La escuela apostólica de Barcelona en sus últimos años (1897-1900)

Mitxel OlabuénagaHistoria de la Congregación de la Misión en EspañaLeave a Comment

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Author: David Bartolomé · Year of first publication: 1947 · Source: Anales Barcelona.
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mso14BE5El P. Valentín Matamala, Director
«La Parroquia es el párroco; la Escuela es el Maestro». Así dicen los entendidos, para ponderar la influencia del que está al frente de una colectividad. Realmente, así sucedió en la Escuela Apostólica de Barcelona.
El P. Matamala lo era todo. El P. Matamala, el que nos admitía, el que nos enseñaba y vigilaba en los estudios; el que nos tomaba la lección, el que nos llevaba los jueves y domingos a paseo y nos iniciaba en la sólida piedad y en el conocimiento ele las cosas de la Congregación. Por él llegaron a nosotros las primeras noticias de la Medalla Milagrosa y de su Vidente, personaje entonces para nosotros del todo desconocido: Todavía recuerdo como, un día, estando en el jardín interior de la Casa, mientras el P. Matamala entrecavaba con la azadilla la tierra de unas matas de flores, nos enseñaba con gran veneración la primera lámina que vimos de la plácida muerte de la Bienaventurada Sor Catalina Labouré. De él también aprendimos los primeros datos y rasgos principales de la vida y martirio del protomártir de China. nuestro hermano B. Juan Gabriel Perboyre. El P. Matamala vivía con nosotros; escuchaba con espontáneo interés, nuestras preguntas; participaba de nuestras alegrías infantiles, de nuestros sentimientos y emociones en el despertar de una vida nueva que se abría en nuestra alma, la vida del futuro misionero. Excepto en el salón de estudio y en clase (donde se mostraba muy serio), la sonrisa, la felicidad, el bienestar con nosotros se traslucía visiblemente en su rostro. En el P. Matamala se cifraba toda nuestra esperanza; fuera de él, no encontrábamos ningún síntoma de vida.
Su personalidad se presentaba ante nosotros como la de un perfecto hijo de San Vicente. Se distinguía especialmente por una tierna devoción a la Santísima Virgen, devoción que traslucía en todos sus actos y conversaciones; no tenía que esforzarse, le salía tan natural. El Mes de María y la Inmaculada de la Medalla Milagrosa eran sus delicias. Esta devoción se comunicaba insensiblemente de él a los apostólicos, como se comunican las fuentes los caudales que abundan en su seno. No hacía falta que nos inculcase que tuviésemos devoción a la Virgen ; se lo leíamos en su semblante, en sus ojos, en sus rezos, en sus conversaciones, en el modo de saludar las horas tan devoto y recogido, con el «Bendita sea la hora en que la Santísima Virgen vino en carne mortal al Pilar de Zaragoza, y el Ave María; en el modo esmerado de arreglar el altar de la Milagrosa, cuando se celebraba el Mes de María, en su vocabulario, siempre nítido y recatado, en su modestia, que era impecable. Cuando por su poca vista, o por falta de potencia en la llama del alumbrado del gas, no podía hacer otra cosa, lo encontrábamos invariablemente rezando el Rosario con una devoción especial. De sus propios ahorros costeó la primera imagen de la Milagrosa que se veneraba en nuestra iglesia de Provenza; obra de talla de gran tamaño, ricamente decorada, esculpida por el primer Castellanas. Su altar estaba en la capilla lateral más próxima del Presbiterio, del lado de la Epístola (hoy de la Virgen Dolorosa).
El P. Matamala influía en nosotros más con el ejemplo que con las palabras. Sencillo, aseado, limpio, pobre, modesto. Era el verdadero pedagogo: andando nos enseñaba a andar. No era predicador, ni elocuente de palabra, ni de fácil expre-sión. Las virtudes las aprendíamos viéndolas al vivo en su persona. Nunca salía de Casa sólo; ni aun para visitar a algunos de sus parientes que vivían en la villa de Gracia iba solo; siempre iba acompañado de algún apostólico. Para administrar a los enfermos feligreses los últimos Sacramentos, reclamados, en aquel tiempo, con tanta frecuencia, por ser la nuestra la única iglesia que se encontraba en toda la izquierda del ensanche de Barcelona, si era de día, iba siempre con un apostólico a su lado. En las pocas visitas de compromiso que, alguna vez hacía a alguna familia distinguida, no lo hacía sin ir acompañado de alguno de los niños de la Escuela Apostólica. De ello puedo dar buena fe, porque muchas veces, me tocó acompañarle.
Su influencia educadora calaba más hondo en nuestra alma, porque le veíamos en todo el más humilde y sacrificado de la Casa. Nunca le oímos quejarse de los Superiores. Invierno y verano, con el frío o el calor, a pesar de sus años (parecía ya anciano), nunca se negó a acompañarnos en las largas caminatas que dábamos los jueves, siguiéndonos, a veces, jadeante; ni le oímos lamentarse de que los otros no le prestasen un poco de ayuda en las tareas de la Escuela Apostólica. En el refectorio, notábamos que raro era el día que no hiciese alguna mortificación, dejando todo o buena parte del principio, sobre todo de la cena. Fuera de las horas de la mesa, jamás le vimos comer ni beber. Si sus parientes le obsequiaban con algún dulce o con algún tarro de buena confitura, lo guardaba para celebrar con nosotros algún día de asueto en las afueras de Barcelona.
No se nos escapaba a los niños que su aspecto exterior era más de anciano que de joven. «¿Cuando —nos decíamos entre nosotros— nos darán para director de la Escuela Apostólica uno de esos misioneros jóvenes, que con frecuencia pasan por esta Residencia con rumbo a Filipinas?  «¡Todo para Filipinas, y a nosotros nos dejan el más viejo!» Con todo, le queríamos de verdad; éramos felices. En él veíamos al Padre más sacrificado de la Comunidad por la Escuela Apostólica.
Estudios, piedad, frutos
Los PP. de la Comunidad eran muy respetables, unos por sus años, otros por su talento, por sus ministerios: nos infundían respeto. El P. Matamala nos inspiraba confianza: Otros nos echaban en cara las deficiencias de la Escuela Apostólica, lo poco que adelantábamos en el latín, el ruido que hacíamos etc., etc. El único que arrimaba el hombro era el P. Matamala. Uno de los miembros de la Comunidad, por cierto, bastante joven, vivía en el primer piso en un bien soleado aposento, cuya ventana principal daba al huerto. Forzosamente, para ir al lugar de recreo, después de clase, teníamos que pasar por debajo del alero de su ventana: ¡Ay!, si levantábamos demasiado la voz o gritábamos más de la cuenta, al dirigirnos al recreó nos amenazaba con alguna de las piedras redondas que él guardaba con este fin alineadas en el repechó de dicha ventana. Y dicen que, alguna vez, salió zumbando por el aire alguna de aquellas yendo derecha a buscar al transgresor de la orden de no infringir el silencio al pasar por aquel lugar. Por esto, al cruzar por debajo de la ventana, bajábamos la cabeza y echábamos a correr, para ganar cuanto antes nuestra zona de seguridad.
Reconocíamos que era deficiente el programa de estudios; pero lo atribuíamos a la edad del Director, no a falta de buena voluntad. Las asignaturas se reducían a una clase larga de latín, mañana y tarde; clase de canto que nos daba, cada día, el P. Joaquín Jaume, y una explicación del (Catecismo, los sábados por la tarde. Un buen guía espiritual lo teníamos en la venerable persona del P. Casarramona, que nos acogía con bondad, todos los sábados por la tarde, en el Confesionario. Fatuo el P. Casaramona como el P. Matamala nos alentaban paternalmente en la práctica de la Comunión frecuente, en un tiempo en que, ni de lejos, se barruntaba el Decreto de Pío X.
Aprovechaba el P. Matamala, de paso que nos acompañaba a paseo los jueves, para ejercer uno de los ministerios más preferidos de su corazón sacerdotal: la visita a alguno de los hospitales, con preferencia el antiguo de Santa Cruz, de la calle del Hospital y los Sanatorios de la Cruz Roja, instalados en Barcelona para albergar a los heridos de la Guerra de Cuba, asistidos por nuestras buenas Hermanas las Hijas de la Caridad. Eh estas visitas, como en todas; iba siempre acompañado de sus Apostólicos. A ‘nosotros nos dejaba bien entretenidos en los patios o jardines de dichos establecimientos, mientras él, envuelto en su gran manteo y bien provisto de medallas y rosarios, visitaba a los enfermos. Los rosarios se los hacía él mismo. Era en esto muy primoroso; viéndosele casi siempre ocupado en esta tarea durante el recreo del mediodía, mientras hablaba sonriente, con los demás PP. Tenía en su aposento, una especie de maquinilla construida por él mismo, con la cual hacía rápidamente y con mucha justeza, los «gusanillos» que engarzaba entre gloria y gloria de cada misterio.
En los paseos matinales de verano que emprendíamos antes de salir el sol, las montañas de Monjuich, Tibidabo, Vallvidrera, Pedralbes, Desert de Sarriá, pinares de Belén y Nueva Belén, eran los lugares escogidos más frecuentes de nuestras caminatas. El sabía las buenas fuentes y lugares apacibles. Con ,11 paso mesurado y su cuerpo un tanto encorvado, marcando con la cabeza y espalda suave movimiento de péndulo, llegaba a todas partes. Se cansaba; pero la sonrisa le acompañaba siempre. Disfrutaba al vernos a nosotros contentos, y no cesaba de contestar a las múltiples y curiosas preguntas que le hacíamos.
Cosa singular! En medio de tan sincero afecto, no entendía de mimos ni regalitos. El «Nolite tángere, neque per jocum», de San Vicente, lo tenía incrustado en su conducta como algo sagrado. Jamás, ni por una sola excepción, nos puso nunca la mano en la cabeza, ni en los hombros, ni en la espalda, ni nos tocó las manos. Las suyas, enjutas y huesosas como las de un muerto, aparecían siempre entrecruzadas, trabajando o rezando o envueltas entre los pliegues del manteo, o metidas en las mangas del balandrán.
Si la bondad, la sencillez, la mortificación constante, la abnegación, bastasen para definir a un Santo, yo diría que el P. Matamala fue un santo y un gran santo, todo dado a Dios y al bien de las almas. Su semblante, como si lo estuviese viendo, tenía mucho de parecido con el que nos han transmitido los grabados del Santo Cura de Ars, o de un San Juan Bosco. Aun en las raras ocasiones en que, para conseguir silencio, se veía obligado a blandir las disciplinas y, con un rictus de seriedad en la comisura izquierda de los labios, hacía algunos «asperges» en el aire, parecía más satisfecho, cuando alguno de los golpes caía en las tapas de los pupitres que no en la espalda de algún pequeño revoltoso. Estos eran lances excepcionales. No se olvide que el P. Matamala había estado en Filipinas en aquel tiempo en que el azote se consideraba como medio corriente de educación. Fuera de estos momentos, provocados muy a pesar suyo, su actitud era siempre sonriente, seria y bondadosa.
¿Qué frutos dio este arbolillo de la Escuela Apostólica con tanto amor cultivado por el P. Matamala? Desde el curso 1897 a 1900, hicieron sus estudios de Latín, y pasaron al No-viciado de Madrid (alguno después de una breve estancia en Bellpuig), los siguientes Apostólicos: nuestro difunto Visitador, P. Eugenio Comellas, el P. José Gómez, actual superior de «La Milagrosa» en Nueva York, el P. José Virgili (q. e. p. d.), Augusto Montserrat y el que suscribe.
En estas fechas, el número reducido de Apostólicos, aproximadamente unos 14, iba en aumento. Nada hacía prever el cierre y traslado de esta Escuela Apostólica a Bellpuig.
Ocaso y traslado a Bellpuig
Como si no fuese bastante el cargo de director de una Escuela Apostólica, unido al del oficio de procurador doméstico y prefecto de sacristía de nuestra iglesia, no sé qué ángel bueno o malo inspiraría al P. Matamala, que su celo debía extenderse a un campo más dilatado: a convertir y catequizar a jóvenes extraviados en el mundo. ¡Quién lo había de decir! Aquí empezó, en un detalle al parecer tan bueno, la disolución y el cierre de esta Escuela Apostólica.
En una de aquellas visitas caritativas al Hospital de Santa Cruz, en la sala de enfermedades cuya nomenclatura el Apóstol no quiere que ni siquiera se nombre entre nosotros, conoció el P. Matamala a un joven de unos veinte años, que daba claras muestras de arrepentimiento, y prometió, si curaba, abrazar el estado religioso. Curado y recién salido del Hospital, con todas las señales de una sincera conversión, fué admitido dicho joven en la Escuela Apostólica. Era un joven inteligente, de buen aspecto físico, de familia acomodada, resuelto a cambiar de vida y con muchas ganas de estudiar latín. He aquí, se diría el P. Matamala, un buen sustituto del joven Eugenio Comellas, el cual en aquellos días, acababa de dejar la Escuela Apostólica para ingresar en el Noviciado de Madrid. Este ocupará su lugar y continuará en la clase aquel aire de formalidad propio del joven Comellas. (Conf. pág. 290 del anterior volumen de ANALES).
Entró el nuevo alumno, ya mayor, en clase, y lo mismo que a su predecesor, el P. Matamala le hizo sentar a su derecha, en una silla aparte, con el privilegio de tener delante de los ojos abierta la gramática.
¡Bien poco duró la conversión! Olvidado del enorme beneficio recibido de Dios, se cumplió una vez más el Proverbio del Sabio: «Canis reversus ad suum vómitum, et sus lata in volutabro luti». Exteriormente guardaba las apariencias. La llaga era muy honda; su alma se debatía en lo más abyecto. Por una Providencia especial de Dios, no se tradujo en actos exteriores la purulencia de aquella Haga. Pero el ambiente tan santo de la Escuela Apostólica quedó profanado por el lenguaje y el aliento de aquel joven. La serpiente enroscada en el árbol prohibido del Paraíso no emplearía palabras muy diferentes de las que él sugería.
Para colmo de males, en ese Mismo año 1899-1900, se admitió a otro joven también mayor, ex-seminarista del Seminario Conciliar de Barcelona; gato viejo y marrullero. Este decía que quería ser Hermano Coadjutor. Pero, en vez de honrar a Marta con el trabajo santificado, se pasaba las horas muertas en el terrado de la Escuela Apostólica, tomando el sol, extendido a lo largo del suelo como las lagartijas.
Se ve que entre los ganapanes y zánganos de oficio, de Barcelona, se corrió la voz de que en tal Residencia de Religiosos había un Padre muy anciano y muy bondadoso que socorría a todos los que le manifestaban sus apuros y le expo-nían sus deseos de ser buenos. No era raro ver entrar y salir por la portería a mocetones de 20 a 30 años, que acudían al recibidor para aprender el Catecismo (!) y recibir del P. Matamala, en premio de su aplicación, una peseta y un par de alpargatas nuevas. Estos vividores, mientras «repasaban» el Catecismo, oteaban los interiores de la Casa, y en el momento en que la Comunidad estaba más confiada, hacían sus correrías por las habitaciones, y se llevaban mantas de lana, utensilios de afeitar, etc. Su atrevimiento llegó a forzar el armario de la Escuela Apostólica, donde se guardaba el pequeño fondo común en metálico de los Apostólicos. El disgusto que tuvo el P. Matamala fue de los mayores de su vida. No podía creer que el ladronzuelo fuese uno de aquellos jóvenes por él so-corridos.
Estos casos repetidos iban apurando la paciencia de los Superiores. Pero la última gota que haría desbordar la copa de la indignación, iba a derramarla aquél de quien menos podía sospechar el P. Matamala.
Aquel joven a quien el P. Matamala ayudó a salir sano y salvo del Hospital, que hacía sentar a su derecha en la clase, que se había convertido, al parecer tan sinceramente, se cansó del bien emprendido; se arrancó la careta, y, sin duda, para disimular su vergonzosa debilidad, se las dio de espíritu fuerte, de una especie de superhombre; y, sin ningún respeto al lugar en que vivía, ni a los que habitaban en él, se atrevió a pasearse por la planta del piso bajo, ceñida la cintura con una faja de seda roja y un gorro frigio del mismo color en la cabeza. Acertó a pasar por allí el Superior, y con aquella majestad de león que tenía el P. Juan Jaume, le hizo poner de rodillas, le arrancó el gorro frigio, y, con el cuerpo del delito en la mano, se fue a buscar al P. Matamala.
Yo creo que, aquel día, se decretó el ocaso de la Escuela Apostólica de Barcelona y su traslado a Bellpuig.
El desdichado e inconstante converso fué expulsado inmediatamente; a los que estaban a punto de ingresar en el Noviciado, se les envió, de momento, a Bellpuig. Un servidor, me quedé en calidad de externo, recibiendo del P. Matamala lecciones elementales de Retórica y Latín, y ayudando en los pequeños servicios de la iglesia y de las numerosas tandas de Ejercicios a Ordenandos, que continuaron dándose en esta Casa.
El material escolar y buena parte del mobiliario y enseres del dormitorio de esta Escuela Apostólica pasó a Bellpuig.
En Bellpuig
El venerable P. Miguel Pedrós, que venía de vez en cuando, a Barcelona, en busca de limosnas para la reconstrucción del histórico Convento, al verme solo, comprendió mi estado de ánimo ; y, un día, sin más preámbulos, me dijo: «Vamos a Bellpuig; allí estarás bien». Pocos días después, .21 25 de enero del año 1901, acompañado del mismo P. Miguel Pedrós, dejaba Barcelona y pasaba a continuar mi vida de apostólico en Bellpuig.
¡Qué contraste más agradable entre Bellpuig y Barcelona! Bellpuig, aún con todas las privaciones propias de una fundación incipiente, me parecía un frondoso oasis, muy lejos del ruido del mundo; un verdadero rincón del Paraíso sin las sinuosidades de la serpiente.
La Comunidad estaba formada de los P.P. Miguel Pedrós, Superior, José Rigo, Justo Toro Castro, y de los H. H. Bartolomé Gallard y Miguel Vidal. El buen ejemplo de los P. P, y Hermanos nos atraía.
Por primera vez, supimos lo que era un buen Profesor. El P. José Rigo nos enseñaba a los de cuarto año, que no éramos más que dos: Arte Métrica Latina, traducción de Clásicos, Repaso de Gramática Latina, Geografía, etc. Buen Profesor y buen Director espiritual: por la mañana, presidía nuestra oración y nos enseñaba a meditar.
La vida de piedad se desarrollaba con fervor. Espontáneamente, sin que nadie nos lo dijese, hacíamos el Vía-Crucis varios días a la semana.
Todo nos parecía bien: los montones de ruinas acumulados en el interior de los claustros, las puertas y ventanas sin cristales, la vida pobre, la inclemencia del tiempo en invierno, la privación de la huerta que entonces no teníamos, el estado ruinoso de gran parte del Convento. Nuestro gran refectorio era lo que es hoy la despensa; nuestra iglesia lo que, algún tiempo, fue después carpintería… Todo para nosotros tenía un encanto y aumentaba nuestro entusiasmo. Demasiado pronto, a mi entender, el Superior dispuso que, cumplidos los 16 años de edad, me preparase para ir a Madrid e ingresar en el Noviciado. Sería el 2 de septiembre de 1901.
La estancia en Bellpuig me pareció brevísima. Hubiera preferido cursar otro año. Pero, la disposición del P. Pedrós estaba dada; su palabra era para nosotros santa. Aquella fue la época más feliz y mejor aprovechada de mi vida: la época de mi formación apostólica en Bellpuig.
Barcelona, diciembre de 1946.
David Bartolomé

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