todos los bautizados: La realidad fundamental de la Iglesia no es, por ejemplo, la jerarquía o la vida religiosa consagrada, sino la condición de bautizado. Esta idea la expresa así el canon 208:

«Por su regeneración en Cristo (por su bautismo) se da entre todos los fieles una verdadera igualdad en cuanto a la dignidad y acción, en virtud de la cual todos, según su propia condición y oficio, cooperan a la edificación del cuerpo de Cristo.»

Aunque el conjunto de la Iglesia está aún muy lejos de reconocer en sus modos mentales y en sus estructuras esta igualdad radical, es de esperar que las cosas mejorarán a lo largo de este siglo. Para ello será ciertamente necesario que clérigos y religiosos rebajen más que un poco sus pretensiones en la Iglesia de hoy, pero también que los laicos asuman con decisión las responsabilidades que les corresponden, sin descargar cómodamente sobre los otros sus responsabilidades propias. O sea, que los laicos reconozcan de verdad su derecho y su deber de cooperar con todas sus fuerzas «a la edificación del cuerpo de Cristo», es decir, a la vida y los trabajos propios de la Iglesia.

La espiritualidad del laico vicenciano

Todo esto que venimos diciendo se aplica de lleno a la espiritualidad de la Sociedad de San Vicente de Paúl, pues todos sus miembros son laicos, y también lo es la Sociedad en su conjunto. A la Sociedad y a todos sus miembros se aplica también hoy de lleno la idea del mejor conocido de sus fundadores, el beato Federico Ozanam: «Queremos que esta Sociedad sea plenamente laica sin dejar de ser católica». Si quiere seguir siendo fiel a la idea original de los fundadores, la Sociedad de San Vicente de Paúl en el siglo XXI, sea cual sea la evolución de la Iglesia, deberá seguir manteniendo su estricta naturaleza secular laical. Gracias a Dios, parece que el futuro de la Iglesia camina también en esa dirección, de pleno reconocimiento de la espiritualidad laica en la vida y también en las estructuras de la Iglesia. De manera que en los años futuros la Sociedad de San Vicente de Paúl no ganaría nada si se difuminara su neto carácter laico. En la práctica esto quiere decir que la Sociedad de San Vicente de Paúl, a la vez que mantiene muy buenas relaciones con la jerarquía de la Iglesia y con el resto del pueblo de Dios, mantiene a la vez una neta autonomía en cuanto se refiere a su estructura interna, a sus planes de trabajo y a sus finanzas.

La Sociedad de San Vicente de Paúl es, pues, una asociación católica laica, y además vicenciana. Esto le viene también de la idea original de sus fundadores, que creyeron encontrar en la figura y la vida de san Vicente de Paúl, y no en otro santo o fundador, una experiencia de vida espiritual cristiana muy adecuada para animar su espiritualidad propia. No vamos a dar aquí un tratado de espiritualidad vicenciana, que por

otra parte ha sido muy bien estudiada y expuesta en multitud de libros y artículos en los últimos treinta años. Nos limitaremos a dos ideas fundamentales.

El mundo propio en el que se vive y se desarrolla la vida espiritual vicentina no es el mundo en general, sino el mundo de los pobres. Por este lado no hay peligro de que la Sociedad de San Vicente de Paúl se quede sin trabajo, por así decirlo, en el siglo XXI. Uno de los pronósticos que se puede hacer sin miedo a equivocarse es que, por desgracia, no desaparecerán los pobres de esta tierra a lo largo de este siglo, a no ser que se mueran todos de hambre o por enfermedad prematura. Conociendo lo que es la maldad humana y las injusticias de sus estructuras sociales, se comprende aquel dicho sorprendente del Señor: «Pobres siempre tendréis entre vosotros» (Jn 12,8).

La segunda idea se refiere al corazón mismo de lo que llamamos espiritualidad vicenciana. «Servir a los pobres es ir a Dios», solía decir san Vicente de Paúl. La misma idea la expresó Ozanam de esta manera: «Vosotros, los pobres, sois la imagen sagrada de ese Dios a quien no vemos, y como no podemos amarle de otra manera, le amaremos en vuestras personas» (Lettres de F. O., I 243). Ambos, el santo y el –por ahora- beato, apuntan a la misma idea. El camino espiritual del cristiano de inspiración vicenciana, su caminar hacia Dios, pasa necesariamente por el trabajo en favor de los pobres, pues, según la atrevida expresión de Ozanam, «no podemos amar a Dios de otra manera».

Esta segunda idea tiene también un futuro asegurado. Si por algún prodigio totalmente inesperable dejara de haber pobres en el mundo, en ese mismo momento a las instituciones fundadas por san Vicente de Paúl o inspiradas por su espíritu les habría llegado el final de su historia. Pero, como decíamos, por desgracia no hay ningún peligro de que eso suceda a lo largo del siglo XXI.

Formación para conocer a los pobres del siglo XXI

Lo primero que puede hacer quien se sienta llamado por Dios a vivir su vida cristiana con espíritu vicenciano es formarse a sí mismo como cristiano, lo cual incluye un conocimiento progresivo del verdadero espíritu de Jesucristo y una práctica de vida cristiana auténtica con todo lo que ésta incluye: oración, sacramentos, vida cristiana familiar, vida cristiana profesional… Sin esa base, el trabajo por los pobres no pasaría de ser una actividad filantrópica de tipo social, que es ciertamente estimable, pero que se queda corta. El vicentino quiere ser un verdadero seguidor de Jesucristo. Ahora bien, Jesucristo no fue un mero trabajador social, sino un redentor de los pobres preocupado por abrirles, también a ellos, el camino hacia el Padre.

También tendrá que formarse en el conocimiento del mundo de los pobres, mundo que es hoy mucho más complejo que en tiempos de san Vicente o que en tiempos de Federico Ozanam, aunque éste vio ya con claridad que la situación de los pobres había sufrido enormes complicaciones con el nacimiento de la revolución industrial. Para tratar de aliviar la situación de los pobres hay que conocer lo mejor que se pueda las causas que han producido esa situación. Para ello hay que estudiar, hay que formarse, hay que informarse. Ozanam lo vio claro: «Solamente cuando se ha estudiado al pobre en su casa, en el hospital, en el taller, en el campo, solamente entonces, armados con los elementos de tan formidable problema, empezaremos a comprenderlo y podremos pensar en intentar resolverlo» (L’Ere nouvelle, 14 de octubre de l848).

Lo que dejó escrito Ozanam hace más de 150 años sigue siendo válido para hoy. Las formas de pobreza siguen siendo hoy aproximadamente las mismas que en tiempos anteriores. Lo que ha cambiado profundamente en relación a siglos anteriores son las causas de la pobreza, la revolución industrial de los siglos XIX y XX, que sumió en la pobreza a grandes capas de la población en todo el mundo, y la creciente globalización de las relaciones económicas y políticas que se va a producir, se está produciendo ya, a lo largo del siglo XXI.

La globalización es un fenómeno muy complejo, con sus luces y sus sombras como todo fenómeno humano, que sin duda va a ir a más en el siglo XXI. Sus luces: por poner un ejemplo que nos toca muy de cerca, la misma Sociedad de San Vicente de Paúl es, cada día más, una institución globalizada que no se limita a problemas de pobreza locales o nacionales. Sus sombras: pondremos sólo dos ejemplos. Uno, político: decisiones que se toman en el Pentágono afectan a la vida y a la muerte de miles de niños en el Irak. Otro, económico: decisiones de la comunidad europea sobre los ingredientes del chocolate afectan profundamente a los precios del cacao del que viven millones de campesinos en medio mundo.

El miembro de la Sociedad de San Vicente de Paúl hará muy bien en ser un hombre o mujer bien informado, en cuanto esté en su mano, acerca de las causas de la pobreza no ya sólo de los pobres que ve cara a cara, sino de los pobres de su localidad, de su  nación, y aun de todo el mundo.

Qué se puede hacer por los pobres en el siglo XXI

Hay una forma de trabajo a favor de los pobres que, desde Jesucristo, siempre se ha practicado, y que seguirá siendo necesaria en el futuro. Esta forma recibe muchos nombres. Aquí la denominaremos asistencia caritativa. Con ella se intenta paliar o aliviar al pobre en sus necesidades básicas de alimento, vestido, vivienda, salud… Hay gente muy inteligente, también dentro de la Iglesia, que desprecia esta forma de asistencia como poco eficaz, y como ya superada y pasada de moda. El vicentino no debe hacer ningún caso a quien dice tal cosa. Jesucristo la practicó, Vicente de Paúl la practicó, y también la Sociedad de San Vicente de Paúl desde su fundación. Este tipo de trabajo por los pobres va a seguir siendo necesario a lo largo del siglo XXI, y probablemente cada vez con mayor urgencia. Recordando el bien conocido dicho chino, se trata en este caso de dar un pez a quien tiene  hambre.

El segundo modo es el trabajo de promoción, enseñar a pescar, para que el hambriento sepa encontrar por sí mismo los recursos con los que pueda alimentarse y vivir. También este segundo modo se ha practicado con abundancia lo mismo en la larga historia de la Iglesia que en la corta de la Sociedad de San Vicente de Paúl a través, por ejemplo, de escuelas, de centros de formación profesional… También para este segundo modo se puede pronosticar sin peligro de equivocarse una gran necesidad a lo largo de todo el siglo que acaba de nacer.

El tercer modo suena a novedoso, pero no lo es, aunque aún hay en la Iglesia gentes que no lo aceptan fácilmente. Nos referimos al trabajo por la justicia, por tratar de cambiar aquellas estructuras políticas o económicas injustas que en la sociedad moderna funcionan como máquinas gigantescas para producir pobreza masiva. Por poner algún ejemplo, la inferioridad de la mujer ante la ley, o los salarios bajos. En este tercer modo lo que se pide del vicentino es que apoye decididamente a los pobres en sus reivindicaciones cuando estas sean justas. Y no se diga que un tal programa supera las exigencias de la espiritualidad cristiana, pues la doctrina social de la Iglesia ha dejado bien claro a lo largo ya de más de cien años que todo bautizado, hombre o mujer, debe no ya sólo vivir una vida justa, sino que debe preocuparse por que también se haga justicia a los demás.

Tampoco supera las exigencias de la espiritualidad vicentina, todo lo contrario. El vicentino que lo piense así no estará a la altura espiritual de su propio fundador, quien escribía hace más de ciento cincuenta años: «La cuestión que agita hoy al mundo no es una cuestión de personas ni de formas políticas, sino que es una cuestión social. Es la lucha de los que no tienen nada y de los que tienen demasiado; es el choque violento de la pobreza y de la opulencia que hace temblar el suelo bajo nuestros pies. El deber de nosotros, los cristianos, es de interponernos entre esos enemigos irreconciliables…, y hacer que la igualdad reine en cuanto sea posible entre los hombres» (I 239).

El condensado análisis que ofrece Ozanam de la sociedad de su tiempo  sigue siendo válido para el nuestro, y aún más, si cabe. En cuanto al programa («hacer que la igualdad reine en cuanto sea posible entre los hombres»), hoy es aún más pavoroso que en tiempos de Ozanam, pues las desigualdades son hoy, y lo van a ser, mayores que en su tiempo.

Pero este hecho no debe asustar ni desanimar al vicentino. La Sociedad de San Vicente de Paúl no va a ver una igualdad racional y humana establecida sobre la tierra en todo el siglo XXI. Se puede pronosticar esto, por desgracia, con bastante seguridad. Lo que se espera de la Sociedad de San Vicente de Paúl es que trabaje por la justicia con todas las fuerzas que posea, y también en colaboración con las otras muchas instituciones, de dentro y de fuera de la Iglesia, que existen hoy para tratar de remediar la suerte desgraciada de los pobres del mundo

Como resumen y colofón, unas preguntas para una especie de examen de conciencia.

  1. ¿Hay en la conferencia a la que pertenezco algún programa de formación cristiana vicentina?
  2. ¿Tenemos conciencia en nuestra conferencia de pertenecer a una gran familia espiritual extendida por todo el mundo?
  3. ¿Qué proyectos de asistencia caritativa mantiene mi conferencia de manera habitual?
  4. ¿Tiene mi conferencia algún proyecto de promoción en marcha? Si no lo tiene: ¿podríamos asumir alguno, aunque sea modesto?
  5. ¿Estoy convencido de que el trabajo por la justicia a favor de los pobres es una de las dimensiones de la espiritualidad vicentina?
  6. ¿Tiene mi conferencia alguna experiencia, o algún proyecto aunque sea pequeño, de trabajo por la justicia a favor de los pobres?
  7. ¿Colabora mi conferencia con otros grupos de inspiración vicenciana? ¿con otras instituciones caritativas de la Iglesia? ¿con otras instituciones no católicas que trabajan a favor de los pobres?

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